Pietro Badoglio (1871-1956) fue uno de los militares italianos más influyentes y controvertidos del siglo XX. Mariscal de Italia, veterano de tres guerras y primer ministro durante los meses más caóticos de la historia italiana en la SGM, su figura encarna las contradicciones de un país atrapado entre la lealtad al fascismo y la necesidad de sobrevivir a la derrota. Su nombre quedó asociado para siempre al armisticio del 8 de septiembre de 1943, una fecha que los italianos recuerdan con vergüenza y alivio a partes iguales.

Orígenes y carrera militar temprana
Nacido en Grazzano Monferrato (Piamonte) el 28 de septiembre de 1871, Badoglio ingresó en la Academia Militar de Turín y se graduó como oficial de artillería en 1892. Participó en las campañas coloniales italianas en Eritrea a finales del siglo XIX, donde comenzó a forjar su reputación como militar competente y ambicioso.
Durante la Primera Guerra Mundial, Badoglio sirvió en el frente italiano contra Austria-Hungría. Aunque su papel en la desastrosa Batalla de Caporetto (1917) fue cuestionado —algunos historiadores le atribuyen parte de la responsabilidad por la falta de preparación defensiva—, logró sortear las consecuencias y ascendió rápidamente en la posguerra. En 1919 ya ostentaba el rango de general y en 1925 fue nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército italiano, consolidando su posición como uno de los militares más poderosos del país bajo el régimen de Benito Mussolini .
La conquista de Etiopía y los crímenes de guerra
El capítulo más oscuro de la carrera de Badoglio anterior a la SGM fue su participación en la Guerra de Etiopía (1935-1936). Nombrado comandante en jefe de las fuerzas italianas en el Cuerno de África tras los reveses iniciales, Badoglio recurrió a métodos brutales para someter la resistencia etíope. Bajo su mando, el ejército italiano empleó gas mostaza de forma sistemática contra combatientes y civiles, violando el Protocolo de Ginebra de 1925 que la propia Italia había firmado.
Las bombas de yperita cayeron sobre aldeas, mercados y hospitales de campaña de la Cruz Roja. Los bombardeos con agentes químicos causaron decenas de miles de víctimas entre la población etíope. Badoglio justificó estas acciones como necesarias para una victoria rápida, y Mussolini respaldó plenamente el uso de armas prohibidas. Tras la caída de Adís Abeba en mayo de 1936, Badoglio fue recibido como héroe en Italia y recibió el título de duque de Adís Abeba y el rango de mariscal de Italia.
Estos crímenes de guerra nunca fueron juzgados. Ni tras la SGM ni en ningún tribunal internacional se pidieron cuentas a Badoglio por el empleo de armas químicas contra civiles etíopes, una impunidad que sigue siendo objeto de debate historiográfico y de denuncia por parte de Etiopía.
Relación con el fascismo y distanciamiento
A pesar de su lealtad inicial al régimen fascista, la relación de Badoglio con Mussolini se deterioró a finales de los años treinta. Como jefe del Estado Mayor, Badoglio advirtió que Italia no estaba preparada para una guerra a gran escala y se opuso —al menos en privado— a la entrada en la SGM en junio de 1940. Sin embargo, su oposición fue tibia y calculada: nunca rompió abiertamente con el régimen.
La desastrosa invasión italiana de Grecia en octubre de 1940, lanzada sin su aprobación, le dio el pretexto para dimitir como jefe del Estado Mayor en diciembre de ese mismo año. A partir de entonces, Badoglio se retiró a un segundo plano, observando cómo el ejército italiano acumulaba derrota tras derrota en el norte de África, los Balcanes y el Mediterráneo.
La caída de Mussolini y el nombramiento como primer ministro
El 25 de julio de 1943, tras la invasión aliada de Sicilia y el voto de censura del Gran Consejo Fascista contra Mussolini, el rey Víctor Manuel III destituyó al Duce y nombró a Badoglio primer ministro de Italia. La elección no fue casual: Badoglio representaba la continuidad militar, tenía prestigio entre las fuerzas armadas y no estaba manchado por las derrotas recientes.
Su primera declaración pública fue una de las frases más célebres y engañosas de la SGM: "La guerra continúa. Italia mantiene su palabra." Con estas palabras, Badoglio intentó tranquilizar a los alemanes mientras, en secreto, iniciaba negociaciones desesperadas con los Aliados para sacar a Italia del conflicto. Durante 45 días, mantuvo una doble política: de cara a Berlín, Italia seguía siendo aliada del Eje; de cara a los emisarios aliados en Lisboa y luego en Sicilia, buscaba las mejores condiciones posibles para un armisticio.
La duplicidad de Badoglio no engañó a Adolf Hitler, que sospechó desde el primer momento y comenzó a enviar divisiones alemanas adicionales a la península italiana, preparándose para lo que consideraba una traición inevitable.
El armisticio del 8 de septiembre de 1943
El 3 de septiembre de 1943, Badoglio firmó en secreto el armisticio con los Aliados en Cassibile (Sicilia). El acuerdo debía anunciarse de forma coordinada con un desembarco aliado en la península, pero la planificación fue caótica. El 8 de septiembre, el general Eisenhower anunció el armisticio por radio desde Argel, forzando a Badoglio a confirmar la noticia esa misma noche en un mensaje radiofónico que sorprendió a casi todo el mundo, incluido el propio ejército italiano.
El anuncio del armisticio provocó una de las mayores catástrofes militares de la historia moderna. Las fuerzas armadas italianas, dispersas por media Europa y sin instrucciones claras, quedaron paralizadas. Los soldados no sabían si debían rendirse, luchar contra los alemanes, o simplemente volver a casa. La confusión fue total y las consecuencias, devastadoras.
La huida de Roma y la Operación Achse
En la madrugada del 9 de septiembre de 1943, mientras las tropas alemanas avanzaban sobre Roma, Badoglio huyó de la capital junto al rey Víctor Manuel III, la familia real y un reducido séquito de generales y funcionarios. El convoy escapó hacia Pescara y de allí embarcó rumbo a Brindisi, en el sur de Italia ya controlado por los Aliados.
La huida del gobierno dejó al ejército italiano abandonado a su suerte. Sin órdenes claras, sin cadena de mando y sin plan de contingencia, más de un millón de soldados italianos fueron desarmados y capturados por los alemanes en cuestión de días. La Wehrmacht ejecutó la Operación Achse con eficiencia brutal: desarmó a las guarniciones italianas en Italia, los Balcanes, Grecia y el Egeo. Aproximadamente 650.000 soldados italianos fueron deportados a campos de trabajo en Alemania como internados militares, sometidos a condiciones durísimas.
Algunos episodios fueron especialmente trágicos. En la isla griega de Cefalonia, la División Acqui se negó a entregar las armas y fue masacrada por las tropas alemanas: más de 5.000 soldados italianos fueron fusilados tras rendirse. La matanza de Cefalonia se convirtió en símbolo del abandono al que Badoglio y el rey sometieron a sus propias fuerzas armadas.
Mientras tanto, los Aliados lanzaban el desembarco en Salerno , enfrentándose a una resistencia alemana mucho más dura de lo esperado precisamente porque la defección italiana ya no sorprendía a nadie.
El gobierno del sur y la cobeligerancia
Desde Brindisi, y luego desde Salerno, Badoglio encabezó un gobierno que controlaba apenas un tercio del territorio italiano. El 13 de octubre de 1943, Italia declaró la guerra a Alemania, convirtiéndose en nación cobeligerante al lado de los Aliados. No era una alianza plena: Italia no era considerada aliada, sino un país que colaboraba militarmente con quienes hasta hacía semanas eran sus enemigos.
El gobierno de Badoglio carecía de legitimidad democrática y de apoyo popular. Los partidos antifascistas del Comité de Liberación Nacional (CLN) exigían su dimisión y la abdicación del rey, a quienes consideraban cómplices del fascismo. Badoglio intentó mantenerse en el poder argumentando que la estabilidad era prioritaria en tiempos de guerra, pero su posición se debilitaba día a día.
La situación cambió con la liberación de Roma el 4 de junio de 1944. Apenas dos días después, bajo presión de los Aliados y de los partidos italianos, Badoglio dimitió como primer ministro. Fue sustituido por Ivanoe Bonomi, un político veterano que formó un gobierno de coalición con los partidos del CLN. La carrera política de Badoglio había terminado.
Vida posterior y legado controvertido
Tras su dimisión, Badoglio se retiró a la vida privada en su pueblo natal, que había sido rebautizado Grazzano Badoglio en su honor. Vivió los últimos años de su vida sin enfrentar ningún proceso judicial, ni por los crímenes de guerra en Etiopía ni por su responsabilidad en el caos del 8 de septiembre.
Murió el 1 de noviembre de 1956 a los 85 años. Su legado sigue dividiendo a historiadores y a la opinión pública italiana. Para algunos, fue un pragmático que salvó a Italia de una destrucción total al negociar el armisticio. Para otros, fue un oportunista cobarde que traicionó a todos —a Mussolini, a los Aliados, a su propio ejército y al pueblo etíope— según le convenía en cada momento.
La figura de Badoglio plantea preguntas incómodas sobre la responsabilidad individual en tiempos de crisis. Su carrera ilustra cómo las élites militares pueden servir a regímenes autoritarios, participar en crímenes de guerra y luego reinventarse como salvadores cuando el viento cambia de dirección. El hecho de que nunca fuera juzgado por el uso de gas mostaza en Etiopía refleja las prioridades geopolíticas de la posguerra, donde la lucha contra el comunismo pesó más que la justicia para las víctimas del colonialismo.
En la Italia contemporánea, el 8 de septiembre sigue siendo una fecha cargada de significado. Lo que Badoglio presentó como el fin de la guerra fue en realidad el comienzo de un período aún más terrible para los italianos: la ocupación alemana, la guerra civil, las represalias y la destrucción. El mariscal del armisticio quiso pasar a la historia como el hombre que trajo la paz, pero su nombre quedó asociado al caos, la cobardía y la traición.