Pierre Laval ocupa un lugar singular en la historia de la SGM como el político francés que llevó la colaboración con la Alemania nazi hasta sus últimas consecuencias. Presidente del Consejo de Ministros en dos ocasiones antes de la guerra, Laval se convirtió en el arquitecto principal de la política colaboracionista del régimen de Vichy, superando incluso al mariscal Philippe Pétain en su disposición a satisfacer las exigencias alemanas. Su nombre quedó asociado para siempre con la traición nacional, las deportaciones de trabajadores franceses a Alemania y la participación activa en la persecución de los judíos.

Un político ambicioso en la Francia de entreguerras
Pierre Laval nació el 28 de junio de 1883 en Châteldon, una pequeña localidad del departamento de Puy-de-Dôme, en el centro de Francia. Hijo de un carnicero y posadero, su origen humilde marcó su carácter pragmático y su ambición desmedida por ascender en la vida pública. Estudió Derecho en París y comenzó su carrera política como abogado laboralista vinculado a los movimientos socialistas.
En sus inicios, Laval se afilió al Partido Socialista y fue elegido diputado en 1914. Sin embargo, su pacifismo durante la Primera Guerra Mundial le costó la reelección en 1919. Lejos de abandonar la política, Laval demostró una capacidad extraordinaria para reinventarse. Abandonó el socialismo, se desplazó progresivamente hacia la derecha y cultivó una red de contactos que le permitió acumular poder e influencia. En la década de 1920 ocupó diversos cargos ministeriales y fue alcalde de Aubervilliers, un bastión obrero en las afueras de París.
Su ascenso culminó con dos mandatos como presidente del Consejo de Ministros: el primero entre 1931 y 1932, y el segundo entre 1935 y 1936. Durante este último periodo, Laval firmó con Mussolini el acuerdo franco-italiano de enero de 1935 y promovió una política de acercamiento a la Italia fascista. Su intento de resolver la crisis de Abisinia mediante un pacto secreto con el dictador italiano —el llamado plan Hoare-Laval— provocó un escándalo que terminó con su caída del gobierno. Aquel episodio reveló un rasgo definitorio de Laval: su disposición a sacrificar principios morales en aras del pragmatismo político.
La caída de Francia y el nacimiento de Vichy
La fulminante derrota francesa en junio de 1940 abrió a Laval la puerta hacia el poder absoluto. Mientras el ejército francés se desmoronaba ante el avance alemán, Laval maniobró en los pasillos del poder para impedir que el gobierno se trasladara al norte de África y continuara la lucha desde las colonias. Su objetivo era claro: negociar un armisticio con Alemania y establecer un nuevo régimen en suelo francés.
El 10 de julio de 1940, en el casino de Vichy, Laval desempeñó un papel decisivo en la votación que otorgó plenos poderes al mariscal Pétain, poniendo fin de facto a la Tercera República. Mediante una combinación de presiones, amenazas y promesas, logró que la Asamblea Nacional aprobara el acto constitucional por 569 votos a favor y solo 80 en contra. Fue el enterrador parlamentario de la democracia francesa.
Nombrado vicepresidente del Consejo y designado sucesor de Pétain, Laval se lanzó de inmediato a construir una relación privilegiada con los ocupantes alemanes. Mientras Pétain encarnaba la figura paternalista del régimen, Laval era el operador político que negociaba directamente con las autoridades de ocupación. Su filosofía quedó resumida en una frase que pronunciaría más tarde y que le perseguiría hasta la tumba.
"Deseo la victoria de Alemania"
El 22 de junio de 1942, Laval pronunció por radio una declaración que selló su destino histórico: "Deseo la victoria de Alemania, porque sin ella el bolchevismo se instalaría en todas partes". Aquella frase, pronunciada voluntariamente y sin presión alemana directa, superó con creces lo que cualquier otro dirigente colaboracionista europeo se había atrevido a decir en público. No se trataba de una colaboración forzada por las circunstancias de la ocupación, sino de una adhesión ideológica explícita a la causa del Eje.
La declaración provocó una conmoción incluso entre los sectores más conservadores de la sociedad francesa. Para la Francia Libre de Charles de Gaulle , Laval se convirtió en la encarnación misma de la traición. Dentro del propio régimen de Vichy, muchos consideraron que aquella frase había ido demasiado lejos, comprometiendo cualquier posibilidad de mantener una ficción de neutralidad.
La rivalidad con Pétain
La relación entre Laval y Pétain fue una de las dinámicas más complejas del régimen de Vichy. Aunque ambos compartían la convicción de que la colaboración con Alemania era inevitable, sus motivaciones y estilos diferían profundamente. Pétain, héroe de Verdún y figura casi mítica, concebía el régimen como una "Revolución Nacional" de corte conservador y paternalista. Laval, en cambio, era un político profesional que veía en la colaboración una oportunidad para posicionar a Francia favorablemente en la nueva Europa dominada por Alemania.
En diciembre de 1940, Pétain destituyó a Laval de todos sus cargos en un golpe palaciego motivado tanto por rivalidades personales como por diferencias sobre el alcance de la colaboración. Laval fue brevemente detenido y permaneció apartado del poder durante más de un año. Sin embargo, bajo presión alemana directa —los nazis consideraban a Laval su interlocutor más fiable—, Pétain se vio obligado a readmitirlo en abril de 1942, esta vez como jefe del gobierno con poderes reforzados.
Desde su regreso, Laval concentró en sus manos un poder casi absoluto, marginando progresivamente a Pétain. El anciano mariscal quedó reducido a una figura decorativa mientras Laval dirigía la política real del régimen, profundizando la colaboración a niveles que ni los propios alemanes habían anticipado inicialmente.
El Servicio de Trabajo Obligatorio
Una de las medidas más impopulares del gobierno de Laval fue la creación del Service du travail obligatoire (STO) en febrero de 1943. Bajo presión del plenipotenciario alemán Fritz Sauckel, que exigía mano de obra para la industria de guerra del Reich, Laval instituyó un sistema de reclutamiento forzoso que obligaba a los jóvenes franceses a trabajar en las fábricas alemanas.
Laval intentó presentar el STO como un intercambio: por cada tres trabajadores enviados a Alemania, un prisionero de guerra francés sería liberado. Esta fórmula, conocida como "la Relève", fue en la práctica un fraude. Los alemanes liberaron a muchos menos prisioneros de los prometidos, mientras que cientos de miles de franceses fueron deportados al Reich para trabajar en condiciones durísimas. Se estima que entre 600.000 y 650.000 trabajadores franceses fueron enviados a Alemania durante la ocupación.
El STO tuvo una consecuencia imprevista que cambió el curso de la guerra en Francia: miles de jóvenes que se negaron a partir se refugiaron en las montañas y los bosques, engrosando las filas de los maquis, la guerrilla de la Resistencia francesa. Paradójicamente, la política de Laval contribuyó de forma decisiva al fortalecimiento del movimiento que acabaría con el régimen de Vichy.
La complicidad en las deportaciones judías
El capítulo más oscuro de la trayectoria de Laval fue su participación activa en la persecución y deportación de los judíos de Francia. Aunque la legislación antisemita del régimen de Vichy precedió a su segundo mandato —el Estatuto de los Judíos de octubre de 1940 fue promulgado durante su primera etapa—, Laval intensificó la colaboración con las autoridades alemanas en la aplicación de la Solución Final en territorio francés.
El episodio más terrible fue la redada del Velódromo de Invierno (Vel d'Hiv) del 16 y 17 de julio de 1942, en la que la policía francesa, bajo órdenes del gobierno de Vichy, detuvo a más de 13.000 judíos en París, entre ellos más de 4.000 niños. Laval tomó una decisión que ni siquiera los alemanes habían solicitado inicialmente: ordenó que los niños fueran deportados junto con sus padres. Cuando se le preguntó por qué, respondió con frialdad que no quería separar a las familias. Aquellos niños fueron enviados a Auschwitz, donde la inmensa mayoría fue asesinada en las cámaras de gas.
En total, cerca de 76.000 judíos fueron deportados desde Francia durante la ocupación, de los cuales apenas 2.500 sobrevivieron. Si bien la responsabilidad fue compartida con la administración alemana y la burocracia policial francesa, el papel personal de Laval en facilitar y acelerar las deportaciones fue determinante.
La huida y la caída
A medida que la guerra se volvía contra Alemania, la posición de Laval se hizo insostenible. Tras el desembarco aliado en Normandía en junio de 1944 y la liberación de París en agosto, Laval fue trasladado por los alemanes a Belfort y posteriormente a Sigmaringen, en el sur de Alemania, donde se estableció un gobierno fantasma de Vichy en el exilio.
En mayo de 1945, con la rendición alemana, Laval huyó a España, donde el régimen de Franco le concedió inicialmente asilo. Sin embargo, bajo presión del gobierno provisional francés, las autoridades españolas lo entregaron a Francia en julio de 1945. Fue encarcelado en la prisión de Fresnes, a las afueras de París, a la espera de juicio.
El juicio y la ejecución
El proceso judicial contra Laval, celebrado en octubre de 1945 ante el Tribunal Superior de Justicia, fue uno de los más controvertidos de la depuración francesa. El juicio estuvo marcado por un ambiente de hostilidad extrema: los jurados —muchos de ellos antiguos resistentes— mostraron abiertamente su animosidad, y Laval apenas tuvo oportunidad de presentar una defensa adecuada. Historiadores posteriores han señalado que el proceso careció de las garantías mínimas de un juicio justo.
Laval intentó defenderse argumentando que su colaboración había sido un "escudo" para proteger a Francia de un destino peor, una tesis que sería repetida durante décadas por los apologistas del régimen de Vichy. Sostuvo que había negociado con los alemanes para limitar sus exigencias y que sin su mediación las consecuencias habrían sido más graves. El tribunal no aceptó estos argumentos.
Condenado a muerte por alta traición el 9 de octubre de 1945, Laval protagonizó una última escena dramática. La mañana de su ejecución, el 15 de octubre, ingirió una cápsula de cianuro que había ocultado desde su detención. Los médicos de la prisión lograron reanimarlo mediante un lavado de estómago. Semiconsciente y vomitando, fue arrastrado hasta el paredón de fusilamiento en la prisión de Fresnes. Según los testimonios, pidió dar él mismo la orden de fuego, pero le fue denegado. Murió fusilado apenas unas horas después de su intento de suicidio, en una escena que muchos testigos describieron como macabra.
El colaborador más odiado de Francia
La figura de Laval se convirtió en el símbolo por excelencia de la colaboración francesa con la Alemania nazi. Mientras Pétain fue condenado a muerte pero indultado por De Gaulle —murió en prisión en 1951—, Laval no recibió clemencia alguna. En la memoria colectiva francesa, Laval encarna al político sin escrúpulos que vendió a su país por ambición personal, frente a Pétain, a quien una parte de la sociedad francesa siguió considerando durante décadas como un anciano manipulado por las circunstancias.
Comparado con otros colaboradores europeos de la SGM —Vidkun Quisling en Noruega, Ante Pavelić en Croacia o Ion Antonescu en Rumanía—, Laval se distingue por la magnitud de los recursos que puso a disposición de Alemania y por la voluntariedad de su colaboración. Francia no era un pequeño estado satélite, sino una gran potencia con un imperio colonial, una economía industrial significativa y una administración eficiente. La colaboración de Laval proporcionó al Reich recursos materiales y humanos de un valor incalculable.
El legado de Laval sigue siendo objeto de debate historiográfico. Algunos historiadores argumentan que la colaboración de Estado practicada por Vichy fue peor que la resistencia, porque legitimó la ocupación y facilitó crímenes que de otro modo habrían encontrado mayor oposición. Otros sostienen que el juicio de Laval fue un ejercicio de justicia expeditiva en un momento de pasión nacional, y que una evaluación más serena habría tenido en cuenta las complejidades de gobernar bajo ocupación. Lo que resulta difícilmente discutible es que las decisiones de Laval —especialmente en relación con las deportaciones judías y el trabajo forzoso— causaron un sufrimiento inmenso y contribuyeron directamente a la maquinaria de muerte nazi.