Pocos científicos tuvieron un papel tan singular durante la Segunda Guerra Mundial como Niels Bohr. Premio Nobel de Física en 1922 por su modelo atómico revolucionario, el danés no solo contribuyó al desarrollo de la bomba atómica, sino que protagonizó una de las fugas más dramáticas de la guerra y dedicó sus últimos años a advertir al mundo sobre los peligros del arma que había ayudado a crear. Su historia es la de un hombre atrapado entre el deber científico y la responsabilidad moral, entre la supervivencia personal y el destino de millones.

Retrato de Niels Bohr
Niels Bohr, premio Nobel de Física y figura clave del Proyecto Manhattan AB Lagrelius & Westphal · Dominio público

El científico más importante de Dinamarca

Niels Henrik David Bohr nació en Copenhague el 7 de octubre de 1885 en el seno de una familia académica. Su padre, Christian Bohr, era catedrático de fisiología en la Universidad de Copenhague, y su madre, Ellen Adler, provenía de una prominente familia de banqueros judíos. Esta ascendencia judía por parte materna tendría consecuencias dramáticas décadas más tarde, cuando la ocupación nazi de Dinamarca puso en peligro su vida.

Desde joven, Bohr mostró una capacidad intelectual extraordinaria. Estudió física en la Universidad de Copenhague y posteriormente se trasladó a Cambridge y Mánchester, donde trabajó con Ernest Rutherford. En 1913 publicó su modelo atómico, que incorporaba la teoría cuántica al describir la estructura del átomo con electrones orbitando el núcleo en niveles de energía discretos. Este trabajo transformó la comprensión de la materia a nivel fundamental.

En 1921 fundó el Instituto de Física Teórica en Copenhague, que rápidamente se convirtió en el centro mundial de la investigación en mecánica cuántica. Al año siguiente recibió el Premio Nobel de Física. Su instituto atrajo a las mentes más brillantes de la época: Werner Heisenberg, Wolfgang Pauli, Paul Dirac y muchos otros pasaron temporadas trabajando bajo su dirección. Copenhague se convirtió en sinónimo de la nueva física.

Refugio para científicos perseguidos

Cuando Adolf Hitler llegó al poder en 1933 y comenzó la persecución de los intelectuales judíos, Bohr utilizó su prestigio y su instituto como herramientas de salvamento. Decenas de científicos judíos expulsados de las universidades alemanas encontraron refugio temporal en Copenhague. Bohr organizó becas, gestionó visados y contactó con universidades de todo el mundo para reubicar a los investigadores amenazados.

Entre los científicos que pasaron por su instituto en aquellos años se encontraban figuras que más tarde desempeñarían papeles cruciales en el desarrollo de la física nuclear. Bohr no se limitó a ofrecer un techo: proporcionó un entorno de trabajo donde los refugiados podían continuar sus investigaciones mientras esperaban una colocación permanente en Estados Unidos, Reino Unido u otros países seguros.

Su labor humanitaria tenía un componente científico estratégico que pocos comprendieron en aquel momento. Al facilitar la emigración de físicos judíos desde Alemania, Bohr contribuyó involuntariamente a debilitar el programa nuclear alemán y a fortalecer el de los Aliados. Muchos de esos científicos refugiados terminarían trabajando en el programa de la bomba atómica estadounidense.

Bajo la ocupación alemana

El 9 de abril de 1940, las tropas alemanas invadieron Dinamarca. El país fue ocupado en apenas seis horas, sin apenas resistencia militar. A diferencia de otros países ocupados, Dinamarca mantuvo inicialmente su gobierno y sus instituciones, lo que permitió a Bohr continuar trabajando en su instituto durante los primeros años de la ocupación.

La situación era extraordinariamente delicada. Bohr era medio judío según las leyes raciales nazis, pero su fama internacional le proporcionaba cierta protección. Los ocupantes alemanes sabían que cualquier acción contra el Nobel danés tendría repercusiones diplomáticas enormes. Por su parte, Bohr se negó a abandonar su país mientras pudiera ser útil a sus compatriotas.

En septiembre de 1941 se produjo uno de los episodios más debatidos de la historia de la ciencia: la visita de Werner Heisenberg a Copenhague. Heisenberg, antiguo discípulo de Bohr y entonces director del programa nuclear alemán, viajó a Dinamarca para reunirse con su viejo maestro. El contenido exacto de aquella conversación sigue siendo objeto de controversia entre los historiadores. Según algunas versiones, Heisenberg intentó sondear si Bohr estaría dispuesto a colaborar con el programa alemán. Según otras, buscaba transmitir información sobre el estado del proyecto atómico del Reich. Lo que está claro es que el encuentro acabó mal: Bohr quedó convencido de que Alemania estaba trabajando activamente en una bomba atómica, lo que reforzó su determinación de ayudar a los Aliados.

La huida de Dinamarca

En agosto de 1943, la situación en Dinamarca cambió drásticamente. El gobierno danés dimitió tras negarse a cumplir las exigencias alemanas de imponer la ley marcial y perseguir a los judíos. Los nazis asumieron el control directo del país y comenzaron a planificar la deportación de los judíos daneses.

Bohr recibió la advertencia a través de canales de la resistencia danesa: su nombre figuraba en las listas de detención. La noche del 29 de septiembre de 1943, el físico y su esposa Margrethe fueron conducidos hasta la costa, donde un pequeño barco pesquero los trasladó a través del estrecho de Øresund hasta Suecia. El viaje fue breve pero peligroso: las patrullas alemanas vigilaban las aguas y cualquier embarcación sospechosa podía ser interceptada.

Una vez en Suecia, Bohr no se limitó a ponerse a salvo. Utilizó su prestigio para presionar al gobierno sueco a fin de que ofreciera asilo a los judíos daneses. Se reunió con el rey Gustavo V y logró que Suecia anunciara públicamente que aceptaría a todos los refugiados judíos de Dinamarca. Gracias a esta intervención y a la extraordinaria labor de la resistencia danesa, más de siete mil judíos daneses fueron evacuados a Suecia en las semanas siguientes, una de las operaciones de rescate más exitosas de toda la SGM.

El vuelo mortal hacia Gran Bretaña

Pero los británicos tenían otros planes para Bohr. El gobierno de Churchill necesitaba al físico danés para su programa nuclear, y organizó su traslado inmediato a Inglaterra. Bohr fue embarcado en un bombardero De Havilland Mosquito sin presurizar, acomodado en la bodega de bombas con una máscara de oxígeno y un paracaídas.

El vuelo sobre el territorio ocupado por los nazis fue una pesadilla. A gran altitud, la máscara de oxígeno de Bohr no funcionó correctamente, probablemente porque el casco que le proporcionaron era demasiado pequeño para su cabeza. El piloto no podía oír las comunicaciones del pasajero y Bohr perdió el conocimiento por falta de oxígeno. Solo cuando el avión descendió a menor altitud sobre el mar del Norte, el físico recuperó la consciencia. Había estado a punto de morir asfixiado.

Al llegar a Gran Bretaña, Bohr fue informado del estado del programa nuclear aliado. Los británicos habían avanzado considerablemente en la investigación teórica sobre la fisión nuclear, pero el proyecto de construcción de la bomba se había trasladado a Estados Unidos, donde se desarrollaba bajo el nombre en clave de Proyecto Manhattan.

Nicholas Baker en Los Álamos

En diciembre de 1943, Bohr viajó a Estados Unidos bajo el nombre falso de Nicholas Baker. Su hijo Aage, también físico, lo acompañó con la identidad de James Baker. Ambos fueron trasladados al laboratorio secreto de Los Álamos, en Nuevo México, donde Robert Oppenheimer dirigía el esfuerzo para construir la primera bomba atómica.

La contribución técnica de Bohr al Proyecto Manhattan fue significativa, aunque menos directa que la de otros científicos. A sus casi sesenta años, su papel fue más el de consultor senior y autoridad moral que el de investigador de laboratorio. Ayudó a resolver problemas teóricos relacionados con la fisión del uranio y el plutonio, y su presencia en Los Álamos elevó la moral del equipo. Oppenheimer lo describía como una figura casi paternal para los jóvenes físicos del proyecto.

Sin embargo, Bohr estaba cada vez más preocupado por las implicaciones de lo que estaban construyendo. Mientras otros científicos se concentraban en los desafíos técnicos, él pensaba en el mundo que surgiría después de la guerra. Comprendió antes que nadie que la bomba atómica no solo decidiría el conflicto, sino que transformaría las relaciones internacionales para siempre.

La batalla diplomática por el control nuclear

A partir de 1944, Bohr dedicó una energía creciente a lo que consideraba su misión más importante: convencer a los líderes aliados de que compartieran el secreto atómico con la Unión Soviética antes de que terminara la guerra. Su razonamiento era claro: si los soviéticos descubrían por su cuenta la existencia del proyecto, como era probable, la desconfianza resultante provocaría una carrera armamentista catastrófica. Solo la transparencia y el control internacional de la energía nuclear podían evitar ese escenario.

Bohr consiguió reunirse con el presidente Franklin D. Roosevelt en agosto de 1944. Roosevelt escuchó con interés las propuestas del físico danés y pareció receptivo a la idea de un acercamiento a los soviéticos sobre la cuestión nuclear. El presidente expresó su disposición a explorar algún tipo de acuerdo internacional.

La reunión con Winston Churchill, en mayo de 1944, fue un desastre. El primer ministro británico recibió a Bohr con hostilidad apenas disimulada. Churchill consideraba que compartir cualquier información sobre la bomba con los soviéticos era una traición, y sospechaba que Bohr podía ser un espía al servicio de Moscú. Tras el encuentro, Churchill llegó a sugerir que Bohr debería ser vigilado e incluso detenido. La propuesta no prosperó, pero reflejaba la profunda desconfianza del líder británico.

La muerte de Roosevelt en abril de 1945 y la llegada de Harry Truman a la presidencia acabaron con las esperanzas de Bohr. Truman, menos interesado en la diplomacia nuclear que su predecesor, optó por utilizar la bomba como instrumento de presión contra los soviéticos. Los temores de Bohr se cumplieron punto por punto: el uso de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki inauguró exactamente la carrera armamentista que el físico había intentado evitar, desembocando en el inicio de la Guerra Fría .

El regreso a Dinamarca y la lucha por la paz

Tras el final de la guerra, Bohr regresó a Copenhague y retomó la dirección de su instituto. Pero ya no era el mismo científico abstraído en ecuaciones cuánticas. La experiencia de Los Álamos lo había transformado en un activista por el desarme nuclear y el diálogo internacional.

En 1950 escribió una carta abierta a las Naciones Unidas en la que abogaba por la cooperación científica internacional como herramienta para prevenir una guerra nuclear. Propuso que los países compartieran abiertamente sus investigaciones nucleares y que se estableciera un sistema de inspecciones mutuas para garantizar que la energía atómica se utilizara exclusivamente con fines pacíficos.

Bohr fue uno de los impulsores de la creación del CERN, la Organización Europea para la Investigación Nuclear, fundada en 1954. El laboratorio, situado en la frontera entre Suiza y Francia, materializaba su visión de la ciencia como puente entre naciones. En 1957 recibió el premio Átomos para la Paz, un reconocimiento a su incansable labor en favor del uso pacífico de la energía nuclear.

Su legado trasciende con mucho su contribución a la física teórica. Mientras que científicos como Wernher von Braun se adaptaron pragmáticamente a los regímenes que financiaban sus investigaciones, y genios como Alan Turing sufrieron el desprecio de las mismas naciones a las que habían salvado, Bohr eligió un camino distinto: usar su prestigio para defender principios éticos en un mundo que prefería ignorarlos.

Un legado entre la ciencia y la consciencia

Niels Bohr falleció el 18 de noviembre de 1962 en Copenhague, la ciudad donde había nacido, trabajado y soñado con un mundo más racional. Tenía setenta y siete años. Su muerte pasó relativamente inadvertida en un mundo que, apenas un mes antes, había estado al borde de la guerra nuclear durante la crisis de los misiles de Cuba, confirmando trágicamente todas sus advertencias.

La historia de Bohr durante la SGM ilustra una tensión que sigue vigente: la responsabilidad del científico frente a las consecuencias de sus descubrimientos. Bohr no inventó la bomba atómica, pero contribuyó a hacerla posible. Y dedicó el resto de su vida a intentar que la humanidad no se destruyera con ella. Su fracaso diplomático con Churchill y su éxito en el rescate de los judíos daneses representan las dos caras de su legado: la impotencia del individuo frente a la maquinaria política y el poder transformador de la acción personal en momentos decisivos.

Su instituto de Copenhague, rebautizado como Instituto Niels Bohr tras su muerte, sigue siendo uno de los centros de investigación en física más importantes del mundo. En sus pasillos se recuerda no solo al genio que revolucionó la comprensión del átomo, sino al hombre que arriesgó su vida por salvar a otros y que luchó hasta el final por un mundo donde la ciencia sirviera a la paz y no a la destrucción.