Wolfskinder

La Segunda Guerra Mundial ha llegado a su fin, pero para miles de niños huérfanos, la pesadilla no terminó. Los niños alemanes atrapados en Lituania solo tenían un objetivo: sobrevivir. La película Wolfskinder (título traducible por “niños lobo” en castellano), de Rick Ostermann, de 2013, cuenta la historia de dos de esos niños: Hans (Levin Liam), de 14 años, y su hermano pequeño Fritzchen (Patrick Lorenczat).

El último deseo de su madre moribunda envía a los chicos a un duro viaje a través de una tierra extranjera con la esperanza de llegar a un asentamiento de granjeros que ofrecen ayuda y refugio a los niños alemanes.

Bajo la constante amenaza de los soldados del Ejército Rojo, los hermanos luchan contra el hambre y el agotamiento con la esperanza de permanecer juntos y seguir las instrucciones de su difunta madre.

Por mucho que lo intente, Hans no consigue proteger a su hermano menor y los chicos se ven obligados a separarse tras un encuentro letal con los soldados. Sin saber si Fritzchen está vivo o muerto, Hans decide seguir adelante hacia el campo de refugiados, rezando para que su hermano siga vivo y puedan reunirse allí. En su viaje conoce a otros niños cuyos destinos son tan trágicos como el suyo.

Rick Ostermann ha conseguido crear con Wolfskinder una película que se apodera de las emociones y la atención del espectador y no las abandona hasta que aparecen los créditos finales e incluso después. Esto se consigue gracias a una mezcla única de narración visual, que hace hincapié en las expresiones faciales de los jóvenes protagonistas, y a una cinematografía general de primera clase.

El rodaje en exteriores de Wolfskinder muestra la belleza de la naturaleza al tiempo que convierte los desolados bosques y praderas en un personaje más de la película. Al yuxtaponer artísticamente las diminutas siluetas de los niños errantes y los vastos paisajes, el director de fotografía acentuó la vulnerabilidad de los personajes.

La cámara permitía reflejos naturales e imperfecciones de la luz que aumentaban aún más la credibilidad de la imagen. Las técnicas de cámara en mano sólo se utilizan con moderación, lo que logra el objetivo de transmitir una visión en primera persona de los acontecimientos sin que resulte molesto. La banda sonora no llama la atención, pero hace que las escenas, ya de por sí intensas, sean aún más potentes.

Algunos de los acontecimientos de la película pueden conmocionar a los espectadores, otros les dejarán llorando, pero sin duda se involucrarán con los destinos de Hans, su hermano y los demás niños a lo largo de la película.

Aunque Wolfskinder se centra en las secuelas de la guerra, es tan desgarradora de ver como 1985 Idi i smotri, de Elem Klimov. El peligro constante en el que viven los jóvenes protagonistas les obliga a tomar decisiones, con algo más que su inocencia en juego.

No importa si asistimos al trauma a través de los ojos de un niño ruso o alemán, y el hecho de que las dos películas presenten historias con nacionalidades distintas que se opusieron en la guerra sólo demuestra que, en la guerra, no hay ganadores.

Estoy realmente impresionado por la calidad de la película y no dudo en recomendar la película a todos los aficionados al género “coming of age”. A pesar de la naturaleza perturbadora de algunas escenas, la película Wolfskinder es imprescindible, y el público de todas las edades apreciará la historia, que cobra vida gracias a los grandes actores y a una realización de primera clase.