Nicholas Winton fue el corredor de bolsa londinense que, en los meses previos al estallido de la SGM, organizó la evacuación de 669 niños judíos desde la Checoslovaquia ocupada por los nazis. Trabajando contrarreloj, falsificando documentos cuando era necesario y financiando los viajes de su propio bolsillo, Winton puso en marcha un Kindertransport desde Praga que salvó a cientos de niños del Holocausto . Lo más extraordinario de su historia es que no se lo contó a nadie durante casi cincuenta años.

Un londinense corriente
Nicholas George Wertheim nació el 19 de mayo de 1909 en Hampstead, Londres, en una familia de origen judío alemán que se había convertido al cristianismo y anglificado su apellido a Winton. Su padre era banquero y la familia pertenecía a la clase media alta londinense. Tras estudiar en escuelas privadas, Winton se formó como corredor de bolsa y trabajó en bancos en Alemania y Francia antes de establecerse en Londres.
Nada en su vida sugería que estuviera destinado a protagonizar uno de los mayores rescates humanitarios de la preguerra. Era un joven profesional con intereses deportivos —cercaba y esquiaba competitivamente— y sin inclinaciones particularmente políticas o activistas. Pero los acontecimientos de 1938 cambiaron su trayectoria para siempre.
La crisis de los Sudetes
En septiembre de 1938, los Acuerdos de Múnich entregaron la región de los Sudetes de Checoslovaquia a la Alemania nazi. Cientos de miles de personas —checos, judíos, socialdemócratas y opositores al nazismo— huyeron de los territorios anexionados hacia el interior de Checoslovaquia, creando una crisis de refugiados que desbordó las capacidades del gobierno checo.
En diciembre de 1938, Winton tenía previsto ir a esquiar a Suiza, pero un amigo, Martin Blake, que trabajaba con refugiados en Praga, lo invitó a visitar la capital checa. Lo que Winton vio allí lo transformó: campos de refugiados improvisados llenos de familias desesperadas, niños desnutridos y padres que sabían que la ocupación completa de Checoslovaquia era inminente.
Los Kindertransport —trenes que evacuaban a niños judíos desde Alemania y Austria hacia Gran Bretaña— ya funcionaban desde noviembre de 1938, organizados por comités judíos británicos. Pero nadie había organizado algo similar desde Checoslovaquia. Winton decidió hacerlo él mismo.
La operación de rescate
Praga: enero de 1939
Winton estableció una oficina improvisada en el hotel Europa de la plaza Wenceslao de Praga. Sin autorización oficial, sin organización detrás y sin experiencia previa en trabajo humanitario, comenzó a registrar niños cuyos padres querían enviarlos a la seguridad de Gran Bretaña.
Las colas frente al hotel eran interminables. Padres desesperados suplicaban un lugar para sus hijos. Winton tomaba los datos, fotografiaba a los niños y compilaba listas. En pocos días registró a más de 900 niños. Ahora necesitaba encontrar familias de acogida en Gran Bretaña, obtener visados de entrada y organizar el transporte.
Londres: la burocracia como campo de batalla
De vuelta en Londres, Winton trabajaba en la Bolsa durante el día y dedicaba las noches y los fines de semana a su operación de rescate. Necesitaba obtener permisos de entrada del Home Office británico, encontrar familias dispuestas a acoger a niños desconocidos y reunir los 50 libras esterlinas de garantía que el gobierno exigía por cada menor.
Winton publicó anuncios en periódicos, contactó iglesias, sinagogas y organizaciones benéficas, y escribió cientos de cartas personales buscando familias de acogida. Cuando la burocracia se atascaba, no dudaba en falsificar documentos o inventar el respaldo de organizaciones inexistentes. «Si algo no es imposible, entonces debe haber una manera de hacerlo», era su filosofía.
Su madre, que tenía 75 años, se convirtió en su asistente principal, gestionando la correspondencia y coordinando las familias de acogida desde su casa en Hampstead.
Los trenes de la vida
Entre marzo y agosto de 1939, ocho trenes partieron de la estación Wilson de Praga con grupos de niños hacia Londres. Cada viaje era una agonía logística: los niños, algunos de apenas dos años, viajaban con una etiqueta al cuello, una maleta pequeña y, muchas veces, un osito de peluche como única posesión. Los padres los despedían en el andén sabiendo que quizás no volverían a verlos.
Los trenes cruzaban Alemania —territorio nazi— lo que añadía un peligro constante. Cualquier inspección demasiado rigurosa, cualquier capricho de un oficial fronterizo podía significar el fin de la operación. En cada viaje, Winton contenía el aliento hasta que recibía la confirmación de que los niños habían llegado a la frontera holandesa.
El noveno tren que nunca salió
El 1 de septiembre de 1939, el día que Alemania invadió Polonia y estalló la SGM, un noveno tren con 250 niños estaba programado para partir de Praga. Nunca salió. Las fronteras se cerraron y los 250 niños quedaron atrapados. La mayoría pereció en los campos de exterminio.
Winton cargó con el peso de ese noveno tren durante el resto de su vida. «No pienso en los 669 que salvé», dijo en una ocasión. «Pienso en los 250 que no logré sacar».
Cincuenta años de silencio
Tras la guerra, Winton retomó su vida normal. Trabajó en finanzas, se casó, tuvo hijos y nunca mencionó lo que había hecho en 1939. Guardó los documentos —listas de niños, fotografías, correspondencia— en un maletín que dejó en el desván de su casa.
En 1988, su esposa Grete encontró el maletín y descubrió las listas. Al comprender lo que significaban, contactó a Elisabeth Maxwell, investigadora del Holocausto, quien verificó los documentos y localizó a muchos de los niños, ahora adultos de más de sesenta años que vivían en todo el mundo sin saber quién había organizado su salvación.
El programa de televisión
En 1988, la BBC invitó a Winton al programa That's Life! sin decirle el motivo real. La presentadora Esther Rantzen le pidió que se sentara en primera fila y preguntó si alguien en el público le debía la vida a Nicholas Winton. Todo el público se puso de pie. Eran sus «niños», ahora abuelos, reunidos en secreto para agradecer al hombre que nunca había reclamado reconocimiento alguno.
La imagen de Winton, con 79 años, rompiendo a llorar al descubrir que el público entero eran sus niños salvados, se convirtió en uno de los momentos televisivos más emotivos de la historia.
Reconocimiento y legado
Tras la revelación, los honores se multiplicaron. Fue nombrado caballero por la reina Isabel II en 2003, reconocido como Justo entre las Naciones por Yad Vashem, y recibió la Orden del León Blanco, la máxima condecoración checa. En 2014, fue nombrado miembro de la Orden de los Compañeros de Honor, uno de los honores más exclusivos del Reino Unido.
Nicholas Winton falleció el 1 de julio de 2015 en Slough, Inglaterra, a los 106 años. Para entonces, los 669 niños que salvó habían generado más de 6.000 descendientes repartidos por todo el mundo.
Su historia resuena con las de otros héroes del Holocausto como Schindler , Sendler y Wallenberg : personas corrientes que, enfrentadas a una injusticia extraordinaria, decidieron actuar cuando la mayoría miró hacia otro lado. La diferencia con Winton es que nunca buscó reconocimiento. Durante medio siglo, el hombre que salvó a 669 niños consideró que no había hecho nada especial.