Karl Dönitz fue el hombre que más cerca estuvo de estrangular a Gran Bretaña en la SGM. Como comandante de la flota de submarinos alemana, perfeccionó la táctica de las «manadas de lobos» que hundieron millones de toneladas de buques aliados en la batalla del Atlántico . Cuando la guerra submarina fracasó, Hitler lo recompensó con la sucesión: Dönitz fue el último jefe de Estado del Tercer Reich, el hombre que firmó la rendición incondicional y que cargó con la responsabilidad de cerrar el capítulo más oscuro de la historia alemana.

Retrato del almirante Karl Dönitz con uniforme de la Kriegsmarine
El gran almirante Karl Dönitz, comandante de la flota de submarinos y último jefe de Estado del Tercer Reich Bundesarchiv · CC BY-SA 3.0 DE

El submarinista de la Gran Guerra

Karl Dönitz nació el 16 de septiembre de 1891 en Grünau, cerca de Berlín, hijo de un ingeniero óptico. Ingresó en la Marina Imperial en 1910 y sirvió inicialmente en el crucero Breslau en el Mediterráneo. En 1916 se transfirió al arma submarina, una decisión que definiría su vida.

Como comandante de submarino en la Primera Guerra Mundial, Dönitz experimentó en primera persona las posibilidades y limitaciones de la guerra submarina. En octubre de 1918, su U-Boot UB-68 fue hundido frente a Malta. Dönitz fue capturado y pasó el resto de la guerra en un campo de prisioneros británico, donde, según su propio relato, comenzó a desarrollar las tácticas que emplearía dos décadas después.

La experiencia le enseñó dos lecciones fundamentales: los submarinos operando solos eran vulnerables, pero en grupo podían ser devastadores; y la clave para hundir convoyes era la coordinación, no la tecnología. Estas ideas germinarían en la doctrina de las manadas de lobos (Rudeltaktik).

La construcción de la U-Bootwaffe

Cuando Hitler llegó al poder en 1933 y comenzó el rearme secreto, Dönitz fue uno de los primeros oficiales asignados a la reconstrucción del arma submarina, prohibida por el Tratado de Versalles. En 1935, fue nombrado comandante de la 1.ª Flotilla de Submarinos, y en 1936 asumió el mando de toda la fuerza submarina alemana.

Dönitz era un líder obsesivo y carismático que conocía personalmente a cada uno de sus comandantes. Visitaba los submarinos antes de cada patrulla, recibía a las tripulaciones cuando regresaban y mantenía una relación casi paternal con sus hombres, que lo llamaban «el León» o «el Gran León». Esta cercanía era genuina, pero también funcional: Dönitz necesitaba que sus hombres ejecutaran misiones extraordinariamente peligrosas, y la confianza personal era esencial.

Su gran frustración era la cantidad. Dönitz calculó que necesitaba 300 U-Boot operativos para cortar definitivamente las líneas de suministro británicas. Cuando la guerra comenzó en septiembre de 1939, disponía de apenas 57, de los cuales solo 22 eran aptos para operaciones en el Atlántico. «Nos han lanzado a la guerra con un puñado de submarinos», se lamentó en su diario.

La batalla del Atlántico

Los tiempos felices

Los primeros años de la guerra submarina fueron extraordinariamente favorables para Alemania. Tras la caída de Francia en 1940, Dönitz trasladó sus bases a los puertos atlánticos franceses —Brest, Lorient, Saint-Nazaire, La Rochelle—, acortando drásticamente la distancia hasta las rutas de los convoyes aliados.

El periodo entre julio de 1940 y marzo de 1941 fue conocido por los submarinistas alemanes como «los tiempos felices» (die glückliche Zeit). Los ases como Otto Kretschmer, Günther Prien y Joachim Schepke acumulaban hundimientos a un ritmo aterrador. Las defensas aliadas eran insuficientes: faltaban escoltas, la cobertura aérea tenía enormes agujeros y la tecnología antisubmarina estaba en pañales.

Dönitz perfeccionó la táctica de las manadas de lobos: un submarino que detectaba un convoy transmitía su posición al cuartel general, que ordenaba a todos los U-Boot cercanos converger para un ataque nocturno coordinado en superficie. Los submarinos se infiltraban entre las columnas de buques mercantes y lanzaban sus torpedos a corta distancia, creando un caos que abrumaba a las escasas escoltas.

El punto de inflexión

El año 1942 fue el más mortífero de la guerra submarina : los U-Boot hundieron más de seis millones de toneladas de buques aliados. Tras la entrada de Estados Unidos en la guerra, Dönitz lanzó la Operación Redoble de Tambor, enviando submarinos a la costa este americana, donde la falta de apagón costero y la ausencia de convoyes organizados ofrecieron meses de caza fácil.

Sin embargo, la marea comenzó a cambiar en 1943. Los Aliados desarrollaron una combinación letal de contramedidas: radar centimétrico que detectaba los submarinos en superficie, aviones de largo alcance que cerraban la «brecha del Atlántico», grupos de caza con portaaviones de escolta, cargas de profundidad mejoradas y, sobre todo, la ruptura del código Enigma naval por los criptoanalistas de Bletchley Park, que permitía leer las comunicaciones de Dönitz con sus submarinos.

Mayo de 1943 fue el mes del desastre. Los Aliados hundieron 43 U-Boot en un solo mes, una tasa de pérdidas insostenible. Dönitz se vio obligado a retirar temporalmente sus submarinos del Atlántico Norte, reconociendo que la batalla estaba perdida. «Hemos perdido la guerra submarina», admitió en privado.

La derrota tecnológica

Dönitz intentó recuperar la iniciativa con nuevas tecnologías: el snorkel (tubo que permitía operar los motores diésel bajo el agua), torpedos acústicos que buscaban el ruido de las hélices y, finalmente, los revolucionarios submarinos Tipo XXI y Tipo XXIII, diseñados desde cero para la navegación subacuática prolongada. El Tipo XXI era extraordinariamente avanzado: más rápido sumergido que en superficie, con baterías de gran capacidad y un perfil hidrodinámico moderno.

Pero la tecnología llegó demasiado tarde. Los bombardeos aliados sobre los astilleros y las fábricas de componentes retrasaron la producción, y cuando los primeros Tipo XXI estuvieron listos para operar, la guerra estaba a punto de terminar. Ninguno llegó a completar una patrulla de combate.

El balance humano

La guerra submarina fue la campaña más larga y costosa de la SGM:

  • Buques aliados hundidos: unos 2.800 mercantes y 175 buques de guerra
  • Tonelaje hundido: más de 14 millones de toneladas
  • Marineros aliados muertos: unos 36.000 de la marina mercante y 36.000 de las armadas de guerra
  • U-Boot hundidos: 783 de los 1.162 construidos
  • Submarinistas alemanes muertos: unos 30.000 de los 40.000 que sirvieron, una tasa de mortalidad del 75%, la más alta de cualquier arma en la guerra

Dönitz enviaba a sus hombres sabiendo que las probabilidades de supervivencia eran mínimas. La lealtad que inspiraba no hizo la realidad menos terrible: tres de cada cuatro submarinistas que partían en patrulla no regresaban.

Sucesor de Hitler

El 30 de abril de 1945, mientras el Ejército Rojo se acercaba al búnker de Berlín, Hitler designó a Dönitz como su sucesor, nombrándolo presidente del Reich y comandante supremo de las fuerzas armadas. La elección sorprendió: Dönitz no era un líder político, pero Hitler confiaba en su lealtad inquebrantable y despreciaba a los generales del ejército que consideraba traidores.

Dönitz estableció un gobierno provisional en Flensburg, en la frontera danesa, y su principal objetivo fue ganar tiempo para que el mayor número posible de soldados y civiles alemanes huyeran del avance soviético hacia las líneas occidentales. Durante los primeros días de mayo, organizó la evacuación de cientos de miles de personas por el Báltico mientras negociaba rendiciones parciales con los Aliados occidentales.

El 7 de mayo de 1945, el general Jodl firmó la rendición incondicional en Reims por orden de Dönitz. El 8 de mayo, la rendición se ratificó en Berlín-Karlshorst ante los soviéticos. La guerra en Europa había terminado.

El juicio de Núremberg

Dönitz fue arrestado el 23 de mayo de 1945 y juzgado en Núremberg por crímenes de guerra y crímenes contra la paz. Su defensa argumentó que la guerra submarina sin restricciones no era un crimen, ya que los Aliados habían operado de forma similar (el almirante Nimitz testificó que la marina estadounidense también había conducido guerra submarina sin restricciones contra Japón desde el primer día).

Dönitz fue condenado a diez años de prisión, una sentencia relativamente leve que reflejaba la ambigüedad de su caso. Cumplió íntegramente la pena en la prisión de Spandau y fue liberado en 1956.

Legado

Karl Dönitz murió el 24 de diciembre de 1980 en Aumühle, a los 89 años. Nunca expresó arrepentimiento por su servicio al Tercer Reich ni reconoció la dimensión criminal del régimen al que sirvió con tanta lealtad.

Como estratega naval, Dönitz fue uno de los innovadores más importantes de la guerra moderna. Su doctrina de manadas de lobos transformó la guerra submarina, y sus ideas sobre la coordinación táctica siguen estudiándose en las academias navales del mundo. El Tipo XXI, que nunca llegó a combatir, influyó decisivamente en el diseño de los submarinos de posguerra, incluyendo los nucleares.

Pero su legado es inseparable de su lealtad al nazismo. Dönitz no fue un tecnócrata apolítico: pronunció discursos antisemitas, apoyó entusiastamente a Hitler y mantuvo su lealtad hasta el final, cuando la magnitud de los crímenes del régimen era innegable. Fue un profesional brillante al servicio de una causa monstruosa, y esa tensión define su lugar en la historia.