Los Cinco de Cambridge fueron el grupo de espías soviéticos más exitoso de la historia: cinco jóvenes británicos de clase alta, reclutados en la Universidad de Cambridge en los años treinta, que se infiltraron en las instituciones más sensibles del Estado británico y proporcionaron a Moscú una corriente ininterrumpida de secretos durante más de dos décadas. Kim Philby en el MI6, Donald Maclean en el Foreign Office, Guy Burgess en el MI6 y la BBC, Anthony Blunt en el MI5 y John Cairncross en Bletchley Park conformaron una red de penetración que dio a la Unión Soviética acceso prácticamente ilimitado a los secretos más protegidos de Gran Bretaña y de sus aliados.

El reclutamiento en Cambridge
En los años treinta, la Universidad de Cambridge era un hervidero de radicalismo político. La Gran Depresión, el auge del fascismo en Europa y la aparente vitalidad del experimento soviético empujaron a muchos estudiantes brillantes hacia el marxismo. Los servicios de inteligencia soviéticos, conscientes del potencial de estos jóvenes privilegiados, enviaron reclutadores al campus.
El agente clave fue Arnold Deutsch, un brillante intelectual austriaco que trabajaba para el NKVD soviético. Deutsch identificó a jóvenes comprometidos ideológicamente pero con el perfil social adecuado para infiltrarse en las instituciones del establishment británico. Su instrucción fue clara: debían abandonar toda actividad izquierdista visible, adoptar posturas conservadoras y construir carreras convencionales en el servicio público, la diplomacia o la inteligencia.
Los cinco aceptaron. Lo que les unía, además de la ideología, era la convicción de que el fascismo era la amenaza existencial de su generación y que solo la Unión Soviética estaba dispuesta a combatirlo. Esta convicción, forjada en los años del apaciguamiento y la guerra civil española, sobreviviría a todas las decepciones posteriores con el estalinismo.
Los cinco miembros
Kim Philby (1912-1988)
El líder del grupo y el más dañino. Se infiltró en el MI6 durante la guerra y ascendió hasta convertirse en jefe de la sección de contraespionaje soviético, la posición más valiosa que Moscú podía imaginar. Su historia se detalla en su biografía individual .
Donald Maclean (1913-1983)
Hijo de un ministro del gabinete liberal, Maclean se incorporó al servicio diplomático británico y ocupó puestos en París, Washington y El Cairo. Durante la guerra, tuvo acceso a comunicaciones diplomáticas de alto nivel entre Gran Bretaña y Estados Unidos. Su contribución más significativa fue la información sobre el programa nuclear estadounidense: como secretario del Comité Combinado de Política Nuclear anglo-americano en Washington, transmitió a Moscú detalles técnicos y políticos sobre la bomba atómica que aceleraron el programa nuclear soviético.
Guy Burgess (1911-1963)
El más extravagante y autodestructivo del grupo. Burgess era alcohólico, provocador y escandalosamente indiscreto, cualidades que habrían debido delatarlo pero que, paradójicamente, lo protegieron: nadie creía que un hombre tan caótico pudiera ser un espía disciplinado. Trabajó en el MI6, en la BBC y en el Foreign Office, proporcionando inteligencia diversa a Moscú. Su huida a la URSS con Maclean en 1951 fue el primer acto visible de la caída de la red.
Anthony Blunt (1907-1983)
Historiador del arte y académico distinguido, Blunt trabajó en el MI5 durante la guerra, donde tuvo acceso a los secretos del contraespionaje británico. Fue el encargado de transmitir a Moscú información sobre las operaciones de engaño aliadas y sobre los intentos británicos de penetrar la inteligencia soviética. Tras la guerra, se convirtió en conservador de la colección real de arte de la Corona y fue nombrado caballero. Su traición no se hizo pública hasta 1979, cuando Margaret Thatcher lo desenmascaró en el Parlamento.
John Cairncross (1913-1995)
El «quinto hombre», identificado tardíamente. Cairncross trabajó en Bletchley Park, el centro de desciframiento británico, donde tuvo acceso a las decodificaciones de Enigma . Transmitió a Moscú información descifrada de Ultra, incluyendo detalles sobre las disposiciones militares alemanas antes de la batalla de Kursk en 1943, que los soviéticos utilizaron para preparar sus defensas. También trabajó en el Tesoro y en el MI6.
Su papel durante la SGM
Durante la guerra, los Cinco proporcionaron a Moscú un volumen de inteligencia sin precedentes. La información abarcaba prácticamente todos los aspectos del esfuerzo bélico británico: planes militares, operaciones de inteligencia, desarrollo de armas, negociaciones diplomáticas y detalles sobre las relaciones anglo-americanas.
¿Benefició esto al esfuerzo de guerra aliado? La respuesta es compleja. En la medida en que la URSS era aliada de Gran Bretaña contra Alemania, la información compartida (aunque de forma clandestina) pudo haber ayudado a la coordinación del esfuerzo bélico. La inteligencia de Ultra transmitida por Cairncross sobre los planes alemanes para Kursk contribuyó a una victoria soviética que benefició a todos los Aliados.
Pero la información también sirvió para que Stalin construyera su propia agenda: preparar la dominación soviética de Europa del Este, acelerar el programa nuclear soviético y planificar la confrontación con Occidente que se convertiría en la Guerra Fría. Los Cinco no distinguían entre información útil para la guerra y información útil para la expansión soviética; Moscú lo aprovechaba todo.
La caída de la red
La red empezó a desmoronarse después de la guerra, cuando las sospechas se acumularon lentamente. En 1951, la inteligencia estadounidense identificó una fuga en la embajada británica en Washington que apuntaba a Maclean. Antes de ser interrogado, Burgess lo alertó y ambos huyeron a Moscú en un episodio que humilló a la inteligencia británica ante el mundo.
Philby cayó bajo sospecha pero no fue desenmascarado formalmente hasta 1963, cuando huyó a Moscú. Blunt fue identificado en 1964 pero recibió inmunidad a cambio de una confesión que se mantuvo secreta durante quince años. Cairncross fue el último en ser identificado públicamente.
Legado
Los Cinco de Cambridge representan el mayor fracaso de seguridad en la historia de la inteligencia británica. Su éxito reveló las profundas fisuras de una sociedad donde el origen social y la pertenencia a las redes adecuadas importaban más que cualquier protocolo de seguridad. Los cinco eran miembros del establishment: habían estudiado en las mejores escuelas, hablaban con el acento correcto y frecuentaban los clubs apropiados. Nadie sospechaba de ellos porque sospechar habría significado cuestionar el sistema mismo.
Su historia transformó los servicios de inteligencia occidentales: el MI5 y el MI6 reformaron sus procedimientos de seguridad, la CIA se volvió más cautelosa con los aliados británicos y el concepto de «amenaza interna» adquirió una urgencia que antes no tenía. Pero la pregunta más profunda que plantearon los Cinco sigue sin respuesta satisfactoria: ¿qué lleva a hombres privilegiados a traicionar al país que les dio todo?