Entre junio de 1940 y agosto de 1944, Francia vivió bajo la ocupación alemana, una experiencia que transformó la vida cotidiana de cuarenta millones de personas y planteó a cada ciudadano dilemas morales que muchos preferirían no haber tenido que afrontar. La derrota militar, la más rápida y humillante de la historia francesa, dividió el país en una zona ocupada al norte y una zona libre al sur administrada por el gobierno colaboracionista de Vichy. Para la inmensa mayoría de los franceses, la ocupación no fue heroísmo ni traición, sino una zona gris de supervivencia diaria: conseguir comida, mantener a la familia, evitar problemas con los alemanes y con la milicia francesa, y esperar a que la guerra terminara.

La Francia dividida
El armisticio del 22 de junio de 1940 dividió Francia en varias zonas. La zona ocupada, que incluía París, toda la costa atlántica y el norte industrial, quedó bajo administración militar alemana directa. La zona libre, con capital en la ciudad balnearia de Vichy, fue gobernada por el mariscal Philippe Pétain, héroe de Verdún convertido en jefe de un estado autoritario que colaboró activamente con los nazis. Alsacia y Lorena fueron anexionadas de facto al Reich.
El régimen de Vichy no era una mera marioneta alemana: tenía su propia ideología, basada en el lema Travail, Famille, Patrie (Trabajo, Familia, Patria), que reemplazó al republicano Liberté, Égalité, Fraternité. Pétain promovió una Revolución Nacional conservadora que culpaba a la República, a los judíos, a los masones y a los comunistas de la decadencia que había conducido a la derrota. El régimen colaboró con los alemanes por convicción ideológica, no solo por coacción.
En noviembre de 1942, tras el desembarco aliado en el norte de África, los alemanes ocuparon también la zona libre, eliminando la ficción de la Francia de Vichy como estado soberano. A partir de ese momento, todo el territorio metropolitano francés estuvo bajo ocupación directa o indirecta.
El racionamiento y el hambre
La vida cotidiana de los franceses estuvo dominada por la búsqueda de alimentos. Alemania impuso a Francia un tributo de ocupación astronómico —400 millones de francos diarios, posteriormente elevado a 500 millones— y se apropió de una parte sustancial de la producción agrícola e industrial francesa. Se estima que entre el 40 y el 50 por ciento de la producción agrícola francesa fue requisada por los alemanes o exportada al Reich.
El sistema de racionamiento, introducido en septiembre de 1940, asignaba a cada francés una cartilla con cupones para alimentos básicos: pan, carne, mantequilla, azúcar, leche y aceite. Las raciones oficiales proporcionaban entre 1.200 y 1.800 calorías diarias, insuficientes para un adulto activo. Los franceses perdieron de media entre cuatro y seis kilogramos de peso durante la ocupación, y las enfermedades asociadas a la desnutrición aumentaron significativamente.
El mercado negro se convirtió en una institución paralela que complementaba el sistema oficial. Los campesinos vendían directamente a los consumidores urbanos a precios elevados, y surgió una red de intermediarios que traficaban con alimentos, tabaco y artículos de primera necesidad. El mercado negro era ilegal pero tolerado en la práctica, ya que sin él la población urbana habría pasado hambre. Los franceses acuñaron el término système D (del verbo se débrouiller, arreglárselas) para describir el ingenio necesario para sobrevivir.
La presencia alemana
Para los habitantes de la zona ocupada, la presencia de los soldados alemanes era una realidad cotidiana e ineludible. Los uniformes feldgrau poblaban las calles de París y de todas las ciudades y pueblos del norte. Los alemanes requisaron hoteles, edificios públicos y viviendas particulares para alojar a sus tropas y administración. Los letreros en alemán señalizaban las calles, y la hora oficial se ajustó al horario de Berlín.
La actitud de los ocupantes variaba enormemente. Los oficiales y soldados de la Wehrmacht en París se comportaban generalmente con una corrección formal que contrastaba con la brutalidad de la Gestapo y las SS. Los soldados alemanes fotografiaban la Torre Eiffel, visitaban los museos, compraban en las tiendas (pagando con marcos de ocupación sobrevalorados) y frecuentaban los cafés y cabarés. Esta normalidad superficial coexistía con una represión implacable contra cualquier forma de oposición.
La relación entre la población francesa y los ocupantes abarcó todo el espectro: desde la colaboración activa hasta la resistencia armada, pasando por la indiferencia resignada de la mayoría. Las relaciones sentimentales entre mujeres francesas y soldados alemanes fueron más frecuentes de lo que la memoria nacional ha querido reconocer. Se estima que nacieron unos 200.000 niños fruto de estas relaciones, conocidos como enfants de la guerre.
La colaboración
La colaboración con los alemanes adoptó múltiples formas. En el extremo más activo, partidos como el Rassemblement National Populaire de Marcel Déat y el Parti Populaire Français de Jacques Doriot promovieron la colaboración ideológica con el nazismo. Miles de franceses se alistaron como voluntarios en la Legión de Voluntarios Franceses contra el Bolchevismo y, más tarde, en la División Charlemagne de las Waffen-SS.
La colaboración económica fue aún más extendida. Las empresas francesas trabajaron para la economía de guerra alemana, fabricando armas, uniformes, vehículos y componentes industriales. Algunas lo hicieron bajo coacción, otras aprovecharon la oportunidad de beneficiarse del nuevo orden. Tras la liberación, la depuración económica fue selectiva e incompleta.
El aspecto más oscuro de la colaboración fue la participación francesa en la persecución de los judíos. El régimen de Vichy promulgó por iniciativa propia las leyes antisemitas (el Statut des Juifs de octubre de 1940) y la policía francesa participó activamente en las redadas contra los judíos, incluyendo la tristemente célebre rafle del Vélodrome d'Hiver en julio de 1942, cuando más de 13.000 judíos, incluyendo 4.115 niños, fueron detenidos por la policía francesa y deportados a los campos de exterminio.
La resistencia
La Resistencia francesa fue creciendo gradualmente desde 1940. En los primeros meses, se limitaba a gestos simbólicos: escribir graffitis, distribuir panfletos clandestinos, escuchar la BBC a pesar de la prohibición. El llamamiento del general Charles de Gaulle desde Londres el 18 de junio de 1940 fue escuchado por muy pocos franceses, pero se convirtió en el acto fundacional de la Francia Libre.
A partir de 1941, la entrada de la Unión Soviética en la guerra movilizó a los comunistas franceses, que aportaron a la Resistencia su experiencia organizativa y su disciplina militante. Los maquis, guerrilleros que operaban en las zonas montañosas y boscosas del sur y el centro de Francia, crecieron significativamente a partir de 1943, alimentados por los jóvenes que huían del Servicio de Trabajo Obligatorio (STO).
El STO, implantado en febrero de 1943, obligaba a los hombres jóvenes franceses a trabajar en las fábricas alemanas. Más de 600.000 franceses fueron enviados a Alemania como trabajadores forzados. Esta medida, más que cualquier otra, empujó a miles de jóvenes hacia la Resistencia y transformó la actitud de gran parte de la población, que hasta entonces había permanecido pasiva.
La liberación y la depuración
La liberación de Francia, iniciada con el desembarco de Normandía el 6 de junio de 1944 y culminada con la liberación de París el 25 de agosto, desencadenó un proceso de depuración (épuration) contra los colaboracionistas. En una primera fase salvaje, la justicia popular se cobró entre 9.000 y 10.000 víctimas: ejecuciones sumarias, rapados de mujeres acusadas de collaboration horizontale, humillaciones públicas y linchamientos.
La depuración legal posterior fue más ordenada pero también imperfecta. Los tribunales juzgaron a unos 300.000 casos, con 6.763 condenas a muerte, de las cuales se ejecutaron 767. Pétain fue condenado a muerte, pero su pena fue conmutada por De Gaulle a cadena perpetua. Pierre Laval, jefe de gobierno de Vichy, fue ejecutado. Muchos colaboracionistas de segundo nivel escaparon a cualquier sanción.
El legado
La experiencia de la ocupación dejó heridas profundas en la sociedad francesa que tardaron décadas en cicatrizar. El mito gaullista de una Francia mayoritariamente resistente sirvió durante los años de posguerra para restaurar el orgullo nacional, pero ocultaba una realidad más compleja y dolorosa. No fue hasta los años setenta, con obras como La France de Vichy del historiador estadounidense Robert Paxton, cuando Francia comenzó a confrontar honestamente su pasado de colaboración.
En 1995, el presidente Jacques Chirac reconoció por primera vez la responsabilidad del Estado francés en la deportación de los judíos, rompiendo con la doctrina oficial que atribuía la culpa exclusivamente al régimen de Vichy como una anomalía ajena a la República. Este reconocimiento abrió un proceso de memoria que continúa hasta hoy.
La vida en la Francia ocupada nos recuerda que las situaciones extremas no dividen a la humanidad en héroes y villanos, sino que revelan la complejidad moral de los seres humanos ordinarios. La mayoría de los franceses no fueron ni resistentes ni colaboradores: fueron personas que intentaron sobrevivir en circunstancias que no habían elegido, tomando decisiones cotidianas cuyas implicaciones morales a menudo solo fueron visibles en retrospectiva.