Fritz Haber encarna una de las paradojas más perturbadoras de la ciencia moderna. Ganador del Premio Nobel de Química en 1918 por sintetizar amoníaco a partir del nitrógeno atmosférico, un logro que permitió alimentar a millones de personas, fue también el arquitecto de la guerra química moderna. Su trabajo con pesticidas a base de cianuro sentó las bases para el desarrollo del Zyklon B, el gas que las SS utilizaron en las cámaras de gas de Auschwitz y otros campos de exterminio durante el Holocausto. La ironía suprema: Haber era judío, y varios de sus familiares murieron en esas mismas cámaras.

Los primeros años y la síntesis del amoníaco
Fritz Haber nació el 9 de diciembre de 1868 en Breslau, Prusia (hoy Wrocław, Polonia), en el seno de una familia judía acomodada. Su madre murió pocas semanas después del parto, lo que marcó una infancia difícil. Su padre, Siegfried, era un próspero comerciante de productos químicos que esperaba que su hijo continuara el negocio familiar. Pero Fritz tenía vocación académica.
Tras estudiar química en varias universidades alemanas, Haber comenzó a trabajar en la Universidad Técnica de Karlsruhe, donde realizaría su mayor contribución a la humanidad. Entre 1904 y 1909, logró lo que muchos consideraban imposible: fijar el nitrógeno del aire para producir amoníaco sintético. Este proceso, conocido como síntesis de Haber-Bosch tras su industrialización por Carl Bosch en la empresa BASF, revolucionó la agricultura mundial.
Antes de este descubrimiento, la producción de fertilizantes dependía de fuentes naturales limitadas como el guano y el salitre chileno. La síntesis del amoníaco permitió fabricar fertilizantes nitrogenados a escala industrial, lo que multiplicó la producción de alimentos en todo el planeta. Se estima que casi la mitad de la población mundial actual existe gracias a los fertilizantes derivados del proceso Haber-Bosch. Por este logro, Haber recibió el Premio Nobel de Química en 1918, aunque la ceremonia no se celebró hasta 1920 debido a la Primera Guerra Mundial.
Sin embargo, el mismo proceso tenía una cara oscura: también permitía fabricar explosivos de nitrato a escala industrial, liberando a Alemania de su dependencia del salitre importado. Sin la síntesis de Haber, el esfuerzo bélico alemán en la Primera Guerra Mundial habría colapsado mucho antes por falta de municiones.
El padre de la guerra química
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, Fritz Haber se volcó con entusiasmo patriótico al servicio del Imperio alemán. Aunque era judío, se sentía profundamente alemán y veía en la guerra una oportunidad para demostrar su lealtad a la nación. Su brillantez científica encontró un cauce siniestro: propuso usar gas cloro como arma en el frente occidental.
Haber dirigió personalmente el primer ataque con gas cloro de la historia, en la segunda batalla de Ypres el 22 de abril de 1915. Unas 168 toneladas de cloro fueron liberadas contra las trincheras aliadas, causando miles de bajas entre soldados franceses y argelinos. El gas, más pesado que el aire, se hundía en las trincheras y provocaba una muerte atroz por asfixia y quemaduras en los pulmones.
Haber justificó el uso de armas químicas con un argumento utilitario que se conocería como la «doctrina Haber»: sostenía que el gas acortaría la guerra y, por tanto, salvaría vidas a largo plazo. La historia demostró lo contrario. Los aliados respondieron desarrollando sus propios agentes químicos, y la guerra se prolongó tres años más, ahora con un horror añadido. Haber siguió perfeccionando armas más letales, incluyendo el gas mostaza y el fosgeno.
La implicación de Haber en la guerra química tuvo un coste personal devastador. Su primera esposa, Clara Immerwahr, también química, se oponía frontalmente al trabajo de su marido. El 2 de mayo de 1915, apenas diez días después del ataque de Ypres, Clara se suicidó con la pistola de servicio de Fritz en el jardín de su casa de Berlín. Su hijo Hermann, de trece años, la encontró agonizando. A la mañana siguiente, Haber partió hacia el frente oriental para supervisar nuevos ataques con gas. La tragedia no le detuvo.
Del pesticida al veneno: la génesis del Zyklon
Tras la derrota de Alemania en 1918 y la firma del Tratado de Versalles, que prohibía el desarrollo de armas químicas, Haber reorientó parcialmente su trabajo. Como director del Instituto Kaiser Wilhelm de Química Física y Electroquímica en Berlín, emprendió un proyecto quijotesco para extraer oro del agua de mar con el fin de pagar las reparaciones de guerra impuestas a Alemania. El proyecto fracasó cuando quedó claro que las concentraciones de oro eran demasiado bajas.
Sin embargo, otro proyecto de la posguerra tendría consecuencias mucho más terribles. El equipo de Haber desarrolló un pesticida a base de ácido cianhídrico (cianuro de hidrógeno) para fumigar almacenes de grano y desinfectar instalaciones. El producto, comercializado por la empresa Degesch, recibió el nombre de Zyklon A. Contenía un indicador olfativo para advertir de su presencia, ya que el cianuro de hidrógeno puro es casi inodoro en concentraciones bajas.
El trabajo de Haber en este campo estaba motivado por preocupaciones legítimas: las plagas de insectos destruían cosechas y propagaban enfermedades como el tifus. La fumigación con cianuro salvó miles de vidas en los años veinte. Pero la tecnología que desarrolló no desapareció cuando él abandonó el proyecto.
El exilio del patriota judío
El ascenso de Adolf Hitler al poder en enero de 1933 destruyó el mundo de Fritz Haber. Las leyes raciales nazis exigían la expulsión de todos los funcionarios judíos de sus puestos. Haber, que había servido a Alemania con devoción fanática, que había renunciado al judaísmo para convertirse al protestantismo, que había diseñado las armas químicas que asfixiaron a los enemigos de su patria, recibió la orden de despedir a todos los investigadores judíos de su instituto.
En un acto de dignidad tardía, Haber se negó. El 30 de abril de 1933 presentó su dimisión, escribiendo que no podía despedir a sus colaboradores por su origen étnico cuando él mismo lo compartía. El ascenso del fascismo en Europa había convertido en paria al hombre que más había hecho por el esfuerzo bélico alemán.
Haber abandonó Alemania enfermo y destrozado. Pasó brevemente por Inglaterra, donde fue recibido con frialdad por la comunidad científica que no olvidaba su papel en la guerra química. Chaim Weizmann, futuro presidente de Israel, le ofreció un puesto en el Instituto de Investigación Daniel Sieff en Palestina (actual Instituto Weizmann). Haber aceptó, pero nunca llegó a ocuparlo.
El 29 de enero de 1934, Fritz Haber murió de un infarto en un hotel de Basilea, Suiza, mientras viajaba hacia Palestina. Tenía 65 años. Murió como un hombre roto: rechazado por la Alemania a la que había entregado todo, rechazado por los aliados a quienes había gaseado, y sin sospechar el destino que esperaba a su legado científico.
El Zyklon B y las cámaras de gas
Tras la marcha de Haber, sus antiguos colaboradores y la industria química alemana continuaron perfeccionando el pesticida de cianuro. En 1922, la fórmula había sido modificada para crear una versión más potente: el Zyklon B. La diferencia crucial respecto al Zyklon A era que se le podía retirar el indicador olfativo, convirtiendo el gas en un asesino invisible e indetectable.
Durante los años treinta, el Zyklon B se usó ampliamente como desinfectante en cuarteles, barcos y edificios públicos. Pero a partir de 1941, las SS descubrieron su potencial genocida. Las primeras pruebas con prisioneros se realizaron en el campo de concentración de Auschwitz en septiembre de 1941, cuando el comandante Rudolf Höss ordenó gasear a 600 prisioneros de guerra soviéticos y 250 presos enfermos en el sótano del bloque 11.
El resultado convenció a los arquitectos de la Solución Final de que habían encontrado su método de exterminio industrial. Las cámaras de gas de Auschwitz-Birkenau, Majdanek, Stutthof y otros campos fueron equipadas con el Zyklon B. Se estima que más de un millón de personas fueron asesinadas con este gas, la inmensa mayoría judíos.
La empresa Degesch, que fabricaba el Zyklon B, y su distribuidora Tesch & Stabenow suministraron toneladas del producto a las SS. Tras la guerra, Bruno Tesch y Karl Weinbacher, directivos de Tesch & Stabenow, fueron condenados a muerte y ejecutados por un tribunal militar británico. Los directivos de Degesch recibieron penas menores.
La familia de Haber no escapó al horror. Varios de sus parientes, incluidos sobrinos y primos, murieron en los campos de exterminio, posiblemente gaseados con el producto que derivaba de la investigación del propio Haber. Su hijo Hermann, traumatizado por el suicidio de su madre y la sombra de su padre, emigró a Estados Unidos pero nunca superó el peso de su apellido. Se suicidó en 1946.
El dilema moral de Haber y la ciencia sin ética
La historia de Fritz Haber plantea preguntas incómodas sobre la responsabilidad moral del científico. ¿Es culpable un inventor de los usos que otros dan a sus descubrimientos? En el caso de Haber, la respuesta no es sencilla. Él no diseñó el Zyklon B como arma de exterminio, sino como pesticida. Pero sí diseñó deliberadamente armas químicas para matar soldados en las trincheras, sabiendo exactamente el sufrimiento que causarían.
Haber representa un tipo particular de científico que el siglo XX produjo en abundancia: brillante, patriótico hasta la ceguera, y convencido de que la ciencia está al servicio de la nación, no de la humanidad. Su contemporáneo Albert Einstein, que le conocía personalmente, se negó a participar en cualquier proyecto bélico directo y criticó duramente la militarización de la ciencia. Haber eligió el camino opuesto.
El régimen nazi llevó la lógica de Haber a su conclusión extrema. Si la ciencia podía ponerse al servicio de la guerra, también podía ponerse al servicio del genocidio. El programa Aktion T4 de eutanasia forzada utilizó monóxido de carbono y luego Zyklon B para asesinar a personas con discapacidad, estableciendo los métodos que después se aplicarían a escala industrial en el Holocausto.
La conexión entre la crisis económica y el rearme alemán también debe entenderse en este contexto: la industria química que Haber ayudó a crear fue una pieza clave del complejo militar-industrial del Tercer Reich. IG Farben, el gigante químico que absorbió a BASF y producía el Zyklon B, utilizó mano de obra esclava de los campos de concentración y fue cómplice directo del Holocausto.
El legado ambivalente
Fritz Haber murió antes de que el nacionalsocialismo mostrara su verdadero rostro. No vivió para ver Auschwitz, ni para saber que su investigación con pesticidas se convertiría en el instrumento del mayor genocidio de la historia. Pero sí vivió para experimentar el rechazo de la nación a la que había sacrificado su conciencia, su familia y su reputación.
En Alemania, su recuerdo sigue siendo incómodo. El Instituto Fritz Haber de la Sociedad Max Planck, heredero del centro que él dirigió, conserva su nombre tras un largo debate. Los defensores argumentan que su contribución a la alimentación mundial es innegable; los críticos señalan que fue el padre de la guerra química y que su trabajo, por vías indirectas pero claras, facilitó el Holocausto.
El proceso Haber-Bosch sigue alimentando al mundo. Los fertilizantes nitrogenados producen casi la mitad de los alimentos que consume la humanidad. Al mismo tiempo, la producción industrial de amoníaco contribuye significativamente a las emisiones de gases de efecto invernadero y a la contaminación por nitratos.
Fritz Haber quiso ser recordado como un patriota alemán y un gran científico. En cambio, su nombre ha quedado asociado para siempre al gas venenoso: al cloro de Ypres y al Zyklon de Auschwitz. Su vida ilustra como pocas la capacidad de la ciencia para crear y destruir con la misma ecuación, y la tragedia de un hombre que creyó que servir a su nación significaba abandonar toda moral. La historia le concedió una ironía final: la nación a la que sirvió le expulsó por ser judío, y el gas que ayudó a desarrollar mató a los suyos.