Oswald Pohl fue el hombre que convirtió los campos de concentración nazis en un imperio económico construido sobre el trabajo esclavo y el saqueo de los muertos. Como jefe de la Oficina Económica y Administrativa de las SS (WVHA), Pohl administró el sistema de campos de concentración, gestionó las empresas de las SS que explotaban a los prisioneros, y organizó la confiscación sistemática de los bienes de las víctimas del Holocausto : desde los dientes de oro hasta el cabello humano. Su historia demuestra que el genocidio nazi no fue solo una empresa ideológica, sino también un negocio del que las SS obtuvieron beneficios económicos masivos.

Oswald Pohl durante su juicio en Núremberg
Oswald Pohl durante los juicios posteriores de Núremberg, donde fue condenado a muerte U.S. Army · Dominio público

El contable de Himmler

Oswald Pohl nació el 30 de junio de 1892 en Duisburgo, Alemania. Sirvió como oficial de la marina en la Primera Guerra Mundial y, tras una carrera en la administración naval durante la República de Weimar, se unió al Partido Nazi y a las SS en 1926. Su formación como administrador naval lo convirtió en el hombre ideal para gestionar las finanzas de las SS, una organización que estaba creciendo rápidamente bajo el liderazgo de Himmler .

Pohl ascendió rápidamente hasta convertirse en el administrador financiero supremo de las SS. No era un ideólogo ni un sádico: era un contable meticuloso cuya habilidad consistía en organizar sistemas complejos con eficiencia. Esa eficiencia resultaría letal cuando se aplicó a la gestión de los campos de concentración.

La WVHA: campos y esclavitud

En febrero de 1942, Himmler reorganizó la administración de los campos de concentración bajo la WVHA de Pohl. Esta decisión transformó la naturaleza de los campos: de ser principalmente instrumentos de terror político pasaron a ser también centros de producción industrial basados en el trabajo esclavo.

Pohl supervisó un imperio que incluía más de 500 campos principales y subcampos, con cientos de miles de prisioneros utilizados como mano de obra esclava. Las empresas de las SS —DEST (Deutsche Erd- und Steinwerke), DAW (Deutsche Ausrüstungswerke) y otras— explotaban a los prisioneros en canteras, fábricas de armamento, construcción y otras industrias. Las condiciones eran deliberadamente letales: los prisioneros eran trabajados hasta la muerte y reemplazados por nuevas deportaciones.

El saqueo de los muertos

Una de las responsabilidades más siniestras de Pohl fue la gestión de la Operación Reinhard, el programa de confiscación de los bienes de los judíos asesinados en los campos de exterminio. Bajo su supervisión, las SS recolectaban y procesaban los objetos de valor de las víctimas: joyas, relojes, monedas, ropa, dientes de oro e incluso cabello humano, que se usaba para fabricar fieltro industrial.

Los bienes confiscados eran catalogados, clasificados y enviados al Reichsbank, donde se fundían o vendían. Pohl gestionaba este proceso con la misma meticulosidad que habría aplicado a cualquier operación contable, registrando cantidades, valores y flujos con precisión burocrática. Los informes de la WVHA sobre el «rendimiento» económico de los campos se leen como balances corporativos, sin ninguna referencia a la naturaleza de la «materia prima».

El juicio y la ejecución

Oswald Pohl fue capturado por los británicos en mayo de 1946, escondido en una granja de Baviera. Fue juzgado en el cuarto de los juicios posteriores de Núremberg, conocido como el «juicio Pohl» o el juicio de la WVHA, junto con otros diecisiete oficiales de las SS.

Fue declarado culpable de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad y condenado a muerte. Tras años de apelaciones, fue ahorcado en la prisión de Landsberg el 7 de junio de 1951. Antes de su ejecución, se convirtió al catolicismo, un gesto que muchos consideraron oportunista.

Legado

Oswald Pohl representó la dimensión económica del Holocausto que a menudo se pasa por alto. El exterminio de los judíos europeos no fue solo un acto de odio racial: fue también una empresa lucrativa de la que las SS, el Estado alemán y numerosas empresas privadas se beneficiaron. Pohl fue el administrador que hizo posible esa explotación, el hombre que puso precio al trabajo esclavo y que contabilizó los dientes de oro arrancados a los cadáveres.

Su caso demuestra que la banalidad del mal no se limita a los burócratas que organizan deportaciones: también incluye a los contables que calculan el beneficio económico del genocidio.