Durante la SGM, España se convirtió en uno de los escenarios más activos del espionaje internacional. Aunque oficialmente neutral, la España de Franco era un campo de batalla invisible donde agentes británicos, alemanes, estadounidenses e italianos se vigilaban mutuamente, compraban voluntades y libraban una guerra secreta por la información. Madrid, con sus cafés, embajadas y hoteles de lujo, fue el epicentro de esta contienda clandestina: una ciudad donde cualquier camarero podía ser un informante y cualquier diplomático un espía. La expresión "Mata Hari de Madrid" evoca ese ambiente de intriga que impregnó la capital española durante los seis años de conflicto mundial, un período en el que España no fue tan neutral como pretendía y el espionaje se convirtió en la verdadera batalla por su alma.

Heinrich Himmler con Franco y Serrano Suñer en España, octubre de 1940
Himmler visita a Franco y al ministro Serrano Suñer en octubre de 1940, evidenciando los estrechos vínculos entre el régimen español y la Alemania nazi. Bundesarchiv · CC BY-SA 3.0

España neutral, pero no imparcial

La neutralidad española durante la SGM fue una ficción diplomática más que una realidad política. Franco debía su victoria en la guerra civil a la ayuda militar de Hitler y Mussolini, y su régimen mantenía una afinidad ideológica innegable con los fascismos europeos. Sin embargo, España estaba devastada tras tres años de conflicto interno, su economía era ruinosa y el país dependía de las importaciones de petróleo y trigo que solo los aliados podían garantizar.

Esta posición ambigua convirtió a España en un terreno extraordinariamente fértil para el espionaje. Franco jugaba a dos bandas: permitía la actividad de la Abwehr alemana en su territorio mientras toleraba también las operaciones británicas y, más tarde, estadounidenses. El régimen español colaboraba con el Eje cuando le convenía y hacía concesiones a los aliados cuando la presión económica lo exigía. Esta ambigüedad calculada transformó a España en el mayor campo de operaciones de espionaje de toda la Europa neutral.

La entrevista de Hendaya en octubre de 1940, donde Franco esquivó las presiones de Hitler para que España entrara en la guerra, marcó el tono de toda la contienda. El Caudillo no dijo que no, pero tampoco dijo que sí. Esa indefinición perpetua fue precisamente lo que hizo de España un tablero de ajedrez ideal para los servicios secretos de ambos bandos: todos tenían algo que ganar y algo que perder, y ninguno podía dar por sentada la lealtad del régimen.

Madrid, capital mundial del espionaje

Madrid se convirtió durante la SGM en una de las tres grandes capitales del espionaje internacional, junto con Lisboa y Estambul. En sus calles convergían agentes de decenas de nacionalidades, cada uno con su propia misión y su propia red de contactos. Los grandes hoteles madrileños, como el Ritz y el Palace, se transformaron en escenarios de encuentros clandestinos, intercambios de información y operaciones de contraespionaje.

La embajada británica en la calle Fernando el Santo era un hervidero de actividad secreta. Desde allí, el embajador sir Samuel Hoare, un político conservador con experiencia en inteligencia durante la Primera Guerra Mundial, coordinaba una compleja red de operaciones destinadas a mantener a España fuera de la guerra. Hoare no era solo un diplomático: era el eje de toda la estrategia británica en la península ibérica, y su misión era posiblemente la más importante de toda la diplomacia aliada en Europa.

Frente a la embajada británica, la alemana desplegaba sus propios recursos. El embajador Eberhard von Stohrer y, más tarde, Hans-Heinrich Dieckhoff supervisaban una extensa red de agentes que operaban con una libertad considerable gracias a la simpatía del régimen franquista. Las calles de Madrid eran un escenario de vigilancias y contravigilancias permanentes, donde los agentes de un bando seguían a los del otro en una danza interminable de sombras.

La Abwehr en España: la red del almirante Canaris

La presencia de la inteligencia alemana en España era anterior a la SGM. Ya durante la guerra civil, la Abwehr había establecido una sólida red de contactos y colaboradores en territorio español. Cuando estalló el conflicto mundial, esa infraestructura se amplió enormemente bajo la dirección del almirante Wilhelm Canaris, jefe de la Abwehr, que visitaba España con frecuencia y mantenía una relación personal con varios altos cargos del régimen franquista.

La Abwehr operaba en España a través de la llamada Kriegsorganisation (KO), una estructura encubierta que funcionaba bajo la cobertura de empresas comerciales, consulados y agregadurías militares. La KO España, dirigida desde Madrid, contaba con estaciones en Barcelona, Bilbao, Sevilla, San Sebastián, Algeciras y las islas Canarias. Sus misiones eran múltiples: vigilar el tráfico naval aliado en el estrecho de Gibraltar, recabar información sobre los movimientos de tropas en el norte de África, reclutar agentes que pudieran infiltrarse en territorio enemigo y sabotear los intereses aliados.

Algeciras y la zona del estrecho eran especialmente importantes para la Abwehr. Desde la costa española, agentes alemanes con potentes telescopios y equipos de observación registraban cada barco que entraba y salía del Mediterráneo. Esta información se transmitía a los submarinos alemanes que operaban en el Atlántico, contribuyendo a la mortífera campaña de la guerra submarina. Los británicos eran plenamente conscientes de esta vigilancia y dedicaban enormes recursos a contrarrestarla.

En Barcelona, la Abwehr mantenía otra estación muy activa, centrada en el espionaje industrial y en la vigilancia de las rutas de evasión por las que militares aliados, refugiados y agentes del SOE británico cruzaban los Pirineos desde la Francia ocupada. La frontera pirenaica fue un escenario constante de tensión entre los servicios secretos de ambos bandos, con guías de montaña, contrabandistas y agentes clandestinos jugándose la vida en cada travesía.

El MI6 y la inteligencia británica en España

La respuesta británica a la presencia alemana fue igualmente ambiciosa. El MI6, el servicio de inteligencia exterior británico, desplegó en España una de sus mayores operaciones de toda la guerra. La estación del MI6 en Madrid, que operaba desde la embajada, coordinaba una vasta red de agentes, informantes y colaboradores que se extendía por toda la península ibérica.

Una de las operaciones más importantes del MI6 en España fue el reclutamiento de fuentes dentro del propio régimen franquista y del estamento militar español. Muchos oficiales españoles, aunque ideológicamente cercanos al Eje, eran pragmáticos y estaban dispuestos a proporcionar información a cambio de dinero o favores. Los británicos explotaron estas debilidades con habilidad, creando una red de informantes que les permitía conocer de antemano muchas de las decisiones del gobierno español.

El caso más extraordinario del espionaje británico en España fue sin duda el de Juan Pujol García, conocido como Garbo , el agente doble español que engañó a la Abwehr desde Madrid antes de ser trasladado a Londres. Pujol comenzó su carrera de espía en la capital española, ofreciendo sus servicios primero a los británicos, que lo rechazaron, y luego a los alemanes, que lo aceptaron. Su historia, que comenzó en los cafés madrileños y culminó con el engaño del Día D a través de la operación Fortitude , es el ejemplo perfecto de cómo Madrid funcionaba como incubadora de operaciones de inteligencia de alcance mundial.

Además del MI6, en España operaba la Sección D del SOE, dedicada a las operaciones de sabotaje y guerra económica. Los agentes británicos compraban wolframio español para evitar que llegara a Alemania, sobornaban a funcionarios del régimen, organizaban redes de evasión por los Pirineos y mantenían contactos con grupos de la resistencia interior española, especialmente con republicanos exiliados o clandestinos que odiaban al régimen franquista tanto como a los nazis.

La OSS y la llegada de los estadounidenses

Cuando Estados Unidos entró en la guerra tras Pearl Harbor en diciembre de 1941, el panorama del espionaje en España se complicó aún más. La Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), precursora de la CIA, estableció rápidamente una estación en Madrid bajo la cobertura de la embajada estadounidense. Los agentes de la OSS, menos experimentados que sus homólogos británicos pero con recursos aparentemente ilimitados, se lanzaron a operar en un terreno que ya estaba saturado de espías.

La relación entre la OSS y el MI6 en España fue a menudo tensa. Los británicos consideraban que los estadounidenses eran amateurs imprudentes que podían comprometer operaciones largamente trabajadas, mientras que los estadounidenses veían a los británicos como arrogantes y excesivamente cautelosos. A pesar de estas fricciones, ambos servicios cooperaron en operaciones cruciales, especialmente en la vigilancia del estrecho de Gibraltar y en la preparación de la invasión aliada del norte de África en noviembre de 1942.

La OSS también desarrolló una intensa actividad de propaganda y guerra psicológica en España, financiando publicaciones, sobornando a periodistas y tratando de contrarrestar la influencia de la propaganda nazi en los medios españoles, que durante los primeros años de la guerra habían sido abrumadoramente pro-Eje. Esta batalla por la opinión pública española fue otro frente invisible de la guerra secreta que se libraba en la península.

Agentes destacados en la España neutral

Además de Garbo, numerosos espías de ambos bandos dejaron su huella en la España de la SGM. Ángel Alcázar de Velasco, un falangista español, trabajó como agente de la Abwehr en el Reino Unido antes de ser desenmascarado y regresar a España. Su caso ilustra cómo el régimen franquista proporcionaba directamente agentes al espionaje alemán, contradiciendo la supuesta neutralidad española.

En el bando aliado, figuras como Virginia Hall , la legendaria espía estadounidense del SOE, utilizaron España como ruta de tránsito en sus operaciones en la Francia ocupada. Los Pirineos se convirtieron en una de las fronteras más transitadas por agentes secretos de toda la guerra, con cientos de personas cruzando clandestinamente las montañas cada mes.

El mundo del espionaje en España no se limitaba a los profesionales de los servicios secretos. Empresarios, diplomáticos, periodistas, artistas y hasta miembros del clero participaban en las redes de información de uno u otro bando. La sociedad madrileña de los años cuarenta era un laberinto de lealtades divididas, donde las fiestas de la aristocracia servían como tapadera para intercambios de información y donde una conversación aparentemente inocente en el bar del Hotel Palace podía cambiar el curso de una operación militar.

También operaron en España agentes de potencias menores. Los servicios secretos portugueses, italianos, japoneses y hasta soviéticos mantenían presencia en Madrid y Barcelona. Richard Sorge , el célebre espía soviético que operó en Japón, es un ejemplo del tipo de agente extraordinario que la SGM produjo, y España tenía su propia cuota de figuras igualmente fascinantes aunque menos conocidas. La embajada japonesa en Madrid funcionaba como un enlace de comunicaciones entre Tokio y Berlín, y los británicos dedicaron considerables esfuerzos a interceptar y descifrar sus transmisiones.

La batalla por la neutralidad española

El espionaje en España no se reducía a la recopilación de información militar. La verdadera batalla secreta era política: mantener o romper la neutralidad española. Para los aliados, que España no entrara en la guerra era una cuestión vital. Si Franco se aliaba con Hitler, Gibraltar caería, el Mediterráneo quedaría cerrado y toda la estrategia aliada en el norte de África y el sur de Europa se desmoronaría.

Los británicos invirtieron sumas enormes en lo que llamaban eufemísticamente "diplomacia económica": sobornos directos a generales, políticos y funcionarios españoles para que apoyaran la neutralidad. La operación más famosa fue la del banquero Juan March, un mallorquín que canalizó fondos británicos hacia oficiales del ejército español a cambio de que presionaran a Franco para mantenerse al margen. Se estima que los británicos gastaron millones de libras en estos sobornos durante el curso de la guerra.

Por su parte, los alemanes presionaban en la dirección opuesta. La Abwehr y la Gestapo trataban de fortalecer a los elementos más pro-nazis del régimen, especialmente a Ramón Serrano Suñer, cuñado de Franco y ministro de Asuntos Exteriores, conocido como el "cuñadísimo" y firme partidario de la alianza con el Eje. La caída de Serrano Suñer en septiembre de 1942, que coincidió con el giro de la guerra tras Stalingrado y El Alamein, fue un triunfo de la diplomacia y el espionaje británicos tanto como un reflejo del nuevo equilibrio bélico.

La guerra económica del wolframio ilustra perfectamente esta pugna. España y Portugal eran los principales productores europeos de wolframio, un mineral esencial para la industria armamentística. Británicos y alemanes competían ferozmente por comprar toda la producción española, en una guerra de precios que disparó el valor del mineral y enriqueció a especuladores y contrabandistas. Los agentes del MI6 y de la Abwehr se enfrentaban en las minas de Galicia y Extremadura con la misma intensidad que sus ejércitos en los campos de batalla.

El legado del espionaje en España

Con la derrota del Eje en 1945, la actividad de espionaje en España no desapareció, sino que se transformó. Muchos de los agentes y redes que habían operado durante la SGM se reconvirtieron para la nueva confrontación de la Guerra Fría. España pasó de ser un terreno disputado entre aliados y Eje a convertirse en un escenario de la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con Franco reciclándose hábilmente como aliado anticomunista de Occidente.

El período 1939-1945 dejó una huella profunda en España. Miles de personas participaron directa o indirectamente en las redes de espionaje de uno u otro bando, y muchas historias permanecen aún sin contar. Los archivos desclasificados del MI6, la CIA y el BND alemán han revelado en las últimas décadas la magnitud real de las operaciones secretas en la península ibérica, confirmando que la neutralidad española fue una de las ficciones mejor sostenidas de toda la SGM.

Madrid, la ciudad donde se cruzaban los espías de medio mundo, conserva aún los escenarios de aquella guerra secreta: los hoteles donde se intercambiaban documentos, las embajadas donde se tramaban operaciones, las calles donde los agentes se seguían unos a otros en interminables juegos de sombras. La "Mata Hari de Madrid" no fue una persona concreta, sino un estado de ánimo, una atmósfera de intriga y secreto que impregnó la capital española durante seis años y que convirtió a la España neutral en uno de los campos de batalla más fascinantes de la SGM.