Maurice Gamelin fue el comandante supremo de las fuerzas armadas francesas al inicio de la SGM y el principal responsable militar de la peor derrota en la historia moderna de Francia. Durante nueve meses de guerra sin combates —la drôle de guerre—, Gamelin mantuvo a su ejército pasivo tras la Línea Maginot mientras Alemania se preparaba para asestar el golpe decisivo. Cuando la Wehrmacht atacó el 10 de mayo de 1940, sus decisiones —o su incapacidad para tomarlas— condenaron al ejército más grande de Europa occidental a una derrota fulminante en apenas seis semanas. Su nombre quedó asociado para siempre a la catástrofe francesa de 1940.

Retrato fotográfico del general Maurice Gamelin hacia 1939-1940
El general Maurice Gamelin, comandante en jefe de las fuerzas armadas francesas al inicio de la SGM. Henri Manuel · Dominio público

Los primeros años: un militar brillante

Maurice Gustave Gamelin nació el 20 de septiembre de 1872 en París, en el seno de una familia con tradición militar. Su padre había sido general y su abuelo había combatido bajo Napoleón. Ingresó en la prestigiosa escuela militar de Saint-Cyr, donde se graduó primero de su promoción en 1893, un logro que le auguraba una carrera excepcional.

Durante la Primera Guerra Mundial, Gamelin sirvió como oficial de Estado Mayor bajo el mando del mariscal Joseph Joffre, el artífice de la victoria francesa en la batalla del Marne en 1914. Gamelin participó en la planificación de aquella contraofensiva decisiva que detuvo el avance alemán sobre París y salvó a Francia de una derrota temprana. Su papel en el Marne le granjeó una reputación de estratega capaz y metódico que le acompañaría durante las décadas siguientes.

En el período de entreguerras, Gamelin ascendió con rapidez. Comandó las fuerzas francesas en el Levante, sirvió como jefe del Estado Mayor del Ejército y en 1935 fue nombrado jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional, el puesto militar más alto de Francia. Para 1939, era considerado el militar más prestigioso del país, un hombre culto y refinado que coleccionaba arte, leía filosofía y proyectaba una imagen de serena competencia.

Sin embargo, tras esa fachada impecable se escondían debilidades que resultarían fatales. Gamelin era un hombre de gabinete, más cómodo con mapas y memorándums que con las realidades del campo de batalla moderno. No había comandado tropas en combate desde 1918 y su comprensión de la guerra mecanizada era superficial. A sus 67 años cuando estalló la guerra, su energía física y mental estaba mermada, un detalle que sus subordinados notaban pero que nadie se atrevía a señalar abiertamente.

La drôle de guerre: nueve meses de parálisis

Cuando Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939, Francia y el Reino Unido declararon la guerra al Tercer Reich. Gamelin, como comandante supremo, tenía la responsabilidad de actuar. Francia había prometido a Polonia lanzar una ofensiva en el oeste para aliviar la presión sobre su aliado oriental. La Wehrmacht tenía el grueso de sus fuerzas en Polonia y el frente occidental estaba guarnecido con divisiones de segunda línea.

Gamelin ordenó una ofensiva limitada en el Sarre a mediados de septiembre. Las tropas francesas avanzaron unos pocos kilómetros en territorio alemán sin encontrar apenas resistencia, pero Gamelin detuvo el avance antes de alcanzar las defensas de la Línea Sigfrido. Cuando Polonia cayó a finales de septiembre, las tropas francesas se retiraron a sus posiciones de partida. La oportunidad de atacar a una Alemania con la espalda descubierta se había desvanecido.

Los meses siguientes, conocidos como la drôle de guerre o guerra de broma, fueron un período de inactividad militar que erosionó la moral del ejército francés. Los soldados se aburrían en sus posiciones a lo largo de la Línea Maginot, jugando a las cartas y preguntándose si aquella guerra era real. Gamelin no hizo nada por mantener la tensión combativa de sus tropas ni por preparar planes ofensivos ambiciosos. Su estrategia se basaba en esperar: esperar a que el bloqueo naval debilitara a Alemania, esperar a que los aliados acumularan fuerzas suficientes, esperar a que el enemigo atacara primero.

Esta pasividad reflejaba la mentalidad defensiva que dominaba el pensamiento militar francés desde 1918. La Línea Maginot —aquella cadena de búnkeres y fortificaciones que se extendía desde Suiza hasta Luxemburgo— simbolizaba una doctrina que priorizaba la defensa sobre la ofensiva, la cautela sobre la audacia. Gamelin era el producto perfecto de esa doctrina: un general que creía que la guerra se ganaba no cometiendo errores, sin entender que a veces el mayor error es no actuar.

El desastre de mayo de 1940

El 10 de mayo de 1940, la Wehrmacht lanzó su ofensiva contra Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Gamelin activó el Plan Dyle, su respuesta prevista: enviar al grueso de los mejores ejércitos aliados —el Primer Ejército francés y la Fuerza Expedicionaria Británica— hacia el norte de Bélgica para establecer una línea defensiva a lo largo de los ríos Dyle y Mosa. Era exactamente lo que los alemanes esperaban que hiciera.

El plan alemán, conocido como Sichelschnitt o corte de hoz, había sido diseñado por el general Erich von Manstein precisamente para explotar la previsibilidad de Gamelin. Mientras los aliados corrían hacia Bélgica atraídos por el señuelo del Grupo de Ejércitos B, el golpe principal lo asestaban siete divisiones Panzer que atravesaban las Ardenas, un macizo boscoso que Gamelin consideraba intransitable para formaciones blindadas. Era un error de cálculo que le costaría Francia.

El 13 de mayo, las divisiones de Guderian cruzaron el Mosa en Sedán bajo un bombardeo devastador de Stukas. Las unidades francesas que defendían el sector —divisiones de reserva con escaso entrenamiento— se derrumbaron. Gamelin, instalado en su cuartel general del castillo de Vincennes, a las afueras de París, recibió las noticias con una calma que sus subordinados interpretaron como parálisis. El castillo carecía de radio y las comunicaciones dependían de mensajeros motorizados, lo que añadía horas de retraso a cada decisión.

Gamelin no tenía reservas estratégicas preparadas para tapar la brecha. Cuando Churchill le preguntó dónde estaba la masa de maniobra —la reserva móvil destinada a contraatacar—, Gamelin respondió con una palabra que heló la sangre del primer ministro británico: "Aucune" (ninguna). No había reserva. El comandante supremo de las fuerzas aliadas había desplegado todas sus tropas en primera línea sin guardar nada para responder a lo imprevisto. Era una negligencia estratégica imperdonable.

La Blitzkrieg hizo el resto. Las divisiones Panzer se lanzaron hacia el canal de la Mancha a una velocidad que el cuartel general francés no podía procesar. El 20 de mayo, los blindados alemanes alcanzaron la costa en Abbeville, cortando en dos al ejército aliado. Más de un millón de soldados aliados desplegados en Bélgica quedaron atrapados en una bolsa que se encogía por horas. La caída de Francia se había convertido en inevitable.

La destitución: demasiado tarde

El 19 de mayo de 1940, nueve días después del inicio de la ofensiva alemana, el primer ministro Paul Reynaud destituyó a Gamelin y lo reemplazó por el general Maxime Weygand, de 73 años, recién llegado del Levante. El cambio llegó demasiado tarde para alterar el curso de la campaña. Weygand necesitó varios días para evaluar la situación y cuando intentó organizar contraataques coordinados, la ventana de oportunidad ya se había cerrado.

Gamelin, en su último acto como comandante supremo, había redactado la Orden General n.º 12, que instruía a las fuerzas atrapadas en el norte a atacar hacia el sur para romper el cerco. La orden nunca se ejecutó: Weygand la anuló al asumir el mando, considerando que necesitaba tiempo para formular su propio plan. Este retraso contribuyó a que la única opción para los ejércitos del norte fuera la evacuación por Dunkerque .

La destitución de Gamelin no salvó a Francia. El 14 de junio, los alemanes entraron en París. El 22 de junio, el armisticio se firmó en el vagón de Compiègne. En seis semanas, el ejército que se consideraba el más poderoso de Europa occidental había sido destruido.

El juicio de Riom y los años de cautiverio

El gobierno de Vichy, encabezado por el mariscal Philippe Pétain, necesitaba culpables para la derrota. Gamelin fue arrestado en septiembre de 1940 junto a otros dirigentes políticos y militares de la Tercera República, incluido el ex primer ministro Léon Blum y el ex ministro de guerra Édouard Daladier. Fueron acusados de haber llevado a Francia a una guerra para la que no estaba preparada.

El juicio de Riom, celebrado en febrero de 1942, pretendía ser una exhibición de justicia del régimen de Vichy, pero se convirtió en un bumerán. Los acusados, en particular Blum y Daladier, utilizaron el estrado para denunciar la falta de preparación militar y señalar que habían sido los propios militares —incluido Pétain— quienes habían insistido en la doctrina defensiva que causó la derrota. Gamelin, por su parte, se negó a declarar, guardando un silencio que algunos interpretaron como dignidad y otros como cobardía.

Hitler, furioso porque el juicio estaba generando publicidad negativa para los alemanes al exponer los debates internos franceses, presionó para que se suspendiera. El proceso se aplazó indefinidamente en abril de 1942 y nunca se reanudó.

Gamelin fue deportado a Alemania en noviembre de 1943 y encarcelado en diversas prisiones y campos, incluyendo el castillo de Itter en el Tirol austriaco, donde coincidió con otros prisioneros franceses prominentes como Weygand, Reynaud y Daladier. Fue liberado por tropas estadounidenses en mayo de 1945, en una operación en la que soldados norteamericanos y prisioneros de guerra alemanes que se habían rendido lucharon juntos contra un asalto de las SS.

El legado de un fracaso

Gamelin pasó sus últimos años en un discreto retiro en París, donde escribió sus memorias en tres volúmenes —Servir— en las que intentó justificar sus decisiones y repartir la culpa de la derrota entre políticos, aliados e incluso subordinados. Murió el 18 de abril de 1958, a los 85 años, olvidado por una Francia que prefería recordar la resistencia de De Gaulle que los errores de quienes habían permitido la debacle.

Los historiadores han debatido hasta qué punto Gamelin fue el único responsable de la derrota francesa. Ciertamente, los fallos estructurales del ejército francés —la doctrina rígida, la falta de comunicaciones por radio en los blindados, la dispersión de las fuerzas aéreas— no eran culpa exclusiva de un solo hombre. El sistema político de la Tercera República, la división social de Francia y el trauma colectivo de la Gran Guerra habían creado las condiciones para el desastre.

Pero el mando tiene responsabilidades que no se delegan. Gamelin eligió confiar ciegamente en la Línea Maginot. Gamelin decidió no mantener una reserva estratégica. Gamelin instaló su cuartel general en un castillo sin radio. Gamelin desestimó los informes de inteligencia que advertían sobre la posibilidad de un ataque a través de las Ardenas. Y cuando la crisis llegó, Gamelin fue incapaz de reaccionar con la velocidad y decisión que la guerra moderna exigía.

Su contraste con los comandantes alemanes que se enfrentaba es revelador. Mientras Guderian desobedecía órdenes para avanzar más rápido y Rommel lideraba desde el frente de su división, Gamelin permanecía en Vincennes, esperando informes que llegaban con horas de retraso y emitiendo directivas que la velocidad de los acontecimientos convertía en irrelevantes antes de que alcanzaran a sus destinatarios.

Maurice Gamelin encarna una lección que la historia militar repite con cruel regularidad: la competencia en la paz no garantiza la competencia en la guerra. El general más brillante de los salones puede ser el más desastroso de los campos de batalla cuando se enfrenta a un enemigo que no respeta las reglas del juego que él conoce.