Shirō Ishii es uno de los nombres más siniestros de la SGM, comparable en infamia a Josef Mengele, aunque mucho menos conocido en Occidente. Como director de la Unidad 731 , este cirujano del Ejército Imperial Japonés orquestó un programa de guerra biológica que utilizó a miles de prisioneros como cobayas humanas en experimentos que desafían cualquier noción de ética médica. Lo más perturbador de su historia no son solo los crímenes que cometió, sino que nunca fue juzgado por ellos: Estados Unidos le concedió inmunidad a cambio de los datos obtenidos mediante la tortura y el asesinato de miles de personas.

Retrato de Shirō Ishii con uniforme militar japonés
Shirō Ishii, director de la Unidad 731, fotografiado con su uniforme del Ejército Imperial Japonés. Masao Takezawa · Dominio público

De cirujano militar a arquitecto del terror biológico

Shirō Ishii nació el 25 de junio de 1892 en Shibayama, prefectura de Chiba, en el seno de una familia terrateniente acomodada. Desde joven destacó por su brillantez académica y su ambición desmedida. Se graduó en medicina por la Universidad Imperial de Kioto en 1920 y poco después ingresó en el servicio médico del Ejército Imperial Japonés, donde comenzó a especializarse en microbiología y enfermedades infecciosas.

Durante la década de 1920, Ishii realizó un viaje de investigación por Europa y América que marcó el rumbo de su carrera. Estudió los efectos de la guerra química y biológica empleada durante la Primera Guerra Mundial y regresó a Japón convencido de que las armas biológicas representaban el futuro de la guerra moderna. Su argumento principal era que la Convención de Ginebra de 1925, que prohibía el uso de armas biológicas y químicas, demostraba precisamente lo efectivas y temibles que eran estas armas: si los países occidentales las prohibían, era porque las temían.

Con una combinación de carisma, ambición y contactos políticos, Ishii logró convencer a los mandos militares japoneses de la necesidad de desarrollar un programa de guerra biológica. En 1932, poco después de la invasión japonesa de Manchuria, recibió autorización para establecer un laboratorio secreto en la ciudad de Harbin, en el noreste de China. Lo que comenzó como una instalación modesta pronto se transformó en un complejo de investigación militar sin precedentes.

La Unidad 731: la fábrica del horror en Manchuria

En 1936, el emperador Hirohito firmó un decreto secreto que autorizaba la expansión del programa de Ishii, creando oficialmente la Unidad 731 bajo el nombre encubierto de "Departamento de Prevención Epidémica y Purificación de Agua del Ejército de Kwantung". La instalación principal, conocida como el complejo de Pingfang, ocupaba seis kilómetros cuadrados a las afueras de Harbin y llegó a emplear a más de 3.000 personas entre científicos, técnicos y personal militar.

El complejo incluía laboratorios, cárceles, crematorios e incluso un aeródromo propio. Las víctimas de los experimentos, en su mayoría prisioneros de guerra chinos, coreanos, mongoles y rusos, eran denominadas con el eufemismo maruta (丸太), que significa "troncos de madera". Esta deshumanización deliberada facilitaba que el personal tratase a los prisioneros como material de laboratorio en lugar de seres humanos.

Experimentos con seres humanos

Los experimentos realizados bajo la supervisión de Ishii constituyen algunos de los actos más atroces documentados en la historia de la medicina. Se realizaban sin anestesia para no alterar los resultados y con total desprecio por el sufrimiento de las víctimas.

Las vivisecciones eran una práctica habitual: los cirujanos abrían a prisioneros vivos, sin anestesia, para observar los efectos de diversas enfermedades en los órganos internos. Se extirpaban órganos uno a uno para estudiar la supervivencia del cuerpo humano. Algunas víctimas estaban plenamente conscientes mientras les arrancaban el estómago, el hígado o los pulmones.

Los experimentos con enfermedades infecciosas buscaban desarrollar armas biológicas eficaces. Se inyectaba a los prisioneros con peste bubónica, cólera, tifus, ántrax y otras enfermedades mortales para estudiar su progresión. Algunos eran obligados a beber agua contaminada o alimentados con comida infectada. Los investigadores documentaban meticulosamente la evolución de los síntomas hasta la muerte del sujeto.

Los experimentos de congelación exponían a prisioneros a temperaturas extremas para estudiar la hipotermia y la gangrena. Se sumergían las extremidades de las víctimas en agua helada durante horas, a veces hasta que el hueso quedaba expuesto, y luego se probaban distintos métodos de tratamiento. Los resultados de estos experimentos se consideraban de alto valor para preparar al ejército japonés para operaciones en climas fríos, especialmente ante un posible conflicto con la Unión Soviética.

También se realizaron experimentos de presión, introduciendo a prisioneros en cámaras hiperbáricas hasta que sus ojos reventaban; pruebas de armas, utilizando a personas vivas como blancos para granadas y lanzallamas; y experimentos de privación, dejando a los sujetos sin agua ni alimento durante días para documentar el proceso de muerte.

Armas biológicas desplegadas contra la población civil

Ishii no se limitó a la investigación teórica. Su unidad desarrolló y desplegó armas biológicas contra ciudades chinas entre 1940 y 1942. El método más sofisticado era la denominada "bomba de pulgas": contenedores cerámicos diseñados por el propio Ishii, cargados con pulgas infectadas con Yersinia pestis, el bacilo de la peste bubónica, que se lanzaban desde aviones sobre zonas pobladas.

Ciudades como Changde, Ningbo y Quzhou fueron bombardeadas con estas armas biológicas, provocando brotes epidémicos que mataron a miles de civiles. En algunos casos, agentes de la Unidad 731 contaminaban directamente pozos de agua y sistemas de suministro con bacterias de cólera y tifus. Las estimaciones sobre el número total de víctimas civiles de estos ataques biológicos varían enormemente, oscilando entre decenas de miles y cientos de miles de personas.

El balance del horror: cifras y dimensión del crimen

Se calcula que entre 3.000 y 12.000 personas murieron directamente como resultado de los experimentos realizados en las instalaciones de la Unidad 731 y sus filiales. La disparidad en las cifras refleja la destrucción sistemática de documentos ordenada por Ishii al final de la guerra y la dificultad para documentar crímenes cometidos en secreto durante más de una década.

Ningún prisionero utilizado en los experimentos sobrevivió. Los que no morían durante los procedimientos eran ejecutados después para evitar que pudieran testimoniar. Ishii mantenía una política estricta: los maruta que entraban en el complejo de Pingfang no salían con vida.

La Unidad 731 no fue un caso aislado. Ishii supervisaba una red de instalaciones similares dispersas por China y el sudeste asiático, incluyendo la Unidad 100 en Changchún, la Unidad 1644 en Nankín y la Unidad 8604 en Cantón. Todas operaban bajo los mismos principios de experimentación con seres humanos y desarrollo de armas biológicas, formando parte de los crímenes de guerra japoneses que durante décadas fueron ocultados o minimizados.

El pacto con Estados Unidos: inmunidad a cambio de datos

Cuando Japón se rindió en agosto de 1945, Ishii ordenó la destrucción inmediata de todas las instalaciones de Pingfang. Se dinamitaron los edificios, se quemaron los documentos y se asesinó a los últimos prisioneros que quedaban con vida. Los restos fueron incinerados y se liberaron animales infectados para borrar cualquier rastro. Ishii instruyó a su personal para que negase la existencia de la unidad y se dispersase por todo Japón.

Sin embargo, la inteligencia estadounidense descubrió rápidamente la existencia del programa. En lugar de procesar a Ishii y sus colegas como criminales de guerra, el general Douglas MacArthur y las autoridades de ocupación tomaron una decisión que sigue siendo enormemente controvertida: ofrecer inmunidad total a Ishii y a los principales científicos de la Unidad 731 a cambio de acceso exclusivo a los datos obtenidos en los experimentos.

La lógica era fría y pragmática. Con la Guerra Fría emergiendo como nueva realidad geopolítica, los datos sobre guerra biológica recopilados por Ishii se consideraban de un valor incalculable para los programas de defensa biológica estadounidenses. Washington temía que, si los científicos japoneses eran juzgados públicamente, la Unión Soviética obtuviera acceso a la misma información durante los procesos judiciales. El acuerdo se mantuvo en secreto durante décadas.

El juicio de Jabárovsk: la justicia soviética

Mientras Estados Unidos protegía a Ishii, la Unión Soviética siguió un camino diferente. En diciembre de 1949, un tribunal militar soviético celebró en Jabárovsk el juicio contra doce miembros japoneses capturados del programa de guerra biológica. Los acusados, que incluían al general Otozō Yamada y varios oficiales de la Unidad 731, confesaron los crímenes cometidos y fueron condenados a penas de entre dos y veinticinco años de trabajos forzados en campos de prisioneros soviéticos.

El juicio de Jabárovsk fue el único proceso judicial que abordó directamente los crímenes de la Unidad 731. Sin embargo, en el contexto de la Guerra Fría, Occidente desestimó las revelaciones como propaganda soviética. Los testimonios publicados por Moscú fueron ignorados o descartados, y pasaron décadas antes de que la comunidad internacional aceptase la veracidad de los hechos expuestos en aquel tribunal.

Los últimos años de Ishii: una muerte sin castigo

Tras la guerra, Shirō Ishii vivió tranquilamente en Japón como un ciudadano libre. Según algunas fuentes, viajó brevemente a Estados Unidos para asesorar sobre guerra biológica, aunque los detalles de esta colaboración permanecen clasificados. Se convirtió al catolicismo en sus últimos años y, según testimonios de quienes le conocieron, nunca expresó arrepentimiento por sus actos.

Ishii murió de cáncer de laringe el 9 de octubre de 1959 en Tokio, a los 67 años. Nunca fue juzgado, nunca fue encarcelado y nunca rindió cuentas ante ningún tribunal por la muerte de miles de personas. Muchos de sus subordinados siguieron carreras exitosas en la posguerra: se convirtieron en ejecutivos de la industria farmacéutica, profesores universitarios y directores de hospitales, llevando consigo el conocimiento adquirido mediante la experimentación con seres humanos.

Legado y controversia contemporánea

La historia de Shirō Ishii plantea cuestiones que siguen sin respuesta satisfactoria. El gobierno japonés no reconoció oficialmente la existencia de la Unidad 731 hasta 2002, cuando un tribunal de Tokio admitió por primera vez que el ejército había llevado a cabo guerra biológica en China, aunque rechazó las demandas de indemnización de las víctimas.

La comparación con Josef Mengele resulta inevitable, aunque las diferencias son significativas. Mengele fue perseguido internacionalmente hasta su muerte en Brasil, convirtiéndose en símbolo universal del mal. Ishii, en cambio, murió en su cama, protegido por un acuerdo geopolítico que priorizó la información sobre la justicia. Si Mengele representa el horror del Holocausto, Ishii encarna una forma distinta de atrocidad: aquella que la comunidad internacional decidió conscientemente ignorar.

Los datos obtenidos por Ishii mediante la tortura y el asesinato siguen generando un debate ético. Algunos científicos argumentan que la información sobre hipotermia y enfermedades infecciosas tiene valor médico y que no utilizarla desperdiciaría el sacrificio de las víctimas. Otros sostienen que emplear datos obtenidos mediante crímenes contra la humanidad los legitima retroactivamente y establece un precedente peligroso.

Shirō Ishii no fue un científico loco actuando al margen del sistema. Fue un producto del militarismo japonés, apoyado por la estructura del Estado, financiado con fondos públicos y protegido después de la guerra por una potencia que se presentaba como defensora de los derechos humanos. Su historia es un recordatorio incómodo de que la justicia internacional, entonces y ahora, opera selectivamente, y de que los crímenes de guerra no siempre se castigan cuando los intereses geopolíticos dictan lo contrario.