Chiune Sugihara fue el diplomático japonés que, desobedeciendo las órdenes de su gobierno, emitió miles de visados de tránsito que permitieron a refugiados judíos escapar del Holocausto . En el verano de 1940, desde su consulado en Kaunas, Lituania, Sugihara escribió visados a mano durante dieciocho horas al día durante semanas, salvando entre 6.000 y 10.000 personas. Su acto de desobediencia le costó la carrera diplomática pero le valió el reconocimiento como uno de los mayores héroes humanitarios de la SGM.

Un diplomático atípico
Chiune Sugihara nació el 1 de enero de 1900 en Yaotsu, una pequeña localidad de la prefectura de Gifu, en Japón. Su padre era médico y esperaba que Chiune siguiera sus pasos, pero el joven eligió la diplomacia. Estudió en la Universidad Waseda de Tokio y se especializó en ruso, un idioma que dominaría con fluidez y que determinaría toda su carrera.
En los años veinte, Sugihara fue enviado a Manchuria, donde trabajó en el Ministerio de Asuntos Exteriores del estado títere de Manchukuo. Allí desarrolló un profundo conocimiento de las relaciones entre Japón, la Unión Soviética y las potencias europeas. Su dominio del ruso y su habilidad diplomática lo convirtieron en un experto en asuntos soviéticos dentro del servicio exterior japonés.
En 1939, Japón lo destinó como vicecónsul a Kaunas, la capital temporal de Lituania. Su misión oficial era recopilar inteligencia sobre los movimientos militares soviéticos y alemanes en la región báltica. Nada en su historial sugería que estuviera a punto de protagonizar uno de los actos de rescate más extraordinarios de la guerra.
La crisis en Kaunas
En junio de 1940, la Unión Soviética anexionó Lituania junto con los otros estados bálticos. Miles de refugiados judíos de Polonia, que habían huido de la invasión alemana en 1939, se encontraron atrapados: al oeste los nazis, al este los soviéticos. La única ruta de escape era hacia el este, a través de la Unión Soviética, y de allí a Japón y otros destinos.
Para obtener un visado de tránsito soviético, los refugiados necesitaban primero un visado de destino. El cónsul holandés, Jan Zwartendijk, comenzó a emitir permisos para Curaçao, una colonia holandesa en el Caribe que no requería visa de entrada. Pero para cruzar la Unión Soviética necesitaban un visado de tránsito japonés. Y para eso necesitaban a Sugihara.
La multitud ante el consulado
A finales de julio de 1940, cientos de refugiados judíos se agolparon frente al consulado japonés de Kaunas. Sugihara vio a familias enteras, con niños y ancianos, esperando desesperadas bajo la lluvia. Envió tres telegramas a Tokio solicitando autorización para emitir visados. Las tres veces, el Ministerio de Asuntos Exteriores japonés rechazó la petición: los refugiados no cumplían los requisitos de documentación exigidos por las regulaciones japonesas.
Sugihara se enfrentó a la decisión más difícil de su vida. Desobedecer a Tokio significaba destruir su carrera diplomática y posiblemente enfrentar consecuencias legales. Obedecer significaba condenar a miles de personas a un destino que ya se intuía terrible. Según sus memorias, consultó con su esposa Yukiko, quien le dijo: «Sigue tu conciencia. Haz lo que debas hacer».
Los visados de la vida
El 31 de julio de 1940, Sugihara comenzó a emitir visados de tránsito japoneses desafiando las órdenes directas de su gobierno. Trabajaba desde las primeras horas de la mañana hasta bien entrada la noche, escribiendo visados a mano a un ritmo frenético. Cada visado requería la información personal del portador, el sello consular y la firma de Sugihara. Un visado normal tardaba unos treinta minutos en completarse; Sugihara redujo el proceso a minutos.
Durante las siguientes semanas, Sugihara emitió un promedio de 300 visados diarios, un volumen equivalente al trabajo de un mes en circunstancias normales. Su esposa Yukiko le ayudaba preparando la documentación, y un refugiado, Wolfgang Gudze, asistía organizando a la multitud frente al consulado.
Las condiciones eran agotadoras. Sugihara desarrolló callos dolorosos en la mano por la escritura continua. Perdió peso. Los refugiados dormían en la calle frente al consulado, temiendo perder su lugar en la cola. La tensión era insoportable: cada día que pasaba, el consulado estaba más cerca de ser cerrado por las autoridades soviéticas.
El cierre del consulado
En agosto de 1940, la Unión Soviética ordenó el cierre de todos los consulados extranjeros en Lituania. Sugihara continuó emitiendo visados hasta el último momento posible. Según los testimonios de supervivientes, incluso mientras era conducido a la estación de tren para abandonar el país, seguía firmando documentos a través de la ventanilla del coche. En el andén, lanzó el sello consular a un refugiado para que pudieran seguir sellando documentos después de su partida.
Se estima que Sugihara emitió entre 2.139 y 3.500 visados durante esas semanas. Dado que muchos visados cubrían a familias enteras, el número de personas salvadas oscila entre 6.000 y 10.000, según las estimaciones.
La ruta de escape
Los refugiados con visados de Sugihara cruzaron la Unión Soviética en el Transiberiano hasta Vladivostok, y de allí tomaron barcos a Kobe, Japón. La comunidad judía de Kobe, pequeña pero solidaria, los acogió temporalmente. Posteriormente, la mayoría fue trasladada a Shanghái, donde sobrevivieron la guerra en el gueto judío de la ciudad china ocupada por Japón.
La ruta funcionó gracias a una cadena de actos de bondad: los visados de Sugihara, los permisos de Zwartendijk, la cooperación de funcionarios soviéticos que procesaron los visados de tránsito y la hospitalidad de la comunidad judía de Kobe. Si cualquier eslabón hubiera fallado, miles de personas habrían perecido.
El precio de la desobediencia
Tras abandonar Lituania, Sugihara continuó su carrera diplomática en Praga, Königsberg y Bucarest. Pero al terminar la guerra, fue llamado de vuelta a Japón y se le pidió que renunciara al servicio exterior. Aunque las razones oficiales no mencionaban los visados de Kaunas, Sugihara siempre creyó que su desobediencia fue la causa de su destitución.
Pasó las décadas siguientes en la oscuridad, trabajando como representante comercial de una empresa japonesa en Moscú y más tarde en un negocio modesto en Japón. Su historia permaneció prácticamente desconocida hasta que, en 1968, uno de los supervivientes, Jehoshua Nishri, lo localizó y comenzó la campaña para su reconocimiento.
Reconocimiento tardío
En 1985, el memorial Yad Vashem de Israel reconoció a Chiune Sugihara como Justo entre las Naciones, el mayor honor que Israel concede a los no judíos que arriesgaron sus vidas para salvar judíos durante el Holocausto. Sugihara, ya anciano y enfermo, asistió a la ceremonia en la embajada israelí en Tokio.
Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, su respuesta fue sencilla: «Puede que haya desobedecido a mi gobierno, pero si no lo hubiera hecho, habría desobedecido a Dios».
Chiune Sugihara falleció el 31 de julio de 1986 en Kamakura, Japón, exactamente 46 años después de comenzar a emitir los visados que salvaron miles de vidas. El gobierno japonés no reconoció oficialmente su heroísmo hasta el año 2000, cuando el ministro de Asuntos Exteriores emitió una disculpa formal y lo honró como ejemplo del espíritu humanitario japonés.
Legado
La historia de Sugihara demuestra que un solo individuo, en el momento adecuado y con el coraje suficiente, puede cambiar el destino de miles de personas. Como Oskar Schindler , Raoul Wallenberg e Irena Sendler , Sugihara eligió la humanidad sobre la obediencia, arriesgando todo lo que tenía —su carrera, su seguridad, su futuro— por personas a las que no debía nada.
En Kaunas, la casa donde funcionaba el consulado japonés es hoy un museo dedicado a su memoria. Miles de descendientes de los refugiados que salvó —los llamados «supervivientes de Sugihara»— viven hoy en Israel, Estados Unidos y otros países, testimonio vivo de que la conciencia de un hombre pudo más que las órdenes de un imperio.