Carl Gustaf Emil Mannerheim es una de las figuras más singulares de la SGM. Mariscal de campo, comandante en jefe y finalmente presidente de Finlandia, logró lo que ningún otro líder cobeligerante del Eje consiguió: sobrevivir a la guerra en el poder, preservar la independencia de su país y evitar la ocupación soviética. Su trayectoria, desde oficial del Ejército Imperial Ruso hasta símbolo nacional finlandés, refleja una capacidad extraordinaria para adaptarse a circunstancias imposibles y tomar decisiones pragmáticas en medio del mayor conflicto bélico de la historia.

De oficial zarista a héroe finlandés
Carl Gustaf Mannerheim nació el 4 de junio de 1867 en Askainen, en el Gran Ducado de Finlandia, entonces parte del Imperio Ruso. Pertenecía a una familia de la nobleza sueco-finlandesa que había caído en desgracia económica. Tras ser expulsado de la escuela de cadetes finlandesa por indisciplina, ingresó en la prestigiosa Escuela de Caballería Nikoláyev de San Petersburgo, donde se graduó con honores en 1889.
Su carrera en el Ejército Imperial Ruso se extendió durante casi tres décadas. Sirvió en la guerra ruso-japonesa de 1904-1905 y emprendió una célebre expedición a caballo a través de Asia Central y China entre 1906 y 1908, recorriendo más de 14.000 kilómetros con fines de inteligencia militar. Durante la Primera Guerra Mundial alcanzó el rango de teniente general, comandando una división de caballería en el frente rumano.
La Revolución Rusa de 1917 transformó su destino. Finlandia declaró su independencia en diciembre de ese año y Mannerheim regresó a su patria, donde asumió el mando de las fuerzas blancas durante la Guerra Civil finlandesa de 1918. Su victoria sobre los rojos finlandeses, apoyados por los bolcheviques, le convirtió en una figura controvertida pero indiscutible del nuevo Estado finlandés. Fue nombrado regente del país brevemente en 1918-1919, aunque perdió las primeras elecciones presidenciales.
Durante los años de entreguerras, Mannerheim presidió el Consejo de Defensa de Finlandia y supervisó la construcción de las fortificaciones defensivas en el istmo de Carelia, que llevarían su nombre: la Línea Mannerheim . Aunque modestas comparadas con la Línea Maginot francesa, estas defensas demostrarían ser decisivas en el conflicto que se avecinaba.
La Guerra de Invierno: David contra Goliat
El 30 de noviembre de 1939, la Unión Soviética invadió Finlandia con un ejército de más de 450.000 soldados, respaldados por miles de tanques y aviones. Stalin esperaba una conquista rápida, similar a la anexión de los estados bálticos. Se equivocó por completo.
Mannerheim, nombrado comandante en jefe a los 72 años de edad, organizó una defensa que asombró al mundo entero. Con un ejército de apenas 300.000 hombres, equipamiento anticuado y una fuerza aérea testimonial, los finlandeses infligieron pérdidas devastadoras al Ejército Rojo durante los tres meses y medio que duró la Guerra de Invierno.
La estrategia de Mannerheim combinó varios elementos brillantes. En el istmo de Carelia, la Línea Mannerheim detuvo los asaltos frontales soviéticos durante semanas, aprovechando el terreno boscoso y las temperaturas que descendieron por debajo de los cuarenta grados bajo cero. En el norte y centro del país, las unidades finlandesas aplicaron la táctica del motti, que consistía en fragmentar las columnas soviéticas en bolsas aisladas y destruirlas por separado. Los soldados finlandeses, con sus uniformes blancos de camuflaje y sus esquís, se movían como fantasmas por los bosques nevados, atacando y desapareciendo antes de que los soviéticos pudieran reaccionar.
Las cifras hablan por sí solas: la Unión Soviética sufrió entre 125.000 y 170.000 muertos frente a unos 25.000 finlandeses. La proporción de bajas fue tan desfavorable para Moscú que el propio Jruschov escribiría años después que la Guerra de Invierno había sido una humillación nacional. Sin embargo, la superioridad numérica soviética acabó imponiéndose. En febrero de 1940, una ofensiva masiva rompió la Línea Mannerheim y Mannerheim, pragmático como siempre, recomendó negociar la paz antes de que la situación se volviera irreversible.
El Tratado de Moscú de marzo de 1940 obligó a Finlandia a ceder el istmo de Carelia y otras regiones, que representaban el diez por ciento de su territorio y el veinte por ciento de su capacidad industrial. Fue una pérdida dolorosa, pero Finlandia conservó su independencia, algo que no lograron los estados bálticos.
La Guerra de Continuación: el aliado incómodo
La paz de 1940 fue un simple armisticio en la práctica. Finlandia había perdido territorio vital y la amenaza soviética seguía intacta. Cuando Alemania comenzó a planificar la Operación Barbarroja, la invasión de la Unión Soviética, Mannerheim vio una oportunidad para recuperar los territorios perdidos.
En junio de 1941, Finlandia entró en lo que los finlandeses denominaron la Guerra de Continuación , combatiendo junto a Alemania contra la Unión Soviética. Sin embargo, Mannerheim mantuvo una distancia calculada respecto a Berlín que resultaría crucial para la supervivencia de Finlandia.
La posición de Mannerheim fue extraordinariamente matizada. Insistió en que Finlandia no era un aliado formal de Alemania, sino un cobeligerante que luchaba su propia guerra defensiva contra la Unión Soviética. Esta distinción, aparentemente semántica, tendría consecuencias prácticas enormes.
Las decisiones que salvaron a Finlandia
El aspecto más notable de la conducta de Mannerheim durante la Guerra de Continuación fue su negativa a satisfacer las demandas alemanas en varios puntos críticos. Cuando el ejército finlandés recuperó los territorios perdidos en 1941 y alcanzó la antigua frontera, Mannerheim detuvo el avance. A pesar de las insistentes presiones de Hitler, se negó a atacar Leningrado desde el norte, una operación que habría facilitado enormemente la captura de la ciudad por parte de la Wehrmacht. Mannerheim argumentó que sus fuerzas no tenían la capacidad para semejante empresa, pero sus motivaciones eran más profundas: sabía que participar activamente en el asedio de Leningrado convertiría a Finlandia en un enemigo irreconciliable de la Unión Soviética.
Del mismo modo, Mannerheim rechazó la petición alemana de cortar el ferrocarril de Múrmansk, la ruta por la que los suministros aliados llegaban a la Unión Soviética desde el Ártico. Esta decisión enfureció a los mandos alemanes pero mantuvo abierta una puerta diplomática con los Aliados occidentales.
La protección de los judíos finlandeses
Otro aspecto que distingue a Mannerheim de otros líderes cobeligerantes del Eje fue su posición respecto a los judíos. Finlandia tenía una comunidad judía pequeña, de aproximadamente 2.000 personas, y Mannerheim se negó categóricamente a entregarla a los alemanes. Cuando Heinrich Himmler visitó Finlandia en 1942 y planteó la cuestión judía, el primer ministro finlandés respondió que Finlandia no tenía ningún problema judío. Soldados judíos finlandeses combatieron en el frente oriental junto a sus compatriotas, e incluso se estableció una sinagoga de campaña a escasa distancia de las líneas alemanas, un hecho que la propaganda nazi intentó ocultar.
Es necesario matizar que en 1942, las autoridades finlandesas sí entregaron a la policía secreta alemana un grupo de ocho refugiados judíos de origen extranjero, siete de los cuales murieron en Auschwitz. Este episodio, conocido posteriormente, empañó el historial finlandés, aunque la protección de los ciudadanos judíos finlandeses se mantuvo intacta durante toda la guerra.
La Guerra de Laponia: el giro contra Alemania
A medida que la guerra se inclinaba en contra del Eje, Mannerheim comprendió que Finlandia necesitaba salir del conflicto cuanto antes. En el verano de 1944, una masiva ofensiva soviética en el istmo de Carelia puso a prueba las defensas finlandesas hasta el límite. Mannerheim organizó una defensa tenaz que logró detener el avance soviético en la batalla de Tali-Ihantala, la mayor batalla de la historia nórdica, pero era evidente que Finlandia no podía sostener una guerra prolongada.
En agosto de 1944, el parlamento finlandés nombró a Mannerheim presidente de la república, reemplazando a Risto Ryti, quien había firmado un acuerdo personal con Alemania para recibir armamento. La maniobra fue deliberada: al dimitir Ryti, Finlandia podía argumentar que el acuerdo con Alemania era personal y no vinculaba al nuevo gobierno. Mannerheim, como presidente, negoció inmediatamente un armisticio con la Unión Soviética, firmado el 19 de septiembre de 1944.
Una de las condiciones del armisticio exigía que Finlandia expulsara a las tropas alemanas de su territorio. Así comenzó la Guerra de Laponia, en la que el ejército finlandés se volvió contra sus antiguos cobeligerantes. Los alemanes, que contaban con unos 200.000 soldados en el norte de Finlandia, aplicaron una política de tierra quemada durante su retirada hacia Noruega, destruyendo ciudades, puentes e infraestructuras. La guerra en Laponia se prolongó hasta abril de 1945 y dejó la región devastada.
Estrategia defensiva finlandesa: un análisis
La doctrina militar finlandesa bajo el mando de Mannerheim merece un análisis detallado por su originalidad y eficacia. Frente a un enemigo con abrumadora superioridad numérica y material, los finlandeses desarrollaron un enfoque que combinaba fortificación, movilidad y conocimiento del terreno.
La defensa en profundidad fue el principio rector. En lugar de concentrar todas las fuerzas en una única línea defensiva, Mannerheim estableció posiciones escalonadas que obligaban al atacante a desgastarse progresivamente. La Línea Mannerheim no era una barrera continua al estilo de la Línea Maginot, sino una serie de posiciones fortificadas interconectadas que aprovechaban los accidentes naturales del istmo de Carelia: lagos, bosques y pantanos.
La táctica del motti, perfeccionada durante la Guerra de Invierno, se convirtió en el sello distintivo del ejército finlandés. Pequeñas unidades móviles, equipadas con esquís y armamento ligero, cortaban las rutas de suministro de las columnas soviéticas y las dividían en segmentos aislados. Rodeados en los bosques helados, sin combustible ni alimentos, los soldados soviéticos morían de frío o se rendían. Esta táctica explotaba la rigidez del mando soviético, incapaz de reaccionar con flexibilidad ante ataques descentralizados.
Mannerheim también comprendió la importancia de la moral. El ejército finlandés luchaba por su supervivencia nacional, un factor que multiplicaba su efectividad combativa. Cada soldado conocía el terreno, estaba acostumbrado al frío extremo y tenía motivación personal para defender su hogar. Frente a ellos, muchos soldados soviéticos habían sido movilizados desde regiones lejanas y carecían de equipamiento invernal adecuado.
Presidencia y legado
Como presidente de Finlandia entre 1944 y 1946, Mannerheim supervisó la transición del país desde la guerra hacia una paz precaria. Cumplió escrupulosamente las condiciones del armisticio soviético, incluyendo los juicios contra los líderes que habían llevado a Finlandia a la guerra, la cesión definitiva de Carelia y el pago de reparaciones de guerra. Su salud, deteriorada por los años de tensión, le obligó a dimitir en marzo de 1946.
Mannerheim se retiró a Suiza, donde pasó sus últimos años escribiendo sus memorias. Falleció el 27 de enero de 1951 en Lausana, a los 83 años. Su cuerpo fue repatriado a Helsinki, donde recibió un funeral de Estado con honores militares.
Su legado es extraordinario. Mannerheim navegó la posición más difícil imaginable durante la SGM: atrapado entre la Unión Soviética y la Alemania nazi, lideró un país pequeño que luchó contra ambas potencias en momentos diferentes y sobrevivió como nación independiente. A diferencia de otros líderes que colaboraron con el Eje, Mannerheim mantuvo límites éticos claros, protegió a los judíos finlandeses y evitó comprometer a Finlandia en las operaciones más criminales de la guerra.
En las encuestas realizadas en Finlandia, Mannerheim es votado consistentemente como el finlandés más grande de la historia. Su estatua ecuestre preside una de las principales avenidas de Helsinki, y el aniversario de su nacimiento, el 4 de junio, se celebra como el Día de las Fuerzas de Defensa de Finlandia. Más allá de su figura militar, Mannerheim representa la capacidad de un pueblo pequeño para preservar su libertad frente a las mayores potencias del mundo mediante una combinación de valor, pragmatismo y astucia diplomática.