Bernard Law Montgomery fue el general británico más célebre de la SGM y una de las figuras militares más polarizantes del conflicto. Vanidoso, metódico y exasperante para sus aliados, transformó un Octavo Ejército desmoralizado en una fuerza victoriosa que derrotó a Rommel en El Alamein , desembarcó en Normandía y cruzó el Rin. Churchill resumió la opinión general cuando dijo: «Indestructible en la derrota, insufrible en la victoria».

Retrato del general Bernard Montgomery con su característica boina de dos insignias
El mariscal de campo Bernard Montgomery, comandante del 21.er Grupo de Ejércitos aliado Imperial War Museum · Dominio público

Los años formativos

Montgomery nació el 17 de noviembre de 1887 en Londres, hijo de un clérigo anglicano que llegaría a ser obispo de Tasmania. Su infancia fue infeliz: su madre, una mujer dominante y fría, lo castigaba con frecuencia y le mostró poco afecto, una experiencia que marcaría su personalidad para siempre. Desarrolló una determinación feroz, una necesidad obsesiva de control y una dificultad notable para las relaciones humanas.

Se graduó en Sandhurst y combatió en la Primera Guerra Mundial, donde fue gravemente herido en Méteren en 1914 (un soldado le disparó a través del pulmón derecho) y pasó el resto del conflicto en puestos de estado mayor. La experiencia de las trincheras lo marcó profundamente: la matanza insensata de la infantería lo convenció de que la planificación meticulosa y la superioridad material debían preceder a cualquier ataque. Nunca enviaría a sus hombres a morir innecesariamente.

En el periodo de entreguerras se especializó en instrucción y táctica, ganándose fama de oficial brillante pero difícil. En 1927 se casó con Betty Carver, encontrando una felicidad personal que suavizó su carácter. Cuando Betty murió de una picadura de insecto infectada en 1937, Montgomery se encerró en sí mismo y volcó toda su energía en el ejército. Nunca volvió a ser el mismo.

El norte de África: la forja del mito

Un ejército roto

En agosto de 1942, Montgomery llegó al desierto egipcio para hacerse cargo del Octavo Ejército, una fuerza desmoralizada tras meses de derrotas frente al Afrika Korps de Rommel. Churchill lo nombró tras la muerte del general Gott, que había sido la primera elección. Montgomery era un sustituto, pero se comportó como un elegido.

Desde el primer día, Montgomery revolucionó el ambiente del ejército. Visitó personalmente a todas las unidades, se dirigió a los soldados con su característica boina de dos insignias (la del Royal Tank Regiment y la de general), les explicó su plan y les dijo que no habría más retiradas. «Si no podemos quedarnos aquí vivos, nos quedaremos aquí muertos», declaró. El efecto en la moral fue instantáneo.

Su enfoque era diametralmente opuesto al de Rommel. Donde el alemán era un improvisador brillante que confiaba en la intuición y el ataque audaz, Montgomery era un planificador metódico que no atacaría hasta tener una superioridad abrumadora en hombres, tanques y aviación. Sus críticos lo llamaban lento y excesivamente cauteloso; sus defensores argumentaban que ganaba batallas sin desperdiciar vidas.

El Alamein

La batalla de El Alamein (23 de octubre - 11 de noviembre de 1942) fue la primera gran victoria terrestre británica de la guerra. Montgomery acumuló una superioridad de casi dos a uno en tropas y tanques antes de lanzar su ataque. La batalla fue un combate de desgaste brutal, más parecido a la Primera Guerra Mundial que a la Blitzkrieg, pero Montgomery mantuvo la presión hasta que Rommel, sin combustible ni refuerzos, se vio obligado a retirarse.

Churchill celebró la victoria con una frase que pasó a la historia: «Esto no es el final. No es ni siquiera el comienzo del final. Pero es, quizás, el final del comienzo». Montgomery se convirtió en un héroe nacional, el primer general británico en derrotar decisivamente a los alemanes en el campo de batalla.

Túnez y Sicilia

Montgomery persiguió a Rommel a través de Libia hasta Túnez , aunque sus críticos señalan que la persecución fue demasiado lenta y permitió al Afrika Korps escapar repetidamente. En Túnez, la colaboración con los estadounidenses fue difícil: Montgomery despreciaba abiertamente la capacidad de combate de los americanos, y su arrogancia irritaba a Eisenhower y especialmente a Patton , con quien mantendría una rivalidad envenenada.

La invasión de Sicilia ( Operación Husky , julio de 1943) fue otro éxito operacional empañado por problemas de colaboración. Montgomery maniobró para que se le asignara el eje de avance principal, relegando a Patton a un papel secundario. Patton, furioso, lanzó una carrera no autorizada hacia Palermo para demostrar que podía avanzar más rápido. La rivalidad entre ambos generales se convirtió en el culebrón del teatro mediterráneo.

Normandía: el mando más importante

Montgomery fue nombrado comandante de las fuerzas terrestres aliadas para la invasión de Normandía ( Operación Overlord ). Su contribución al plan fue significativa: amplió el frente de desembarco de tres a cinco playas, insistió en un asalto más potente y diseñó la estrategia general de la campaña.

El plan de Montgomery para Normandía era elegante en su concepción: las fuerzas británicas y canadienses en el sector oriental atraerían el grueso de los blindados alemanes hacia Caen, mientras las fuerzas estadounidenses rompían el frente en el sector occidental y se lanzaban hacia Bretaña y el interior de Francia.

La ejecución fue más difícil de lo previsto. Caen, que debía caer el primer día, resistió semanas. Montgomery fue criticado ferozmente por la lentitud del avance británico, y sus relaciones con los comandantes aéreos y con el cuartel general de Eisenhower se deterioraron. Montgomery insistió después de la guerra en que todo había salido según su plan original, una afirmación que muchos historiadores consideran una reescritura de la historia.

Sin embargo, cuando la ruptura americana se produjo en la Operación Cobra (julio de 1944), el resultado estratégico fue exactamente el que Montgomery había previsto: los blindados alemanes estaban fijados frente a los británicos y no pudieron contener la avalancha americana. La bolsa de Falaise, donde quedaron atrapadas grandes formaciones alemanas, selló la campaña de Normandía como una victoria decisiva.

Market Garden: el puente de más

El mayor fracaso de la carrera de Montgomery fue la Operación Market Garden (septiembre de 1944), un ambicioso plan para capturar una serie de puentes en los Países Bajos y cruzar el Rin de un solo salto, acabando potencialmente la guerra en 1944.

El plan, inusualmente audaz para un general tan metódico, fracasó en Arnhem, donde los paracaidistas británicos encontraron dos divisiones Panzer de las SS que la inteligencia había detectado pero Montgomery había desestimado. La 1.ª División Aerotransportada fue prácticamente aniquilada: de los 10.000 hombres que saltaron sobre Arnhem, solo 2.000 regresaron. Montgomery fue acusado de obstinación por no cancelar la operación cuando las señales de advertencia se acumularon.

El fracaso de Market Garden prolongó la guerra y alimentó las críticas de quienes lo consideraban incapaz de improvisar cuando sus planes meticulosos fallaban. El propio Montgomery admitió años después que había ido «un puente de más».

Las Ardenas y el cruce del Rin

Cuando los alemanes lanzaron su ofensiva en las Ardenas en diciembre de 1944, Eisenhower puso temporalmente bajo el mando de Montgomery las fuerzas estadounidenses del sector norte. Montgomery reorganizó las defensas con eficiencia, pero su conferencia de prensa posterior, en la que parecía atribuirse el mérito de haber salvado a los americanos, provocó una crisis en la alianza. Patton, Bradley y otros generales estadounidenses estaban furiosos, y Eisenhower consideró seriamente destituir a Montgomery.

El cruce del Rin ( Operación Plunder , marzo de 1945) fue la última gran operación de Montgomery: un asalto anfibio y aerotransportado masivo, meticulosamente planificado, que abrió las puertas de Alemania. Patton, sin embargo, cruzó el Rin un día antes con mucha menos preparación, simplemente para humillar a su rival.

El 4 de mayo de 1945, Montgomery recibió la rendición de todas las fuerzas alemanas en el noroeste de Europa en Lüneburg Heath. La fotografía de la ceremonia, con Montgomery leyendo los términos de la rendición ante los generales alemanes, se convirtió en una de las imágenes icónicas del final de la guerra.

El hombre detrás del mito

Montgomery era un personaje fascinante y exasperante a partes iguales. Abstemio, no fumador y madrugador, se acostaba a las nueve y media de la noche y se levaba a las seis. Mantenía una disciplina física rigurosa y exigía lo mismo a su personal. Su cuartel general era espartano y eficiente, sin las comodidades que otros generales consideraban necesarias.

Era extraordinariamente vanidoso y no toleraba la crítica. Hablaba de sí mismo en tercera persona, coleccionaba los retratos que le hacían y se consideraba el mejor general de la guerra, opinión que comunicaba con entusiasmo a todo el que quisiera escuchar. Su falta de diplomacia era legendaria: insultó a los generales americanos, menospreció a De Gaulle y puso a prueba la paciencia de Eisenhower hasta el límite.

Sin embargo, sus soldados lo adoraban. Montgomery se preocupaba genuinamente por la vida de sus hombres y se negaba a lanzar ataques que considerara demasiado costosos. «Cada soldado muerto es un padre, un hijo, un marido», dijo en una ocasión. Esa actitud, combinada con su capacidad para explicar los planes de forma clara y su presencia constante en el frente, le granjeó una lealtad que pocos generales inspiraron.

Legado

Montgomery murió el 24 de marzo de 1976 a los 88 años. Su legado militar es un reflejo de su personalidad: brillante pero limitado, metódico pero rígido, victorioso pero raramente generoso en la victoria.

Fue, sin duda, un gran general táctico y un organizador excepcional. Su capacidad para transformar ejércitos derrotados en fuerzas victoriosas —como hizo con el Octavo Ejército— es innegable. Su planificación de El Alamein y de Normandía demuestra una comprensión profunda de la guerra combinada moderna.

Pero sus limitaciones eran igualmente evidentes. No sabía improvisar cuando las cosas salían mal, no podía trabajar en equipo con generales que consideraba inferiores (es decir, todos los demás) y su vanidad comprometía repetidamente la cohesión de la alianza. Si hubiera sido tan buen diplomático como general, habría sido recordado sin reservas como uno de los grandes comandantes de la historia. En cambio, es recordado como un general magnífico que era también un ser humano imposible.