Juan Domingo Perón fue un militar y político argentino cuya trayectoria durante la Segunda Guerra Mundial lo convirtió en una de las figuras más controvertidas de la relación entre América Latina y el conflicto global. Oficial del ejército argentino con formación militar en la Italia fascista, Perón admiraba abiertamente los regímenes autoritarios europeos y desempeñó un papel clave en mantener la neutralidad argentina durante la mayor parte de la guerra, una neutralidad que benefició al Eje al garantizar el suministro de materias primas y proporcionar un refugio seguro para los intereses alemanes en el continente americano. Tras la guerra, su gobierno facilitó la llegada a Argentina de miles de fugitivos nazis, convirtiendo al país en el principal destino de los criminales de guerra europeos que huían de la justicia.

Juan Domingo Perón con uniforme militar
Juan Domingo Perón en uniforme militar, el hombre que marcaría la relación entre Argentina y la SGM. Dominio público · Public domain

Formación militar y admiración por el fascismo

Perón nació el 8 de octubre de 1895 en Lobos, provincia de Buenos Aires. Siguió la carrera militar y se graduó del Colegio Militar de la Nación en 1913. Su formación lo llevó a especializarse en temas de estrategia e inteligencia, áreas en las que desarrolló una competencia que aplicaría tanto en el ámbito militar como en el político.

Entre 1939 y 1941, Perón fue enviado como agregado militar a Italia, donde tuvo la oportunidad de observar de primera mano el funcionamiento del régimen fascista de Benito Mussolini. La experiencia italiana dejó una marca profunda en el joven oficial argentino. Admiró la capacidad del fascismo para movilizar a las masas, controlar los sindicatos, subordinar la economía a los objetivos del Estado y proyectar una imagen de fuerza nacional.

También visitó Alemania, Francia y España durante esta estancia europea, y los informes que envió a Buenos Aires reflejaban una simpatía evidente hacia los modelos autoritarios europeos. Perón no era un nazi en sentido ideológico — carecía del componente racial del nazismo y nunca adoptó el antisemitismo como doctrina —, pero admiraba la eficiencia organizativa de los regímenes totalitarios y creía que Argentina podía beneficiarse de adaptar elementos de estos sistemas a su propia realidad.

El GOU y el golpe de 1943

De regreso en Argentina, Perón se convirtió en una figura central del Grupo de Oficiales Unidos (GOU), una logia militar secreta compuesta por oficiales nacionalistas que compartían la admiración por las potencias del Eje y la desconfianza hacia la influencia angloamericana en Argentina.

El 4 de junio de 1943, el GOU ejecutó un golpe de estado que derrocó al presidente Ramón Castillo. Aunque Perón no lideró formalmente el golpe, su influencia dentro del grupo era decisiva. En los meses siguientes, acumuló poder desde el Departamento Nacional de Trabajo, que transformó en Secretaría de Trabajo y Previsión, utilizándolo como plataforma para construir una base política entre los trabajadores y los sindicatos.

El gobierno militar del GOU mantuvo la neutralidad argentina en la guerra, una posición que irritaba profundamente a Estados Unidos y a los aliados. Argentina era el último país importante de América que no había roto relaciones con las potencias del Eje, y Washington sospechaba — con razón — que la neutralidad argentina servía de cobertura para operaciones de espionaje e inteligencia alemanas.

La neutralidad como estrategia

La neutralidad argentina durante la SGM no fue simplemente una posición de no intervención sino una estrategia calculada que respondía a múltiples intereses. Argentina tenía vínculos económicos profundos con Gran Bretaña, su principal socio comercial, pero también mantenía relaciones significativas con Alemania, especialmente en los ámbitos militar e industrial. Muchos oficiales del ejército argentino habían sido formados por instructores alemanes, y la comunidad germano-argentina era numerosa e influyente.

Perón y los militares del GOU calcularon que mantener la neutralidad permitía a Argentina comerciar con ambos bandos, evitar los costes de la guerra y fortalecer su posición negociadora para la posguerra. También creían, al menos hasta 1943, que una victoria del Eje era posible y que Argentina debía posicionarse para beneficiarse de ella.

La neutralidad proporcionó ventajas concretas a Alemania. Los submarinos alemanes que operaban en el Atlántico Sur recibieron suministros y refugio en puertos argentinos. Las redes de espionaje de la Abwehr operaron con relativa libertad en Buenos Aires. Las empresas alemanas en Argentina continuaron funcionando y transfiriendo beneficios al Reich, eludiendo el bloqueo aliado.

La presión aliada y la tardía declaración de guerra

A medida que la guerra se inclinaba decisivamente a favor de los aliados, la presión sobre Argentina para abandonar su neutralidad se intensificó. Estados Unidos impuso sanciones económicas y diplomáticas, y Gran Bretaña, aunque más cautelosa por sus intereses económicos en el país, también presionó para un cambio de posición.

En enero de 1944, Argentina rompió finalmente relaciones diplomáticas con Alemania y Japón, un gesto que los aliados consideraron insuficiente y tardío. No fue hasta el 27 de marzo de 1945, cuando la derrota del Eje era ya inevitable, cuando Argentina declaró formalmente la guerra a Alemania y Japón, una decisión que muchos interpretaron como un intento oportunista de asegurar un puesto en la futura Organización de las Naciones Unidas.

Las ratlines: el refugio de los nazis

El capítulo más oscuro de la relación entre Perón y la SGM fue la facilitación de las llamadas "ratlines" (líneas de ratas), las rutas de escape que permitieron a miles de criminales de guerra nazis, fascistas italianos y colaboracionistas de diversos países huir a Argentina después de la guerra.

Tras asumir la presidencia en 1946, Perón autorizó una política migratoria que favorecía discretamente la entrada de europeos con pasados comprometidos. Las rutas de escape pasaban generalmente por Italia, donde organizaciones como la ODESSA y la red del obispo Alois Hudal proporcionaban documentos falsos y pasajes a los fugitivos. La Cruz Roja Internacional, cuyos documentos de viaje eran aceptados como identificación, fue utilizada involuntariamente como instrumento de estas fugas.

Entre los nazis que encontraron refugio en Argentina figuraban Adolf Eichmann, el arquitecto logístico de la Solución Final, que vivió en Buenos Aires bajo el nombre de Ricardo Klement hasta su captura por el Mossad en 1960; Josef Mengele, el médico de Auschwitz responsable de experimentos atroces, que residió en Argentina antes de huir a Paraguay y Brasil; y Erich Priebke, responsable de la masacre de las Fosas Ardeatinas en Roma.

Las motivaciones de Perón para acoger a los fugitivos nazis fueron múltiples. Por un lado, buscaba atraer técnicos y científicos alemanes que pudieran contribuir al desarrollo industrial y militar argentino, siguiendo un razonamiento similar al del programa Operación Paperclip estadounidense. Por otro, las redes de contactos nazis traían consigo capital financiero que el gobierno argentino no desdeñaba. Finalmente, la afinidad ideológica con ciertos aspectos del nacionalsocialismo facilitaba una simpatía personal que se traducía en una política de puertas abiertas.

El peronismo y el legado de la guerra

La relación de Perón con la SGM fue un factor determinante en la configuración del peronismo como movimiento político. La admiración por los modelos corporativistas europeos se reflejó en la organización del movimiento obrero peronista, en la relación entre el Estado y los sindicatos y en la retórica nacionalista que caracterizó al régimen.

Sin embargo, Perón fue suficientemente pragmático para adaptar su discurso a las circunstancias cambiantes. Tras la derrota del Eje, abandonó gradualmente las referencias al fascismo europeo y construyó un discurso de "tercera posición" que pretendía ubicar a Argentina entre el capitalismo estadounidense y el comunismo soviético, una reformulación que le permitió sobrevivir políticamente en el nuevo orden mundial de la Guerra Fría.

Un legado controvertido

La figura de Perón en el contexto de la SGM sigue siendo objeto de intenso debate. Sus defensores argumentan que la neutralidad protegió a Argentina de los costes de la guerra y que la acogida de inmigrantes europeos — incluidos muchos que no eran criminales de guerra — contribuyó al desarrollo del país. Sus críticos señalan que la neutralidad benefició al Eje, que la acogida de nazis fue un acto de complicidad con criminales de guerra y que la influencia fascista en el peronismo dejó marcas duraderas en la política argentina.

Lo que resulta indiscutible es que la relación de Perón con la SGM tuvo consecuencias que se extendieron mucho más allá de 1945. La presencia de comunidades de exiliados nazis en Argentina generó tensiones diplomáticas durante décadas, culminando en episodios como la captura de Eichmann por el Mossad israelí en 1960, que provocó una crisis entre Argentina e Israel.

La historia de Perón y la SGM es un recordatorio de que la neutralidad en un conflicto de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial nunca fue verdaderamente neutral: cada decisión de no actuar era, en sí misma, una forma de tomar partido.