Douglas MacArthur fue el general estadounidense más carismático y controvertido de la SGM. Expulsado de las Filipinas por los japoneses en 1942, cumplió su célebre promesa «Volveré» dos años después, lideró la reconquista del Pacífico sudoccidental y supervisó la ocupación de Japón con la autoridad de un virrey. Teatral, genial y arrogante a partes iguales, MacArthur encarnó tanto las virtudes como los excesos del mando militar estadounidense en la mayor guerra de la historia.

El hijo de un héroe
Douglas MacArthur nació el 26 de enero de 1880 en Little Rock, Arkansas, hijo del general Arthur MacArthur Jr., héroe de la guerra civil y de las Filipinas. Creció en puestos militares del lejano oeste, rodeado del ejército y de la leyenda paterna. Su madre, Mary Pinkney Hardy, lo educó con la convicción de que estaba destinado a la grandeza, una creencia que MacArthur nunca abandonó.
Se graduó primero de su clase en West Point en 1903, con las notas más altas obtenidas en 25 años. Combatió con distinción en la Primera Guerra Mundial, donde fue herido dos veces y condecorado trece veces, ganando fama como uno de los oficiales más valientes de la Fuerza Expedicionaria Americana. En 1930, con 50 años, fue nombrado jefe del Estado Mayor del Ejército, el puesto militar más alto de Estados Unidos.
En 1935, Roosevelt lo envió a las Filipinas como asesor militar del gobierno del Commonwealth. MacArthur desarrolló un profundo vínculo emocional con las islas y su gente que marcaría el resto de su vida. Cuando Japón atacó las Filipinas el 8 de diciembre de 1941, horas después de Pearl Harbor, MacArthur era el comandante de las fuerzas estadounidenses y filipinas en el archipiélago.
La caída de las Filipinas
La campaña de Filipinas fue el peor momento de la carrera de MacArthur. A pesar de haber recibido aviso del ataque a Pearl Harbor con horas de antelación, la mayoría de sus aviones fueron destruidos en tierra por los bombarderos japoneses. La causa de este desastre sigue debatiéndose: ¿confusión, indecisión o mala comunicación? MacArthur nunca dio una explicación satisfactoria.
Los japoneses desembarcaron en fuerza y empujaron a las fuerzas americano-filipinas hacia la península de Bataan y la isla de Corregidor. MacArthur dirigió la defensa desde el túnel de Malinta en Corregidor, ganándose el apodo despectivo de «Doug del búnker» entre sus propias tropas, que sufrían hambre y enfermedades mientras él permanecía en relativa comodidad.
En marzo de 1942, Roosevelt le ordenó evacuar a Australia. MacArthur escapó en una lancha torpedera PT a través de las líneas japonesas, dejando atrás a 78.000 soldados que caerían prisioneros y sufrirían la infame Marcha de la Muerte de Bataan. Al llegar a Australia, pronunció la frase que lo definiría: «He salido de Bataan y volveré» (I shall return).
La promesa fue criticada por algunos como una muestra de ego desmesurado —Eisenhower sugirió que habría sido más apropiado decir «Volveremos»—, pero para los filipinos se convirtió en un símbolo de esperanza que los sostuvo durante tres años de brutal ocupación japonesa.
La estrategia de los saltos de isla
Como comandante supremo aliado del Pacífico sudoccidental, MacArthur desarrolló la estrategia de «saltar islas» (island hopping), que consistía en atacar posiciones japonesas seleccionadas mientras se dejaban atrás guarniciones enemigas que quedaban aisladas y neutralizadas sin necesidad de conquistarlas.
La campaña comenzó con la península de Papúa Nueva Guinea en 1942-1943, donde las fuerzas australianas y estadounidenses frenaron el avance japonés hacia Australia en batallas brutales como Buna-Gona y Kokoda Trail. MacArthur aprendió de los errores iniciales y perfeccionó una doctrina de operaciones anfibias apoyadas por aviación que se convirtió en su sello distintivo.
Los desembarcos de MacArthur en Hollandia, Biak, Morotai y otras posiciones a lo largo de la costa norte de Nueva Guinea fueron modelos de eficiencia operacional. En lugar de atacar las posiciones más fuertes del enemigo, MacArthur las rodeaba, aterrizando donde los japoneses no lo esperaban y cortando sus líneas de suministro. «Atacar donde el enemigo no está», resumió su filosofía.
El regreso a las Filipinas
En octubre de 1944, MacArthur cumplió su promesa. Tras una intensa pugna política con la Armada (que quería atacar Formosa en lugar de las Filipinas), convenció a Roosevelt de que la liberación de las Filipinas era una obligación moral y estratégica.
El desembarco en Leyte (20 de octubre de 1944) fue uno de los momentos más teatrales de la guerra. MacArthur vadió hasta la playa bajo la lluvia, con el agua hasta las rodillas, y pronunció un mensaje por radio: «Pueblo de las Filipinas, he vuelto. Por la gracia de Dios todopoderoso, nuestras fuerzas están de nuevo en suelo filipino».
La campaña de las Filipinas fue larga y sangrienta. La batalla naval de Leyte fue la mayor batalla naval de la historia. La reconquista de Manila (febrero-marzo de 1945) destruyó la ciudad y costó la vida a más de 100.000 civiles filipinos, asesinados en su mayoría por las tropas japonesas en represalia. MacArthur fue criticado por no aceptar la declaración de Manila como ciudad abierta, pero la responsabilidad principal de la masacre recayó en la guarnición japonesa.
La invasión de Japón que nunca fue
En la primavera de 1945, MacArthur fue nombrado comandante de las fuerzas del ejército para la invasión planificada de Japón (Operación Downfall). Las lecciones de Iwo Jima y Okinawa —donde los japoneses lucharon hasta prácticamente el último hombre y las bajas civiles fueron catastróficas— hacían prever un baño de sangre de proporciones inimaginables.
La rendición de Japón tras las bombas atómicas y la entrada soviética en la guerra hizo innecesaria la invasión. MacArthur, que había sido informado del Proyecto Manhattan solo semanas antes, presidió la ceremonia de rendición el 2 de septiembre de 1945 a bordo del acorazado USS Missouri en la bahía de Tokio.
Su discurso en la ceremonia fue sorprendentemente conciliador: «Es mi más ferviente esperanza que de esta solemne ocasión emerja un mundo mejor, un mundo basado en la fe y la comprensión, un mundo dedicado a la dignidad del hombre y al cumplimiento de su más venerado deseo de libertad, tolerancia y justicia».
El shōgun americano
Como comandante supremo de las fuerzas aliadas de ocupación (SCAP), MacArthur gobernó Japón durante casi seis años con una autoridad que superaba la de cualquier shōgun de la historia. Paradójicamente, el general más imperial del ejército estadounidense llevó a cabo una de las democratizaciones más exitosas de la historia.
Bajo su supervisión, Japón adoptó una nueva constitución que renunciaba a la guerra, establecía una democracia parlamentaria, otorgaba el sufragio femenino, reformaba el sistema educativo, redistribuía la tierra y desmantelaba los conglomerados industriales (zaibatsu) que habían financiado la máquina de guerra. La decisión más controvertida fue preservar al emperador Hirohito en el trono, una elección pragmática que facilitó enormemente la transición.
MacArthur desarrolló una relación casi paternal con el pueblo japonés, que lo aceptó con una deferencia que desconcertaba a los observadores occidentales. Se movía por Tokio sin escolta, vivía con una rutina monástica y gobernaba desde el edificio Dai-Ichi con la seguridad de un hombre que creía sinceramente en su misión civilizadora.
El hombre y sus contradicciones
MacArthur fue una figura de contradicciones fascinantes. Era un general genuinamente brillante que minimizó las bajas de sus tropas mediante la maniobra en lugar del asalto frontal, pero también un narcisista que manipulaba la prensa, exageraba sus victorias y se atribuía los éxitos de sus subordinados.
Era valiente hasta la temeridad —visitaba las líneas del frente con su gorra de mariscal de campo filipino y sin casco— pero también era un showman que repetía sus desembarcos para las cámaras cuando la toma inicial no era suficientemente dramática. Era un demócrata convencido que gobernó Japón como un autócrata benévolo.
Su rivalidad con la Armada y con otros generales fue constante y a menudo destructiva. Se llevaba mal con casi todos sus pares, incluyendo a Eisenhower (que había sido su subordinado en Filipinas y que lo superó en rango durante la guerra) y con el almirante Nimitz, con quien competía por recursos y gloria en el Pacífico.
Legado
MacArthur murió el 5 de abril de 1964 en Washington D.C. Su discurso de despedida en West Point, con la frase «los viejos soldados nunca mueren, simplemente se desvanecen», sigue siendo uno de los más citados de la historia militar estadounidense.
Su legado en la SGM es ambivalente. Fue responsable del desastre inicial en Filipinas, pero también de la brillante campaña de reconquista del Pacífico sudoccidental. Perdió más hombres en la campaña de Manila de los que habría sido necesario, pero salvó innumerables vidas con su estrategia de rodear en lugar de atacar frontalmente las posiciones japonesas.
Su mayor legado, sin embargo, no fue militar sino político: la transformación de Japón de una potencia militarista en una democracia pacífica y próspera. La ocupación que MacArthur dirigió fue, con todos sus defectos, una de las reconstrucciones nacionales más exitosas de la historia, y su influencia se siente todavía hoy en las instituciones japonesas.
MacArthur fue un hombre imposible que hizo cosas extraordinarias. Su ego era insufrible, su teatralidad agotadora y su vanidad ilimitada. Pero también era un genio militar genuino, un administrador visionario y, en sus mejores momentos, un líder capaz de inspirar a naciones enteras. La historia no ha encontrado una categoría simple donde encajarlo, y probablemente nunca la encuentre.