El 13 de mayo de 1939, el transatlántico alemán MS St. Louis zarpó de Hamburgo con 937 pasajeros, casi todos judíos alemanes que huían de la persecución nazi. Llevaban visados de desembarco para Cuba, pagados a precio de oro, y la esperanza de comenzar una nueva vida lejos del horror. Lo que siguió fue una odisea de seis semanas que puso al desnudo la hipocresía del mundo ante la persecución antisemita: Cuba rechazó a los pasajeros, Estados Unidos les negó la entrada y Canadá se desentendió. El St. Louis se vio obligado a regresar a Europa, donde sus pasajeros fueron repartidos entre cuatro países. Más de un cuarto de ellos murieron en el Holocausto. La historia del St. Louis es un recordatorio brutal de que saber lo que ocurre no garantiza actuar para impedirlo.

La partida de Hamburgo
Los pasajeros del St. Louis eran en su mayoría judíos alemanes de clase media que habían logrado reunir el dinero necesario para comprar un pasaje transatlántico y un permiso de desembarco en Cuba. Muchos habían perdido ya sus negocios, sus empleos y sus hogares por las leyes antisemitas nazis. Algunos habían sido detenidos brevemente en campos de concentración tras la Noche de los Cristales Rotos de noviembre de 1938 y liberados a condición de abandonar Alemania.
El capitán del St. Louis, Gustav Schröder, era un marino profesional de la línea Hamburg-Amerika (HAPAG) que trató a sus pasajeros con una humanidad inusual. Ordenó que fueran atendidos como pasajeros de primera clase, con servicio de comedor, cine, bailes y actividades sociales. Para muchos pasajeros, que venían de meses de humillaciones y violencia, el trato a bordo fue una experiencia conmovedora de dignidad recuperada.
El viaje fue también, paradójicamente, una operación de propaganda nazi. El régimen de Goebbels esperaba que el rechazo de los refugiados judíos por parte de las democracias occidentales demostrara que el antisemitismo era un sentimiento universal, no una peculiaridad alemana. Si Cuba y Estados Unidos se negaban a recibir a los judíos, Alemania podría argumentar que nadie los quería.
El rechazo en Cuba
Cuando el St. Louis llegó a La Habana el 27 de mayo de 1939, los pasajeros descubrieron que sus permisos de desembarco habían sido invalidados por un decreto del presidente cubano Federico Laredo Brú, emitido mientras el barco estaba en alta mar. Solo 29 pasajeros que disponían de visados especiales fueron autorizados a desembarcar. Los 908 restantes quedaron atrapados en el puerto.
Las razones del rechazo cubano eran una mezcla de antisemitismo, política interna y corrupción. El director de inmigración cubano, Manuel Benítez, había vendido los permisos de desembarco sin la autorización del gobierno. La prensa cubana, influida por agentes nazis y por grupos ultranacionalistas, había organizado una campaña contra la admisión de refugiados judíos. El presidente Laredo Brú, presionado por la opinión pública y los intereses políticos, se negó a autorizar el desembarco.
Las negociaciones duraron varios días, mientras los pasajeros observaban desde la cubierta las luces de La Habana. Algunos intentaron arrojarse al mar en actos de desesperación. Uno de ellos se cortó las muñecas y fue evacuado al hospital de La Habana. El comité de negociación judío ofreció garantías financieras, pero el gobierno cubano se mantuvo inflexible.
El rechazo de Estados Unidos
Cuando quedó claro que Cuba no admitiría a los pasajeros, el capitán Schröder puso rumbo hacia la costa de Florida, esperando que Estados Unidos aceptara a los refugiados. El barco navegó tan cerca de Miami que los pasajeros podían ver las luces de la ciudad.
El Joint Distribution Committee (JDC), la principal organización de ayuda judía estadounidense, apeló al presidente Franklin D. Roosevelt para que autorizara el desembarco. La petición fue ignorada. El Departamento de Estado argumentó que la cuota de inmigración alemana estaba completa y que no existía base legal para admitir a los pasajeros. Un telegrama directo de los pasajeros al presidente Roosevelt no recibió respuesta.
La decisión de no acoger a los refugiados del St. Louis reflejaba el clima político de Estados Unidos en 1939. El antisemitismo era fuerte, las leyes de inmigración restrictivas gozaban de amplio apoyo popular y el gobierno temía que admitir refugiados sentara un precedente que abriera las puertas a una inmigración masiva en plena recuperación económica. La conferencia de Évian de 1938 ya había demostrado la falta de voluntad internacional para acoger a los judíos perseguidos.
Canadá también rechazó la petición. La respuesta del director de inmigración canadiense, Frederick Blair, se hizo célebre por su cinismo: ante la pregunta de cuántos refugiados judíos admitiría Canadá, respondió: «Ninguno es demasiado» (None is too many).
El regreso a Europa
Sin opciones en América, el capitán Schröder se vio obligado a regresar a Europa. El viaje de regreso fue desesperado. Schröder consideró la posibilidad de encallar deliberadamente el barco en la costa británica para forzar el desembarco, y se negó a regresar directamente a Alemania, donde los pasajeros habrían sido enviados a campos de concentración.
Gracias a las negociaciones de última hora del JDC y de organizaciones judías europeas, cuatro países accedieron a acoger a los pasajeros: el Reino Unido (288), Francia (224), Bélgica (214) y los Países Bajos (181). El 17 de junio de 1939, el St. Louis desembarcó a sus pasajeros en Amberes.
Los 288 pasajeros acogidos por el Reino Unido sobrevivieron a la guerra. Los que permanecieron en el continente europeo tuvieron un destino mucho más sombrío.
El destino de los pasajeros
De los 620 pasajeros que desembarcaron en Francia, Bélgica y los Países Bajos, la mayoría quedaron atrapados cuando Alemania conquistó estos países en mayo-junio de 1940. Los investigadores del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos han documentado el destino individual de cada pasajero.
De los 937 pasajeros originales, 254 murieron en el Holocausto. La mayoría fueron asesinados en Auschwitz y Sobibor. Algunos murieron en campos de tránsito franceses o en otros campos de exterminio. Otros lograron esconderse, unirse a la resistencia o sobrevivir en campos de internamiento hasta la liberación.
La cifra de 254 muertos significa que más del 27 por ciento de los pasajeros que habían buscado refugio fueron finalmente víctimas del genocidio que intentaban escapar. Cada una de esas 254 muertes es una acusación contra los gobiernos que tuvieron la oportunidad de salvar esas vidas y eligieron no hacerlo.
El legado
La historia del St. Louis se convirtió en un símbolo de la indiferencia internacional ante la persecución nazi. El viaje fue narrado en la novela Voyage of the Damned (1974) de Gordon Thomas y Max Morgan-Witts, y adaptado al cine en 1976.
En 2009, el Senado de Estados Unidos aprobó una resolución pidiendo disculpas formales por no haber acogido a los pasajeros del St. Louis. En 2011, el Departamento de Estado reconoció oficialmente que el rechazo de los refugiados del St. Louis fue un fracaso moral. Canadá se disculpó formalmente en 2018. Alemania instaló una placa conmemorativa en el puerto de Hamburgo.
El capitán Gustav Schröder, que arriesgó su carrera para proteger a sus pasajeros, fue reconocido como Justo entre las Naciones por el Yad Vashem en 1993, a título póstumo.
La historia del St. Louis plantea preguntas que siguen siendo dolorosamente actuales: ¿cuál es la responsabilidad de las naciones ante los refugiados que huyen de la persecución? ¿Cuántas vidas podrían haberse salvado si los gobiernos de Cuba, Estados Unidos y Canadá hubieran abierto sus puertas? La respuesta del mundo a los pasajeros del St. Louis demostró que la indiferencia ante el sufrimiento ajeno puede ser tan mortífera como la persecución misma.