El levantamiento de Praga fue la última gran insurrección urbana de la SGM en Europa. El 5 de mayo de 1945, tres días antes de la rendición alemana, la población de la capital checa se alzó en armas contra la guarnición nazi que aún ocupaba la ciudad. Durante cuatro días de combates callejeros desesperados, los insurgentes —civiles armados con barricadas, policías checos y soldados desertores— se enfrentaron a tropas alemanas muy superiores en armamento y experiencia. La intervención inesperada del Ejército Ruso de Liberación del general Vlásov, formado por prisioneros de guerra soviéticos que habían colaborado con los alemanes y ahora cambiaban de bando, dio un respiro a los rebeldes. Pero la verdadera liberación no llegó hasta el 9 de mayo, cuando los tanques del Ejército Rojo entraron en la ciudad. El levantamiento costó más de 1.600 vidas checas y dejó una herencia política envenenada por la Guerra Fría.

Barricadas durante el levantamiento de Praga en mayo de 1945
Barricadas en las calles de Praga durante el levantamiento de mayo de 1945, la última insurrección urbana de la guerra en Europa. Helena Melezinkova · CC BY-SA 4.0

El contexto: los últimos días del Reich

A principios de mayo de 1945, el Tercer Reich se desmoronaba. Hitler se había suicidado el 30 de abril en su búnker de Berlín. El Ejército Rojo había conquistado la capital alemana y avanzaba hacia el oeste. Las fuerzas estadounidenses del general Patton habían penetrado en Bohemia occidental y se encontraban a apenas 80 kilómetros de Praga.

Checoslovaquia, convertida en el Protectorado de Bohemia y Moravia desde marzo de 1939, había sido una de las zonas más tranquilas de la Europa ocupada tras la brutal represión que siguió al asesinato de Reinhard Heydrich en 1942. La masacre de Lídice y la destrucción de Ležáky habían aterrorizado a la población, y la resistencia checa se había limitado a actividades clandestinas de baja intensidad.

Sin embargo, en los primeros días de mayo, con la derrota alemana evidente, el espíritu de rebelión se extendió rápidamente. Pueblos y ciudades de Bohemia y Moravia comenzaron a desafiar abiertamente la autoridad alemana: se retiraron los letreros en alemán, se izaron banderas checas y las milicias locales comenzaron a desarmar a soldados alemanes aislados.

El estallido: 5 de mayo

El 5 de mayo por la mañana, Radio Praga, hasta entonces controlada por los alemanes, fue tomada por empleados checos que emitieron un llamamiento desesperado: «¡Praga llama! ¡Praga llama! ¡Hablamos en checo! ¡Envíen ayuda!». La emisión, que se transmitió también en inglés y ruso, fue la señal para que la insurrección se generalizara.

En pocas horas, miles de praguenses levantaron más de 1.600 barricadas en las calles de la ciudad, utilizando adoquines arrancados, tranvías volcados, muebles y cualquier material disponible. Los insurgentes se apoderaron de comisarías, estaciones de correos y edificios públicos. La policía checa del Protectorado se pasó en masa al bando rebelde, aportando armas y experiencia organizativa.

El Consejo Nacional Checo (Česká národní rada), formado por representantes de diversas facciones de la resistencia, asumió la dirección política del levantamiento. Su composición reflejaba la diversidad del movimiento: comunistas, socialdemócratas, católicos, militares profesionales y civiles sin filiación política.

Los combates

La guarnición alemana en Praga, bajo el mando del general Rudolf Toussaint, disponía de fuerzas considerables: unidades de las SS, policía de seguridad y soldados de la Wehrmacht, además de blindados y artillería. A pesar de la situación desesperada del Reich, las tropas alemanas se negaron a rendirse ante los insurgentes checos y contraatacaron con brutalidad.

Los combates fueron especialmente intensos en torno a los puentes del Moldava, la estación de radio, el castillo de Praga y los barrios industriales. Los alemanes utilizaron tanques y artillería contra las barricadas, y en algunos sectores amenazaron con bombardear barrios enteros. Los insurgentes, armados principalmente con armas ligeras, granadas y cócteles Molotov, se defendieron con determinación pero sufrieron bajas elevadas.

La situación más peligrosa se produjo cuando las tropas SS del grupo de ejércitos Centro del mariscal de campo Ferdinand Schörner, que se retiraban del frente oriental hacia el oeste para rendirse ante los estadounidenses, amenazaron con atravesar Praga aplastando el levantamiento a su paso.

La intervención del Ejército de Vlásov

El giro más inesperado del levantamiento fue la intervención de la 1.ª División del Ejército Ruso de Liberación (ROA) del general Andréi Vlásov. Esta fuerza, compuesta por prisioneros de guerra soviéticos que habían aceptado luchar junto a los alemanes contra Stalin, se encontraba en las cercanías de Praga. El 6 de mayo, unos 18.000 soldados del ROA, liderados por el general Serguéi Bunyachenko, cambiaron de bando y acudieron en auxilio de los insurgentes.

Los soldados de Vlásov, veteranos de combate con armamento pesado, reforzaron decisivamente la defensa de Praga. Ayudaron a repeler los contraataques alemanes y a consolidar las posiciones de los insurgentes. Su intervención salvó probablemente al levantamiento de ser aplastado.

Sin embargo, la relación entre los soldados de Vlásov y los checos fue ambigua. El Consejo Nacional Checo se negó a reconocer formalmente la colaboración, consciente de que aceptar la ayuda de soldados que habían combatido junto a los nazis complicaría las relaciones con la Unión Soviética. El 7 de mayo, las tropas de Vlásov abandonaron Praga y marcharon hacia el oeste, intentando rendirse ante los estadounidenses. La mayoría fueron capturados por los soviéticos y enviados al gulag o ejecutados. El propio Vlásov fue ahorcado en Moscú en 1946.

La liberación soviética

Los estadounidenses, que se encontraban a poca distancia, no acudieron en auxilio de Praga. El general Eisenhower, respetando los acuerdos con los soviéticos sobre zonas de operaciones, ordenó a Patton detenerse en Pilsen y dejar la liberación de Praga al Ejército Rojo. Esta decisión, comprensible en el contexto de las relaciones interaliadas, condenó a Praga a esperar tres días más bajo fuego.

El 8 de mayo, Alemania firmó la rendición incondicional. Pero las tropas alemanas en Praga no obedecieron inmediatamente la orden de alto el fuego. Los combates continuaron durante la noche del 8 al 9 de mayo. Las unidades SS, en particular, se negaron a rendirse ante los checos y continuaron luchando hasta la llegada de las fuerzas soviéticas.

Los tanques del 1.er Frente Ucraniano del mariscal Iván Kónev entraron en Praga en la madrugada del 9 de mayo de 1945. La liberación fue recibida con júbilo por la población, que aclamó a los soldados soviéticos como salvadores. Este recibimiento fue auténtico y espontáneo, aunque la posterior imposición de un régimen comunista enturbiara la memoria de la liberación.

Las víctimas y las represalias

El levantamiento costó la vida a más de 1.600 checos, entre combatientes y civiles. Los alemanes sufrieron unas 1.000 bajas. La destrucción material fue significativa pero no catastrófica: Praga se salvó de la destrucción masiva que había sufrido Varsovia.

Tras la liberación se produjo una violenta ola de represalias contra los alemanes y los colaboracionistas checos. Los alemanes étnicos residentes en Praga, incluyendo civiles que no habían tenido relación con el nazismo, fueron objeto de agresiones, humillaciones y ejecuciones sumarias. Esta violencia fue el preludio de la expulsión de los alemanes de los Sudetes, que afectó a más de tres millones de personas en los meses siguientes.

El legado

El levantamiento de Praga fue la última insurrección urbana de la SGM en Europa y un acto de dignidad colectiva de un pueblo que, tras seis años de ocupación, recuperó su libertad con las armas en la mano. Sin embargo, su memoria fue inmediatamente manipulada por la política de la Guerra Fría.

El régimen comunista checoslovaco, impuesto en 1948, reescribió la historia del levantamiento para minimizar la participación no comunista y eliminar cualquier referencia al Ejército de Vlásov. La narrativa oficial atribuía la liberación exclusivamente al Ejército Rojo, borrando el papel de los insurgentes checos y de las tropas de Vlásov.

Tras la Revolución de Terciopelo de 1989, la historiografía checa emprendió una revisión que ha restaurado la complejidad del levantamiento. Hoy se reconoce que la liberación de Praga fue el resultado de múltiples actores —los insurgentes checos, los soldados de Vlásov y el Ejército Rojo—, una verdad incómoda para cualquier narrativa simplificadora.