La Segunda Guerra Mundial provocó el mayor desplazamiento de población de la historia. Cuando el conflicto terminó en mayo de 1945, más de 60 millones de personas en Europa habían perdido sus hogares. Los desplazados tras la guerra —conocidos internacionalmente como displaced persons o DP— formaban una masa humana formada por supervivientes de campos de concentración, trabajadores forzados, prisioneros de guerra, refugiados políticos y civiles que huían del avance de nuevas fronteras. Su drama definió la posguerra europea y obligó a las potencias aliadas a improvisar soluciones para una catástrofe humanitaria sin precedentes.

Desplazados siendo registrados en un campo DP en Hamburgo, 1945
Personas desplazadas reciben tarjetas de registro en un campo DP situado en el zoo de Hamburgo, mayo de 1945 No 5 Army Film & Photographic Unit, Sgt Mapham J · Public domain

Quiénes eran los desplazados de la SGM

El término displaced person fue acuñado por los Aliados para designar a cualquier civil que se encontrase fuera de su país de origen como consecuencia directa de la guerra. Bajo esta categoría se agrupaban realidades muy diferentes:

Trabajadores forzados. El Tercer Reich había deportado a millones de personas desde los territorios ocupados para sostener su economía de guerra. Polacos, ucranianos, franceses, belgas y holandeses fueron obligados a trabajar en fábricas, minas y explotaciones agrícolas alemanas. Al terminar la guerra, entre 7 y 8 millones de estos trabajadores forzados se encontraban en suelo alemán o austriaco.

Supervivientes del Holocausto. Los judíos que sobrevivieron a los campos de exterminio como Auschwitz-Birkenau y a las marchas de la muerte constituían un grupo especialmente vulnerable. Muchos descubrieron que sus hogares habían sido destruidos o confiscados y que sus comunidades habían desaparecido por completo. Cerca de 250.000 judíos permanecieron en campos DP entre 1945 y 1951, a la espera de un destino definitivo.

Prisioneros de guerra. Millones de soldados capturados por ambos bandos debían ser repatriados. Los prisioneros soviéticos liberados por los Aliados occidentales se enfrentaban a un destino incierto, ya que el régimen de Stalin consideraba la rendición como traición. Muchos fueron enviados directamente a campos de trabajo del Gulag al regresar.

Refugiados de las nuevas fronteras. Los acuerdos de Potsdam redibujaron el mapa de Europa central. Entre 12 y 14 millones de alemanes étnicos fueron expulsados de territorios que pasaron a pertenecer a Polonia, Checoslovaquia y la Unión Soviética. Esta limpieza étnica masiva —la mayor de la historia— fue aceptada formalmente por las potencias vencedoras como medida para evitar futuros conflictos.

Personas que se negaban a regresar. Bálticos, ucranianos, polacos y otros ciudadanos de países que habían quedado bajo dominio soviético rechazaban la repatriación por temor a represalias políticas. Este grupo fue el más difícil de gestionar para los Aliados y el que más tiempo permaneció en los campos DP.

La magnitud de la crisis humanitaria

Las cifras resultan difíciles de asimilar. Solo en las zonas de ocupación occidental de Alemania y Austria, los Aliados contabilizaron entre 11 y 14 millones de personas desplazadas en los meses posteriores a la rendición. A esta cifra hay que sumar los millones de desplazados en Europa oriental, la Unión Soviética, los Balcanes y el resto del continente.

Las carreteras de Europa se convirtieron en ríos de humanidad. Columnas interminables de personas caminaban en todas direcciones, empujando carros con sus escasas pertenencias, buscando familiares perdidos o simplemente un lugar seguro. Las estaciones de tren estaban desbordadas. Las ciudades en ruinas no podían absorber a los que llegaban ni retener a los que se iban.

La situación sanitaria era desesperada. Las epidemias de tifus, tuberculosis y disentería amenazaban con propagarse entre poblaciones debilitadas por años de hambre y maltrato. La desnutrición era generalizada. Los supervivientes de los campos de concentración presentaban cuadros de desnutrición tan extremos que muchos murieron en las semanas posteriores a su liberación, incluso después de recibir atención médica.

Los campos DP: refugio temporal que duró años

Para gestionar esta masa de personas, los Aliados establecieron campos de desplazados —los llamados DP camps— por toda Alemania, Austria e Italia. Llegaron a funcionar más de 900 campos simultáneamente, muchos de ellos instalados en antiguos cuarteles militares, fábricas abandonadas o, con amarga ironía, en los mismos campos de concentración nazis reconvertidos.

La organización de los campos

La administración de los campos recayó inicialmente en el ejército aliado, que se vio desbordado por la magnitud del problema. La UNRRA (United Nations Relief and Rehabilitation Administration), creada en 1943 para planificar la posguerra, asumió progresivamente la gestión. Sus equipos proporcionaban alojamiento, alimentación, atención médica y programas educativos.

Los campos se organizaron generalmente por nacionalidades. Los polacos, que constituían el grupo más numeroso, tenían sus propios campos, al igual que los bálticos, los yugoslavos y los judíos. Esta separación por nacionalidades respondía tanto a razones logísticas como a la necesidad de evitar tensiones entre grupos con historias de conflicto mutuo.

Las condiciones variaban enormemente de un campo a otro. Algunos funcionaban como pequeñas ciudades con escuelas, talleres, periódicos propios, equipos deportivos y actividades culturales. Otros eran poco más que almacenes humanos donde la gente malvivía hacinada en condiciones deplorables. El informe Harrison, encargado por el presidente Truman en verano de 1945, denunció que los supervivientes judíos estaban siendo tratados en algunos campos con las mismas condiciones que sus antiguos captores nazis les habían impuesto.

La vida en los campos

Pese a las dificultades, los desplazados reconstruyeron fragmentos de vida normal dentro de los campos. Se celebraron bodas y nacieron miles de niños. Se organizaron escuelas donde los niños aprendían en su idioma materno. Los adultos recibían formación profesional pensando en su futuro reasentamiento. Se publicaron periódicos y revistas en decenas de idiomas. Los supervivientes del Holocausto crearon organizaciones que documentaban lo sucedido y buscaban a familiares desaparecidos.

El mercado negro floreció dentro y alrededor de los campos. Los cigarrillos americanos se convirtieron en la moneda extraoficial de la Europa de posguerra. Los DP intercambiaban raciones de comida, ropa y objetos diversos en un sistema económico informal que los Aliados toleraban porque no tenían medios para sustituirlo.

Sin embargo, la incertidumbre era corrosiva. Los desplazados vivían en un limbo legal y emocional. No pertenecían al país donde se encontraban ni podían regresar al que habían dejado. Muchos desarrollaron lo que los psicólogos de la época denominaron DP apathy: una apatía profunda causada por años de persecución seguidos de una espera indefinida sin horizonte claro.

La repatriación: regresar o resistirse

La prioridad inicial de los Aliados fue la repatriación. Entre mayo y septiembre de 1945, un esfuerzo logístico colosal devolvió a sus países de origen a más de 6 millones de personas. Franceses, belgas, holandeses y otros ciudadanos de Europa occidental regresaron con relativa rapidez. Los soviéticos también fueron repatriados masivamente, en muchos casos contra su voluntad.

Los acuerdos de Yalta obligaban a los Aliados occidentales a entregar a la Unión Soviética a todos los ciudadanos soviéticos que se encontraran en sus zonas. Esto incluyó operaciones de repatriación forzosa que constituyen uno de los episodios más oscuros de la posguerra. Miles de personas fueron entregadas sabiendo que les esperaban represalias. Muchos intentaron suicidarse antes de ser deportados. Los cosacos entregados por los británicos en Austria —la llamada repatriación de Lienz— se convirtieron en un símbolo de esta política.

Sin embargo, aproximadamente un millón de personas se negaron a regresar bajo ninguna circunstancia. Eran los llamados last million: bálticos que no reconocían la anexión soviética de sus países, polacos anticomunistas, ucranianos, judíos sin comunidad a la que volver y otros grupos que preferían el limbo de los campos a un regreso que consideraban una sentencia de muerte.

El papel de las organizaciones internacionales

La UNRRA fue la primera gran organización en abordar la crisis, pero sus recursos eran limitados y su mandato no contemplaba el reasentamiento en terceros países. En 1947 fue sustituida por la IRO (International Refugee Organization), un organismo especializado que asumió la responsabilidad de buscar soluciones permanentes para los desplazados que no podían o no querían regresar.

La creación de las Naciones Unidas en 1945 supuso un cambio de paradigma en la protección de los refugiados. La experiencia de los desplazados de la 2GM influyó directamente en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que incluyó por primera vez el derecho a buscar asilo. En 1950, la ONU creó el ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), cuyo mandato original era precisamente resolver la situación de los desplazados europeos de la posguerra.

Las organizaciones judías desempeñaron un papel crucial para los supervivientes del Holocausto. El Joint Distribution Committee proporcionó ayuda material, mientras que la Agencia Judía organizó la emigración clandestina hacia Palestina —la llamada Aliyá Bet— desafiando las restricciones británicas. El drama de los barcos cargados de supervivientes a los que se les negaba la entrada en Palestina, como el célebre Exodus en 1947, conmovió a la opinión pública internacional y contribuyó a la decisión de la ONU de aprobar la partición de Palestina.

El reasentamiento: nuevas vidas en nuevos países

Para el millón largo de personas que no podían regresar, la única solución era el reasentamiento en terceros países. Este proceso fue lento, selectivo y a menudo cruel. Los países receptores escogían a los candidatos según criterios económicos y, en muchos casos, raciales. Se preferían trabajadores jóvenes, sanos y cualificados. Los ancianos, los enfermos y las familias numerosas eran sistemáticamente rechazados.

Estados Unidos fue el principal destino, aunque sus leyes de inmigración eran restrictivas. La Displaced Persons Act de 1948 permitió la entrada de unos 400.000 desplazados entre 1948 y 1952, pero contenía cláusulas discriminatorias que favorecían a los bálticos y perjudicaban a los judíos. Solo tras la reforma de 1950 se corrigieron parcialmente estas injusticias.

Australia lanzó un ambicioso programa de inmigración que atrajo a más de 170.000 desplazados europeos. El gobierno australiano buscaba mano de obra para su desarrollo industrial y ofrecía pasaje gratuito a cambio de dos años de trabajo en los destinos que el gobierno asignase. Muchos terminaron en proyectos de obras públicas en condiciones duras, lejos de las ciudades.

Canadá, Argentina, Brasil y otros países de América Latina también recibieron contingentes significativos. Israel, tras su creación en 1948, absorbió a la mayoría de los supervivientes judíos que permanecían en los campos europeos.

El Reino Unido implementó programas específicos como el European Volunteer Workers, que permitía la entrada de desplazados a condición de aceptar empleos en sectores con escasez de mano de obra, como la minería, la agricultura y el trabajo doméstico.

Los niños desplazados

Entre los desplazados más vulnerables se encontraban los niños. Se calcula que al menos 13 millones de niños quedaron huérfanos o separados de sus familias durante la guerra. Muchos habían sido evacuados mediante programas como el Kindertransport y nunca pudieron reunirse con sus padres.

Los niños nacidos en los campos de concentración o en los programas de germanización nazi —el Lebensborn— representaban casos especialmente complicados. Algunos habían sido separados de sus familias biológicas siendo bebés y criados como alemanes, sin conocimiento de su verdadera identidad. Los esfuerzos por localizar a sus familias originales fueron en muchos casos infructuosos.

Las organizaciones humanitarias establecieron hogares infantiles y programas de acogida. La Cruz Roja Internacional gestionó un servicio de búsqueda de familiares que procesó millones de solicitudes. Décadas después, muchos de aquellos niños seguían buscando respuestas sobre su origen.

El legado de los desplazados

Los últimos campos DP en Alemania no cerraron hasta 1957, más de una década después del final de la guerra. El campo de Föhrenwald, cerca de Múnich, fue el último en clausurarse. Para entonces, la mayoría de sus residentes eran personas que ningún país había querido aceptar: ancianos, enfermos crónicos y familias consideradas no aptas para el reasentamiento.

La crisis de los desplazados tras la 2GM transformó el derecho internacional. La Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951 —piedra angular de la protección de refugiados hasta hoy— fue una respuesta directa a esta experiencia. Los conceptos de non-refoulement (no devolución) y de protección internacional nacieron del horror de las repatriaciones forzosas a la Unión Soviética.

A nivel humano, los desplazados llevaron consigo las cicatrices de la guerra y el desarraigo a sus nuevos países. Comunidades de bálticos en Australia, polacos en Reino Unido, judíos en Israel y ucranianos en Canadá preservaron sus idiomas, tradiciones y memorias colectivas. Sus descendientes siguen explorando hoy esas historias de pérdida y reconstrucción.

La historia de los desplazados de la SGM es, en última instancia, la historia de cómo Europa intentó recomponerse después de su mayor catástrofe. No fue un proceso limpio ni justo. Millones de personas pagaron con años de incertidumbre, discriminación y desarraigo las consecuencias de una guerra que no habían elegido. Su experiencia sigue siendo un recordatorio incómodo de que el final de un conflicto bélico no significa el final del sufrimiento.