Franklin Delano Roosevelt fue el único presidente estadounidense elegido cuatro veces y el líder que guio a su país desde el aislacionismo hasta la victoria en la mayor guerra de la historia. Cuando murió el 12 de abril de 1945, a pocas semanas del final de la contienda en Europa, había transformado Estados Unidos en la superpotencia dominante del mundo y sentado las bases del orden internacional de posguerra. Amado y odiado a partes iguales, Roosevelt sigue siendo una de las figuras más influyentes del siglo XX.

Los años previos a la guerra
Roosevelt llegó a la Casa Blanca en 1933, en plena Gran Depresión . Su programa de reformas económicas y sociales —el New Deal— transformó el papel del gobierno federal, pero cuando estalló la guerra en Europa en septiembre de 1939, Estados Unidos era una nación profundamente aislacionista. Las leyes de neutralidad, aprobadas por el Congreso entre 1935 y 1937, prohibían la venta de armas a países beligerantes, y la opinión pública rechazaba abrumadoramente la participación en otra guerra europea.
Roosevelt comprendió desde el principio que la victoria del Eje representaba una amenaza existencial para Estados Unidos, pero sabía que no podía llevar al país a la guerra sin el apoyo de la opinión pública. Su estrategia fue un ejercicio magistral de pragmatismo político: avanzar paso a paso, empujando los límites de la neutralidad sin cruzar la línea que provocara una reacción en contra.
En noviembre de 1939, logró que el Congreso modificara las leyes de neutralidad para permitir la venta de armas bajo el principio de cash and carry (pagar y transportar), una medida que beneficiaba claramente a Gran Bretaña y Francia, las únicas potencias con marina capaz de cruzar el Atlántico. Era el primer paso.
El arsenal de la democracia
La caída de Francia en junio de 1940 conmocionó a Roosevelt y a la nación. Gran Bretaña quedó sola, y Churchill suplicaba ayuda desesperadamente. Roosevelt respondió con una serie de medidas cada vez más audaces.
En septiembre de 1940 firmó el acuerdo de «destructores por bases», transfiriendo 50 destructores viejos a la Royal Navy a cambio de bases militares en el Caribe y el Atlántico. En diciembre pronunció uno de sus discursos más célebres, declarando que Estados Unidos debía convertirse en «el arsenal de la democracia», produciendo armas para las naciones que luchaban contra el fascismo.
En marzo de 1941, el Congreso aprobó la Ley de Préstamo y Arriendo (Lend-Lease), que permitía suministrar material bélico a cualquier país cuya defensa fuera vital para la seguridad de Estados Unidos. La ley fue un acto de generosidad estratégica sin precedentes: entre 1941 y 1945, Estados Unidos proporcionó más de 50.000 millones de dólares (equivalentes a más de 800.000 millones actuales) en armas, alimentos, vehículos y materias primas a sus aliados, especialmente a Gran Bretaña y la Unión Soviética.
En agosto de 1941, Roosevelt se reunió con Churchill a bordo de un buque de guerra en la bahía de Placentia, Terranova, para firmar la Carta del Atlántico , una declaración de principios que establecía los objetivos de la posguerra: autodeterminación de los pueblos, libertad de comercio, cooperación internacional y renuncia a la expansión territorial. La Carta, firmada por un país que aún no estaba en guerra, fue la semilla de lo que se convertiría en las Naciones Unidas .
Pearl Harbor y la entrada en la guerra
El 7 de diciembre de 1941, el ataque japonés a Pearl Harbor resolvió de golpe el dilema de Roosevelt. La «fecha que vivirá en la infamia», como la calificó en su discurso ante el Congreso, unificó a la nación como ningún argumento político habría podido hacerlo. Al día siguiente, Estados Unidos declaró la guerra a Japón, y cuatro días después Alemania e Italia declararon la guerra a Estados Unidos.
Roosevelt abrazó la guerra con la misma energía que había aplicado al New Deal. Su primera decisión estratégica crucial fue confirmar la doctrina «Europa primero» (Germany first): a pesar de que Pearl Harbor había desatado la ira popular contra Japón, Roosevelt y sus asesores militares coincidieron en que Alemania era la amenaza principal y debía ser derrotada antes de concentrar todos los recursos contra Japón.
Esta decisión fue controvertida —muchos estadounidenses querían vengarse de Japón— pero demostró la capacidad de Roosevelt para pensar estratégicamente más allá de las pasiones del momento. Asignar la prioridad a Europa significaba también fortalecer la alianza con Gran Bretaña y la URSS, los dos países que soportaban el grueso del combate contra la Wehrmacht.
Comandante en jefe
Como comandante en jefe, Roosevelt tomó decisiones que definieron el curso de la guerra:
La movilización industrial
La transformación de la economía estadounidense de paz a guerra fue la mayor hazaña logística de la historia. Las fábricas de automóviles pasaron a producir tanques y aviones; los astilleros botaban un barco Liberty cada día; las mujeres entraron masivamente en la fuerza laboral. En 1944, Estados Unidos producía más material bélico que todos los demás países del mundo combinados.
Roosevelt creó una red de agencias gubernamentales para coordinar la producción —la War Production Board, la Office of War Mobilization— y se apoyó en empresarios como Henry Kaiser, que revolucionó la construcción naval con técnicas de producción en masa. La capacidad industrial estadounidense, más que cualquier genio militar, fue el factor decisivo de la victoria aliada.
Las decisiones estratégicas
Roosevelt arbitró entre los criterios a menudo contrapuestos de sus generales y de Churchill. Cuando los británicos insistían en atacar el «vientre blando» del Eje en el Mediterráneo, y los estadounidenses presionaban por una invasión directa de Francia, Roosevelt buscó el equilibrio: apoyó las operaciones en el norte de África y Sicilia como preparación, pero estableció el compromiso firme de cruzar el canal de la Mancha en 1944.
La elección de Dwight Eisenhower como comandante supremo aliado para la invasión de Europa fue una decisión personal de Roosevelt. Muchos esperaban que eligiera al general Marshall, su jefe de estado mayor y quizás el militar más respetado de la nación, pero Roosevelt consideró que Marshall era demasiado valioso en Washington. Eisenhower, con su talento para coordinar aliados difíciles, resultó ser la elección perfecta para el Día D .
El Proyecto Manhattan
En agosto de 1939, Albert Einstein firmó una carta alertando a Roosevelt de que Alemania podría desarrollar una bomba atómica . Roosevelt autorizó un programa de investigación que, en 1942, se convirtió en el Proyecto Manhattan, el esfuerzo científico e industrial más grande y secreto de la guerra. Más de 125.000 personas trabajaron en el proyecto, que costó 2.000 millones de dólares (unos 30.000 millones actuales), y cuyo resultado cambiaría para siempre la historia de la humanidad.
Roosevelt no vivió para ver la primera explosión nuclear en Alamogordo, pero fue él quien tomó la decisión de iniciar el proyecto y quien mantuvo el secreto incluso ante la mayoría de su propio gabinete. Su vicepresidente, Harry Truman, no supo de la existencia de la bomba hasta que asumió la presidencia.
La diplomacia de guerra
Roosevelt fue un diplomático tan hábil como un político. Gestionó la alianza más improbable de la historia moderna: la coalición entre la democracia capitalista estadounidense, el Imperio Británico en decadencia y la dictadura comunista soviética.
Su relación con Churchill fue la más cercana entre líderes de la guerra. Se comunicaban constantemente, se reunieron once veces entre 1941 y 1945 y desarrollaron una amistad genuina a pesar de las diferencias de intereses nacionales. Roosevelt admiraba el coraje de Churchill pero desconfiaba de su imperialismo; Churchill necesitaba desesperadamente a Estados Unidos pero temía quedar subordinado a la potencia emergente.
La relación con Stalin fue más compleja. Roosevelt creía que podía manejar al dictador soviético mediante el encanto personal y las concesiones diplomáticas. En la Conferencia de Yalta (febrero de 1945), Roosevelt negoció acuerdos sobre la posguerra europea, las fronteras de Polonia y la entrada de la URSS en la guerra contra Japón. Sus críticos lo acusaron de ceder demasiado a Stalin, especialmente en Europa del Este; sus defensores argumentan que, dada la posición del Ejército Rojo sobre el terreno, las concesiones eran inevitables.
Las sombras
El legado de Roosevelt en la guerra no está libre de controversia. La internación de 120.000 japoneses-americanos en campos de concentración tras Pearl Harbor —hombres, mujeres y niños, la mayoría ciudadanos estadounidenses— fue una violación masiva de derechos civiles motivada por el racismo y la histeria bélica, reconocida como tal por el propio gobierno décadas después.
También se debate su respuesta al Holocausto. A pesar de las informaciones que llegaban sobre el exterminio de los judíos europeos, Roosevelt se negó repetidamente a bombardear las vías de ferrocarril que conducían a Auschwitz o a abrir las puertas de la inmigración a los refugiados judíos. Sus defensores argumentan que priorizó ganar la guerra lo antes posible como la mejor forma de salvar vidas; sus críticos sostienen que pudo y debió hacer más.
Muerte y legado
Roosevelt murió el 12 de abril de 1945 de una hemorragia cerebral en Warm Springs, Georgia. Tenía 63 años. La noticia conmocionó al mundo: muchos soldados en el frente nunca habían conocido otro presidente, y la idea de ganar la guerra sin él parecía inconcebible.
Murió a menos de un mes de la rendición de Alemania y a cuatro meses de la rendición de Japón. No vio el final de la guerra que había liderado, pero su legado fue determinante: había convertido a Estados Unidos en la potencia industrial y militar dominante del mundo, había forjado la alianza que derrotó al fascismo, había sentado las bases de la ONU y del orden internacional de posguerra, y había iniciado el programa que produciría la bomba atómica.
Churchill, al enterarse de su muerte, dijo que sentía como si le hubieran arrancado una parte del cuerpo. Stalin envió un mensaje de pésame inusualmente emotivo. Eisenhower declaró que el mundo había perdido «a un campeón de la libertad y un amigo de las personas corrientes de todas partes».
Para bien y para mal, Franklin Roosevelt fue el hombre que más hizo para determinar el resultado de la SGM y la forma del mundo que emergió de ella. Sin su liderazgo, la guerra habría tenido un desenlace muy diferente, y el siglo XX sería irreconocible.