Una vida oculta

Franz Jägerstätter, un agricultor austriaco, se negó a luchar del lado de los nazis. Declarado culpable de traición por el régimen de Hitler, se enfrenta a la pena de muerte. Pero impulsado por su fe inquebrantable y su amor por su esposa, Fani, y sus hijos, Franz sigue siendo un hombre libre. Una vida oculta cuenta la historia de estos héroes anónimos.

Desde 2011, y con la llegada de El árbol de la vida a Cannes, Terrence Malick ha vuelto al primer plano. El cineasta, con cuatro largometrajes a lo largo de treinta años, ha cambiado su ritmo de trabajo desde el certamen de Cannes.

A lo largo de ocho años, nos ha ofrecido un arco narrativo experimental con nada menos que cuatro películas. Sin embargo, la última, Song to Song, mostró los límites de la nueva forma de proceder del cineasta.

Hoy vuelve a la Competición Oficial para presentar Una vida oculta. El cineasta da un paso atrás en sus últimas producciones y vuelve a su primer amor, la transposición de hechos reales a la pantalla.

Sin embargo, no cierra del todo la puerta a su metamorfosis experimental. Esto último le permite expresarse con una amplitud y profundidad sin precedentes. Cuando el Malick de Les Moissons Du Ciel se encuentra con el Malick de The Tree Of Life, sólo podemos saludar a tal fuerza cinematográfica.

El cineasta estadounidense ha trasladado perfectamente la historia de este joven austriaco que se niega a jurar lealtad a la Alemania nazi y a su líder: Adolf Hitler. La película narra la dificultad de expulsar el mal cuando se convierte en la norma.

Destaca a los héroes silenciosos que se enfrentan a la doctrina autoritaria arriesgando sus vidas. El director juega maravillosamente con el tiempo y nos recuerda su talento como narrador. La progresión narrativa de la película es sorprendente, ejemplar.

Las tres horas que se ofrecen pasan volando como un rayo y nos adentran por completo en este país, sus problemas y sus personajes.

Una vida oculta presenta su historia a través de un intercambio epistolar entre Fani y Franz, los dos protagonistas. La pareja nos ilumina desde el primer hasta el último momento de la película, llevándonos a través de una gama de emociones sutiles y sublimes.

El espectador no puede evitar quedar cautivado por la escena inicial, que recuerda la génesis de la pareja y su felicidad antes de la guerra en el paradisíaco pueblo de Sankt Radegund.

El reparto no incluye ningún gran nombre como ha hecho Malick en el pasado. Aquí no habrá Christian Bale, Jessica Chastain o Brad Pitt. Los papeles principales serán interpretados por August Diehl (Kursk, Malditos bastardos) y Valerie Pachner.

En los papeles secundarios también podemos disfrutar de las actuaciones de Bruno Ganz (The House That Jack Built) y Matthias Schoenaerts (De Rouille et D’Os). Los actores consiguen captar plenamente el mundo real, el mundo sensible, a medio camino entre el romanticismo y el naturalismo.

Es esta aproximación entre el romanticismo y el naturalismo la que insufla toda esta fuerza a la obra entregada por Terrence Malick. Incluso llegamos a abrir las puertas de un cine que lleva construyendo varias décadas, el cine de lo divino.

Observamos a esta humanidad en las garras de la destrucción, la acompañamos sin salvarla. El espectador tiene el derecho divino de mirar a través de la cámara del cineasta.

El pueblo de Radegund, totalmente aislado del resto del mundo, se convierte en la definición misma del paraíso, hasta que el inframundo llama a su puerta: la Segunda Guerra Mundial.

El pueblo de Radegund es un personaje por derecho propio en la narración de Una vida oculta. El cineasta trabaja con los elementos, los materiales para celebrar la vida. Seguimos los numerosos arroyos que alimentan la tierra, que alimentan a la gente.

Esta forma de resaltar las venas y arterias de nuestro planeta es de una belleza increíble. Nos perdemos en nuestro asombro por los rincones más pequeños de la naturaleza.

Esta tierra providencial parece surrealista, divina, dando la impresión de captar las virtudes esenciales de la vida, su organización. La obra pictórica propuesta por el cineasta nos sumerge en el corazón del cuadro de Caspar David Friedrich: El caminante sobre el mar de nubes.

Sin hablarnos nunca del cosmos, a diferencia de sus últimos trabajos, el director consigue ofrecernos una mirada sobre nuestro planeta y nuestras interacciones, en espejo con el universo.

De forma comparativa y asfixiante, la obra nos ofrece una visión de las ciudades, un simbolismo mortuorio. La naturaleza ha desaparecido. El espectador se marchita como los protagonistas cuando llegan a la ciudad y recupera el color y la fuerza con cada escapada a los valles de la Alta Austria. Franz intenta repetidamente escapar, de forma espiritual, con cada nueva carta, a la madre naturaleza que tanto le ha dado.

La relación de Malick con la dualidad rural/urbana en la película es fabulosa.

Una vida oculta desarrolla el destino sacrificado de un pueblo en torno a la historia de este joven Franz, símbolo microcósmico de una Europa que se entrega a la supremacía de los regímenes totalitarios, al caos.

El director de Una vida oculta muestra el poder y la influencia de los grupos en la construcción de dictaduras. La película muestra un descenso a los infiernos en el pueblo de Radegund para el protagonista que no quiere compartir las convicciones impuestas por el alcalde del pueblo.

Este último se convierte en el representante de la fuerza estatal represiva. Las mentalidades cambian en sólo unas semanas, días, haciendo que el pueblo, la nación se hunda en el racismo y la política ofensiva. El trabajo de Una vida oculta sobre el desarrollo ideológico es asombrosamente fino y preciso.

El cineasta se toma el tiempo de abordar el tema de los ídolos y la capacidad de los humanos de consagrar nuevos amos. Rápidamente se establece una reflexión dualista entre Dios y Hitler. La Iglesia no deja de agachar la cabeza ante el régimen opresor para no ser notada y reprendida.

Es aquí donde Malick traza la diferenciación que surge entre la religión y la institución religiosa, entre Dios y sus intérpretes, una observación alarmante. El único creyente es el personaje principal, que no quiere en absoluto atentar contra su voluntad de hacer el bien, de no renegar nunca de su creador para dejarse guiar por un usurpador, un falso guía, un falso dios.

La obra ofrece a este héroe desconocido, que ha permanecido en la sombra, un viaje extrañamente parecido al de Cristo. La película se centra en la capacidad humana de reproducir los horrores del pasado, de recrear lo inconcebible.

Continuando el proceso iniciado en 2009 por el Papa Benedicto XVI, Terrence Malick rehabilita la memoria de todos estos héroes ocultos e invisibles. El cineasta ofrece el mensaje más humanista y místico de la 72ª edición del Festival de Cannes.

Una vida oculta es una obra maestra que ya no esperábamos, la película más bella de los últimos años. Terrence Malick ha conseguido ir más allá de sus límites al combinar su forma de contar historias con su trabajo experimental de los últimos diez años. Una película que no se puede olvidar, una obra que queda grabada al instante entre los mayores momentos de gracia del séptimo arte. Un éxito total.