El 18 de junio de 1940, un general francés casi desconocido se sentó ante un micrófono de la BBC en Londres y pronunció las palabras que salvarían el honor de Francia: «Francia ha perdido una batalla, pero no ha perdido la guerra». Charles de Gaulle, con 49 años y el rango más bajo de general del ejército francés, se convirtió en ese instante en el símbolo de la resistencia contra la ocupación nazi. Durante cuatro años, desde el exilio, mantuvo viva la llama de una Francia libre y combatiente, luchando no solo contra los alemanes sino también contra la condescendencia de sus propios aliados.

El militar visionario
Charles André Joseph Marie de Gaulle nació en Lille el 22 de noviembre de 1890, en una familia católica y patriota de la alta burguesía. Educado en los valores del honor, la fe y el servicio a Francia, eligió la carrera militar y se formó en la academia de Saint-Cyr. Combatió en la Primera Guerra Mundial, fue herido tres veces y capturado en Verdún en 1916, pasando casi tres años como prisionero de guerra pese a cinco intentos de fuga.
En el periodo de entreguerras, De Gaulle se distinguió como un pensador militar heterodoxo. Su libro Vers l'Armée de métier (1934) defendía la creación de divisiones blindadas profesionales capaces de maniobrar con rapidez, en abierta contradicción con la doctrina francesa oficial, que apostaba por la defensa estática encarnada en la Línea Maginot. La jerarquía militar desoyó sus ideas; irónicamente, los alemanes las leyeron con atención.
La caída de Francia
Cuando la Operación Fall Gelb desencadenó la invasión de Francia en mayo de 1940, De Gaulle mandaba la 4.ª División Acorazada, una unidad recién formada e incompleta. A pesar de la situación desesperada, lanzó contraataques en Montcornet y Abbeville que lograron avances locales, convirtiéndose en uno de los pocos oficiales franceses que obtuvo resultados positivos contra los Panzer alemanes.
El 6 de junio de 1940, el primer ministro Paul Reynaud lo nombró subsecretario de Estado de Defensa Nacional. De Gaulle viajó a Londres para coordinar con Churchill , intentó en vano organizar una resistencia desde el norte de África y presenció con impotencia cómo el mariscal Pétain asumía el poder para pedir el armisticio.
El 17 de junio, mientras Pétain anunciaba por radio que «hay que cesar el combate», De Gaulle voló a Londres con un puñado de colaboradores. Al día siguiente, con el apoyo reticente de Churchill —que mantenía abiertas las líneas con Vichy—, pronunció su célebre llamamiento por la BBC.
El llamamiento del 18 de junio
El discurso del 18 de junio de 1940 es considerado uno de los momentos fundacionales de la Francia contemporánea, aunque en su momento apenas fue escuchado. De Gaulle argumentó que la guerra no había terminado, que Francia contaba con un vasto imperio colonial, con aliados poderosos y con la certeza de que la superioridad industrial del mundo libre acabaría imponiéndose.
«¿Está dicha la última palabra? ¿Debe morir la esperanza? ¿Es la derrota definitiva? ¡No!», declaró. «Cualesquiera que sean las circunstancias, la llama de la resistencia francesa no debe apagarse y no se apagará».
El gobierno de Vichy lo condenó a muerte in absentia por traición. Pero De Gaulle no se inmutó. Con una determinación que rozaba la obstinación y un orgullo que irritaba profundamente a sus aliados, comenzó a construir desde la nada una fuerza militar y una legitimidad política que representara a la verdadera Francia.
La Francia Libre: construir un ejército desde el exilio
Los comienzos fueron humillantes. De Gaulle no tenía tropas, ni territorio, ni reconocimiento diplomático significativo. Los primeros voluntarios que acudieron a Londres fueron escasos: apenas 7.000 hombres en las primeras semanas, cuando había más de un millón de prisioneros franceses en Alemania.
Poco a poco, colonias francesas del África Ecuatorial se unieron a la Francia Libre: el Chad, el Congo, Camerún y la Polinesia. Estas adhesiones proporcionaron territorio, recursos y legitimidad. Las Fuerzas Francesas Libres (FFL) comenzaron a combatir junto a los británicos en el norte de África, en Siria y en otros teatros de operaciones.
La batalla de Bir Hakeim (mayo-junio de 1942) fue el bautismo de fuego de la Francia Libre a gran escala. Una brigada francesa resistió durante dos semanas los asaltos de las fuerzas de Rommel en el desierto libio, ganándose el respeto del mundo y demostrando que los franceses seguían luchando.
Las relaciones tormentosas con los aliados
De Gaulle mantuvo relaciones extraordinariamente difíciles con Roosevelt y, en menor medida, con Churchill. El presidente estadounidense desconfiaba profundamente de De Gaulle, al que consideraba un aspirante a dictador con delirios de grandeza. Roosevelt prefería tratar con el almirante Darlan o con el general Giraud, figuras más maleables que el inflexible líder de la Francia Libre.
La Operación Antorcha (noviembre de 1942), la invasión aliada del norte de África, fue un ejemplo paradigmático. De Gaulle fue deliberadamente excluido de la planificación para evitar que alertara a Vichy, una afrenta que nunca perdonó. Los estadounidenses negociaron primero con Darlan y después impusieron a Giraud como colíder de la Francia Libre, intentando marginar a De Gaulle.
Pero De Gaulle tenía algo que ni Darlan ni Giraud poseían: legitimidad. La resistencia interior francesa le reconocía como líder, y Jean Moulin, su enviado, logró unificar a los movimientos de la resistencia bajo el Consejo Nacional de la Resistencia en mayo de 1943. Cuando Moulin fue capturado y asesinado por la Gestapo, su obra ya estaba hecha: la resistencia respondía a De Gaulle, no a Giraud.
Churchill, que admiraba el coraje de De Gaulle pero se exasperaba con su intransigencia, resumió la relación con una frase célebre: «De todas las cruces que he tenido que cargar, la más pesada ha sido la Cruz de Lorena» (el símbolo de la Francia Libre).
La liberación de Francia
El año 1944 fue el de la reivindicación. En el desembarco de Normandía (6 de junio), De Gaulle fue informado en el último momento, pero se aseguró de que soldados franceses participaran en la operación. La 2.ª División Blindada del general Leclerc, integrada en el ejército estadounidense, había sido creada desde las colonias africanas con el propósito expreso de liberar París.
La (15 de agosto), el desembarco en el sur de Francia, contó con una participación francesa mucho mayor: el Ejército B del general de Lattre de Tassigny, con más de 250.000 hombres, avanzó por el valle del Ródano liberando ciudades a su paso.
El momento culminante llegó el 25 de agosto de 1944 con la liberación de París . Eisenhower había planeado rodear la capital, pero De Gaulle presionó para que la 2.ª División Blindada entrara en París y aceptara la rendición de la guarnición alemana. Era esencial, para De Gaulle, que fueran tropas francesas las que liberaran su propia capital.
Al día siguiente, De Gaulle descendió por los Campos Elíseos ante una multitud delirante. Francotiradores dispararon durante la marcha, pero De Gaulle avanzó sin inmutarse, con su metro noventa y seis desafiando las balas. En la catedral de Notre-Dame, mientras se celebraba un Te Deum de acción de gracias, los disparos resonaron de nuevo. De Gaulle no se agachó. La imagen fue más poderosa que cualquier discurso: Francia estaba de pie.
El gobierno provisional
De Gaulle se instaló inmediatamente como jefe del gobierno provisional, impidiendo que los Aliados establecieran una administración militar de ocupación (el llamado AMGOT) como habían hecho en Italia. Fue una victoria política crucial: Francia no sería tratada como un país ocupado sino como una nación liberada que se gobernaba a sí misma.
Con habilidad política, integró a las fuerzas de la resistencia en el ejército regular, desarmó a las milicias comunistas que aspiraban a una revolución, impuso el orden y restableció la autoridad del Estado. Consiguió que Francia fuera incluida entre las potencias vencedoras, con un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y una zona de ocupación en Alemania.
Legado en la guerra
El legado de De Gaulle en la SGM es inseparable de su obstinación. Fue la persona más difícil con la que trabajar en toda la alianza, pero esa dificultad era inseparable de su propósito: preservar la dignidad y la soberanía de Francia en un momento en que nadie se las reconocía.
Sin De Gaulle, la Francia de posguerra habría sido una nación humillada, sin voz en la mesa de los vencedores. Con él, Francia mantuvo su estatus de gran potencia, conservó su imperio colonial (al menos temporalmente) y recibió un relato nacional de resistencia y honor que, si bien simplificaba una realidad más compleja, permitió al país reconstruirse moralmente.
Churchill dijo de él: «Es un gran hombre. Está convencido de ser el heredero de Juana de Arco y de Napoleón. ¿Quién soy yo para decir que no lo es?». Roosevelt nunca llegó a apreciarlo, pero la historia le dio la razón a De Gaulle: fue él, y no los generales más dóciles que Washington prefería, quien restauró la república francesa y la llevó al siglo XX como una nación soberana.