De todos los nombres asociados al horror del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau , pocos generan tanto rechazo como el de Josef Mengele. Conocido como el Ángel de la Muerte, este médico de las SS se convirtió en el símbolo de la perversión de la ciencia al servicio del genocidio. Durante casi dos años seleccionó a cientos de miles de personas para las cámaras de gas y sometió a miles de prisioneros —muchos de ellos niños— a experimentos médicos atroces que carecían de cualquier valor científico. Tras la guerra, huyó a Sudamérica y vivió tres décadas como prófugo sin que nadie lograra llevarlo ante la justicia.

Josef Mengele en Auschwitz, 1944
Josef Mengele fotografiado en Solahütte, el centro de recreo de las SS cerca de Auschwitz, en 1944. USHMM / Álbum Höcker · Dominio público

Los primeros años y la formación médica

Josef Mengele nació el 16 de marzo de 1911 en Günzburg, Baviera, en el seno de una familia acomodada propietaria de una próspera empresa de maquinaria agrícola. Fue el mayor de tres hermanos y creció en un ambiente conservador y nacionalista. Desde joven mostró ambición intelectual y una determinación fría que marcaría toda su vida.

Estudió medicina y antropología física en las universidades de Múnich, Viena y Fráncfort. Se doctoró en antropología en 1935 con una tesis sobre diferencias raciales en la estructura mandibular, y en medicina en 1938 con un trabajo sobre labio leporino. Ambas investigaciones reflejaban ya su obsesión por la genética y la herencia racial, campos que en la Alemania nazi estaban profundamente contaminados por la ideología. Su mentor fue el profesor Otmar von Verschuer, uno de los principales teóricos de la higiene racial, quien ejercería una influencia decisiva en la orientación de sus investigaciones posteriores.

Mengele se afilió al Partido Nazi en 1937 y a las SS en 1938. Al estallar la guerra, sirvió como oficial médico en la división SS Wiking en el frente oriental, donde fue condecorado con la Cruz de Hierro de primera y segunda clase por rescatar a soldados heridos de un vehículo blindado en llamas. Herido en combate en 1942, fue declarado no apto para el servicio en el frente y destinado a la retaguardia. Esta circunstancia le condujo al lugar donde cometería sus peores crímenes.

Llegada a Auschwitz y las selecciones

Mengele llegó a Auschwitz-Birkenau el 30 de mayo de 1943 como médico del campo gitano (Zigeunerlager) y pronto se convirtió en uno de los oficiales médicos más activos del complejo. Aunque no era el médico jefe del campo —un puesto ocupado sucesivamente por Eduard Wirths y otros—, Mengele se distinguió por su presencia constante en la rampa de selección, donde los trenes descargaban a los deportados.

Las selecciones eran el momento en que se decidía quién vivía y quién moría. Con un gesto de la mano, los médicos de las SS enviaban a la mayoría directamente a las cámaras de gas —ancianos, niños, mujeres embarazadas, enfermos— y reservaban a una minoría como mano de obra esclava. Los supervivientes describieron a Mengele como una figura aterradora en su elegancia: uniforme impecable, guantes blancos, silbando arias de ópera mientras señalaba con el dedo hacia la izquierda o la derecha.

Mengele participaba en las selecciones con una frecuencia inusual, incluso cuando no estaba de servicio, lo que sugiere que disfrutaba del poder absoluto que ejercía sobre la vida y la muerte. Se estima que durante su estancia en Auschwitz fue responsable directo de enviar a decenas de miles de personas a las cámaras de gas.

Los experimentos con gemelos y otras atrocidades

Lo que distingue a Mengele de otros médicos de las SS es su obsesión por la experimentación pseudocientífica, especialmente con gemelos. Influido por las teorías de su mentor Von Verschuer, Mengele veía en los gemelos un laboratorio natural para estudiar la herencia genética. Cuando identificaba gemelos en la rampa de selección, los separaba del resto y los enviaba a un barracón especial donde gozaban de mejores condiciones relativas —más comida, ropa limpia— pero a cambio se convertían en cobayas humanas.

Los experimentos que Mengele realizó con gemelos incluían inyecciones de sustancias desconocidas en los ojos para intentar cambiar su color, transfusiones de sangre cruzadas, inoculación deliberada de enfermedades para observar si ambos gemelos reaccionaban igual, y amputaciones sin anestesia. Cuando uno de los gemelos moría, Mengele asesinaba al otro de inmediato para realizar autopsias comparativas. Se calcula que de los aproximadamente 1.500 pares de gemelos sometidos a sus experimentos, menos de 200 personas sobrevivieron.

Mengele también experimentó con personas afectadas de enanismo, con los prisioneros romaníes del campo gitano —víctimas del Porajmos — y con cualquier individuo que presentase anomalías físicas que captasen su interés. El 2 de agosto de 1944, supervisó personalmente la liquidación del campo gitano de Birkenau, en la que unas 2.900 personas fueron enviadas a las cámaras de gas en una sola noche.

Los resultados de estos experimentos carecían de valor científico. La metodología era deficiente, los datos estaban contaminados por las condiciones extremas del campo, y las premisas teóricas se basaban en una concepción racista de la biología que la ciencia ya había desacreditado. Mengele no hizo ninguna contribución al conocimiento médico; solo produjo sufrimiento.

La huida de Europa

Cuando el Ejército Rojo se aproximó a Auschwitz a principios de 1945, Mengele huyó hacia el oeste con los documentos de sus investigaciones. Pasó brevemente por el campo de Gross-Rosen antes de unirse a una unidad médica de la Wehrmacht. Al terminar la guerra, fue capturado por los estadounidenses, pero no fue identificado: a diferencia de otros miembros de las SS, Mengele no tenía el tatuaje del grupo sanguíneo bajo el brazo, lo que le permitió hacerse pasar por un soldado común. Fue liberado en el verano de 1945.

Durante casi cuatro años, Mengele vivió bajo una identidad falsa en la zona de ocupación estadounidense de Alemania, trabajando como peón agrícola en una granja de Baviera. A pesar de que su nombre figuraba en las listas de criminales de guerra buscados, las autoridades aliadas no lograron localizarlo. En 1949, aprovechando las redes de evasión conocidas como las ratlines —rutas clandestinas que utilizaban exnazis para escapar de Europa—, Mengele embarcó hacia Argentina con documentos falsos a nombre de Helmut Gregor.

Tres décadas como prófugo en Sudamérica

Argentina (1949-1960)

Mengele llegó a Buenos Aires en 1949 y durante la primera década vivió con una tranquilidad sorprendente. La Argentina de Juan Domingo Perón ofrecía refugio a numerosos criminales de guerra nazis, y Mengele se benefició de esta política de acogida. Trabajó como carpintero, vendedor de equipamiento agrícola y finalmente como socio de una empresa farmacéutica. Llegó a vivir bajo su nombre real, obtuvo documentos argentinos legítimos y recibió visitas de su familia.

En 1956, se divorció de su primera esposa por poder y en 1958 se casó con Martha, la viuda de su hermano Karl, quien se trasladó a Buenos Aires con su hijo. Sin embargo, la captura de Adolf Eichmann por agentes del Mossad en Buenos Aires en mayo de 1960 cambió drásticamente su situación. Consciente de que podía ser el siguiente, Mengele huyó a Paraguay.

Paraguay y Brasil (1960-1979)

En Paraguay, Mengele contó con la protección del régimen del dictador Alfredo Stroessner y obtuvo la nacionalidad paraguaya. Sin embargo, a medida que la presión internacional aumentaba, se trasladó a Brasil en 1960, donde viviría el resto de sus días bajo diversas identidades falsas.

Sus últimos años en Brasil fueron miserables. Vivió en casas modestas en las afueras de São Paulo, dependiendo económicamente de una familia austríaca que lo acogía y de las remesas menguantes que le enviaba su familia desde Alemania. Sufría de insomnio crónico, paranoia, problemas digestivos y depresión. Nunca expresó arrepentimiento por sus crímenes; en sus diarios y cartas se presentaba como una víctima de la persecución y justificaba sus actos como contribuciones a la ciencia.

La búsqueda que nunca tuvo éxito

La cacería de Mengele se prolongó durante décadas y se convirtió en uno de los casos más frustrantes de la justicia internacional. Aunque Israel, Alemania Occidental y los cazadores de nazis como Simon Wiesenthal dedicaron recursos considerables a su búsqueda, una serie de fallos de inteligencia, obstáculos diplomáticos y errores de coordinación permitieron que Mengele escapara una y otra vez.

En 1985, bajo la presión de una campaña mediática internacional, las autoridades de Alemania Occidental, Estados Unidos, Israel y Brasil intensificaron la búsqueda. Ese mismo año, la policía brasileña localizó a la familia que había albergado a Mengele durante años. La revelación fue al mismo tiempo un triunfo y una decepción: Mengele había muerto el 7 de febrero de 1979, ahogado mientras se bañaba en la playa de Bertioga, cerca de São Paulo. Tenía 67 años.

Sus restos fueron exhumados en 1985 y en 1992, un análisis de ADN confirmó definitivamente su identidad. Josef Mengele había muerto como un hombre libre, sin haber respondido jamás ante un tribunal por los crímenes que cometió en Auschwitz.

El legado de un criminal impune

El caso de Mengele plantea preguntas incómodas sobre la justicia internacional y las prioridades de la posguerra. Mientras que otros criminales nazis fueron juzgados en los juicios de Núremberg y en procesos posteriores, Mengele logró evadir toda responsabilidad legal durante más de tres décadas. Su fuga fue posible gracias a la complicidad de gobiernos sudamericanos, a la protección de redes de exnazis y a los fallos de las agencias de inteligencia occidentales, que en plena Guerra Fría priorizaron la lucha contra el comunismo sobre la persecución de criminales de guerra.

Para los supervivientes de Auschwitz, la impunidad de Mengele fue una herida que nunca sanó. Eva Mozes Kor, una de las gemelas que sobrevivió a sus experimentos, dedicó su vida a dar testimonio de lo ocurrido y a exigir justicia. Su relato y el de otros supervivientes han sido fundamentales para mantener viva la memoria de las atrocidades cometidas en nombre de la pseudociencia racial.

Mengele representa el caso extremo de la perversión de la medicina: un profesional formado para curar que utilizó su conocimiento para torturar y asesinar. Su figura ha servido para reforzar los marcos éticos de la investigación médica moderna, incluyendo el Código de Núremberg y la Declaración de Helsinki, que establecen el consentimiento informado y la dignidad del paciente como principios inviolables. El Ángel de la Muerte de Auschwitz murió libre, pero su nombre permanece como sinónimo de la barbarie sin límites que es posible cuando la ciencia se pone al servicio de una ideología criminal.