Leo Szilard fue el físico que cambió el curso de la historia dos veces: primero al concebir la idea de la reacción nuclear en cadena y luego al liderar el esfuerzo para evitar que la bomba que había ayudado a crear fuera lanzada sobre ciudades japonesas. Refugiado húngaro, visionario incansable y agitador nato, Szilard fue la chispa que encendió el Proyecto Manhattan y también la voz más insistente en advertir sobre sus consecuencias. Su vida es la historia de un hombre que vio el futuro antes que nadie y pasó el resto de sus días intentando evitarlo.

Orígenes en Budapest
Leo Szilard nació el 11 de febrero de 1898 en Budapest, entonces parte del Imperio austrohúngaro, en una familia judía de clase media. Su padre era ingeniero civil y su madre provenía de una familia acomodada. Desde la infancia, Szilard mostró una curiosidad voraz y una capacidad intelectual fuera de lo común. Estudió ingeniería en Budapest antes de trasladarse a Berlín en 1920, atraído por el extraordinario ambiente científico de la República de Weimar.
En Berlín, Szilard estudió física con Albert Einstein y Max Planck, dos de los mayores científicos de la historia. Einstein quedó impresionado por el joven húngaro, y ambos colaboraron en el diseño de un refrigerador sin partes móviles que patentaron juntos. Pero fue la capacidad de Szilard para anticipar el futuro lo que lo distinguía: cuando Hitler llegó al poder en enero de 1933, Szilard ya tenía las maletas hechas. Abandonó Alemania el mismo día que los nazis comenzaron a perseguir a los judíos, meses antes de que la mayoría de sus colegas comprendiera la gravedad de la situación.
La revelación en un semáforo de Londres
En septiembre de 1933, Szilard vivía como refugiado en Londres cuando leyó un artículo en el que el físico Ernest Rutherford descartaba la posibilidad de liberar energía del átomo como «pura fantasía». Irritado por esa afirmación, Szilard salió a caminar por Southampton Row. Según su propio relato, mientras esperaba en un semáforo cerca del Hotel Imperial, la idea le golpeó como un relámpago: si se encontraba un elemento que, al ser bombardeado con un neutrón, liberara dos neutrones, se produciría una reacción en cadena capaz de liberar cantidades enormes de energía.
Era 1933, seis años antes de que la fisión nuclear fuera descubierta experimentalmente. Szilard había concebido en abstracto el principio que haría posible tanto la energía nuclear como la bomba atómica. Inmediatamente patentó la idea —quizás la patente más extraordinaria de la historia— y la mantuvo en secreto, asignándola al Almirantazgo británico para evitar que cayera en manos de los nazis.
La carta a Roosevelt
En enero de 1939, los físicos Otto Hahn y Fritz Strassmann demostraron experimentalmente la fisión del uranio en Berlín. Szilard comprendió al instante las implicaciones: la reacción en cadena que había imaginado seis años antes era ahora físicamente posible. Y si él lo entendía, los científicos alemanes también lo harían.
Szilard, que se había trasladado a Estados Unidos, se lanzó a una campaña frenética para alertar al gobierno estadounidense. Convenció a Enrico Fermi de colaborar en experimentos con neutrones en la Universidad de Columbia y, cuando los canales oficiales resultaron infructuosos, recurrió a la carta más famosa de la historia de la ciencia.
Szilard redactó una carta dirigida al presidente Roosevelt y convenció a Einstein de firmarla. La carta, fechada el 2 de agosto de 1939 —un mes antes de que estallara la guerra en Europa—, advertía de la posibilidad de construir «bombas de un tipo nuevo y extremadamente poderoso» y urgía al gobierno a iniciar un programa de investigación. Roosevelt la leyó en octubre de 1939 y respondió creando el Comité del Uranio, el germen de lo que se convertiría en el Proyecto Manhattan.
El Proyecto Manhattan
Szilard fue uno de los científicos fundacionales del programa nuclear estadounidense. En diciembre de 1942, junto a Fermi, logró la primera reacción nuclear en cadena sostenida en el reactor Chicago Pile-1, construido bajo las gradas del estadio de la Universidad de Chicago. El momento que había imaginado en un semáforo londinense nueve años antes se había hecho realidad.
Sin embargo, la relación de Szilard con el Proyecto Manhattan fue turbulenta. Chocó constantemente con el general Leslie Groves, el director militar del proyecto, que lo consideraba un riesgo de seguridad por su tendencia a hablar libremente y a cuestionar la autoridad. Groves llegó a ordenar su vigilancia por parte del FBI y en un momento consideró seriamente internarlo como enemigo extranjero. Szilard, por su parte, consideraba a Groves un burócrata estrecho de miras que no comprendía las implicaciones de lo que estaban construyendo.
A pesar de las tensiones, las contribuciones de Szilard al proyecto fueron fundamentales. Diseñó aspectos clave del reactor de grafito-uranio que producía el plutonio necesario para la bomba atómica . Sin su trabajo teórico y experimental, el calendario del Proyecto Manhattan habría sido significativamente más largo.
La petición contra el uso de la bomba
A medida que la derrota de Alemania se hacía evidente en la primavera de 1945, Szilard comenzó a cuestionar el propósito original del proyecto. La bomba se había concebido como un seguro contra la posibilidad de que los nazis la desarrollaran primero. Con Alemania derrotada, ¿era necesario usarla contra Japón?
En junio de 1945, Szilard redactó el Informe Franck, junto con otros científicos del laboratorio de Chicago, proponiendo una demostración de la bomba ante observadores internacionales en lugar de su uso directo contra ciudades. Cuando este informe fue ignorado, Szilard preparó una petición directa al presidente Truman, firmada por 70 científicos, solicitando que Japón recibiera una advertencia y la oportunidad de rendirse antes de que se usara la bomba.
La petición nunca llegó a Truman a tiempo. El general Groves se aseguró de que fuera enterrada en los canales burocráticos. El 6 de agosto de 1945, la bomba cayó sobre Hiroshima. Szilard se sintió responsable por el resto de su vida.
El activista por la paz
Después de la guerra, Szilard abandonó la física nuclear y se reinventó como activista por el control de armamentos y, posteriormente, como biólogo molecular. Fue uno de los fundadores del movimiento de científicos contra las armas nucleares y dedicó años a promover el desarme y la cooperación internacional.
En 1962, participó activamente en la resolución de la crisis de los misiles de Cuba, utilizando sus contactos con científicos soviéticos para establecer canales de comunicación informales entre Washington y Moscú. Su capacidad para pensar más allá de las fronteras nacionales, que lo había convertido en un visionario en los años treinta, lo convirtió en un mediador valioso durante los momentos más peligrosos de la Guerra Fría.
Leo Szilard falleció el 30 de mayo de 1964 en La Jolla, California, a los 66 años. Su legado es profundamente paradójico: fue el hombre que hizo posible la bomba atómica y el que luchó con más ahínco por evitar que se usara. En un mundo que vivía bajo la sombra del hongo nuclear, Szilard representó la conciencia científica en su forma más aguda: la del creador que comprende, quizás demasiado tarde, las consecuencias de su creación.