Friedrich Paulus es uno de los generales más controvertidos de la SGM. Oficial de estado mayor brillante pero carente de experiencia en el mando de tropas, su nombre quedó vinculado para siempre a la mayor catástrofe militar de la Wehrmacht: la destrucción del 6.º Ejército en Stalingrado. Su decisión de rendirse en lugar de suicidarse, como esperaba Hitler, lo convirtió en un símbolo de traición para unos y de cordura para otros.

Un oficial de estado mayor, no un comandante de campo
Friedrich Paulus nació el 23 de septiembre de 1890 en Guxhagen, Hesse. Hijo de un contador, intentó sin éxito ingresar en la Marina Imperial antes de ser aceptado como cadete de infantería en 1910. Participó en la Primera Guerra Mundial como oficial subalterno, pero fue en el período de entreguerras donde forjó su verdadera carrera: no en el frente, sino detrás de un escritorio.
Paulus ascendió dentro del sistema de estado mayor del Reichswehr y luego de la Wehrmacht, ganándose una reputación como planificador meticuloso y analista estratégico. Era conocido por su elegancia personal —sus compañeros lo apodaban "el Noble Lord" por su costumbre de usar guantes blancos y bañarse dos veces al día— y por su capacidad para el trabajo detallado. Sin embargo, nunca había comandado una unidad mayor que un batallón en combate real.
En septiembre de 1940, Paulus fue nombrado subjefe del Estado Mayor del Ejército (Oberquartiermeister I), donde desempeñó un papel clave en la planificación de la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética. Participó en los juegos de guerra que simularon la campaña y conocía mejor que nadie los riesgos logísticos de una guerra en las vastas extensiones rusas. Irónicamente, esos mismos riesgos acabarían destruyéndolo.
El mando del 6.º Ejército
En enero de 1942, Paulus recibió el mando del 6.º Ejército, la formación más poderosa de la Wehrmacht, con más de 250.000 hombres. Era un ascenso extraordinario para alguien con tan poca experiencia de mando en combate. El nombramiento se debió en parte a la confianza personal de Hitler y en parte a la escasez de generales disponibles tras las purgas y bajas del primer año en el frente oriental.
Durante la primavera y el verano de 1942, el 6.º Ejército participó en la ofensiva Fall Blau, diseñada para capturar los campos petrolíferos del Cáucaso. Paulus condujo a sus tropas a través de las estepas ucranianas hacia un objetivo que Hitler modificó fatalmente a mitad de campaña: la ciudad industrial de Stalingrado, a orillas del Volga. Lo que debía ser un objetivo secundario se convirtió en una obsesión personal del Führer, que veía en la ciudad que llevaba el nombre de Stalin un premio simbólico irrenunciable.
El infierno de Stalingrado
En agosto de 1942, el 6.º Ejército llegó a las afueras de Stalingrado y comenzó un asalto que se transformó en una pesadilla urbana. La Luftwaffe redujo la ciudad a escombros con bombardeos masivos, pero paradójicamente eso creó un terreno ideal para la defensa soviética: entre las ruinas, los tanques y la superioridad numérica alemana perdían toda ventaja.
Los soviéticos, bajo el mando del general Vasili Chuikov, adoptaron la táctica de "abrazar al enemigo", manteniendo las líneas tan próximas que la artillería y la aviación alemanas no podían actuar sin riesgo de fuego amigo. La lucha se desarrolló edificio por edificio, planta por planta, habitación por habitación. Las bajas alemanas se acumulaban sin que Paulus lograra controlar más que el 90% de la ciudad devastada. Ese último 10% junto al Volga resultó inexpugnable.
Paulus informó repetidamente al Alto Mando de las dificultades, pero Hitler insistió en que la ciudad debía ser tomada a cualquier precio. El general, formado en la obediencia prusiana del estado mayor, acató las órdenes sin rebelarse abiertamente.
La trampa se cierra: Operación Urano
El 19 de noviembre de 1942, el Ejército Rojo lanzó la Operación Urano, una maniobra de pinza que golpeó los débiles flancos del 6.º Ejército, defendidos por tropas rumanas, húngaras e italianas mal equipadas. En apenas cuatro días, las fuerzas soviéticas cerraron el cerco en Kalach, atrapando a unos 300.000 soldados alemanes y aliados en una bolsa de aproximadamente 50 kilómetros de diámetro.
Paulus se encontró ante la decisión más trascendental de su carrera. Varios de sus generales subordinados, encabezados por el general de tanques Walther von Seydlitz-Kurzbach, le instaron a desobedecer a Hitler y organizar una ruptura inmediata hacia el oeste, antes de que el cerco soviético se consolidara. El jefe del Estado Mayor del Ejército, el general Kurt Zeitzler, también abogaba por la retirada. Las posibilidades de éxito eran razonables si se actuaba de inmediato, pero disminuían con cada hora que pasaba.
Paulus vaciló. Su formación como oficial de estado mayor le había inculcado una obediencia absoluta a la cadena de mando, y Hitler ordenó categóricamente mantener la posición. Hermann Göring, jefe de la Luftwaffe, prometió abastecer al ejército cercado por aire con 500 toneladas diarias de suministros, una cifra que los expertos en logística aérea sabían imposible. El puente aéreo resultó un fracaso estrepitoso: en los mejores días apenas se entregaron 120 toneladas, muy por debajo del mínimo necesario para mantener con vida a 300.000 hombres.
Manstein y la última oportunidad
En diciembre de 1942, Erich von Manstein lanzó la Operación Tormenta de Invierno, un intento de romper el cerco desde el exterior con el Grupo de Ejércitos del Don. Las tropas de Manstein lograron acercarse a unos 50 kilómetros de la bolsa, pero necesitaban que el 6.º Ejército atacara simultáneamente desde dentro para completar la ruptura.
Paulus se negó a actuar sin una orden directa de Hitler, que nunca llegó. El Führer seguía aferrado a la fantasía de que Stalingrado podía mantenerse como una "fortaleza" hasta la primavera. Manstein tuvo que retirarse ante la presión soviética, y con él se esfumó la última esperanza del 6.º Ejército. Los historiadores han debatido durante décadas si Paulus debió haber actuado por iniciativa propia, como hicieron otros generales alemanes en situaciones similares, o si la falta de combustible y munición hacía ya imposible cualquier intento de ruptura.
Ascenso a mariscal de campo y rendición
Para finales de enero de 1943, la situación dentro de la bolsa era desesperada. Los soldados morían de hambre, congelación y heridas sin tratar. La munición se agotaba. Los soviéticos habían partido el cerco en dos, aislando al propio Paulus en los sótanos de los grandes almacenes Univermag, en el centro de la ciudad.
El 30 de enero de 1943, décimo aniversario de la llegada de Hitler al poder, el Führer ascendió a Paulus al rango de Generalfeldmarschall (mariscal de campo). El mensaje era inequívoco: ningún mariscal de campo alemán se había rendido jamás en la historia. Hitler esperaba que Paulus se suicidara antes que capitular, convirtiendo Stalingrado en una leyenda heroica al estilo de las Termópilas.
Paulus rechazó ese destino. Al día siguiente, 31 de enero de 1943, envió a su ayudante a negociar la rendición con las tropas soviéticas que rodeaban su cuartel general. Cuando los soldados del Ejército Rojo entraron, encontraron a un hombre demacrado, sin afeitar, con un tic nervioso en el rostro. "La resistencia es inútil", declaró simplemente. La bolsa norte, bajo el mando del general Karl Strecker, resistió dos días más antes de rendirse el 2 de febrero.
Hitler montó en cólera al conocer la rendición. "Debería haberse pegado un tiro", dijo a sus generales. En Alemania, tres días de luto nacional —con todos los locales de entretenimiento cerrados— marcaron el primer reconocimiento público de que la guerra podía perderse.
Cautiverio soviético y colaboración
De los aproximadamente 91.000 soldados alemanes que marcharon al cautiverio, solo unos 5.000 regresarían a Alemania. Paulus, como prisionero de alto rango, recibió un trato privilegiado en comparación con sus hombres, que morían a miles en los campos de prisioneros por hambre, frío y enfermedades.
Inicialmente, Paulus se mantuvo leal al régimen nazi y rechazó los intentos soviéticos de utilizarlo con fines propagandísticos. Sin embargo, el atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler y el conocimiento progresivo de los crímenes del régimen le hicieron cambiar de postura. En agosto de 1944, se unió al Comité Nacional para una Alemania Libre (Nationalkomitee Freies Deutschland), una organización patrocinada por los soviéticos que instaba a los soldados alemanes a desertar y derrocar a Hitler.
Paulus realizó llamamientos por radio a las tropas alemanas para que depusieran las armas, lo que le valió el desprecio de muchos de sus antiguos camaradas. En Alemania, su familia sufrió represalias: su esposa fue detenida brevemente y sus hijos fueron presionados para que renunciaran al apellido Paulus.
Núremberg y la posguerra
En 1946, Paulus fue llamado como testigo en los juicios de Núremberg, donde su aparición causó sensación. Testificó sobre la planificación de la Operación Barbarroja, confirmando que la invasión de la Unión Soviética había sido una guerra de agresión premeditada, y proporcionó detalles sobre las órdenes criminales que acompañaron la campaña.
Su testimonio fue valioso para la fiscalía aliada, pero también le granjeó la animosidad permanente de los acusados y de amplios sectores de la sociedad alemana, que lo consideraban un traidor que había pactado con el enemigo para salvar su propia vida.
Vida en la Alemania del Este
Tras su liberación del cautiverio soviético en 1953, Paulus se instaló en Dresde, en la República Democrática Alemana (RDA), donde recibió una villa, un coche con chófer y una pensión del Estado. Trabajó como inspector de la policía popular y dio conferencias sobre historia militar en la academia de la Kasernierte Volkspolizei, precursora del ejército de Alemania Oriental.
Sus intentos de regresar a Alemania Occidental fueron rechazados: allí lo esperaban no solo el estigma social, sino posibles acciones legales. En la RDA, en cambio, era un trofeo propagandístico útil, la prueba viviente de que incluso un mariscal de campo alemán había reconocido la justicia de la causa soviética.
Friedrich Paulus falleció el 1 de febrero de 1957 en Dresde, apenas un día después del decimocuarto aniversario de su rendición en Stalingrado. La causa oficial fue esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Fue enterrado en Baden-Baden, en la zona occidental, junto a su esposa Elena, que había muerto en 1949 sin volver a verlo desde 1942.
Un legado en disputa
La figura de Paulus sigue generando debate entre historiadores. Sus críticos lo acusan de debilidad moral: un hombre que obedeció ciegamente a Hitler cuando debió actuar por iniciativa propia para salvar a sus tropas, y que luego colaboró con los soviéticos por oportunismo. Sus defensores argumentan que el sistema militar prusiano no dejaba margen para la desobediencia, que una ruptura del cerco habría sido probablemente un desastre, y que su colaboración con los soviéticos reflejó una evolución genuina de conciencia.
Lo innegable es que la caída de Stalingrado marcó el punto de inflexión de la SGM en Europa. Y en el centro de esa tragedia, Friedrich Paulus encarnó las contradicciones de toda una generación de oficiales alemanes: profesionales competentes que sirvieron a un régimen criminal y pagaron —o hicieron pagar a otros— un precio devastador.