Eugenio Maria Giuseppe Giovanni Pacelli, conocido como Pío XII, fue papa de la Iglesia católica desde marzo de 1939 hasta su muerte en 1958. Su pontificado coincidió casi exactamente con la SGM y sus consecuencias, y ningún aspecto de su legado ha generado más controversia que su actitud ante el Holocausto. Para sus defensores, fue un diplomático prudente que salvó vidas trabajando entre bastidores. Para sus críticos, fue el papa que calló cuando su voz podría haber cambiado la historia. Décadas después, el debate sigue abierto.

De nuncio a papa
Eugenio Pacelli nació el 2 de marzo de 1876 en Roma, en una familia de la aristocracia vaticana con generaciones de servicio a la Santa Sede. Fue ordenado sacerdote en 1899 y pronto ingresó en la Secretaría de Estado, el aparato diplomático del Vaticano, donde demostró una aptitud extraordinaria para la negociación y el derecho canónico.
En 1917 fue nombrado nuncio apostólico en Baviera y después en la República de Weimar, donde pasó doce años como representante diplomático del Vaticano en Alemania. Durante ese periodo aprendió a hablar alemán con fluidez y desarrolló un conocimiento profundo de la cultura, la política y las tensiones sociales del país. También fue testigo del ascenso del nacionalsocialismo y de la violencia política que sacudía la república.
En 1929 regresó a Roma como cardenal secretario de Estado, el cargo más importante después del papa. En esa posición negoció el concordato con la Alemania nazi en julio de 1933, un tratado que garantizaba los derechos de la Iglesia católica en Alemania a cambio de la retirada del clero de la actividad política. Los críticos han señalado que el concordato otorgó al régimen de Hitler una legitimidad internacional crucial en sus primeros meses de gobierno.
Tras la muerte de Pío XI en febrero de 1939, Pacelli fue elegido papa el 2 de marzo, adoptando el nombre de Pío XII. La guerra estallaría seis meses después.
La neutralidad vaticana
Desde el inicio de la guerra, Pío XII adoptó una posición de estricta neutralidad diplomática, siguiendo la tradición de la Santa Sede como mediadora entre los estados. Esa neutralidad tenía motivaciones prácticas: el Vaticano estaba rodeado por la Italia fascista de Mussolini y dependía completamente de la buena voluntad del régimen italiano para su seguridad física y sus comunicaciones con el exterior.
En los primeros años de la guerra, Pío XII intentó mediar entre las potencias beligerantes. En 1939-1940 sirvió como intermediario secreto entre conspiradores alemanes que planeaban derrocar a Hitler y el gobierno británico. La operación fracasó cuando los conspiradores no consiguieron actuar, pero revela que el papa no era indiferente a la situación política.
Sin embargo, sus declaraciones públicas se mantuvieron siempre en un lenguaje deliberadamente vago y general. Condenaba la guerra, la violencia y la persecución, pero evitaba nombrar a los perpetradores. En su mensaje de Navidad de 1942, la declaración más explícita que hizo durante toda la guerra, habló de los cientos de miles de personas que, sin culpa alguna y solo por razón de su nacionalidad o ascendencia, estaban condenadas a la muerte o al exterminio progresivo. Nunca pronunció las palabras judío, nazi o Alemania.
El silencio ante el Holocausto
El aspecto más controvertido del pontificado de Pío XII es su silencio público ante la Solución Final . Desde 1942, el Vaticano disponía de información detallada sobre el exterminio masivo de judíos en los campos de la muerte. Nunciaturas, obispos, diplomáticos aliados y organizaciones judías transmitieron informes que no dejaban lugar a dudas sobre la magnitud del genocidio.
A pesar de esa información, Pío XII nunca emitió una condena pública explícita del Holocausto. Las razones que se han propuesto para explicar este silencio son múltiples y siguen siendo objeto de debate:
Los argumentos de la defensa
Los defensores de Pío XII sostienen que una condena pública habría empeorado la situación de los judíos y de los católicos en los territorios ocupados. Señalan el precedente de los Países Bajos, donde la protesta pública de los obispos católicos contra las deportaciones en 1942 provocó una represalia nazi que incluyó la deportación de judíos conversos al catolicismo, entre ellos Edith Stein.
Argumentan que Pío XII eligió una diplomacia silenciosa más eficaz: ordenó a instituciones católicas de toda Europa —conventos, parroquias, escuelas— que ocultaran a judíos perseguidos. Se estima que estas redes salvaron a miles de personas, especialmente en Italia. Raoul Wallenberg e Irena Sendler operaron en contextos diferentes, pero compartieron con estas redes católicas la urgencia de salvar vidas individuales mientras el exterminio avanzaba.
Tras la guerra, numerosos líderes judíos agradecieron públicamente la ayuda del Vaticano. El gran rabino de Roma, Israel Zolli, se convirtió al catolicismo y adoptó el nombre de Eugenio en honor a Pacelli.
Los argumentos de la crítica
Los críticos responden que la voz del papa era la autoridad moral más influyente del mundo y que su silencio fue interpretado por los perpetradores como aquiescencia. Argumentan que una condena pública no habría detenido el Holocausto, pero podría haber movilizado a millones de católicos en los países ocupados y en la propia Alemania, donde un tercio de la población era católica.
Señalan que el concordato de 1933 proporcionó legitimidad al régimen nazi, que la Iglesia no excomulgó a ningún criminal de guerra católico y que el silencio se extendió incluso a episodios que afectaron directamente a Roma: la razzia del gueto romano del 16 de octubre de 1943, cuando más de mil judíos fueron deportados a Auschwitz literalmente bajo las ventanas del Vaticano, no provocó una protesta pública del papa.
La apertura de los archivos
En 2020, el papa Francisco ordenó la apertura anticipada de los archivos vaticanos correspondientes al pontificado de Pío XII, una decisión que permitió a los historiadores acceder a millones de documentos previamente inaccesibles. Las investigaciones siguen en curso, pero los primeros hallazgos han revelado tanto evidencias de esfuerzos de rescate como documentos que sugieren que el Vaticano dispuso de información aún más detallada de lo que se creía sobre el exterminio.
Un hallazgo especialmente significativo fue una carta de 1942 en la que un jesuita informaba a Pío XII sobre el asesinato de judíos en campos de exterminio, con detalles sobre las cámaras de gas. Un funcionario vaticano anotó al margen que la información no podía verificarse. Los críticos ven en esa anotación un ejemplo de la tendencia vaticana a minimizar o cuestionar testimonios que exigían una respuesta.
La posguerra
Tras la guerra, Pío XII se convirtió en un firme anticomunista y alineó al Vaticano con el bloque occidental durante la Guerra Fría. Excomulgó a los católicos que militaran en partidos comunistas y apoyó activamente a los partidos democristianos en Italia y Europa occidental.
Más controvertidamente, el Vaticano facilitó las llamadas rutas de las ratas (ratlines), redes de escape que permitieron a criminales de guerra nazis y colaboracionistas huir de Europa hacia Sudamérica. Aunque no hay evidencia de que Pío XII supervisara personalmente estas operaciones, se llevaron a cabo a través de instituciones eclesiásticas y con la participación de clérigos que actuaban con considerable autonomía.
Pío XII falleció el 9 de octubre de 1958 en Castel Gandolfo, a los 82 años. Su causa de beatificación fue abierta en 1965 y sigue siendo una de las más polémicas de la historia de la Iglesia.
Legado
El caso de Pío XII plantea una de las cuestiones morales más difíciles de la SGM: ¿cuál es la responsabilidad de quien posee autoridad moral y elige no utilizarla públicamente ante un genocidio? No fue un perpetrador ni un cómplice directo, pero tampoco fue el líder moral que millones de católicos y de víctimas del nazismo necesitaban.
Su legado obliga a reflexionar sobre los límites de la diplomacia silenciosa frente al deber de denuncia pública, un dilema que no se ha resuelto con el paso del tiempo. Cada nueva generación de historiadores, cada nueva tanda de documentos desclasificados, reabre un debate que probablemente no tendrá nunca una respuesta definitiva.