La mujer del espía

En el arte, el tiempo presente acaba marcando gran parte de lo que hacemos o vemos. La repetición de comportamientos, la identificación de ideologías, el movimiento social que recuerda los caminos mal transitados de antaño cobran vida en las obras en forma de rescate, pero también de advertencia, provocando un malestar quizá no primario en el objetivo, pero siempre oportuno.

Eso es lo que me aporta el aura xenófoba, ufanista y militarizada de La mujer del espía, un relato de espionaje sobre el Japón de la Segunda Guerra Mundial, que habla del estado de las cosas en el país teniendo, en este punto, las atrocidades de Manchuria como germen para desentrañar otras complejidades semejantes.

Dirigido por uno de los grandes nombres del cine japonés actual, Kiyoshi Kurosawa, el largometraje también está marcado por la habilidad en la transición entre universos de Ryusuke Hamaguchi, un director que cada vez se consolida más en la escena y último ganador del Oscar al cine internacional por Drive My Car.

En La mujer del espía firma el guión junto a Kurosawa y Tadashi Nohara y los tres consiguen alcanzar la atmósfera de ese Japón de los años 40, establecer la conexión temporal, así como apuntar a puntos que se solapan con esa historia sin dejarla nunca de lado. La familia, el matrimonio, la libertad, la mujer, son discusiones planteadas en una realidad que no parece preocuparse por dejar espacio para ellas.

Alternando entre el melodrama y el suspense, el director japonés hace lo que mejor sabe hacer, preparar su historia e invitar al espectador con elegancia y eficacia. Todo está muy calculado y el crescendo de lo que se cuenta, con todo el cuidado de la puesta en escena, las pausas precisas y los diálogos atractivos, son seductores.

En sus pequeños juegos, en las pistas que abre a lo largo del camino, La mujer del espía es rica en motivos, como cuando se observa de cerca a Yazuko, que quiere o pretende ser cineasta y encuentra ahí su vehículo de denuncia; o en la confusión de sentimientos que se apodera de Satoko y la consume.

Existe también, en un ejercicio cinéfilo, el deleite de reconocer elementos de dos maestros modernos, en el texto o en la creación dramática y, una vez más, sentir el retorno a un cine del pasado, literalmente citado, incluso. Esto, en contra de lo que pueda parecer, es un gran cumplido.

Si hay calma, depuración, atención al detalle y cadencia, hay un tono actual, reverente y alternante que crea una obra única que nunca está fuera de su tiempo. Y el largometraje se establece en esta conciencia presente que rescata el pasado, ya sea el cine como resultado declarado de referencia y resignificación, o la sociedad en sus movimientos repetitivos de regresión y reacción.

En el mejor modelo de minuciosidad de Kurosawa, el largometraje La mujer del espía va sobre seguro y se compromete en sus enfrentamientos internos con el régimen mientras se complace formalmente en los estándares.

Hay una gran atención a los detalles que resaltan los acontecimientos y una precisa exigencia en las interpretaciones, sobre todo de Yu Aoi, que interpreta a Satoko, el personaje mencionado en el título de la película, que tiene en sus manos la contención, el ensueño y la locura.

Sigue estando bien acompañada por sus compañeros Masahiro Higashide e Issey Takahashi. La mujer del espía es, pues, una obra reflexionada y repensada que es grande por su elaboración y por lo que consigue.