Hanna Reitsch fue la aviadora más famosa de la Alemania nazi: piloto de pruebas, récordwoman mundial, heroína de la propaganda del régimen y una de las últimas personas en entrar y salir del búnker de Hitler en los días finales de la guerra. Su historia es la de un talento extraordinario puesto al servicio de una causa criminal, y la de una mujer que, hasta su muerte en 1979, se negó a reconocer la verdadera naturaleza del régimen al que había servido con devoción.

Hanna Reitsch, piloto de pruebas alemana
Hanna Reitsch, la célebre aviadora y piloto de pruebas del Tercer Reich Bundesarchiv · CC BY-SA 3.0 de

La pasión por volar

Hanna Reitsch nació el 29 de marzo de 1912 en Hirschberg, Silesia (hoy Jelenia Góra, Polonia). Desde niña soñaba con volar, una ambición extraordinaria para una mujer en la Alemania de entreguerras. Estudió medicina para complacer a su padre, un oftalmólogo, pero abandonó la carrera para dedicarse a la aviación.

Aprendió a volar planeadores y rápidamente demostró un talento excepcional. En los años treinta, Reitsch batió récords mundiales de vuelo sin motor, cruzó los Alpes en planeador y se convirtió en la mujer piloto más célebre de Alemania. Su habilidad técnica era indiscutible: los pilotos más experimentados reconocían su capacidad para manejar cualquier tipo de aeronave en las condiciones más adversas.

El régimen nazi utilizó sus logros como herramienta propagandística. Reitsch encajaba perfectamente en la imagen de la «nueva mujer alemana»: rubia, atlética, valiente y devota del Führer. Ella aceptó el papel con entusiasmo: admiraba a Hitler con una intensidad que bordeaba la veneración religiosa.

Piloto de pruebas de la Luftwaffe

Durante la guerra, Reitsch se convirtió en piloto de pruebas de la Luftwaffe , probando prototipos experimentales que otros pilotos consideraban demasiado peligrosos. Voló versiones de prueba del caza cohete Me 163 Komet, que alcanzaba velocidades superiores a 900 km/h, una velocidad letal con la tecnología de la época. En uno de los vuelos del Me 163, sufrió un accidente grave que la dejó hospitalizada durante meses con fractura de cráneo.

También probó una versión tripulada de la bomba volante V-1 , un proyecto suicida diseñado para estrellarse contra objetivos aliados con el piloto a bordo. Reitsch se ofreció voluntaria para pilotar estas misiones, que nunca llegaron a realizarse operativamente. Propuso a Hitler la creación de un escuadrón suicida similar a los kamikazes japoneses, una idea que fue rechazada.

Su valor físico era innegable: voló docenas de prototipos experimentales, sufrió múltiples accidentes y se recuperó de heridas que habrían retirado a cualquier piloto. Hitler la condecoró personalmente con la Cruz de Hierro de primera y segunda clase, una distinción extraordinariamente rara para una mujer.

Los últimos días en el búnker

El episodio más dramático de la vida de Reitsch tuvo lugar en los últimos días de la guerra. El 26 de abril de 1945, cuando Berlín estaba completamente rodeada por el Ejército Rojo, Reitsch pilotó una avioneta Fieseler Storch hasta el centro de la ciudad, aterrizando en una improvisada pista cerca de la Puerta de Brandeburgo bajo fuego constante de artillería soviética.

Acompañó al general Robert Ritter von Greim, que había sido convocado por Hitler para nombrarlo nuevo comandante de la Luftwaffe en sustitución de Göring, al que Hitler había destituido por traición. Reitsch permaneció en el búnker durante tres días, siendo testigo del colapso final del Tercer Reich.

Según su testimonio, Hitler estaba físicamente destruido pero mentalmente lúcido, alternando entre la resignación y los estallidos de furia. Reitsch pidió permiso para quedarse y morir junto al Führer, pero Hitler le ordenó marcharse con Von Greim para reorganizar la Luftwaffe, una misión absurda a esas alturas de la guerra.

El 29 de abril, Reitsch y Von Greim despegaron del Berlín asediado en otra hazaña de pilotaje temerario, esquivando el fuego antiaéreo soviético. Fueron de las últimas personas en ver a Hitler con vida; se suicidaría al día siguiente.

La posguerra: sin arrepentimiento

Reitsch fue capturada por los estadounidenses e interrogada extensamente. Sus testimonios sobre los últimos días en el búnker son una fuente histórica valiosa, aunque inevitablemente subjetiva. Fue internada durante quince meses pero nunca fue procesada como criminal de guerra.

Tras su liberación, Reitsch retomó la aviación deportiva. Batió nuevos récords de vuelo sin motor, fundó una escuela de planeadores en Ghana y mantuvo una presencia activa en el mundo de la aviación internacional hasta los años setenta.

Lo que nunca hizo fue reconocer la criminalidad del régimen nazi. Hasta su muerte, mantuvo que Hitler era un líder idealista engañado por subordinados corruptos, que ella no sabía nada del Holocausto y que la Alemania nazi había sido víctima de una conspiración internacional. Estas afirmaciones la convirtieron en una figura admirada en los círculos de la extrema derecha y en una persona detestada por muchos otros.

Hanna Reitsch murió el 24 de agosto de 1979 en Fráncfort, a los 67 años. Las circunstancias de su muerte —posiblemente suicidio— permanecen sin aclarar.

Legado

Hanna Reitsch plantea preguntas incómodas sobre la relación entre el talento y la moral. Como aviadora, su habilidad era excepcional; como ser humano, su falta de arrepentimiento es perturbadora. Representa a esas personas que, sin participar directamente en los crímenes del nazismo, lo sirvieron con entusiasmo y se negaron a reconocer su naturaleza incluso después de que el horror fuera revelado al mundo.

Su historia recuerda que la valentía física no es lo mismo que la valentía moral, y que el talento excepcional no inmuniza contra la ceguera ideológica.