Cuando Harry S. Truman juró como trigésimo tercer presidente de Estados Unidos el 12 de abril de 1945, apenas unas horas después de la muerte de Franklin Roosevelt , se enfrentó a una sucesión de decisiones que ningún otro líder en la historia había tenido que tomar. En los 120 días siguientes, aceptaría la rendición de Alemania, conocería por primera vez la existencia de la bomba atómica, ordenaría su uso contra Japón y sentaría las bases del orden mundial de posguerra. Un hombre que no había sido preparado para la presidencia tomó las decisiones más trascendentales del siglo XX.

Retrato oficial de Harry S. Truman como presidente de Estados Unidos en 1945
Harry S. Truman, presidente de Estados Unidos desde abril de 1945, fotografiado poco después de asumir el cargo Greta Kempton / White House · Dominio público

Un presidente inesperado

Harry Truman nació el 8 de mayo de 1884 en Lamar, Misuri, en una familia modesta de granjeros. A diferencia de Roosevelt, que provenía de la aristocracia del este, Truman era un hombre del medio oeste sin título universitario ni fortuna familiar. Había sido granjero, tendero fracasado, capitán de artillería en la Primera Guerra Mundial y juez de condado antes de llegar al Senado en 1934.

Roosevelt lo eligió como candidato a vicepresidente en 1944 casi como una solución de compromiso: lo bastante inofensivo para no molestar a nadie y lo bastante respetable para equilibrar la fórmula. Truman pasó los 82 días de su vicepresidencia prácticamente excluido de las decisiones importantes. Roosevelt, ya gravemente enfermo, apenas se reunió con él y nunca le habló del Proyecto Manhattan ni de los acuerdos secretos de Yalta .

Cuando le comunicaron la muerte de Roosevelt, Truman preguntó a la viuda Eleanor: «¿Hay algo que pueda hacer por usted?». Ella respondió: «¿Hay algo que podamos hacer por usted? Porque usted es el que tiene problemas ahora».

Los primeros días: Alemania se rinde

Truman heredó una guerra que estaba a punto de terminar en Europa. La batalla de Berlín rugía en sus últimos estertores, Hitler se suicidó el 30 de abril, y el 8 de mayo Alemania firmó la rendición incondicional . Truman tuvo la tarea de gestionar la victoria, no de ganarla.

Pero pronto descubrió que la posguerra europea sería tan difícil como la guerra misma. Las relaciones con Stalin se deterioraban rápidamente. Los acuerdos de Yalta sobre la autodeterminación de los pueblos de Europa del Este se estaban convirtiendo en papel mojado a medida que la Unión Soviética imponía regímenes comunistas títeres en Polonia, Rumanía, Bulgaria y Hungría.

Truman adoptó una postura más confrontativa que Roosevelt frente a las ambiciones soviéticas. En su primera reunión con el ministro de Exteriores soviético Molotov, le espetó que los acuerdos debían cumplirse. Molotov protestó: «Nunca me han hablado así en mi vida». Truman respondió: «Cumpla sus acuerdos y no le hablarán así».

La conferencia de Potsdam

En julio de 1945, Truman viajó a Potsdam, a las afueras de Berlín, para la última conferencia de los tres grandes (ahora con él en lugar de Roosevelt, y con Clement Attlee sustituyendo a Churchill tras la derrota electoral de este). La conferencia abordó la reorganización de Alemania, las reparaciones de guerra y la cuestión de las fronteras polacas.

Fue en Potsdam donde Truman recibió la noticia que cambiaría su vida y la historia: el 16 de julio, la prueba Trinity había detonado con éxito la primera bomba atómica en el desierto de Nuevo México. Truman anotó en su diario que era «el arma más terrible jamás descubierta en la historia de la humanidad». Mencionó vagamente a Stalin la existencia de «una nueva arma de extraordinario poder destructivo»; el líder soviético, que ya conocía el proyecto por sus espías, se limitó a asentir.

La conferencia emitió la Declaración de Potsdam, un ultimátum a Japón exigiendo la rendición incondicional y amenazando con «la destrucción total». Japón rechazó el ultimátum. El escenario estaba preparado para la decisión más controvertida de la guerra.

La decisión atómica

La cuestión de si lanzar la bomba atómica fue probablemente la decisión más debatida de toda la historia militar. Truman se enfrentaba a un dilema terrible: las opciones para acabar la guerra con Japón eran todas malas.

Las alternativas

  • Invasión convencional: La Operación Downfall, planificada para noviembre de 1945, preveía el asalto anfibio de las islas japonesas. Las estimaciones de bajas variaban enormemente, pero los precedentes de Iwo Jima y Okinawa —donde los defensores lucharon hasta la muerte y las bajas civiles fueron devastadoras— sugerían cifras aterradoras. Algunas estimaciones hablaban de cientos de miles de bajas estadounidenses y millones de japonesas.

  • Bloqueo y bombardeo convencional: Mantener el bloqueo naval y los bombardeos incendiarios que ya estaban destruyendo las ciudades japonesas. Esta opción habría prolongado la guerra meses o años, con un coste humanitario enorme por la hambruna y los bombardeos continuos.

  • Demostración nuclear: Algunos científicos del Proyecto Manhattan, encabezados por Leo Szilard, propusieron una detonación de demostración en una zona deshabitada para forzar la rendición sin víctimas. Truman y sus asesores rechazaron la idea: solo disponían de dos bombas, y si la demostración fallaba o Japón no se rendía, habrían perdido la ventaja del arma secreta.

  • Negociación: Japón había sondado a la URSS como mediadora, pero los militaristas japoneses rechazaban la rendición incondicional y exigían condiciones inaceptables para los Aliados: conservar el sistema imperial, no ser ocupados y juzgar ellos mismos a sus propios criminales de guerra.

Hiroshima y Nagasaki

El 6 de agosto de 1945, el bombardero B-29 Enola Gay lanzó la primera bomba atómica sobre Hiroshima . La explosión mató a unas 80.000 personas instantáneamente, y decenas de miles más morirían en las semanas y meses siguientes por las heridas y la radiación. Truman anunció la noticia al mundo: «La fuerza de la que el sol extrae su poder ha sido lanzada contra quienes trajeron la guerra al Lejano Oriente».

Cuando Japón no se rindió inmediatamente, una segunda bomba fue lanzada sobre Nagasaki el 9 de agosto, matando a unas 40.000 personas. Ese mismo día, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón e invadió Manchuria. La combinación de ambos shocks —la bomba y la entrada soviética— rompió el punto muerto en el gobierno japonés. El emperador Hirohito intervino personalmente para ordenar la rendición.

Truman nunca expresó arrepentimiento público por la decisión. «La usé para poner fin a la guerra que habría costado medio millón de vidas americanas», dijo repetidamente. El debate moral sobre Hiroshima y Nagasaki no ha cesado desde entonces y probablemente no cesará nunca.

La posguerra: el arquitecto de un nuevo mundo

Las decisiones de Truman tras la guerra fueron tan trascendentales como las de la guerra misma. En rápida sucesión, sentó las bases del orden mundial que definiría la segunda mitad del siglo XX:

  • Apoyó la creación de las Naciones Unidas y aseguró que Estados Unidos, a diferencia de lo ocurrido con la Sociedad de Naciones tras la Primera Guerra Mundial, participara activamente.
  • Formuló la Doctrina Truman (marzo de 1947), comprometiendo a Estados Unidos a apoyar a los pueblos libres que resistieran la subversión comunista, marcando el inicio formal de la Guerra Fría .
  • Impulsó el Plan Marshall (1948), que inyectó miles de millones de dólares en la reconstrucción de Europa occidental, salvando economías devastadas y frenando el avance del comunismo.
  • Lideró la creación de la OTAN (1949), la alianza militar que definiría la seguridad occidental durante décadas.
  • Ordenó el puente aéreo de Berlín (1948-1949) cuando los soviéticos bloquearon el acceso terrestre a Berlín occidental, demostrando que Estados Unidos no abandonaría a sus aliados.

Legado

Harry Truman dejó la presidencia en enero de 1953 con una popularidad por los suelos, desgastado por la guerra de Corea y los escándalos de su administración. Volvió a Independence, Misuri, sin fortuna personal —rechazó ofertas corporativas que consideraba indignas de un expresidente— y vivió modestamente hasta su muerte en 1972.

La historia ha sido más generosa con él que sus contemporáneos. Hoy, Truman es considerado uno de los grandes presidentes estadounidenses, un hombre corriente que se vio obligado a tomar decisiones extraordinarias y que, en general, acertó. Su famosa placa de escritorio, «The buck stops here» (aquí se toman las decisiones), resume su filosofía: la responsabilidad no se delega.

La decisión atómica seguirá siendo su legado más controvertido. Pero el orden internacional que construyó —la ONU, la OTAN, el Plan Marshall, la contención del comunismo— demostró ser extraordinariamente duradero. El hombre del que nadie esperaba nada resultó ser el presidente que el momento exigía.