Erwin Rommel (1891-1944) fue probablemente el general alemán más famoso de la Segunda Guerra Mundial y uno de los comandantes de campo más respetados por sus propios enemigos. Apodado el Zorro del Desierto por sus campañas en el norte de África, su historia combina un talento militar extraordinario con un final trágico que lo convirtió en una de las figuras más complejas del conflicto.

Retrato del Generalfeldmarschall Erwin Rommel, circa 1942
Erwin Rommel, Generalfeldmarschall del ejército alemán. Bundesarchiv, Bild 146-1973-012-43 · CC BY-SA 3.0 DE

De Württemberg a las trincheras

Erwin Johannes Eugen Rommel nació el 15 de noviembre de 1891 en Heidenheim, un pueblo del sur de Alemania. Hijo de un profesor de matemáticas, nada en su origen sugería una carrera militar legendaria. Era un joven delgado y reservado que ingresó en el ejército imperial alemán en 1910 casi por descarte, después de que Zeppelin rechazara su solicitud como ingeniero.

La Primera Guerra Mundial reveló su verdadero carácter. Rommel combatió en Francia, Rumanía e Italia, demostrando una audacia y una capacidad de iniciativa fuera de lo común. En la batalla de Caporetto en octubre de 1917, al mando de una unidad de montaña, capturó más de 9.000 prisioneros italianos y varias posiciones clave mediante una serie de maniobras tan rápidas y sorpresivas que el alto mando italiano no supo reaccionar. Esta acción le valió la Pour le Mérite, la condecoración militar más prestigiosa de Alemania.

Tras la guerra, Rommel permaneció en el reducido ejército de la República de Weimar y escribió Infanterie greift an (La infantería ataca), un manual táctico basado en sus experiencias que se convirtió en texto de referencia. El libro llamó la atención de Hitler, quien lo seleccionó para comandar su escolta personal durante la campaña de Polonia en 1939.

La Blitzkrieg en Francia

En mayo de 1940, Rommel recibió el mando de la 7.ª División Panzer durante la invasión de Francia. Su forma de liderar fue característica: siempre al frente, tomando decisiones sobre el terreno, avanzando tan rápido que su propia cadena de mando perdía el contacto con él durante días. La 7.ª División ganó el apodo de Gespensterdivision (división fantasma) porque ni los aliados ni el alto mando alemán sabían exactamente dónde estaba.

En pocas semanas, Rommel cruzó el Mosa, rompió las líneas francesas y avanzó hasta la costa del Canal de la Mancha, capturando miles de prisioneros y enormes cantidades de material. Su agresividad rozaba la imprudencia —en varias ocasiones estuvo a punto de ser capturado—, pero los resultados eran espectaculares.

El Afrika Korps: ascenso del Zorro del Desierto

Rommel empujando su vehículo atascado en la arena del desierto del norte de África, 1941
Rommel ayuda a desatascar su vehículo en el desierto norteafricano, enero de 1941. Bundesarchiv, Bild 183-B20800 / Valtingojer · CC BY-SA 3.0 DE

En febrero de 1941, Rommel llegó a Libia al mando del Deutsches Afrika Korps con una misión modesta: estabilizar el frente tras la debacle italiana frente a los británicos. En lugar de limitarse a defender, lanzó una ofensiva inmediata que tomó a los británicos completamente por sorpresa.

En pocas semanas, el Afrika Korps reconquistó la Cirenaica y empujó a los británicos hasta la frontera egipcia, deshaciendo meses de avances aliados. Rommel practicaba una guerra de maniobra audaz: usaba columnas de reconocimiento como señuelos, concentraba sus blindados en el punto más débil del enemigo, y atacaba con una velocidad que impedía cualquier reacción organizada.

Su capacidad para improvisar soluciones con recursos escasos se hizo legendaria. El Afrika Korps nunca tuvo suficientes tanques, combustible ni suministros —la guerra en el desierto dependía de líneas de abastecimiento que cruzaban el Mediterráneo bajo el acoso constante de la Royal Navy y la RAF—, pero Rommel compensaba la escasez material con audacia táctica.

El Alamein: el principio del fin

Sin embargo, la guerra en el desierto tenía una realidad implacable: la logística. Para el otoño de 1942, el ejército británico bajo el general Bernard Montgomery había acumulado una superioridad material aplastante en El Alamein , el último punto defensivo antes de Alejandría y el Canal de Suez.

La segunda batalla de El Alamein, entre octubre y noviembre de 1942, fue un enfrentamiento de desgaste que anuló las ventajas tácticas de Rommel. Montgomery disponía de el doble de tanques, el triple de artillería y dominio aéreo absoluto. Rommel, enfermo y agotado, comprendió que la batalla estaba perdida y solicitó permiso para retirarse. Hitler ordenó resistir hasta el último hombre, pero Rommel, por primera vez, desobedeció y ordenó la retirada para salvar lo que quedaba de su ejército.

El largo retroceso desde El Alamein hasta Túnez duró meses. Rommel ejecutó una serie de combates de retaguardia brillantes, infligiendo pérdidas significativas a los perseguidores británicos, pero el desenlace era inevitable. En marzo de 1943, ya enfermo y desmoralizado, fue evacuado de África. El Afrika Korps se rindió en mayo.

Normandía: la última defensa

Rommel inspeccionando barreras de madera en la playa del Muro Atlántico con oficiales, abril de 1944
Rommel inspecciona las defensas del Muro Atlántico en Francia, abril de 1944. Bundesarchiv, Bild 101I-719-0243-33 / Jesse · CC BY-SA 3.0 DE

A finales de 1943, Rommel fue destinado a Francia para inspeccionar y reforzar las defensas del Muro Atlántico contra la esperada invasión aliada. Lo que encontró le alarmó: las fortificaciones eran irregulares, muchas posiciones existían solo sobre el papel, y no había un plan coherente para rechazar un desembarco.

Rommel se lanzó a una frenética campaña de fortificación. Supervisó personalmente la instalación de millones de minas, obstáculos en las playas, estacas antiparacaidistas en los campos, y bunkers de hormigón. Su experiencia en África le había enseñado que la superioridad aérea aliada haría imposible mover reservas una vez comenzada la invasión. La batalla debía ganarse o perderse en las playas, en las primeras horas.

Esta visión le enfrentó con el mariscal Gerd von Rundstedt, comandante supremo en el oeste, que prefería mantener las divisiones Panzer en la retaguardia para un contraataque masivo una vez identificado el punto principal de desembarco. Hitler, como era habitual, no resolvió la disputa sino que la empeoró: mantuvo las reservas blindadas bajo su control personal, lo que retrasó su empleo el día decisivo.

El 6 de junio de 1944, cuando los aliados desembarcaron en Normandía , Rommel estaba en Alemania celebrando el cumpleaños de su esposa. Cuando regresó al frente, los aliados ya habían establecido sus cabezas de playa. Las semanas siguientes fueron una lucha desesperada por contener la ruptura. El 17 de julio, el coche de Rommel fue ametrallado por un caza aliado, dejándole gravemente herido.

La conspiración del 20 de julio

La relación de Rommel con la conspiración para asesinar a Hitler el 20 de julio de 1944 es uno de los aspectos más debatidos de su biografía. Los historiadores coinciden en que Rommel sabía que la guerra estaba perdida y que había mantenido contactos con oficiales conspiradores, entre ellos el coronel Claus von Stauffenberg. Sin embargo, el alcance exacto de su implicación sigue siendo objeto de controversia.

Lo que parece claro es que Rommel favorecía una solución negociada —arrestar a Hitler y negociar la paz con los aliados occidentales— más que un asesinato. Esta distinción, importante para él, resultó irrelevante cuando la conspiración fracasó y comenzaron las represalias.

El final del zorro

Tras el atentado fallido, la Gestapo detuvo e interrogó a decenas de oficiales implicados. Varios de ellos, bajo tortura, mencionaron el nombre de Rommel. El 14 de octubre de 1944, mientras se recuperaba de sus heridas en su casa de Herrlingen, dos generales enviados por Hitler le visitaron con un ultimátum: podía suicidarse con una cápsula de cianuro, en cuyo caso recibiría un funeral de Estado con todos los honores y su familia quedaría protegida; o podía enfrentarse a un juicio ante el Tribunal del Pueblo de Roland Freisler, con las consecuencias previsibles para él y los suyos.

Rommel se despidió de su esposa Lucie y de su hijo Manfred, subió al coche de los generales, y a los pocos minutos estaba muerto. Tenía 52 años. El régimen nazi anunció que había fallecido a consecuencia de sus heridas y le concedió un funeral de Estado con honores militares completos. La verdad sobre su muerte no se conocería hasta después de la guerra.

Legado y controversia

La figura de Rommel genera un debate historiográfico que no se ha cerrado. Durante la posguerra, tanto los aliados como la nueva Alemania Federal contribuyeron a construir el mito de un soldado honorable al servicio de un régimen criminal, un general que combatía limpiamente y que al final se opuso a Hitler. Esta imagen, aunque contiene elementos de verdad, simplifica una realidad más compleja.

Lo que es indiscutible es su talento militar. Su dominio de la guerra de maniobra, su capacidad para tomar decisiones bajo presión extrema y su liderazgo desde el frente lo convierten en uno de los comandantes de campo más capaces de la SGM. Incluso Churchill, en un célebre discurso ante la Cámara de los Comunes, reconoció que Rommel era un adversario formidable.

La pregunta más difícil —hasta qué punto un hombre puede ser honroso sirviendo a una causa deshonrosa— sigue sin respuesta fácil. Es precisamente esa ambigüedad la que convierte a Rommel en una de las figuras más fascinantes y discutidas de la Segunda Guerra Mundial.