Onoda, 10.000 noches en la jungla

¿Estamos asistiendo al nacimiento de un gran cineasta? Tenemos motivos para esperarlo después de ver la brillante Onoda, 10.000 noches en la jungla, la segunda película de Arthur Harari, que da fe de una ambición y una maestría pocas veces vistas tan pronto en una filmografía, y especialmente en un director francés.

Ya en su primer largometraje, estrenado en 2015, Arthur Harari demostró su potencial mostrando ya grandes intenciones: su Diamant noir era una atrevida tragedia familiar bajo la apariencia de un cine negro bastante bien ejecutada que se desarrollaba en el entorno de los traficantes de diamantes de Amberes.

Un poco lastrada y asfixiada por su enrevesado guion y uno o dos personajes superfluos, esta primera obra era, sin embargo, notable y prometedora.

El director, que ahora tiene 40 años, se enfrentó a un proyecto de una escala completamente diferente al adaptar libremente la demencial historia de Hirō Onoda, uno de los soldados japoneses que aún quedaron como maquis tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Para ello se fue a filmar lejos de nuestras fronteras, en un idioma extranjero y con impecables actores asiáticos.

El resultado es Onoda, 10.000 noches en la jungla, una película magistral de casi 3 horas que no aburre en ningún momento, que impacta en todo momento por su extraordinaria claridad y que impresiona a posteriori por su asombrosa escala.

Se trata de un fresco íntimo en el que la atormentada historia de un país se mezcla con la vida interior de un hombre, prisionero de sus convicciones y del reclutamiento del que fue objeto, llevándose en su locura tan racional a un puñado de soldados para los que la guerra durará y volverá a durar. Una obra imponente, francamente digna de elogio, que merece ser alabada y que recomendamos ver en el cine para apreciar su verdadero valor.  

Herzog, Cimino, Kurosawa, Lean, Ōshima… Se ha citado un generosa plantel de nombres imponentes para enmarcar la nueva película de Arthur Harari. Por mi parte, me contentaré con continuar la filiación con James Gray, cuya sombra ya se cernía sobre Diamant noir.

En efecto, frente al primer largometraje alentador de Harari se podría pensar en La pequeña Odessa o en Los patios, y esta vez uno se inclinaría más bien por La ciudad perdida de Z.

Hay una discreta armonía similar, una especie de distinguida modestia, a pesar de la grandeza de la historia contada, así como un delicado aliento y lirismo que se apoyan en una puesta en escena elegantemente clásica que nos regala muchos momentos hermosos.

Pero no vayamos más lejos en este pequeño juego de comparaciones aleatorias, ya que esta comparación indudablemente reduccionista no hace plena justicia al creciente talento del cineasta francés, que ha conseguido encontrar un tono propio, y cuya evolución observaremos con impaciencia.

Estas asociaciones halagüeñas nos ayudan a hacernos una idea del entusiasmo, por una vez justificado, con el que esta película ha sido acogida por la crítica y los cinéfilos desde su proyección en Cannes, donde abrió la selección de Un Certain Regard aunque hubiera merecido ampliamente la competición oficial con, al menos, un gran premio.

En lo que a mí respecta, todavía falta algo para calificar a Onoda, 10.000 noches en la jungla como una obra maestra o una gran película. Tal vez algunos defectos, digresiones o destellos de brillantez, qué sé yo… Un toque de locura o un impacto emocional más fuerte, otras cualidades del mismo tipo, más preciosas y difíciles de conseguir, pero a veces bien presentes en las mejores películas de algunos de los cineastas mencionados.

Aunque el guion de Onoda, 10.000 noches en la jungla abarca treinta largos años, de 1944 a 1974, durante los cuales Onoda siguió librando su guerra secreta en su isla del Pacífico, no reconocí, o no lo hice suficientemente, la sensación de que el tiempo pasaba. El aburrimiento, el cansancio, incluso la soledad, no se filman mucho.

Arthur Harari despliega una ciencia poco común de la elipsis y el flashback, su narración está tan meticulosamente construida y es tan fluida que el tiempo parece pasar muy rápido, ¡paradójicamente!

Además, la gran amistad que acaba uniendo a Onoda con su más fiel lugarteniente, Kinshichi Kozuka, no me emocionó demasiado: a pesar de algunas escenas muy bonitas dedicadas a él que jalonan la última parte de la película, me faltó un toque extra de emoción.

Por último, la naturaleza, elemento clave de lo que también es una película de supervivencia por derecho propio, también me pareció infraexplotada en Onoda, 10.000 noches en la jungla: está considerada en sus dos aspectos antagónicos, nutre tanto como envenena, amenaza tanto como protege, pero hay una especie de contención que nos deja a distancia, a un espectador poco implicado en la supervivencia diaria de nuestra pequeña tropa de valientes soldados.

En estos diferentes aspectos, Onoda es como la copia perfecta de un estudiante superdotado, pero quizás demasiado académico, demasiado diligente… Sin embargo, todo esto es muy subjetivo y se trata simplemente de reservas expresadas por un cinéfilo insaciable al que se le prometió un festín sin igual. En su mayor parte, estoy de acuerdo con la opinión unánime, admitiendo que se trata de un éxito brillante.

Arthur Harari demuestra en Onoda, 10.000 noches en la jungla un talento evidente y ha conseguido encontrar aquí un raro y sutil equilibrio, no equivocándose en ninguno de los numerosos temas abordados y demostrando una prodigiosa maestría global, a la altura de sus atrevidas ambiciones.

Su espléndida película permanece en mi mente y, cuando pienso en ella, son las dos miradas de Onoda, poderosamente encarnadas por Yūya Endō y luego Kanji Tsuda, las que me vienen a la mente: la que muestra al principio de su epopeya interior, imbuida de una determinación abrumadora y una profunda certeza, y luego esa máscara estoica de sabiduría imperturbable, ganada durante décadas de guerra contra un enemigo desaparecido, que lleva al final, más fascinante que nunca.