Masaharu Homma fue uno de los generales más paradójicos del Ejército Imperial Japonés durante la SGM. Conocido como el "General Poeta" por su sensibilidad artística y su formación occidental, acabó condenado a muerte por uno de los episodios más atroces del conflicto en el Pacífico: la Marcha de la Muerte de Bataan . Su caso plantea una pregunta que sigue generando debate entre historiadores: ¿fue un criminal de guerra o un chivo expiatorio de la justicia de los vencedores?

Retrato del teniente general Masaharu Homma con uniforme militar japonés
El teniente general Masaharu Homma, conocido como el General Poeta Hijima Dispatch Army Press Department · Dominio público

Formación y carrera temprana

Masaharu Homma nació el 27 de noviembre de 1888 en la prefectura de Niigata, Japón. Desde joven mostró aptitudes intelectuales que lo diferenciaban de la mayoría de oficiales de su generación. Tras graduarse en la Academia Militar del Ejército Imperial en 1907, inició una carrera que lo llevaría por caminos poco convencionales para un militar japonés.

En la década de 1920, Homma fue destinado como agregado militar en Londres, donde pasó varios años inmerso en la cultura británica. Este período lo marcó profundamente: aprendió inglés con fluidez, desarrolló un gusto por el teatro occidental, escribía poesía y pintaba acuarelas. Sus compañeros de armas lo apodaron el "General Poeta", un sobrenombre que reflejaba tanto admiración como cierto desprecio en un ejército que valoraba la dureza sobre la sensibilidad.

Su anglofilia era conocida dentro del alto mando japonés. Homma admiraba abiertamente el sistema parlamentario británico y mantenía amistades con oficiales occidentales, algo que generaba desconfianza entre los sectores más ultranacionalistas del ejército. En un contexto donde Japón se inclinaba cada vez más hacia el militarismo extremo, las opiniones moderadas de Homma lo convertían en una figura incómoda.

A pesar de estas tensiones, su competencia profesional era indiscutible. Sirvió con distinción en China durante la década de 1930 y ascendió al rango de teniente general. Cuando el alto mando necesitó un comandante para la invasión de Filipinas, Homma fue seleccionado al frente del 14.º Ejército, probablemente por su conocimiento de la mentalidad occidental y su capacidad para gestionar una población civil que había vivido décadas bajo influencia estadounidense.

La conquista de Filipinas

El 22 de diciembre de 1941, apenas dos semanas después del ataque a Pearl Harbor, las fuerzas de Homma desembarcaron en el golfo de Lingayén, en la isla de Luzón. El plan original del alto mando japonés era ambicioso: Filipinas debía caer en cincuenta días para que las tropas pudieran ser redistribuidas hacia otros frentes del Pacífico.

Sin embargo, la campaña no transcurrió según lo previsto. Las fuerzas estadounidenses y filipinas bajo el mando del general Douglas MacArthur se retiraron hacia la península de Bataan, donde organizaron una defensa tenaz que desafió todas las previsiones japonesas. La batalla de Bataan se prolongó durante meses, consumiendo recursos y tropas que Tokio necesitaba en otros teatros de operaciones.

El alto mando imperial, furioso por la lentitud de la campaña, retiró a la mejor división de Homma —la 48.ª División— para enviarla a las Indias Orientales Neerlandesas, dejándolo con tropas de reemplazo menos experimentadas. Homma se encontró en una situación insostenible: debía cumplir un calendario imposible con fuerzas cada vez más mermadas, mientras sus superiores en Tokio cuestionaban su competencia.

La península de Bataan finalmente cayó el 9 de abril de 1942, tras una última ofensiva japonesa que rompió las líneas defensivas aliadas debilitadas por el hambre y las enfermedades. Aproximadamente 76.000 soldados estadounidenses y filipinos se rindieron, creando un problema logístico de dimensiones que Homma no había anticipado.

La Marcha de la Muerte

Lo que ocurrió después de la rendición de Bataan se convertiría en uno de los crímenes de guerra más notorios del Pacífico. Los prisioneros fueron obligados a marchar más de 100 kilómetros desde Mariveles hasta el campo de prisioneros de Camp O'Donnell, bajo un calor abrasador y sin agua ni alimentos adecuados. Los guardias japoneses golpeaban, bayoneteaban y ejecutaban sumariamente a quienes no podían mantener el ritmo. Entre 6.000 y 11.000 prisioneros murieron durante la marcha o inmediatamente después de llegar al campo.

La cuestión central que perseguiría a Homma hasta su muerte fue su grado de responsabilidad en estas atrocidades. Las pruebas sugieren que Homma no ordenó directamente los abusos. De hecho, había delegado la gestión de los prisioneros al general Kawane Yoshikata y al coronel Tsuji Masanobu, un oficial conocido por su fanatismo y crueldad. Homma se encontraba en ese momento concentrado en la planificación del asalto a la isla de Corregidor y, según su testimonio posterior, no fue informado de la magnitud de los abusos hasta semanas después.

No obstante, la cadena de mando era clara: Homma era el comandante supremo de todas las fuerzas japonesas en Filipinas. Sus defensores argumentan que el sistema militar japonés no funcionaba como una cadena de mando occidental convencional: oficiales de estado mayor como Tsuji operaban con una autonomía extraordinaria, a menudo ignorando o contradiciendo las órdenes de sus superiores nominales. Sus detractores sostienen que un comandante competente debería haber previsto los problemas logísticos de gestionar a tantos prisioneros y haber tomado medidas preventivas.

La caída de Corregidor y la destitución

Tras la rendición de Bataan, Homma dirigió su atención hacia la isla fortificada de Corregidor , el último bastión aliado en la bahía de Manila. El 5 de mayo de 1942, las tropas japonesas desembarcaron en la isla y, tras intensos combates, el general Jonathan Wainwright se rindió al día siguiente con todas las fuerzas estadounidenses y filipinas restantes en Filipinas.

Con la conquista completa del archipiélago, Homma asumió funciones de gobernador militar. Y aquí surgió otro punto de fricción con Tokio. Homma trató de aplicar una política relativamente moderada hacia la población civil filipina, buscando ganarse su cooperación en lugar de someterla por la fuerza. Permitió cierta autonomía administrativa, evitó represalias masivas y mostró respeto por las instituciones locales.

Esta actitud conciliadora disgustó profundamente al primer ministro Hideki Tojo y a los sectores duros del ejército, que consideraban que Filipinas debía ser explotada sin contemplaciones como territorio conquistado. En agosto de 1943, Homma fue relevado de su mando y llamado de vuelta a Japón. Fue colocado en la reserva sin ningún nuevo destino, una forma encubierta de castigo. El general que había sido demasiado lento para conquistar Filipinas y demasiado blando para gobernarlas pasó el resto de la guerra en un retiro forzado, apartado de toda responsabilidad militar.

El juicio de Manila

La derrota de Japón en agosto de 1945 trajo consigo una ola de juicios por crímenes de guerra en todo el Pacífico. Homma fue arrestado y trasladado a Manila, donde fue juzgado por una comisión militar estadounidense entre enero y febrero de 1946.

Los cargos se centraban en la Marcha de la Muerte de Bataan y en los abusos cometidos contra prisioneros de guerra y civiles filipinos durante la ocupación. La acusación no necesitaba demostrar que Homma había ordenado personalmente los crímenes, sino que, como comandante, era responsable de los actos de sus subordinados bajo la doctrina de responsabilidad de mando.

La defensa de Homma presentó argumentos considerables. Su abogado, el coronel Frank Gruner, argumentó que Homma no había tenido conocimiento directo de los abusos durante la marcha, que había delegado la gestión de prisioneros en subordinados que actuaron por su cuenta y que el propio ejército japonés lo había castigado retirándolo del mando precisamente por su actitud moderada.

La esposa de Homma, Fujiko, viajó a Manila para testificar en su defensa, describiendo a su marido como un hombre cultivado y compasivo, víctima de un sistema militar que escapaba al control de cualquier individuo. Su testimonio conmovió a parte de la audiencia, pero no alteró el resultado.

El 11 de febrero de 1946, Homma fue declarado culpable y condenado a muerte por fusilamiento. La sentencia fue confirmada personalmente por el general MacArthur, quien como comandante supremo aliado en el Pacífico tenía la última palabra. La ironía no escapó a nadie: MacArthur, el mismo general que había huido de Filipinas en 1942 dejando a sus tropas a su suerte, decidía ahora el destino del hombre que lo había derrotado.

Ejecución y controversia

Masaharu Homma fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento el 3 de abril de 1946 en Los Baños, provincia de Laguna, Filipinas. Según los testimonios, afrontó su ejecución con la dignidad que lo había caracterizado durante toda su carrera.

Su caso guarda paralelismos evidentes con el del general Tomoyuki Yamashita, el "Tigre de Malasia", ejecutado apenas dos meses antes por crímenes cometidos por sus subordinados durante la defensa de Manila. Ambos juicios establecieron el precedente legal de que un comandante puede ser considerado responsable de atrocidades cometidas por sus tropas, incluso sin haber dado órdenes directas.

Sin embargo, numerosos juristas y historiadores han cuestionado la equidad de estos procesos. La comisión militar que juzgó a Homma no siguió las normas procesales habituales de los tribunales estadounidenses: se admitieron pruebas de oídas, la defensa tuvo tiempo limitado para preparar su caso y el veredicto parecía predeterminado. El juez Rutledge del Tribunal Supremo de Estados Unidos, al revisar el caso Yamashita —cuya estructura legal era idéntica al de Homma—, lo calificó como un proceso que no cumplía los estándares mínimos de justicia.

Legado y debate historiográfico

La figura de Homma sigue generando controversia. Para muchos supervivientes de la Marcha de la Muerte y sus descendientes, fue el responsable último de un crimen monstruoso, independientemente de si dio o no las órdenes directas. La doctrina de responsabilidad de mando existe precisamente para que los altos oficiales no puedan escudarse en la ignorancia.

Para otros historiadores, Homma fue un chivo expiatorio conveniente. Un general moderado y anglófilo que resultaba más fácil de juzgar y ejecutar que los verdaderos artífices de las atrocidades, como el coronel Tsuji Masanobu, quien escapó de los juicios de posguerra y vivió hasta 1961 sin ser nunca procesado.

El debate sobre Homma trasciende su caso particular y toca cuestiones fundamentales sobre la justicia en tiempos de posguerra: ¿dónde termina la responsabilidad de mando y dónde empieza la culpa individual? ¿Puede haber justicia imparcial cuando los vencedores juzgan a los vencidos? ¿Basta con no ordenar un crimen si se tiene el poder de haberlo evitado?

Lo que resulta innegable es que la Marcha de la Muerte de Bataan fue una atrocidad real que costó miles de vidas, y que alguien en la cadena de mando debía responder por ella. Que ese alguien fuera Masaharu Homma, el General Poeta que pintaba acuarelas y admiraba a Shakespeare, es una de las ironías más amargas de la SGM.