George Smith Patton Jr. fue uno de los generales más brillantes y polémicos de la Segunda Guerra Mundial. Conocido por su agresividad táctica, su carácter explosivo y su capacidad para inspirar a sus tropas, comandó el III Ejército de Estados Unidos en una campaña relámpago a través de Francia y Alemania que contribuyó decisivamente a la derrota del Tercer Reich. Para el alto mando alemán, Patton era el general aliado más peligroso, el único que consideraban capaz de atacar en cualquier momento y desde cualquier dirección.

Primeros años y vocación militar
Patton nació el 11 de noviembre de 1885 en San Gabriel, California, en una familia con tradición militar que se remontaba a la Guerra de Independencia y la Guerra Civil estadounidense. Desde niño, creció rodeado de relatos bélicos y desarrolló la convicción de que estaba destinado a ser un gran comandante. Esa certeza, cercana a la obsesión, lo acompañaría toda su vida.
Se graduó en la Academia Militar de West Point en 1909 y pronto destacó como un oficial ambicioso e inquieto. Representó a Estados Unidos en pentatlón moderno en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, donde terminó quinto. En 1916 participó en la expedición punitiva contra Pancho Villa en México, donde tuvo su primer combate real. Durante la Primera Guerra Mundial, fue uno de los pioneros del uso de tanques en el ejército estadounidense, resultando herido en la ofensiva del Mosa-Argonne en 1918.
En el período de entreguerras, Patton siguió perfeccionando sus ideas sobre la guerra blindada, convencido de que los tanques serían el arma decisiva del próximo conflicto. Estudió a fondo las tácticas de la Blitzkrieg alemana y las campañas de los grandes comandantes históricos, desde Aníbal hasta Napoleón.
Norte de África: el bautismo de fuego
La entrada de Patton en la SGM llegó con la Operación Antorcha en noviembre de 1942, cuando comandó la Fuerza de Tarea Occidental que desembarcó en Marruecos francés. Fue su primera prueba a gran escala y demostró su capacidad para coordinar operaciones anfibias complejas bajo presión.
Tras la desastrosa derrota estadounidense en el paso de Kasserine a manos del Afrika Korps en febrero de 1943, Eisenhower recurrió a Patton para reconstruir la moral y la disciplina del II Cuerpo de Ejército. Patton impuso un régimen de hierro: uniformes impecables, sanciones por cualquier descuido, entrenamiento intensivo y una presencia constante en el frente. En pocas semanas transformó una fuerza desmoralizada en una unidad de combate eficaz que contribuyó a la rendición de las fuerzas del Eje en Túnez en mayo de 1943.
Sicilia y la bofetada que casi lo destruye
En julio de 1943, Patton comandó el VII Ejército durante la invasión de Sicilia. Mientras el plan original le asignaba un papel secundario de protección del flanco de las fuerzas británicas de Montgomery, Patton maniobró con audacia y velocidad para capturar Palermo y llegar a Mesina antes que los británicos. Fue una victoria espectacular que consolidó su reputación como el general aliado más agresivo.
Sin embargo, en agosto de 1943, durante una visita a hospitales de campaña, Patton abofeteó a dos soldados hospitalizados por fatiga de combate, acusándolos de cobardes. El escándalo estuvo a punto de acabar con su carrera. Eisenhower lo obligó a disculparse públicamente, y Patton fue apartado de todo mando operativo durante casi un año. Fue el momento más bajo de su vida militar.
La Operación Fortitude: señuelo involuntario
Paradójicamente, su desgracia se convirtió en una ventaja estratégica. Los alemanes estaban convencidos de que Patton lideraría la invasión de Europa por Calais, la ruta más directa a través del canal de la Mancha. Los servicios de inteligencia aliados explotaron esa creencia asignando a Patton el mando del ficticio Primer Grupo de Ejércitos de Estados Unidos (FUSAG) como parte de la Operación Fortitude .
Mientras la Operación Overlord desembarcaba en Normandía el 6 de junio de 1944, Hitler mantuvo reservas blindadas en Calais esperando el verdadero ataque de Patton que nunca llegaría. El engaño, alimentado por la fama del propio general, fue uno de los factores que permitió consolidar la cabeza de playa aliada.
La campaña de Francia: guerra relámpago aliada
Patton llegó a Francia en julio de 1944 al mando del recién activado III Ejército. Lo que siguió fue una de las campañas más espectaculares de la guerra. Tras la ruptura del frente en Avranches, Patton lanzó sus divisiones blindadas en un avance vertiginoso que barrió Bretaña, cruzó el Loira y se dirigió hacia el este a una velocidad que desconcertó tanto a los alemanes como al propio mando aliado.
En agosto de 1944, el III Ejército avanzó más de 600 kilómetros en dos semanas, liberando vastas extensiones de territorio francés. Las columnas blindadas de Patton rodearon y destruyeron fuerzas alemanas en la bolsa de Falaise, contribuyendo a uno de los mayores desastres del ejército alemán en el frente occidental. Su estilo de mando —siempre al frente, siempre avanzando, siempre exigiendo más velocidad— encarnaba su filosofía de que un buen plan ejecutado ahora es mejor que un plan perfecto ejecutado mañana.
El avance se detuvo en septiembre por la escasez de combustible, una frustración que Patton nunca perdonó al mando aliado. Estaba convencido de que, con suministros adecuados, podría haber cruzado el Rin y terminado la guerra antes de Navidad.
Las Ardenas: el contraataque decisivo
El 16 de diciembre de 1944, la ofensiva alemana en las Ardenas tomó por sorpresa al mando aliado. Mientras otras fuerzas se replegaban, Patton ejecutó una de las maniobras más audaces de la guerra: giró el eje de avance de tres divisiones del III Ejército noventa grados y recorrió más de 150 kilómetros en pleno invierno para socorrer a la 101.ª División Aerotransportada sitiada en Bastogne.
La velocidad de la respuesta —apenas tres días para redirigir un ejército entero— asombró a aliados y enemigos por igual. Romper el cerco de Bastogne fue un golpe decisivo que contribuyó al fracaso de la última gran ofensiva alemana en el oeste. Para muchos historiadores, fue la mejor operación de Patton y una de las más brillantes de toda la guerra.
La invasión de Alemania y el final
En marzo de 1945, Patton cruzó el Rin en Oppenheim antes que las fuerzas de Montgomery, una hazaña que le proporcionó enorme satisfacción personal. Su avance por el interior de Alemania fue imparable: Fráncfort, Kassel, Turingia, Baviera. El III Ejército penetró en Checoslovaquia y Austria, liberando por el camino el campo de concentración de Buchenwald y otros subcampos, experiencias que dejaron profundamente impresionado incluso a un hombre curtido en la guerra.
Cuando Alemania capituló en mayo de 1945, el III Ejército de Patton había capturado más de un millón de prisioneros, liberado más de 80.000 kilómetros cuadrados de territorio y sufrido proporcionalmente menos bajas que cualquier otro ejército aliado en el teatro europeo.
Controversias y carácter
Patton fue un hombre de contradicciones. Culto y refinado —hablaba francés, leía a los clásicos y escribía poesía—, era al mismo tiempo brutal en el trato con subordinados y políticamente imprudente. Sus declaraciones públicas provocaron constantes dolores de cabeza a Eisenhower. Tras la guerra, fue destituido del mando del III Ejército por comparar públicamente la pertenencia al partido nazi con la afiliación a un partido político cualquiera, una torpeza que resultó intolerable en el contexto de la desnazificación.
Creía en la reencarnación y estaba convencido de haber sido un guerrero en vidas anteriores: legionario romano, caballero medieval, soldado napoleónico. Esa convicción, junto con su fe inquebrantable en su propio destino, alimentaba una temeridad que era al mismo tiempo su mayor fortaleza y su mayor debilidad.
Muerte y legado
El 9 de diciembre de 1945, Patton sufrió un grave accidente de tráfico cerca de Mannheim, Alemania, cuando su vehículo fue embestido por un camión del ejército. Quedó paralizado del cuello para abajo y falleció el 21 de diciembre a los 60 años. Fue enterrado en el cementerio militar estadounidense de Luxemburgo, junto a los soldados de su III Ejército.
Erwin Rommel , su rival más célebre, había muerto un año antes. La rivalidad entre ambos, alimentada tanto por la realidad como por el mito, se convirtió en uno de los duelos más emblemáticos de la guerra. Patton estudió obsesivamente las tácticas de Rommel y consideraba vencerlo como una cuestión personal.
George Patton dejó un legado militar que trasciende sus victorias. Su énfasis en la velocidad, la iniciativa y la agresividad constante influyó profundamente en la doctrina blindada de posguerra. Sin embargo, su mayor legado es quizá el más intangible: la demostración de que el liderazgo, la voluntad y la audacia pueden compensar desventajas materiales y transformar el curso de una batalla.