Durante la SGM, las potencias del Eje desplegaron un arma que no necesitaba pólvora ni explosivos: la radio. A través de las ondas, voces en inglés perfectamente articulado se dirigían a los soldados aliados con una mezcla de música popular, noticias sesgadas y desinformación diseñada para minar su moral. Detrás de los micrófonos había personas cuyas vidas quedaron marcadas para siempre por su papel como instrumentos de la propaganda enemiga.

Fotografía policial de Iva Toguri, conocida como Tokio Rose, en la prisión de Sugamo en 1946
Iva Toguri, identificada como Tokio Rose, en su fotografía policial en la prisión de Sugamo, Tokio, marzo de 1946. David Shapinsky / NARA · CC BY-SA 2.0

Los nombres de Tokio Rose, Lord Haw-Haw y Axis Sally se convirtieron en leyendas de la guerra, aunque la realidad detrás de cada uno de ellos resultó mucho más compleja que el mito. Sus historias revelan cómo la propaganda radiofónica se convirtió en un campo de batalla donde se mezclaban la traición, la coacción, la ambición y la injusticia.

La propaganda radiofónica como arma de guerra

La radio fue el medio de comunicación de masas por excelencia durante la SGM. A diferencia de los panfletos o los carteles, las ondas de radio podían cruzar líneas enemigas sin necesidad de aviones ni agentes. Todas las potencias beligerantes utilizaron emisiones en idiomas extranjeros para intentar desmoralizar al enemigo, pero las del Eje dirigidas a las tropas anglófonas alcanzaron una notoriedad especial.

El principio era sencillo: mezclar contenido atractivo —música popular, noticias del frente que los soldados no recibían por otros canales— con mensajes diseñados para sembrar la duda y el desánimo. Las emisiones sugerían que las esposas de los soldados les eran infieles, que sus oficiales los enviaban a una muerte segura, que la guerra estaba perdida y que la rendición era la opción más sensata.

La maquinaria propagandística del Tercer Reich había perfeccionado estas técnicas bajo la dirección de Joseph Goebbels , y Japón siguió un modelo similar adaptado al teatro del Pacífico. El uso de voces femeninas seductoras para dirigirse a soldados jóvenes alejados de casa fue una estrategia deliberada que buscaba explotar la soledad y la nostalgia.

Tokio Rose: el mito y la mujer real

«Tokio Rose» no fue una persona concreta, sino un nombre genérico que los soldados estadounidenses en el Pacífico dieron a cualquier locutora anglófona que emitiera propaganda japonesa. Decenas de mujeres participaron en estas emisiones a lo largo de la guerra, pero el nombre acabó asociándose fatalmente a una sola: Iva Ikuko Toguri D'Aquino, una ciudadana estadounidense de origen japonés cuya historia es una de las mayores injusticias judiciales de la posguerra.

La trampa del destino

Iva Toguri nació en Los Ángeles el 4 de julio de 1916 —el Día de la Independencia— en el seno de una familia de inmigrantes japoneses. Criada como estadounidense, se graduó en zoología por la Universidad de California y no hablaba japonés con fluidez. En julio de 1941, viajó a Japón para visitar a una tía enferma. Cuando se produjo el ataque a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, Toguri quedó atrapada en territorio enemigo.

Las autoridades japonesas la presionaron para que renunciara a su ciudadanía estadounidense, pero ella se negó repetidamente. Esta decisión, que demostraba su lealtad a Estados Unidos, la convirtió paradójicamente en sospechosa para ambos bandos. Sin pasaporte japonés, no podía acceder a las cartillas de racionamiento ni encontrar trabajo fácilmente, lo que la dejó en una situación de extrema vulnerabilidad.

El programa «Zero Hour»

En noviembre de 1943, Toguri comenzó a trabajar como mecanógrafa en Radio Tokio. Poco después, fue reclutada para participar en «Zero Hour», un programa de propaganda dirigido a las tropas aliadas en el Pacífico. El programa había sido concebido por el mayor Charles Cousens, un prisionero de guerra australiano obligado a colaborar, junto con el capitán Wallace Ince, prisionero estadounidense, y el teniente filipino Normando Reyes.

Cousens y sus compañeros, conscientes de que no podían negarse abiertamente, idearon una estrategia de sabotaje sutil: harían el programa lo suficientemente entretenido para atraer oyentes, pero tan exagerado y cómico que resultara ineficaz como propaganda. Toguri, bajo el nombre artístico de «Orphan Ann» (Ana la Huérfana), presentaba segmentos de música con comentarios irónicos que los prisioneros redactaban deliberadamente para que sonaran absurdos.

Sus intervenciones, de unos veinte minutos, consistían principalmente en presentar discos de jazz y swing —música que los soldados estadounidenses adoraban y que difícilmente podían escuchar en las junglas del Pacífico— intercalados con frases como «Hola, boneheads» (cabezas huecas) o comentarios sobre lo lejos que estaban de casa. Lejos de desmoralizar a las tropas, muchos veteranos han testimoniado que las emisiones les resultaban entretenidas y que nadie las tomaba en serio como propaganda.

El juicio más caro de la historia

Al finalizar la guerra, Toguri fue detenida por las autoridades estadounidenses. Inicialmente, el FBI y el Departamento de Justicia concluyeron que no había pruebas suficientes para procesarla. Sin embargo, una campaña mediática encabezada por el periodista Walter Winchell y organizaciones antijaponesas exigió un juicio ejemplar. En el contexto de la histeria anticomunista y el racismo contra los japoneses-americanos que ya había provocado el internamiento masivo durante la guerra, el caso se convirtió en un espectáculo político.

El juicio de Iva Toguri en 1949 fue el más largo y costoso de la historia federal estadounidense hasta entonces. La fiscalía presentó testigos que más tarde se demostró habían sido coaccionados por las autoridades para dar falso testimonio. Toguri fue condenada por un único cargo de traición —haber dicho en antena que los barcos estadounidenses habían sido hundidos— y sentenciada a diez años de prisión y una multa de diez mil dólares.

Cumplió seis años y dos meses en una penitenciaría federal antes de ser liberada en 1956. Durante décadas, luchó por limpiar su nombre. En 1977, una investigación periodística del Chicago Tribune reveló que los dos testigos clave del juicio habían mentido bajo presión del FBI. El presidente Gerald Ford le concedió el perdón total el 19 de enero de 1977, en uno de sus últimos actos oficiales. Toguri vivió discretamente en Chicago, regentando la tienda familiar de artículos orientales, hasta su muerte en 2006.

Lord Haw-Haw: la voz del odio

Si Tokio Rose fue un mito colectivo injustamente atribuido a una sola persona, Lord Haw-Haw fue un caso radicalmente distinto: un ideólogo convencido que utilizó la radio como arma al servicio voluntario del nazismo. William Joyce, la persona más asociada con este apodo, fue el propagandista radiofónico más odiado del frente europeo.

De Irlanda a la horca

William Joyce nació en Brooklyn, Nueva York, en 1906, hijo de un padre irlandés naturalizado estadounidense y una madre inglesa. La familia se trasladó a Irlanda cuando él era niño, y Joyce creció en Galway durante los turbulentos años de la guerra de independencia irlandesa. De joven se trasladó a Inglaterra, donde estudió en la Universidad de Londres y se involucró en movimientos fascistas.

En 1933 se unió a la British Union of Fascists de Oswald Mosley, donde su oratoria incendiaria lo convirtió en uno de los principales propagandistas del movimiento. Cuando fue expulsado del partido en 1937, fundó su propia organización ultranacionalista. En agosto de 1939, días antes del estallido de la guerra, Joyce huyó a Alemania con su esposa, convencido de que el Reich representaba el futuro de Europa.

Las emisiones desde Hamburgo

Desde septiembre de 1939, Joyce comenzó a emitir propaganda en inglés desde la emisora Reichsrundfunk en Hamburgo. Su programa, «Germany Calling» (Alemania llama), se convirtió rápidamente en uno de los más escuchados en Gran Bretaña, no porque los oyentes creyeran su contenido, sino por una mezcla de curiosidad morbosa, humor involuntario y la necesidad de información en los primeros meses de la llamada «guerra de broma» (Phoney War).

El apodo «Lord Haw-Haw» fue acuñado por el periodista Jonah Barrington del Daily Express, en referencia a la pronunciación afectada y nasalizada de Joyce, que intentaba imitar un acento aristocrático británico. El nombre se había aplicado inicialmente a otro locutor, pero acabó siendo sinónimo de Joyce.

Sus emisiones combinaban noticias reales —a menudo sorprendentemente precisas sobre movimientos de tropas y bombardeos— con interpretaciones distorsionadas, ataques antisemitas, críticas al gobierno de Churchill y predicciones sobre la victoria inevitable de Alemania. Joyce afirmaba conocer detalles íntimos de la vida cotidiana británica —el reloj parado de tal pueblo, la fábrica cerrada en tal ciudad—, lo que generaba una mezcla de inquietud y diversión entre los oyentes.

En sus mejores momentos, «Germany Calling» alcanzó una audiencia estimada de seis millones de oyentes regulares y dieciocho millones ocasionales en Gran Bretaña. Sin embargo, la mayoría de estudios posteriores coinciden en que las emisiones tuvieron un efecto propagandístico prácticamente nulo. Los británicos, lejos de desmoralizarse, utilizaban el programa como fuente de entretenimiento y objeto de burla en los pubs.

Captura y ejecución

Joyce continuó emitiendo incluso cuando los ejércitos aliados avanzaban sobre Alemania. Su última emisión, el 30 de abril de 1945, fue un discurso divagante y ebrio en el que reafirmaba su fe en el nacionalsocialismo. Fue capturado por soldados británicos cerca de la frontera danesa el 28 de mayo de 1945, cuando un oficial lo reconoció por la voz y le disparó en la pierna cuando intentaba huir.

Su juicio en el Old Bailey de Londres se centró en una cuestión legal peculiar: ¿podía ser juzgado por traición un hombre que técnicamente era ciudadano estadounidense? La fiscalía argumentó que Joyce había obtenido fraudulentamente un pasaporte británico en 1933 y que, al disfrutar de la protección de la Corona, le debía lealtad. El tribunal aceptó este razonamiento y lo condenó a muerte. William Joyce fue ahorcado en la prisión de Wandsworth el 3 de enero de 1946, convirtiéndose en el último civil ejecutado por traición en Gran Bretaña.

Axis Sally: la seductora de las ondas

Mildred Gillars, conocida como «Axis Sally», fue la contrapartida femenina de Lord Haw-Haw en el frente europeo. Nacida en Portland, Maine, en 1900, Gillars era una aspirante a actriz que se había trasladado a Alemania en los años treinta y se había enamorado de Max Otto Koischwitz, un profesor universitario germanófilo que trabajaba para la radio del Reich.

Las emisiones y «Vision of Invasion»

Desde 1942, Gillars emitió programas de propaganda dirigidos a las tropas estadounidenses en Europa y el norte de África. Su estilo era más abiertamente seductor que el de Tokio Rose, utilizando una voz melosa para dirigirse a los soldados como «mis chicos» mientras les sugería que sus novias y esposas los engañaban en casa.

Su emisión más notoria fue «Vision of Invasion» (Visión de la invasión), un radiodrama emitido la víspera del desembarco de Normandía que recreaba con efectos sonoros realistas la muerte de un soldado estadounidense en las playas. El programa incluía escenas de la madre del soldado recibiendo la noticia de su muerte y estaba diseñado para aterrorizar a las tropas que sabían que la invasión era inminente.

Gillars también visitó campos de prisioneros de guerra, donde grababa mensajes de soldados capturados para sus familias, un servicio aparentemente humanitario que en realidad servía para recopilar información y material propagandístico.

Juicio y condena

Tras la guerra, Gillars fue capturada en Berlín y trasladada a Estados Unidos para ser juzgada. Su juicio en 1949 fue menos mediático que el de Toguri pero igualmente contundente. A diferencia de Tokio Rose, Gillars no podía alegar coacción: había colaborado voluntariamente y con entusiasmo, motivada tanto por su relación sentimental con Koischwitz como por sus propias simpatías pronazis.

Fue condenada a entre diez y treinta años de prisión por un cargo de traición. Cumplió doce años antes de ser liberada en 1961. Tras su salida de prisión, se convirtió al catolicismo y enseñó en un colegio de monjas en Ohio hasta su muerte en 1988, viviendo en un anonimato prácticamente absoluto.

Otros propagandistas del Eje en las ondas

Tokio Rose, Lord Haw-Haw y Axis Sally fueron los más famosos, pero no los únicos. El Eje desplegó una red de emisores en múltiples idiomas para cubrir todos los frentes.

P. G. Wodehouse, el célebre humorista británico creador de Jeeves, realizó cinco emisiones desde Berlín en 1941 tras ser capturado como civil internado. Aunque sus charlas eran más humorísticas que propagandísticas —describía con ironía su experiencia como prisionero—, fueron utilizadas por los alemanes y le costaron el ostracismo en Gran Bretaña durante años.

Ezra Pound, el poeta estadounidense residente en Italia, emitió cientos de discursos radiofónicos desde Roma entre 1941 y 1943, en los que combinaba reflexiones literarias con propaganda fascista, antisemitismo virulento y ataques contra Roosevelt . Tras la guerra fue declarado mentalmente incapaz para ser juzgado y pasó trece años recluido en un hospital psiquiátrico.

Subhas Chandra Bose, el líder nacionalista indio, utilizó la radio del Eje desde Berlín y luego desde Singapur para incitar a los soldados indios del ejército británico a desertar y unirse a su Ejército Nacional Indio. Su caso era ideológicamente diferente, ya que su motivación era la independencia de la India del dominio colonial británico, no la simpatía por el fascismo.

La eficacia real de la propaganda radiofónica

¿Funcionó realmente la propaganda radiofónica del Eje? La respuesta de la mayoría de historiadores y de los propios veteranos es contundente: no. Los estudios realizados durante y después de la guerra indican que las emisiones tuvieron un impacto marginal sobre la moral de las tropas aliadas.

Los soldados sintonizaban los programas principalmente por la música —que era difícil de conseguir por otros medios en las zonas de combate— y por diversión. Los intentos de desmoralización eran recibidos con burla y se convertían en material de bromas entre los combatientes. En muchos casos, las emisiones tenían el efecto contrario al deseado: reforzaban la cohesión del grupo al proporcionar un enemigo risible contra el que burlarse.

Sin embargo, algunos expertos matizan esta conclusión. Las emisiones podían tener un efecto acumulativo sutil sobre soldados exhaustos, heridos o en situaciones desesperadas. La precisión de algunas informaciones transmitidas por Lord Haw-Haw generaba desconfianza hacia las autoridades propias. Y el simple hecho de que millones de personas sintonizaran estos programas demostraba que la radio era un arma que ningún bando podía permitirse ignorar.

La propaganda aliada, por su parte, fue considerablemente más sofisticada y eficaz. Radio Londres desempeñó un papel operativo crucial en la coordinación de la resistencia, mientras que las emisiones aliadas dirigidas a la población alemana contribuyeron a erosionar la confianza en el régimen nazi, especialmente en los últimos meses de la guerra.

Los juicios: justicia desigual

El trato dispensado a los propagandistas del Eje tras la guerra reveló profundas contradicciones en la justicia de los vencedores. William Joyce fue ahorcado pese a que su nacionalidad británica era más que dudosa. Iva Toguri fue condenada con testimonios falsos por unas emisiones que incluso el FBI había considerado inocuas. Mildred Gillars cumplió una pena relativamente corta pese a haber colaborado voluntariamente. Ezra Pound evitó el juicio gracias a un diagnóstico psiquiátrico conveniente. Wodehouse fue rehabilitado y nombrado caballero poco antes de su muerte.

Estas disparidades reflejaban factores que tenían poco que ver con la justicia: el clima político del momento, el racismo contra los japoneses-americanos, la necesidad de chivos expiatorios y las conexiones sociales de los acusados. El caso de Iva Toguri es especialmente revelador: una mujer que se había resistido a renunciar a su ciudadanía estadounidense y que había saboteado la propaganda japonesa fue castigada más duramente que colaboradores voluntarios del nazismo.

El legado de las voces del Eje

La historia de Tokio Rose, Lord Haw-Haw y Axis Sally trasciende la anécdota bélica para plantear cuestiones que siguen vigentes: los límites de la libertad de expresión en tiempo de guerra, la responsabilidad individual frente a la coacción, la manipulación de la justicia por motivos políticos y la capacidad de los medios de comunicación para convertir a personas complejas en estereotipos simples.

El perdón concedido a Iva Toguri en 1977 y la rehabilitación póstuma de su figura representan un reconocimiento tardío de la injusticia cometida. En 2006, el Día de los Veteranos, la organización de veteranos más importante de Estados Unidos le rindió homenaje póstumo, reconociendo que nunca había traicionado a su país. La mujer a la que habían llamado «Tokio Rose» era, irónicamente, la más patriota de todos los propagandistas del Eje.

La propaganda radiofónica de la SGM sentó las bases de la guerra informativa moderna. Las técnicas desarrolladas durante el conflicto —desinformación, manipulación emocional, uso de entretenimiento como vehículo ideológico— no desaparecieron con la rendición del Eje. Se transformaron y adaptaron a nuevos medios, desde la Guerra Fría hasta la era digital, demostrando que la batalla por las mentes es tan antigua y tan actual como la guerra misma.