Albert Einstein es, sin duda, el científico más célebre del siglo XX. Su nombre evoca la teoría de la relatividad, la ecuación E=mc² y una imagen icónica de genialidad despeinada. Sin embargo, su papel durante la Segunda Guerra Mundial fue mucho más complejo y contradictorio de lo que suele recordarse. Einstein no fabricó bombas ni trabajó en laboratorios secretos, pero una sola carta con su firma cambió el curso de la historia: la que envió al presidente Franklin D. Roosevelt en agosto de 1939, advirtiendo sobre el potencial destructivo de la fisión nuclear y la posibilidad de que la Alemania nazi desarrollara un arma atómica.

Un judío en la Alemania nazi
Albert Einstein nació en Ulm (Alemania) en 1879 y desarrolló gran parte de su carrera científica en universidades alemanas y suizas. En 1921 recibió el Premio Nobel de Física y se convirtió en una figura pública de alcance mundial. Pero su condición de judío y su posición política liberal lo situaron en el punto de mira del ascenso del fascismo en Europa .
Cuando Adolf Hitler llegó al poder en enero de 1933, Einstein se encontraba de visita en Estados Unidos. Nunca regresó a Alemania. El régimen nazi confiscó sus propiedades, revocó su ciudadanía alemana y puso precio a su cabeza. Sus obras fueron quemadas públicamente y la propaganda del Tercer Reich lo convirtió en el símbolo de lo que llamaban despectivamente "física judía", contraponiéndola a una supuesta "física aria" promovida por científicos afines al régimen como Philipp Lenard y Johannes Stark.
Einstein se instaló en Princeton, Nueva Jersey, donde aceptó un puesto permanente en el Instituto de Estudios Avanzados. Allí trabajaría el resto de su vida, rodeado de una comunidad creciente de científicos europeos exiliados que habían huido de la persecución nazi. Su caso no fue único: la fuga de cerebros provocada por las políticas raciales del Tercer Reich debilitó enormemente la ciencia alemana y, paradójicamente, fortaleció la de los países aliados.
Durante estos años de exilio, Einstein no se limitó a la investigación. Utilizó su enorme prestigio para ayudar a refugiados judíos, firmando cartas de recomendación y presionando a las autoridades estadounidenses para facilitar visados. Se estima que sus gestiones personales contribuyeron a salvar la vida de cientos de personas que de otro modo habrían quedado atrapadas en la Europa ocupada.
La carta a Roosevelt: el documento que lo cambió todo
En el verano de 1939, la comunidad científica internacional vivía un momento de agitación. En diciembre de 1938, los químicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann habían logrado la fisión del uranio, un descubrimiento cuyas implicaciones militares resultaban evidentes para los físicos de la época. Si era posible provocar una reacción en cadena, se podría liberar una cantidad de energía sin precedentes: suficiente para construir una bomba de un poder destructivo inimaginable.
El físico húngaro Leó Szilárd , también exiliado en Estados Unidos, fue uno de los primeros en comprender la amenaza. Szilárd sabía que Alemania había prohibido la exportación de uranio procedente de las minas checoslovacas que acababa de conquistar, lo que sugería que los nazis estaban interesados en el potencial militar del átomo. Desesperado por alertar al gobierno estadounidense, Szilárd recurrió a la única persona cuyo nombre podía abrir las puertas de la Casa Blanca: Albert Einstein.
El 2 de agosto de 1939, apenas un mes antes de que estallara la guerra en Europa, Einstein firmó una carta dirigida a Roosevelt. El texto, redactado principalmente por Szilárd con aportaciones del también húngaro Edward Teller, advertía de que recientes investigaciones hacían posible la construcción de "bombas de un nuevo tipo, extremadamente potentes" y recomendaba que Estados Unidos acelerara sus propias investigaciones sobre la fisión nuclear. La carta mencionaba específicamente la necesidad de asegurar el suministro de uranio y de establecer una comunicación permanente entre el gobierno y los físicos que trabajaban en reacciones en cadena.
Roosevelt recibió la carta en octubre de 1939, cuando la guerra ya había comenzado en Europa. Su respuesta fue la creación del Comité Asesor sobre Uranio, un organismo modesto que con el tiempo se transformaría en el gigantesco Proyecto Manhattan , el programa secreto que desarrolló las primeras armas nucleares de la historia.
Einstein firmó una segunda carta a Roosevelt en marzo de 1940, insistiendo en la urgencia del asunto. Sin embargo, su participación directa terminó ahí. Las autoridades militares estadounidenses, desconfiando de sus simpatías izquierdistas y pacifistas, le negaron la autorización de seguridad necesaria para trabajar en proyectos clasificados. El FBI, bajo la dirección de J. Edgar Hoover, mantuvo un expediente de más de 1.400 páginas sobre Einstein, vigilando sus actividades y asociaciones políticas durante décadas.
El Proyecto Manhattan sin Einstein
Resulta una de las grandes ironías de la historia: el científico cuya ecuación E=mc² fundamentaba teóricamente la posibilidad de la bomba atómica, y cuya carta había puesto en marcha el programa para construirla, quedó completamente excluido del proyecto.
El Proyecto Manhattan fue dirigido por el general Leslie Groves en lo militar y por J. Robert Oppenheimer en lo científico. Oppenheimer reunió en Los Álamos, Nuevo México, a un equipo extraordinario de físicos, entre ellos Enrico Fermi, Niels Bohr, Richard Feynman y el propio Szilárd. Pero Einstein no fue invitado. Más allá de las sospechas sobre su lealtad política, lo cierto es que la física nuclear aplicada no era su especialidad. Einstein era un teórico puro, y el desarrollo de la bomba requería física experimental e ingeniería a gran escala.
Mientras en Los Álamos se trabajaba contra reloj para construir la bomba antes de que lo hiciera Alemania, Einstein continuó su vida académica en Princeton, ajeno a los detalles del proyecto que había contribuido a poner en marcha. Se dedicó a la enseñanza, a su infructuosa búsqueda de una teoría del campo unificado y a colaboraciones menores con la Armada estadounidense en cuestiones de balística.
La ironía se volvió aún más amarga cuando, tras la rendición de Alemania en mayo de 1945, quedó claro que el programa nuclear nazi había sido un fracaso. Los científicos alemanes, liderados por Werner Heisenberg, no habían estado ni remotamente cerca de construir una bomba. La amenaza que había motivado la carta de Einstein y la creación del Proyecto Manhattan resultó ser mucho menor de lo temido.
Hiroshima, Nagasaki y el peso de la culpa
El 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó la bomba atómica "Little Boy" sobre Hiroshima . Tres días después, "Fat Man" devastó Nagasaki. Entre ambos ataques murieron más de 200.000 personas, la mayoría civiles. La era nuclear había comenzado.
Según la versión más extendida, cuando Einstein se enteró de la noticia por la radio exclamó: "¡Ay de mí!" (Oy vey en yiddish). Aunque la autenticidad exacta de la frase es discutida, lo que no se discute es la profunda conmoción que le causó la noticia. En una entrevista posterior con la revista Newsweek, Einstein declaró que si hubiera sabido que los alemanes no iban a desarrollar la bomba, "no habría movido un dedo" para impulsar el proyecto.
Esta afirmación condensa el dilema moral que persiguió a Einstein durante la última década de su vida. La carta a Roosevelt había sido un acto de responsabilidad ante una amenaza que consideraba real y urgente. Pero el resultado de aquella carta, las bombas sobre ciudades japonesas pobladas de civiles, le resultaba insoportable. Einstein distinguía claramente entre alertar sobre un peligro y aprobar el uso de un arma de destrucción masiva contra población civil.
En los meses posteriores a Hiroshima, Einstein se convirtió en uno de los críticos más prominentes de las armas nucleares. En noviembre de 1945 declaró públicamente que la liberación de la energía atómica había cambiado todo "excepto nuestra manera de pensar", y que la humanidad se encaminaba hacia una catástrofe sin precedentes si no era capaz de adaptarse a la nueva realidad.
El activismo pacifista de posguerra
Tras la guerra, Einstein dedicó buena parte de su energía al activismo contra la proliferación nuclear. Fue presidente del Comité de Emergencia de Científicos Atómicos, fundado en 1946 junto a Szilárd y otros físicos preocupados por las consecuencias de su propia creación. El comité abogaba por el control internacional de la energía atómica y por la educación pública sobre los peligros nucleares.
Einstein propuso repetidamente la creación de un gobierno mundial que supervisara los arsenales nucleares, convencido de que la soberanía nacional ilimitada era incompatible con la supervivencia en la era atómica. Esta posición, considerada radical incluso por muchos de sus aliados, le valió aún más sospechas del establishment estadounidense durante los primeros años de la Guerra Fría.
En 1952, cuando le ofrecieron la presidencia del recién creado Estado de Israel, Einstein declinó cortésmente, argumentando que carecía de la aptitud natural para tratar con personas y desempeñar funciones oficiales. Prefirió seguir dedicando sus últimos años a la ciencia y al activismo pacifista desde Princeton.
El último gran acto público de Einstein fue firmar el Manifiesto Russell-Einstein el 9 de abril de 1955, apenas una semana antes de su muerte. Redactado por el filósofo Bertrand Russell y firmado por once científicos prominentes, incluidos varios premios Nobel, el documento hacía un llamamiento urgente a los líderes mundiales para buscar soluciones pacíficas a los conflictos internacionales y renunciar a la guerra nuclear. El manifiesto advertía con claridad escalofriante: "Estamos ante ustedes, no como miembros de esta o aquella nación, continente o credo, sino como seres humanos, miembros de la especie humana, cuya continuidad está en duda".
Einstein murió el 18 de abril de 1955 en Princeton, a los 76 años.
El legado de Einstein en el contexto de la SGM
La relación de Einstein con la SGM ilustra una de las paradojas más profundas de la ciencia moderna: el conocimiento que puede salvar también puede destruir. Einstein no construyó la bomba atómica, pero puso en marcha la cadena de decisiones que llevó a su creación. No aprobó su uso contra civiles, pero su carta proporcionó la justificación científica que Roosevelt necesitaba para invertir miles de millones de dólares en el Proyecto Manhattan.
A diferencia de otros científicos involucrados en la bomba, como Wernher von Braun , cuya relación con el régimen nazi fue directa y problemática, la posición moral de Einstein fue consistente: actuó por miedo a que los nazis obtuvieran la bomba primero, y cuando ese miedo se demostró infundado, dedicó el resto de su vida a intentar deshacer lo que había ayudado a crear.
Su caso plantea preguntas que siguen sin respuesta satisfactoria: ¿tiene un científico responsabilidad sobre el uso que se da a sus descubrimientos? ¿Puede una acción éticamente justificada en su momento, como alertar sobre una amenaza existencial, convertirse en éticamente cuestionable cuando cambian las circunstancias? Einstein no encontró respuestas definitivas a estas preguntas, pero tuvo la honestidad intelectual de formularlas en público y de asumir su parte de responsabilidad.
La carta a Roosevelt sigue siendo uno de los documentos más significativos del siglo XX. Con apenas dos páginas mecanografiadas, alteró el equilibrio de poder mundial, inauguró la era nuclear y condenó a su firmante a un remordimiento que le acompañó hasta la tumba. Einstein, el genio que soñaba con entender el universo, descubrió demasiado tarde que entender la naturaleza humana era un desafío aún mayor.