Chūichi Nagumo fue uno de los almirantes más controvertidos de la SGM. Comandante del Kidō Butai, la fuerza de portaaviones más poderosa que el mundo había visto hasta entonces, Nagumo lideró el devastador ataque a Pearl Harbor que arrastró a Estados Unidos a la guerra. Sin embargo, su carrera quedó marcada por una paradoja difícil de ignorar: un especialista en torpedos al mando de la revolución aeronaval, un hombre que nunca terminó de comprender el arma que tenía entre sus manos. Su historia es la de un ascenso fulgurante y una caída trágica, sellada por el suicidio en una cueva de Saipán mientras las tropas estadounidenses avanzaban sobre la isla.

Retrato del vicealmirante Chūichi Nagumo
Vicealmirante Chūichi Nagumo, comandante del Kidō Butai, hacia 1941-1942 U.S. Naval History and Heritage Command · Dominio público

Un torpedista al mando de portaaviones

Nagumo nació el 25 de marzo de 1887 en la prefectura de Yamagata, Japón. Ingresó en la Academia Naval Imperial Japonesa, donde se graduó en 1908 como parte de la 36.ª promoción. Desde el inicio de su carrera, se especializó en guerra de torpedos y combate de superficie, disciplinas que dominó con pericia y que le granjearon una reputación sólida dentro de la Armada Imperial.

A lo largo de las décadas de 1920 y 1930, Nagumo ocupó diversos puestos de mando en destructores y cruceros, consolidándose como un oficial competente y respetado. Su ascenso fue constante, favorecido tanto por su experiencia en combate como por las dinámicas de antigüedad que regían los ascensos en la marina japonesa. En 1941, fue nombrado comandante de la 1.ª Flota Aérea, el Kidō Butai, la fuerza de ataque de portaaviones que concentraba el grueso del poder aeronaval nipón.

La ironía de este nombramiento no pasó desapercibida entre los oficiales más jóvenes y los aviadores de la flota. Nagumo era un hombre de torpedos y cañones, no de aviones. Carecía de experiencia en aviación naval y, según múltiples testimonios, nunca llegó a comprender del todo las posibilidades estratégicas del poder aéreo embarcado. Su designación respondía más a la rígida jerarquía de antigüedad de la marina japonesa que a sus aptitudes para el puesto. Oficiales como Minoru Genda y Mitsuo Fuchida, verdaderos expertos en aviación, serían quienes realmente diseñarían las tácticas aéreas bajo su mando nominal.

El golpe maestro: Pearl Harbor

El 26 de noviembre de 1941, Nagumo zarpó desde la bahía de Hitokappu, en las islas Kuriles, al mando de una flota compuesta por seis portaaviones, dos acorazados, tres cruceros y nueve destructores. El objetivo era alcanzar el corazón de la Flota del Pacífico estadounidense en Hawái antes de que se declarara formalmente la guerra.

El plan había sido concebido por el almirante Isoroku Yamamoto , comandante de la Flota Combinada, y perfeccionado por Genda y Fuchida. Nagumo, de naturaleza cautelosa, había expresado dudas sobre la viabilidad de la operación y temía que la flota fuese detectada durante la larga travesía por el Pacífico Norte. Sin embargo, ejecutó las órdenes con precisión.

La mañana del 7 de diciembre de 1941, las dos primeras oleadas de aviones japoneses golpearon Pearl Harbor con efectos devastadores. Ocho acorazados quedaron hundidos o gravemente dañados, 188 aviones fueron destruidos en tierra y más de 2.400 estadounidenses perdieron la vida. Desde el punto de vista táctico, fue un éxito rotundo.

Sin embargo, la decisión que definió la reputación de Nagumo llegó inmediatamente después. Sus subordinados, especialmente Fuchida y Genda, le instaron a lanzar una tercera oleada contra los depósitos de combustible, los talleres de reparación y las instalaciones portuarias, objetivos cuya destrucción habría paralizado las operaciones estadounidenses en el Pacífico durante meses. Nagumo se negó. Consideró que los objetivos principales habían sido alcanzados, temía un contraataque de los portaaviones estadounidenses (que no estaban en el puerto) y ordenó la retirada.

Esta decisión ha sido debatida durante décadas. Los depósitos de combustible de Pearl Harbor almacenaban 4,5 millones de barriles de petróleo. Su destrucción habría obligado a la Flota del Pacífico a retirarse a la costa oeste de Estados Unidos, retrasando la contraofensiva aliada quizá un año o más. Muchos historiadores consideran que la cautela de Nagumo convirtió un golpe devastador en una victoria incompleta.

Incursión en el océano Índico

Tras Pearl Harbor, el Kidō Butai continuó su racha de éxitos bajo el mando de Nagumo. Entre diciembre de 1941 y abril de 1942, sus portaaviones apoyaron la conquista de las Indias Orientales Neerlandesas, bombardearon Darwin en Australia y realizaron una incursión en el océano Índico que puso en jaque a la Royal Navy.

La incursión del Índico, en abril de 1942, fue particularmente notable. Los aviones de Nagumo hundieron el portaaviones HMS Hermes, los cruceros HMS Dorsetshire y HMS Cornwall, y causaron estragos en el puerto de Colombo y la base de Trincomalee en Ceilán. La Eastern Fleet británica se vio obligada a retirarse al este de África, cediendo temporalmente el control del océano Índico al Imperio japonés.

Durante estos meses, Nagumo pareció invencible. El Kidō Butai no había perdido un solo buque y sus pilotos acumulaban una experiencia de combate sin rival. Pero esta racha de victorias alimentó un peligroso exceso de confianza en el alto mando japonés, que subestimó la capacidad de recuperación estadounidense y la importancia de la inteligencia de señales.

Midway: la indecisión fatal

La batalla de Midway , librada entre el 4 y el 7 de junio de 1942, marcó el punto de inflexión de la guerra en el Pacífico y el momento más oscuro de la carrera de Nagumo. Lo que debía ser una trampa para destruir los portaaviones estadounidenses se convirtió en una catástrofe que costó a Japón cuatro portaaviones y cientos de aviadores veteranos irreemplazables.

El plan de Yamamoto era complejo y dispersaba las fuerzas japonesas en múltiples grupos. Nagumo avanzó con cuatro portaaviones —Akagi, Kaga, Sōryū y Hiryū— hacia el atolón de Midway, confiado en que los estadounidenses no conocían sus intenciones. Lo que ignoraba era que los criptoanalistas de la inteligencia naval estadounidense habían descifrado los códigos japoneses y conocían tanto el objetivo como la fecha del ataque.

La mañana del 4 de junio, Nagumo lanzó una primera oleada contra las instalaciones de Midway. Los aviones regresaron informando de que era necesario un segundo ataque. Nagumo ordenó entonces rearmar sus aviones con bombas convencionales en lugar de los torpedos antibuque que llevaban preparados por si aparecía la flota enemiga. Fue en ese preciso momento cuando sus exploradores avistaron buques estadounidenses.

Lo que siguió fue un desastre provocado por la indecisión. Nagumo se enfrentó a un dilema agonizante: ¿lanzar los aviones tal como estaban, con armamento inadecuado para atacar buques, o esperar a rearmarlos nuevamente con torpedos? Mientras sus oficiales discutían y los técnicos trabajaban frenéticamente en las cubiertas de los hangares, rodeados de bombas y torpedos apilados de forma caótica, los bombarderos en picado estadounidenses encontraron la flota japonesa.

En apenas cinco minutos, entre las 10:22 y las 10:27, los SBD Dauntless del Enterprise y del Yorktown lograron impactos directos sobre el Akagi, el Kaga y el Sōryū. Los aviones japoneses estaban repostando y rearmándose en cubierta; las bombas y los torpedos almacenados sin protección estallaron en cadena. Los tres portaaviones se convirtieron en infiernos flotantes. El Hiryū sobrevivió unas horas más, logró dañar al Yorktown, pero fue hundido a su vez esa misma tarde.

Nagumo, cuyo buque insignia Akagi ardía bajo sus pies, tuvo que ser prácticamente forzado por sus subordinados a abandonar el portaaviones. Su parálisis durante las horas críticas de la batalla ha sido señalada por historiadores como Jonathan Parshall y Anthony Tully como el factor decisivo del desastre. Un comandante más audaz o con mayor comprensión de la guerra aérea podría haber tomado decisiones más rápidas que habrían cambiado el resultado.

Caída en desgracia y destino en Saipán

Tras Midway, Nagumo fue relevado del mando del Kidō Butai, aunque la marina japonesa evitó señalarlo públicamente como responsable del desastre. Fue asignado a la 3.ª Flota y posteriormente destinado a la base naval de Sasebo y a la Flota del Área del Pacífico Central, puestos secundarios que reflejaban su pérdida de influencia.

En marzo de 1944, mientras la ofensiva estadounidense avanzaba inexorablemente a través del Pacífico central, Nagumo fue enviado a Saipán como comandante de la pequeña fuerza naval destinada a defender las islas Marianas. Era un destino sin esperanza. La guarnición japonesa en Saipán carecía de apoyo aéreo significativo y la flota combinada había sido diezmada en enfrentamientos anteriores.

La batalla de Saipán comenzó el 15 de junio de 1944, cuando los marines estadounidenses desembarcaron en la isla. Durante tres semanas de combates encarnizados, la guarnición japonesa fue empujada hacia el norte de la isla. Nagumo, que carecía de mando operativo real sobre las tropas terrestres bajo el general Yoshitsugu Saitō, se encontró en una posición cada vez más desesperada.

El 6 de julio de 1944, el día anterior al gyokusai (carga suicida final) que lanzarían los defensores japoneses, Nagumo se suicidó disparándose en su puesto de mando. Tenía 57 años. Sus restos no fueron recuperados hasta después de la guerra. El general Saitō se suicidó también esa misma noche, y al día siguiente más de 4.000 soldados japoneses protagonizaron una de las cargas banzái más masivas de toda la guerra.

Un legado envuelto en polémica

La figura de Nagumo sigue generando debate entre historiadores navales. Sus defensores argumentan que fue un comandante competente que ejecutó con brillantez la operación más audaz de la guerra naval moderna en Pearl Harbor y que sus decisiones prudentes salvaron al Kidō Butai de riesgos innecesarios en más de una ocasión. Su cautela, señalan, era coherente con la doctrina naval japonesa que priorizaba la conservación de la flota.

Sus críticos, en cambio, lo consideran un oficial anticuado que ocupó un puesto para el que no estaba preparado. Su negativa a lanzar la tercera oleada en Pearl Harbor y su parálisis ante el dilema del rearmamento en Midway son citados como ejemplos de un liderazgo que carecía de la audacia y la visión necesarias para la guerra de portaaviones. El contraste con almirantes como Raymond Spruance o William Halsey, que comprendían intuitivamente el potencial del poder aéreo, resulta revelador.

Lo que resulta difícil de discutir es que Nagumo fue un producto del sistema que lo creó. La rígida jerarquía de antigüedad de la Armada Imperial Japonesa colocó a un especialista en torpedos al mando de la revolución aeronaval, y las consecuencias de ese desajuste se hicieron evidentes en los momentos decisivos. Su tragedia personal —del triunfo absoluto en diciembre de 1941 al suicidio en una cueva de Saipán en julio de 1944— refleja en miniatura la propia tragedia de la marina japonesa en la SGM: un instrumento brillante pero dirigido por una mentalidad que no supo adaptarse a las exigencias de una guerra nueva.