Amadeo II de Saboya-Aosta

Amadeo Humberto Isabela Luis Felipe María José Juan de Saboya, conocido nobiliaramente como Amadeo II de Saboya-Aosta, nació el 21 de octubre de 1898 en Turín.

Sus padres, que se habían casado tres años antes, eran Emanuele Filiberto di Savoia, duque de Aosta (hijo de Amadeo, rey de España entre 1871 y 1873, y de Maria Vittoria Dal Pozzo della Cisterna) y Elena d’Orléans (hija de Louis-Philippe-Albert d’Orléans, conde de París y heredero del trono francés entre 1842 y 1848, y de su prima, María Isabel d’Orléans, infanta de España).

Como hijo mayor de una rama cadete (los Saboya-Aosta) de la familia reinante en Italia, Amadeus sólo habría tenido un papel dinástico propio si la rama principal (los Saboya-Carignano) se hubiera visto privada (como ocurrió a finales del siglo XIX y del XX) de un heredero varón al trono.

Sin embargo, cualquier posible especulación en este sentido se acabó con el nacimiento, en septiembre de 1904, de Umberto di Savoia (el futuro Umberto II, el “Rey de Mayo”). Al año siguiente, la familia Aosta de Emanuele Filiberto se trasladó a Nápoles, lejos de Turín y Roma, cuna de la tradición saboyana y centro político de la nación.

De niño, Amadeo creció en un ambiente menos rígido y asfixiante que el de la corte de los Saboya, y más abierto culturalmente, gracias al perfil internacional de su madre. Destacaba por su carácter despreocupado, dinámico si no inquieto, poco respetuoso con las rígidas normas de su clase.

Tal vez también por esta razón, en 1907, a los nueve años, fue enviado a un internado en Londres, St. Andrew’s, donde aprendió a obedecer, pero también logró formar una personalidad independiente. También aprendió a hablar inglés con fluidez, lo cual era inusual en aquella época no sólo en los círculos de la corte de Saboya, sino más generalmente en la clase dirigente italiana.

Una educación militar era normal para un príncipe de la casa reinante de la época, aunque fuera de una rama cadete, así que, una vez de vuelta en Italia, en 1913 Amadeo (que en aquel momento, como heredero del ducado de Aosta, tenía el título de duque de Apulia) se matriculó en la escuela militar Nunziatella de Nápoles. Por tradición, si el hijo del rey servía en la infantería, el hijo mayor de la familia Aosta estaba destinado a la artillería.

El 24 de mayo de 1915 Italia entró en la guerra. El 2 de junio, Amadeo, que aún no había cumplido los 17 años, solicitó el alistamiento como soldado voluntario; fue asignado al regimiento de artillería a caballo (llamado “voloire”, “volador” en dialecto piamontés), y cuatro días después ya estaba en la zona de guerra.

Durante dos años y medio estuvo en el frente, en la meseta del Karst (montes Santo, Sabotino, Vodice, Hermada) y en la meseta de Asiago, generalmente más tranquila (Val d’Astico, Monte Cengio).

Finalmente, tras la derrota de Caporetto en octubre-noviembre de 1917, fue trasladado a una zona más segura, al mando de la artillería del XXVII cuerpo de ejército, que estaba en la retaguardia.

En el transcurso del conflicto, Amadeo ascendió rápidamente en el escalafón: en 1915 pasó de soldado voluntario a cabo (agosto), luego a aspirante a oficial (octubre), y finalmente a subteniente en servicio permanente “por méritos de guerra” (diciembre).

En 1916 fue nombrado capitán, también “por méritos de guerra”. Obtuvo una medalla de bronce y otra de plata. Pero sobre todo, cuando estaba en el frente, llamaba la atención su tendencia a quedarse con sus hombres del 34º Regimiento de Artillería de Campaña, a comer con ellos, a compartir con ellos las penurias de la vida en las trincheras, y no sólo a mandar.

Era una actitud inusual para un oficial italiano de la época, y aún más para un miembro de la casa gobernante. Todo esto empezó a crear un aura de leyenda a su alrededor.

Amadeo no abandonó el teatro de operaciones hasta el 6 de septiembre de 1919, cuando la lucha había terminado hacía casi un año, y fue de los últimos en ser desmovilizados.

Ésta fue sólo la primera de las razones que le alejaron del ardiente clima de la posguerra. Su temperamento inquieto, alejado de los placeres mundanos y poco aficionado a la pompa real, no le permitía permanecer quieto mucho tiempo.

Fascinado durante algún tiempo por las historias de su tío Luigi (Duque de los Abruzos, pero sobre todo explorador africano y empresario colonial), le acompañó en un largo viaje a Somalia en otoño de 1919. En esa colonia, y más generalmente en África, Amadeo vio una posibilidad exótica de vida y una frontera de libertad (blanca) lejos de las formalidades europeas y de los dramas de la guerra.

Regresó a Italia en octubre de 1920; con casi veintidós años, aunque con diferentes experiencias a sus espaldas (que le marcarían de por vida), aún no había obtenido el certificado de estudios.

Para ello, se dirigió a Palermo, donde obtuvo el título de bachillerato en 1921. A continuación, continuó sus estudios militares en la academia militar de Turín, ciudad que le encantaba y desde la que pudo practicar algunas de sus pasiones, como el alpinismo, escalando, por ejemplo, el Cervino y la Becca di Grain.

Luego desapareció durante más de un año, desde octubre de 1921 hasta enero de 1923. Entonces se descubrió que había permanecido en el Congo Belga con una identidad falsa (la de Amadeo della Cisterna, por el apellido de su abuela paterna) y como simple trabajador en una empresa propiedad de un empresario inglés, conocido de su madre. Fue, tras los combates en el frente y el viaje a Somalia, una nueva experiencia formativa para Amadeo, ciertamente muy inusual para un príncipe europeo.

Al volver de nuevo a Italia, se matriculó en la Facultad de Derecho de Palermo y se graduó, con bastante rapidez, con una tesis sobre el derecho colonial, I concetti informatori dei rapporti giuridici fra gli Stati moderni e le popolazioni indigene delle loro colonie.

En su disertación, presentada el 4 de diciembre de 1924, esperaba la creación de “una solidaridad de vida y de trabajo, una intensificación de la cooperación y de la mutualidad entre los elementos sociales” y que la obra de colonización diera lugar a “un órgano de progreso, educando a los nativos a necesidades cada vez más elevadas”, declarándose a favor de “la negación del sometimiento de los nativos y de la explotación egoísta de su territorio”.

Entre octubre de 1925 y enero de 1931, Amadeo participó, con el grado de teniente coronel, en la fase final de las operaciones de “reconquista” de Libia por parte de las tropas italianas (en octubre de 1912, cuando después de la guerra contra Turquía el Tratado de Lausana había asignado el país a Italia, sólo se ocupó realmente una parte del país).

En esos años, Amadeo alternaba los semestres en el teatro de operaciones y (a partir de abril de 1926) los semestres en la Escuela de Guerra de Turín (entretanto había pasado de la artillería a la infantería), para completar sus estudios militares, indispensables para seguir avanzando en su carrera.

En Libia fue destinado a las unidades indígenas “meharistas” (es decir, montadas en dromedarios) y operó entre Buerat el-Hsun, en la Gran Sirte, en Mizda, en el Fezzan, de Zella a Nufilia, de Tagrift a Murzuk, hasta participar en la ocupación del oasis de Cufra (enero de 1931); gracias a estas operaciones se ganó el apodo de “príncipe sahariano”.

Durante estos agitados años, no contento con ser un buen jinete, nadador, esgrimista, alpinista, etc., Amadeo se dedicó también a volar. Si en julio de 1926 ya había obtenido su licencia de piloto, entre 1928 y 1931 se especializó como piloto de varios tipos de aviones militares (Fiat CR.20, 30 y 32, IMAM Ro.1, 37 y 41, Savoia-Marchetti SM.79 y 81, Piaggio P.32, Caproni AP.1 y otros). Artillero, soldado colonial, ahora piloto, Amadeo podría representar en aquellos años el icono de un vitalismo modernista y militar.

Fue durante este periodo de alternancia entre Libia e Italia cuando Amadeo conoció a su prima Ana de Orleans (nacida en 1926), con la que se casó en Nápoles el 5 de noviembre de 1927 y con la que tendría a sus hijas Margherita (1930) y María Cristina (1933).

Mientras tanto, tras ser ascendido a coronel (1928), en marzo de 1929 completó sus estudios en la Escuela de Guerra de Turín, que quiso completar (una vieja pasión suya) con cursos en la Escuela de Guerra Marítima (1929) y en el Instituto de Cultura Aeronáutica Avanzada (1932).

En enero de 1931, cuando la resistencia libia en la región de Cirenaica fue aplastada, el periodo de operaciones de Amadeo en Libia llegó a su fin. Regresó definitivamente a Italia, donde desde el 12 de febrero estaba al mando del 23º Regimiento de Artillería de Campaña, con sede en Trieste, donde debía mantenerse alejado tanto de los Saboya como del régimen. Unos meses más tarde, el 4 de julio, murió su padre, Emanuele Filiberto, y Amadeo heredó el título de duque de Aosta.

En Trieste, Amadeo se instaló con su mujer en el castillo de Miramare, donde residió durante más de seis años, desde abril de 1931 hasta noviembre de 1937. Fueron años de tranquilidad burguesa que, sin embargo, le ayudaron a desarrollar su pasión por el vuelo.

De la infantería pudo pasar al ejército del aire, dirigido entonces por Italo Balbo, que el 2 de mayo de 1932 le dio el mando de un ala de reconocimiento terrestre (la 21ª) y luego de un ala de caza, y en los años siguientes le permitió hacer una carrera muy rápida (general de brigada al mando de la 3ª brigada aerotransportada en 1934, general de división aerotransportada al mando de la 1ª División Águila en Gorizia en 1936, y finalmente, en diciembre de 1937, general de escuadrón aerotransportado).

De este periodo en Trieste, recordamos una visita a Alemania a finales de 1936, durante la cual se reunió con Hermann Goering y Adolf Hitler; cuando Hitler le habló de los programas expansionistas del Reich y del régimen nazi, parece haber respondido ambiguamente que no consideraba el fascismo y el nazismo como bienes de exportación.

Mientras Amadeo volaba, en 1935-36 el régimen fascista había ocupado Etiopía y “refundado” el Imperio. A mediados de 1937, Benito Mussolini llegó a la conclusión de que debía sustituir al general Rodolfo Graziani como gobernador general y virrey de Etiopía. ¿Pero con quién? ¿Quién en Italia podría servir de virrey?

Probablemente en el Ministerio de Colonias surgió la idea de pedir al Duque de Aosta que se pusiera a disposición del puesto. Se pensaba que los distintos candidatos al puesto no podrían oponerse al nombramiento de un miembro de la familia gobernante.

Además, su nombre podría haber convenido a quienes no querían que nada cambiara en Etiopía, ya que se suponía que Amadeus (por su carácter y falta de formación específica) se limitaría a ser un “rey parodia”.

Como escribió uno de sus biógrafos: “¿Cómo le habría ido al duque de Aosta, un buen soldado aunque fuera un joven simpático, pero no un experto en asuntos políticos, y mucho menos administrativos?” (Valori, en Amadeo duca d’Aosta, 1954, p. 59). Amadeo, sorprendentemente, aceptó. Tal vez prevaleciera en él la conocida pasión por África, aunque su absoluta falta de experiencia directiva y administrativa le hiciera objetivamente rehén de la burocracia colonial y del gobierno de Roma.

La propaganda inteligente, que tenía alguna base en la realidad, se dirigió inmediatamente a distinguir el pasado de Graziani del presente de Amadeo, presentado como el epítome del buen padre colonial, solícito defensor de los intereses de sus súbditos indígenas: no hay duda de que muchas de las intenciones del nuevo virrey iban en esta línea, pero su aplicación concreta debe ser cuidadosamente evaluada por el historiador.

En algunos puntos, Amadeo pudo imponerse: por ejemplo, despidiendo definitivamente a Graziani, que habría querido seguir siendo el comandante supremo de las fuerzas armadas de África Oriental. En cambio, en otros puntos no pudo (o no quiso) imponerse.

No pudo hacerlo, por ejemplo, cuando Roma le envió al general Luigi Cavallero, quien, como pudo comprobar Amadeo, tomó a menudo decisiones diferentes a las suyas. En algunos aspectos, Amadeus se vio favorecido por el enorme flujo de financiación que el régimen siguió dirigiendo, por razones de prestigio, hacia la nueva colonia.

Pero era ciertamente difícil pasar de la política de dominación directa y exclusiva de los italianos deseada por Mussolini y Graziani a la política de colaboración paternalista que Amadeo había soñado en su tesis de licenciatura, y que intentó poner en práctica de alguna manera.

En algunos puntos, finalmente, al menos por lo que sabemos hoy, Amadeo simplemente guardó silencio: fue de hecho durante su periodo de gobierno cuando la Italia fascista inauguró la legislación racial colonial, decretada (como sabemos) el año anterior a que el régimen iniciara la legislación antisemita.

En realidad, Amadeo era esencialmente una víctima, aunque participante, de las políticas del régimen que, al aceptar el cargo de virrey, había pensado -quizás generosa e ingenuamente- que podría cambiar.

Habiendo asumido el cargo de gobernador general y virrey de Etiopía el 21 de diciembre de 1937 (cuando el régimen ya estaba formalmente vinculado al Reich en el eje Roma-Berlín desde hacía más de un año), Amadeo observó con creciente preocupación cómo Europa se adentraba en la guerra.

Sucedió exactamente lo que había temido. El 10 de junio de 1940, la Italia fascista entró en la guerra del lado de Hitler; ese mismo día, Amadeo fue incluso nombrado general designado de la Fuerza Aérea.

Tras algunos (engañosos) primeros éxitos locales italianos, África Oriental fue el primer territorio atacado por las fuerzas de la Commonwealth británica, y la primera parcela de suelo “italiano” (colonial) que se perdió, a finales de noviembre de 1941.

En la derrota, Amadeo fue apodado el héroe: “el héroe de Amba Alagi” (el macizo montañoso del norte de Etiopía donde él y sus hombres fueron rodeados por las abrumadoras fuerzas británicas y resistieron durante cuatro semanas en abril-mayo de 1941).

Amadeo había hecho antes otra elección, a su manera heroica pero también trágica y menos conocida. Al parecer, el general Gustavo Pesenti —comandante del sector del río Juba (en la frontera con la colonia británica de Kenia)— pidió en diciembre de 1940 a Amadeo que admitiera la imposibilidad de una victoria militar italiana en África y que propusiera a los británicos una paz por separado que, según él, habría salvado al Imperio —y quizá a Italia— de una guerra.

Amadeo se habría negado: no podía pensar en traicionar a su rey y a Mussolini con una elección que no parecía adecuada para un duque de Aosta. Dicho esto, aunque sabía que no tenía ninguna esperanza de recibir ayuda de Italia, Amadeo, al tomar el mando de las fuerzas armadas de la colonia, tras el mencionado breve periodo de ofensivas limitadas, ordenó la más estricta acción defensiva.

Tras haber vencido a sus tropas en todas partes, ordenó a los pocos hombres que le quedaban que llevaran a cabo una defensa extrema en dos “reductos”, en Gondar y Amba Alagi, en un intento de enfrentarse al mayor número posible de fuerzas enemigas y evitar que fueran llevadas al otro frente africano de la Italia fascista, el situado entre Libia y Egipto.

La victoria británica en África Oriental se daba por descontada, pero se intentó al menos frenarla. Mientras tanto, su ascenso a general del ejército, el 12 de febrero de 1941, le dio pocas satisfacciones.

Amba Alagi no cayó hasta el 18 de mayo de 1941; tras negarse a rendirse varias veces, Amadeo aceptó finalmente, pero sus adversarios le concedieron el honor de las armas (y después de rendirse se negó a huir, en lo que quizá fue un momento de distracción de sus captores), mientras que el Reducto de Gondar, al mando del general Guglielmo Nasi, no cayó hasta noviembre. En ese momento, África Oriental también se perdió formalmente.

Al igual que los soldados de África Oriental y muchos civiles, las puertas de los campos de prisioneros se abrieron para Amadeus. Ahora era un importante rehén en manos del gobierno en Londres, donde algunos incluso empezaron a ilusionarse con que podrían utilizarlo en el futuro como sustituto del rey Víctor Manuel III.

Su encarcelamiento no fue dorado, y Amadeo permaneció —aunque en una pequeña casa propia— en el campo de Donyo Sabouk, en Kenia, junto con otros prisioneros italianos, compartiendo muchos sufrimientos y penurias.

Desgraciadamente, la zona del campamento era palúdica y esto favoreció el resurgimiento en él de esta enfermedad —contraída anteriormente— combinada con el tifus.

Junto con las numerosas privaciones inherentes al cautiverio, creó complicaciones y un súbito empeoramiento del cuadro clínico que, tras una hospitalización que quizá no fue oportuna (y que, en cualquier caso, aunque lo hubiera sido, difícilmente habría podido cambiar el curso general), condujo a la muerte de Amadeo di Savoia, sin haber cumplido los cuarenta y cuatro años, el 3 de marzo de 1942. Fue enterrado en el cementerio militar italiano de Nyeri, Kenia, junto a sus soldados.

La muerte de un príncipe de la casa reinante, incluso de una rama cadete, no era un acontecimiento que se pasara en silencio.

La propaganda del régimen acusaba a Gran Bretaña de barbarie, las publicaciones militares indignaban al “héroe de Amba Alagi”, y los círculos más cercanos a Aosta —y los ambientes más sensibles al mito colonial— dejaban de lado el icono (bélico y exótico) del “príncipe saharaui” para centrarse en el del colonialista moderado y “bueno”.

Al fin y al cabo, Amadeo había participado en las campañas de reconquista de Libia, había ayudado al fascismo aceptando el cargo de virrey de Etiopía, había guardado silencio sobre la legislación colonial racista y no había querido ponerse del lado de las potencias antifascistas, decidiendo luchar hasta el final en la guerra promovida por el fascismo.

Un biógrafo escribió sobre él palabras que deben ser reflexionadas: “El duque Amadeo no tenía un temperamento político; era esencialmente un hombre de acción. En el fascismo vio, como muchos otros, el lado patriótico, el medio de dar al país una disciplina que lo convirtiera en un bloque de un ideal de grandeza. Para ello parecía razonable sacrificar incluso un poco de libertad”.

Ciertamente, había tomado muchas de sus decisiones manteniendo un perfil autónomo y abierto, inusual para un Saboya, y en muchos sentidos irreductible al régimen por el que luchó hasta el final: éste es su drama personal, la naturaleza trágica de su historia.

Una historia que para ser conocida en su totalidad, sin embargo, debe ser estudiada en las fuentes originales de la Casa de Saboya Aosta, y en particular en el diario que muchos dicen que Amadeo llevó, desde muy joven, prácticamente durante toda su vida: un texto del que se han publicado algunas páginas, pero en lugares no científicos ni fiables.

El diario puede estar en los archivos de sus herederos, que —si esta hipótesis es correcta— nunca lo han divulgado hasta ahora, actuando así —si, repetimos, esta hipótesis se confirma— como los principales enemigos de la memoria y de una justa consideración de su antepasado.