Edvard Beneš (1884-1948) fue el presidente de Checoslovaquia que vivió la SGM como una doble tragedia nacional: primero, la traición de Múnich en 1938, cuando sus aliados occidentales entregaron los Sudetes a Hitler sin consultarle; luego, la ocupación total de su país y seis años de exilio liderando un gobierno sin territorio. Su regreso triunfal en 1945 fue efímero: en 1948, un golpe comunista lo obligó a dimitir, y murió tres meses después. La historia de Beneš es la historia de un pequeño país atrapado entre las grandes potencias.

Retrato de Edvard Beneš, presidente de Checoslovaquia
Edvard Beneš, presidente de Checoslovaquia y líder del gobierno en el exilio durante la SGM U.S. Office of War Information · Dominio público

El diplomático de la Primera República

Nacido en Kožlany, Bohemia, en una familia campesina, Beneš estudió en Praga, París y Dijon, y se convirtió en estrecho colaborador de Tomáš Masaryk, el padre fundador de Checoslovaquia. Durante la Primera Guerra Mundial, ambos trabajaron desde el exilio para convencer a las potencias aliadas de la necesidad de crear un estado checoslovaco independiente.

Tras la fundación de Checoslovaquia en 1918, Beneš fue ministro de Asuntos Exteriores durante 17 años consecutivos (1918-1935), convirtiéndose en uno de los diplomáticos más influyentes de la Europa de entreguerras. Fue un firme defensor de la Sociedad de Naciones, de la seguridad colectiva y de las alianzas con Francia y la Pequeña Entente (Yugoslavia y Rumanía) como garantía contra la agresión alemana y húngara.

En 1935, Beneš sucedió a Masaryk como presidente de la República. Checoslovaquia era entonces la única democracia genuina de Europa Central, con una economía industrial avanzada, un ejército bien equipado y un sistema de fortificaciones fronterizas comparable a la línea Maginot.

La crisis de los Sudetes y Múnich

La llegada de Hitler al poder en 1933 supuso una amenaza existencial para Checoslovaquia. La minoría alemana de los Sudetes, que representaba aproximadamente tres millones de los 14 millones de habitantes del país, fue instrumentalizada por el régimen nazi a través del Partido Alemán de los Sudetes de Konrad Henlein.

En 1938, Hitler intensificó su campaña contra Checoslovaquia, exigiendo la incorporación de los Sudetes al Reich. Beneš confiaba en que sus aliados —Francia, con la que tenía un tratado de asistencia mutua, y Gran Bretaña— cumplirían sus compromisos. El ejército checoslovaco, con 35 divisiones bien armadas y un sistema de fortificaciones moderno, estaba preparado para resistir.

La traición llegó el 29-30 de septiembre de 1938, cuando los Acuerdos de Múnich fueron firmados por Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña —sin la presencia de Checoslovaquia en la mesa— cediendo los Sudetes a Hitler. Chamberlain regresó a Londres proclamando "paz para nuestra época". Beneš fue informado después de los hechos: su país debía aceptar o enfrentarse solo a Alemania.

Beneš cedió. Sin el apoyo de sus aliados, la resistencia militar era suicida. El 5 de octubre, dimitió como presidente y partió al exilio, primero a Gran Bretaña y luego brevemente a Estados Unidos.

La ocupación y el gobierno en el exilio

En marzo de 1939, Hitler violó los Acuerdos de Múnich ocupando el resto de Checoslovaquia. Bohemia y Moravia se convirtieron en un "protectorado" alemán bajo Reinhard Heydrich y luego Karl Hermann Frank, mientras que Eslovaquia fue transformada en un estado títere bajo el sacerdote fascista Jozef Tiso.

Desde Londres, Beneš organizó un gobierno checoslovaco en el exilio que fue progresivamente reconocido por las potencias aliadas. Su objetivo era doble: asegurar la restauración de Checoslovaquia en sus fronteras anteriores a Múnich y obtener el reconocimiento de que los Acuerdos de Múnich habían sido nulos desde el principio.

La Operación Anthropoid

Uno de los episodios más dramáticos del gobierno en el exilio fue la Operación Anthropoid : el asesinato de Reinhard Heydrich, el "protector" del Reich en Bohemia y Moravia, por paracaidistas checoslovacos entrenados en Gran Bretaña, en mayo de 1942. La operación fue autorizada directamente por Beneš, quien buscaba demostrar la resistencia activa de Checoslovaquia y reforzar la posición del gobierno en el exilio.

Las represalias nazis fueron terroríficas: las aldeas de Lídice y Ležáky fueron arrasadas y sus habitantes asesinados o deportados. Sin embargo, la operación logró su objetivo político: el asesinato de Heydrich —el oficial nazi de mayor rango eliminado durante la guerra— consolidó el reconocimiento internacional del gobierno de Beneš y reforzó su posición negociadora.

La alianza con Moscú

Traicionado por Occidente en Múnich, Beneš buscó un contrapeso diplomático en la Unión Soviética. En diciembre de 1943, viajó a Moscú y firmó un tratado de amistad y asistencia mutua con Stalin. Beneš creía ingenuamente que podía mantener a Checoslovaquia como puente entre Oriente y Occidente, combinando la democracia occidental con la alianza soviética.

Stalin, por su parte, tenía planes muy diferentes. Aceptó las peticiones de Beneš —incluida la expulsión de la minoría alemana de los Sudetes— mientras preparaba la futura sovietización de Checoslovaquia. Beneš no comprendió, o no quiso comprender, que la alianza con Moscú tendría un precio.

El regreso y la expulsión de los alemanes

Beneš regresó a Checoslovaquia en abril de 1945, siguiendo al Ejército Rojo que liberaba el país. Fue recibido como un héroe, y restableció el gobierno democrático con un gabinete de coalición que incluía a los comunistas.

Una de sus primeras decisiones fue la implementación de los Decretos de Beneš, que ordenaban la confiscación de propiedades y la expulsión de la minoría alemana de los Sudetes. Entre 1945 y 1947, aproximadamente tres millones de alemanes fueron expulsados de Checoslovaquia en condiciones a menudo brutales, con miles de muertos por violencia, enfermedades y hambre durante las marchas forzosas. Los decretos también afectaron a la minoría húngara.

La expulsión, aprobada por las potencias aliadas en la Conferencia de Potsdam, fue la respuesta de Beneš a la traición de Múnich: nunca más una minoría étnica podría servir de pretexto para desmembrar Checoslovaquia. El coste humano fue enorme y sigue siendo un tema de controversia entre la República Checa y Alemania.

El golpe comunista y la muerte

En febrero de 1948, los comunistas checoslovacos, con el respaldo implícito de la Unión Soviética, ejecutaron un golpe de Estado que eliminó a los partidos democráticos del gobierno. Beneš, enfermo y agotado, se vio impotente ante la presión. Accedió a nombrar un gobierno dominado por los comunistas, pero se negó a firmar la nueva constitución comunista.

Dimitió como presidente el 7 de junio de 1948, y murió el 3 de septiembre del mismo año, a los 64 años, oficialmente de un derrame cerebral, aunque las circunstancias de su muerte han sido objeto de especulación.

Legado

Edvard Beneš fue un demócrata convencido atrapado en una época que no premiaba la democracia. Su fe en la diplomacia multilateral y la seguridad colectiva fue traicionada en Múnich, y su intento de equilibrar la alianza occidental con la soviética fracasó ante la realidad de la Guerra Fría.

En la República Checa actual, Beneš es una figura compleja: honrado como el líder que mantuvo viva la causa checoslovaca durante la guerra, pero cuestionado por los decretos de expulsión y por su incapacidad —o falta de voluntad— de resistir al golpe comunista de 1948. Su historia es un recordatorio de los límites del poder de los estados pequeños cuando las grandes potencias deciden su destino.