Primo Levi fue un químico italiano que sobrevivió a Auschwitz y transformó esa experiencia en una de las obras literarias más importantes del siglo XX. Sus libros —especialmente Si esto es un hombre y La tregua— son a la vez testimonios rigurosamente veraces y reflexiones profundas sobre la condición humana en situaciones extremas. Levi escribió con la precisión de un científico y la sensibilidad de un humanista, y su voz se ha convertido en la referencia ineludible para comprender lo que significó el Holocausto desde la perspectiva de quienes lo sufrieron.

Retrato de Primo Levi, escritor y superviviente de Auschwitz
Primo Levi, cuyo testimonio sobre Auschwitz es una de las obras fundamentales del Holocausto Fotógrafo desconocido · Dominio público

La juventud en Turín

Primo Michele Levi nació el 31 de julio de 1919 en Turín, en el seno de una familia judía de clase media que llevaba generaciones en el Piamonte. La familia Levi era representativa de la comunidad judía italiana: asimilada, culta, identificada con la cultura italiana y con una relación laxa con la religión. El judaísmo era más una herencia cultural que una práctica devota.

Levi creció en un ambiente intelectual y mostró desde joven una vocación científica. Estudió química en la Universidad de Turín, donde se graduó con la máxima calificación en 1941, a pesar de que las leyes raciales promulgadas por Mussolini en 1938 habían impuesto graves restricciones a los judíos italianos, incluida la prohibición de asistir a escuelas públicas. Su diploma llevaba la mención «de raza judía», un estigma que marcó su entrada en la vida adulta.

Las leyes raciales fueron un golpe devastador para los judíos italianos, que se consideraban ciudadanos plenamente integrados. A diferencia de los judíos de Europa oriental, que vivían en comunidades separadas y enfrentaban un antisemitismo endémico, los judíos italianos habían participado activamente en el Risorgimento y se sentían italianos antes que cualquier otra cosa. Las leyes de 1938 destruyeron esa ilusión de pertenencia.

La Resistencia y la captura

Tras el armisticio italiano de septiembre de 1943, Alemania ocupó el norte de Italia y la persecución de los judíos se intensificó dramáticamente. Levi se unió a un grupo de partisanos en las montañas del Valle de Aosta, pero la experiencia fue breve y desastrosa. El grupo, formado por jóvenes inexpertos y mal armados, fue rápidamente descubierto. Levi fue capturado por la milicia fascista en diciembre de 1943.

Durante el interrogatorio, Levi tomó una decisión que probablemente le salvó la vida: declaró ser judío en lugar de partisano. Los partisanos capturados eran fusilados inmediatamente; los judíos eran enviados a campos de concentración. Fue trasladado al campo de tránsito de Fossoli, cerca de Módena, donde permaneció varias semanas antes de ser deportado a Auschwitz.

El 22 de febrero de 1944, Levi y otros seiscientos cincuenta judíos italianos fueron cargados en vagones de ganado con destino a Auschwitz. El viaje duró cuatro días. Al llegar, la selección en la rampa de Birkenau determinó que solo noventa y seis hombres y veintinueve mujeres serían admitidos como trabajadores; el resto fue enviado directamente a las cámaras de gas. De los seiscientos cincuenta deportados de ese convoy, solo veintitrés sobrevivieron a la guerra.

Auschwitz: el infierno ordenado

Levi fue internado en Auschwitz III-Monowitz (Buna), el campo de trabajo asociado a la fábrica de caucho sintético de IG Farben. Se le asignó el número 174517, tatuado en el antebrazo izquierdo, y fue despojado de todo: nombre, cabello, ropa, dignidad. Como escribiría después: «Imaginad ahora un hombre al que, junto con las personas amadas, se le quitan la casa, las costumbres, la ropa, todo, literalmente todo lo que posee: será un hombre vacío, reducido al sufrimiento y la necesidad, falto de dignidad y de juicio, porque a quien lo ha perdido todo fácilmente le sucede perderse a sí mismo.»

La supervivencia en Auschwitz dependía de una combinación de suerte, astucia y ayuda de otros prisioneros. Levi sobrevivió gracias a varios factores: su formación como químico le valió un puesto en el laboratorio de la fábrica de Buna a partir de noviembre de 1944, lo que le proporcionó un trabajo bajo techo y acceso ocasional a alimentos extra; su capacidad para aprender algo de alemán le permitió comunicarse con los kapos y los guardias; y la ayuda de Lorenzo Perrone, un albañil civil italiano que trabajaba en la fábrica, le proporcionó alimento adicional durante meses.

Pero Levi siempre insistió en que la supervivencia fue fundamentalmente una cuestión de azar. Los «mejores» —los más generosos, los más solidarios, los más moralmente íntegros— no eran necesariamente los que sobrevivían. En la «zona gris» del campo, la frontera entre víctimas y verdugos se difuminaba, y la mera supervivencia exigía compromisos que atormentarían a los supervivientes durante el resto de sus vidas.

La liberación y el regreso

Auschwitz fue liberado por el Ejército Rojo el 27 de enero de 1945. Levi, enfermo de escarlatina en la enfermería del campo, fue uno de los pocos que quedaban: los alemanes habían evacuado el campo diez días antes en las marchas de la muerte que mataron a miles de prisioneros. Paradójicamente, su enfermedad le salvó la vida.

El regreso a casa fue una odisea que duraría nueve meses. En lugar de una repatriación directa, Levi fue trasladado por el Ejército Rojo a través de Polonia, Ucrania, Bielorrusia, Rumanía, Hungría, Austria y Alemania en un viaje errático y surrealista que describió en La tregua. No llegó a Turín hasta el 19 de octubre de 1945, más de veinte meses después de su deportación.

Si esto es un hombre

Levi comenzó a escribir casi inmediatamente después de su regreso. Sentía una necesidad imperiosa de dar testimonio, de contar lo que había visto y vivido para que el mundo supiera lo que había ocurrido en los campos. «Si esto es un hombre» fue escrito entre 1945 y 1947 con una urgencia que se percibe en cada página.

El libro fue rechazado por Einaudi, la editorial más prestigiosa de Italia, y publicado en 1947 por una pequeña editorial que imprimió solo dos mil quinientos ejemplares. La recepción inicial fue tibia: la Italia de posguerra no quería oír hablar de los campos de concentración. No fue hasta la segunda edición, publicada por Einaudi en 1958, cuando el libro encontró finalmente su público y comenzó su camino hacia el reconocimiento universal.

Lo que distingue a Si esto es un hombre de otros testimonios del Holocausto es la mirada de Levi. No escribe con odio ni con autocompasión, sino con la curiosidad analítica de un científico que observa un fenómeno extremo. Su prosa es sobria, precisa, desprovista de retórica. Describe el horror sin dramatizarlo, lo que paradójicamente lo hace más devastador. El capítulo «El canto de Ulises», donde Levi intenta recordar y traducir al francés un canto de la Divina Comedia de Dante para un compañero de cautiverio, es una de las páginas más conmovedoras de la literatura del siglo XX.

La obra posterior

Tras el éxito de Si esto es un hombre, Levi publicó La tregua (1963), el relato de su largo viaje de regreso desde Auschwitz, un libro que alterna episodios trágicos y cómicos con una humanidad extraordinaria. Siguieron colecciones de relatos, novelas y ensayos que abordaban tanto su experiencia en los campos como su vida como químico.

El sistema periódico (1975), una colección de relatos donde cada capítulo lleva el nombre de un elemento químico, es considerada una de las mejores obras de literatura científica jamás escritas. Levi lograba unir sus dos vocaciones —la ciencia y la escritura— con una elegancia que pocos han igualado.

Su última gran obra, Los hundidos y los salvados (1986), es una reflexión madura y perturbadora sobre la memoria del Holocausto, la «zona gris» entre víctimas y verdugos, y la responsabilidad de los supervivientes. Es un libro sombrío, marcado por la preocupación de que el testimonio se estaba perdiendo a medida que los supervivientes morían y que las nuevas generaciones se alejaban de la memoria.

La muerte y el legado

El 11 de abril de 1987, Primo Levi cayó por el hueco de la escalera de su edificio en Turín. La investigación concluyó que se trató de un suicidio, aunque algunos amigos y familiares han cuestionado esta conclusión. Elie Wiesel, otro superviviente de Auschwitz, dijo: «Primo Levi murió en Auschwitz cuarenta años después.»

La muerte de Levi reavivó el debate sobre las secuelas psicológicas del Holocausto en los supervivientes. Muchos supervivientes vivieron atormentados por la culpa del superviviente, las pesadillas recurrentes y la sensación de que el mundo de posguerra no comprendía ni quería comprender lo que habían vivido.

El legado literario de Primo Levi es inmenso. Sus libros se han traducido a decenas de idiomas y se leen en escuelas y universidades de todo el mundo. Su voz —precisa, humana, desprovista de sentimentalismo— sigue siendo la referencia más poderosa para comprender lo que significó Auschwitz. En un mundo que tiende al olvido, la obra de Levi es un recordatorio implacable de lo que los seres humanos son capaces de hacer y de sufrir.