Wernher von Braun (1912-1977) fue el ingeniero aeroespacial alemán que diseñó el cohete V2, la primera arma balística de la historia, y que tras la Segunda Guerra Mundial se convirtió en el arquitecto del programa espacial estadounidense. Su trayectoria encarna una de las contradicciones morales más turbadoras del siglo XX: el mismo hombre que desarrolló un arma de terror para el régimen de Adolf Hitler acabó poniendo al ser humano en la Luna. Entre la genialidad técnica y la complicidad con el nazismo, la figura de Wernher von Braun sigue generando un debate que no admite respuestas sencillas.

Retrato oficial de Wernher von Braun como director del Marshall Space Flight Center de la NASA, hacia 1960
Wernher von Braun como director del Marshall Space Flight Center de la NASA. NASA/Marshall Space Flight Center · Public domain

Juventud y obsesión por los cohetes

Wernher Magnus Maximilian Freiherr von Braun nació el 23 de marzo de 1912 en Wirsitz, una pequeña ciudad de la provincia prusiana de Posen (hoy Wyrzysk, en Polonia). Pertenecía a una familia aristocrática: su padre, Magnus von Braun, fue ministro de Agricultura durante la República de Weimar, y su madre, Emmy von Quistorp, era una mujer culta que le regaló un telescopio cuando recibió la confirmación luterana. Aquel telescopio cambió su vida.

De niño, Von Braun no destacaba en matemáticas ni en física. Sin embargo, a los trece años leyó el libro Die Rakete zu den Planetenräumen (El cohete hacia los espacios interplanetarios) de Hermann Oberth, uno de los padres teóricos de la astronáutica. El joven Wernher no entendió las ecuaciones, pero la visión de viajar al espacio le fascinó de tal modo que decidió aprender las matemáticas necesarias para comprenderlas. En pocos años pasó de ser un estudiante mediocre a un alumno brillante en ciencias.

En 1930, con solo dieciocho años, se unió a la Verein für Raumschiffahrt (Sociedad para los Viajes Espaciales), un grupo de entusiastas de la cohetería en Berlín donde conoció a Oberth en persona. Allí participó en las primeras pruebas de motores de cohete de combustible líquido en el campo de ensayos de Raketenflugplatz, en las afueras de la capital alemana. Eran experimentos rudimentarios y peligrosos, financiados con lo que los miembros podían aportar de sus bolsillos, pero sentaron las bases de lo que vendría después.

El Ejército alemán entra en escena

La actividad del grupo no pasó desapercibida. El capitán Walter Dornberger, del departamento de armamento del Reichswehr, buscaba jóvenes ingenieros para un programa secreto de cohetes militares. El Tratado de Versalles prohibía a Alemania poseer artillería pesada, tanques y aviación militar, pero no mencionaba los cohetes, un vacío legal que los militares pretendían explotar. En 1932, Dornberger reclutó a Von Braun, que aceptó sin dudarlo: el Ejército le ofrecía los recursos y las instalaciones que como civil nunca tendría.

Von Braun comenzó a trabajar en la base de pruebas de Kummersdorf, al sur de Berlín, mientras cursaba su doctorado en física en la Universidad de Berlín. En 1934, con solo veintidós años, presentó su tesis doctoral sobre combustión de propelentes líquidos, un trabajo que fue inmediatamente clasificado como secreto militar. Para entonces ya dirigía un equipo de ingenieros que desarrollaba cohetes cada vez más potentes.

Peenemünde: la cuna del cohete V2

En 1936, el programa de cohetes había crecido tanto que necesitaba un centro de investigación propio. Von Braun y Dornberger eligieron un remoto cabo en la isla de Usedom, en la costa báltica: Peenemünde. Allí se construyó el mayor centro de investigación de cohetes del mundo, con túneles de viento, bancos de pruebas, fábricas y una plantilla que llegaría a superar las doce mil personas. Von Braun fue nombrado director técnico con apenas veinticinco años.

El objetivo era desarrollar un misil balístico de largo alcance capaz de golpear objetivos a cientos de kilómetros de distancia. Tras varios prototipos fallidos —los modelos A-1, A-2 y A-3—, el equipo de Von Braun diseñó el A-4, un cohete de casi catorce metros de altura propulsado por una mezcla de oxígeno líquido y alcohol etílico. El 3 de octubre de 1942, el A-4 despegó con éxito desde Peenemünde, alcanzó una altitud de 84 kilómetros y recorrió 190 kilómetros hasta impactar en el mar Báltico. Era el primer objeto fabricado por el ser humano en alcanzar el límite del espacio.

Dornberger proclamó que aquel día había nacido la era de los viajes espaciales. Pero el cohete no se había construido para explorar el cosmos. La propaganda nazi lo rebautizó como Vergeltungswaffe 2 (arma de represalia 2), o simplemente V2. Su desarrollo se aceleró también junto al de la bomba volante V1 , el otro gran proyecto de Peenemünde, que utilizaba un motor de pulso en lugar de propulsión por cohete.

Von Braun y el partido nazi

La relación de Von Braun con el régimen nazi es uno de los aspectos más controvertidos de su biografía. En 1937 se afilió al NSDAP (el partido nazi) y en 1940 ingresó en las SS, donde alcanzó el rango de Sturmbannführer (equivalente a comandante). Von Braun siempre afirmó que ambas afiliaciones fueron requisitos impuestos para mantener su posición en Peenemünde y que su único interés era la investigación espacial, no la ideología. Sus críticos señalan que, al margen de sus motivaciones internas, su trabajo sirvió directamente a la maquinaria bélica del Tercer Reich.

En marzo de 1944, Von Braun fue arrestado brevemente por la Gestapo bajo la acusación de estar más interesado en los viajes espaciales que en las armas militares, y de haber expresado en privado dudas sobre la victoria alemana. Heinrich Himmler buscaba hacerse con el control del programa de cohetes. Albert Speer, ministro de Armamento, intervino ante Hitler para conseguir su liberación, argumentando que el programa V2 no podía funcionar sin él.

El horror de Mittelbau-Dora

Tras el bombardeo aliado de Peenemünde en agosto de 1943 —la Operación Hydra, ordenada por Winston Churchill al descubrirse el programa de cohetes—, la producción del V2 se trasladó a una red de túneles subterráneos excavados en las montañas del Harz, en el centro de Alemania. La fábrica se llamó Mittelwerk, y la mano de obra provino del campo de concentración de Mittelbau-Dora, un subcampo del sistema de campos de concentración nazis .

Las condiciones en Mittelbau-Dora eran atroces. Miles de prisioneros —judíos, prisioneros de guerra soviéticos, resistentes franceses, presos políticos— fueron obligados a excavar los túneles y ensamblar los cohetes en turnos de doce horas, sin apenas comida ni ventilación, bajo una brutalidad constante. Se estima que más de 20.000 personas murieron en Mittelbau-Dora y sus subcampos, una cifra superior a las víctimas causadas por los propios cohetes V2. Los prisioneros morían de agotamiento, desnutrición, enfermedades, y muchos fueron ejecutados por supuesto sabotaje.

El grado de conocimiento y responsabilidad de Von Braun en estas atrocidades sigue siendo debatido. Visitó la fábrica subterránea en varias ocasiones y no podía desconocer las condiciones en que se producían sus cohetes. Algunos supervivientes testificaron haberlo visto en las instalaciones mientras los prisioneros trabajaban. Von Braun nunca admitió haber tenido poder para cambiar la situación, pero tampoco consta que hiciera ningún esfuerzo por mejorar las condiciones de los trabajadores esclavos. Este silencio pesa como una losa sobre su legado.

La campaña de los V2 contra Londres y Amberes

El 8 de septiembre de 1944, el primer V2 operativo impactó en París, y ese mismo día otro cayó sobre Londres, en Chiswick. A diferencia de la V1, cuyo característico zumbido alertaba a la población, el V2 viajaba a una velocidad cinco veces superior a la del sonido: llegaba antes que su propio ruido. No había defensa posible contra él. No había sirenas, no había tiempo para buscar refugio.

Entre septiembre de 1944 y marzo de 1945, Alemania lanzó más de 3.000 cohetes V2 contra objetivos en el sur de Inglaterra, Bélgica, Francia y los Países Bajos. Londres recibió más de 1.300 impactos que causaron unas 2.700 muertes. Amberes, convertida en objetivo prioritario por su importancia como puerto logístico aliado, sufrió un bombardeo aún más intenso. El peor ataque ocurrió el 16 de diciembre de 1944, cuando un V2 impactó en el cine Rex de Amberes, repleto de soldados aliados y civiles belgas, matando a 567 personas.

Los efectos de los V2 en la moral de los bombardeos sobre poblaciones civiles fueron devastadores, aunque su impacto estratégico resultó limitado. La baja precisión del cohete —su margen de error alcanzaba varios kilómetros— y el volumen relativamente reducido de su cabeza explosiva (una tonelada) hacían del V2 un arma de terror más que un instrumento militar decisivo. Pero demostró un principio que transformaría la guerra moderna: un misil balístico podía golpear cualquier ciudad desde cientos de kilómetros de distancia sin que existiera defensa eficaz contra él.

La rendición y la Operación Paperclip

En los primeros meses de 1945, con el Tercer Reich desmoronándose, Von Braun comprendió que la guerra estaba perdida. En enero, organizó la evacuación de los documentos técnicos más valiosos del programa de cohetes y los escondió en una mina abandonada en los montes del Harz. En abril, mientras el ejército soviético avanzaba hacia Peenemünde desde el este y los estadounidenses desde el oeste, Von Braun convenció a un grupo de unos quinientos ingenieros y científicos para huir hacia el sur y rendirse a los estadounidenses.

La decisión no fue casual. Von Braun calculó que los estadounidenses eran quienes más probabilidades tenían de financiar un programa espacial en la posguerra. El 2 de mayo de 1945, su hermano Magnus contactó con una patrulla del 44.º Regimiento de Infantería del Ejército de Estados Unidos y negocio la rendición del grupo. Von Braun, con un brazo escayolado tras un accidente de coche, se entregó junto con sus documentos y su equipo.

Lo que siguió fue la Operación Paperclip, un programa secreto del gobierno estadounidense para reclutar científicos e ingenieros alemanes antes de que cayeran en manos soviéticas. Los expedientes de muchos de estos científicos —incluido el de Von Braun— fueron deliberadamente alterados para eliminar o minimizar sus vínculos con el nazismo y las SS, facilitando así su entrada en Estados Unidos. Para el gobierno de Truman, el valor estratégico de estos científicos en el contexto de la naciente Guerra Fría pesaba más que cualquier consideración sobre justicia o responsabilidad por crímenes de guerra.

La carrera espacial: de Huntsville a la Luna

Von Braun y su equipo fueron destinados inicialmente a Fort Bliss, en Texas, donde trabajaron con cohetes V2 capturados para el Ejército estadounidense. En 1950, se trasladaron al Arsenal de Redstone en Huntsville, Alabama, que se convirtió en el centro del programa de misiles balísticos del Ejército. Allí, Von Braun desarrolló el misil Redstone, basado directamente en la tecnología del V2, y después el Jupiter, un misil de alcance intermedio capaz de portar una cabeza nuclear.

El 4 de octubre de 1957, la Unión Soviética lanzó el Sputnik, el primer satélite artificial, provocando una crisis de confianza en Estados Unidos. Tres meses después, el primer intento estadounidense de lanzar un satélite con el cohete Vanguard de la Marina terminó en una humillante explosión en la plataforma de lanzamiento. Fue Von Braun quien salvó la situación: el 31 de enero de 1958, su cohete Jupiter-C puso en órbita el Explorer 1, el primer satélite estadounidense.

En 1960, Von Braun fue nombrado director del Marshall Space Flight Center de la NASA en Huntsville. Desde allí dirigió el desarrollo del cohete Saturn V, el vehículo de lanzamiento más potente jamás construido: 111 metros de altura, 2.800 toneladas de peso al despegue, capaz de enviar 45 toneladas a la órbita lunar. El Saturn V fue el cohete que llevó a las misiones Apolo a la Luna. El 20 de julio de 1969, cuando Neil Armstrong pisó la superficie lunar, Von Braun vio cumplido el sueño que lo había obsesionado desde su adolescencia.

A diferencia de Robert Oppenheimer , cuyo genio se canalizó en la destrucción y que pasó el resto de su vida atormentado por las consecuencias morales de su creación, Von Braun transitó de la guerra al espacio sin aparente conflicto interior. Nunca expresó un arrepentimiento profundo por las víctimas de los V2 ni por los muertos de Mittelbau-Dora, aunque en entrevistas tardías reconoció que la producción con trabajo esclavo fue «lo más horrible que he presenciado».

Los últimos años y el legado de Wernher von Braun

Tras el éxito del programa Apolo, el interés político y presupuestario por la exploración espacial decayó rápidamente. Von Braun fue trasladado a la sede central de la NASA en Washington como subdirector de planificación, un puesto burocrático que lo alejaba de la ingeniería. Frustrado, dimitió de la NASA en 1972 y se incorporó a la empresa aeroespacial Fairchild Industries. En 1975 le diagnosticaron un cáncer de riñón. Murió el 16 de junio de 1977, a los sesenta y cinco años, en Alexandria, Virginia.

El legado de Wernher von Braun no admite una valoración simple. Como ingeniero, fue probablemente el mayor genio de la cohetería del siglo XX. Sin su visión, su tenacidad y su capacidad organizativa, ni el V2 ni el Saturn V habrían existido. Transformó una idea de ciencia ficción —el viaje espacial— en una realidad tangible en apenas tres décadas. Toda la tecnología de misiles balísticos y lanzadores espaciales del mundo moderno desciende, directa o indirectamente, de su trabajo.

Pero esa brillantez no puede separarse del contexto en que floreció. Von Braun construyó su carrera al servicio de un régimen criminal. Sus cohetes mataron a miles de civiles en Londres y Amberes. Su fábrica subterránea funcionó con mano de obra esclava que moría a un ritmo espantoso. Y cuando terminó la guerra, fue recibido como un héroe en Estados Unidos sin rendir cuentas por ninguno de esos hechos. El cómico Tom Lehrer lo resumió con una mordacidad que se ha hecho célebre: «Una vez que los cohetes suben, ¿a quién le importa dónde caen? Eso no es asunto mío, dice Wernher von Braun».

La historia de Von Braun plantea una pregunta que la era moderna sigue sin resolver: ¿puede el genio científico justificar la complicidad moral? ¿Es legítimo separar al ingeniero de las consecuencias de su ingeniería? Su trayectoria demuestra que la ciencia no opera en un vacío ético, y que el talento extraordinario, cuando se pone al servicio de fines criminales, no absuelve a quien lo posee. Que el mismo hombre pudiera construir armas de terror y vehículos de exploración con idéntica pasión no habla solo de Von Braun, sino de la capacidad humana para compartimentar la conciencia cuando la ambición lo exige.