La gran evasión

Steve McQueen parece tener la costumbre de escaparse de algún sitio. Al menos dos de sus películas más famosas implican la huida de algún lugar, de una prisión en medio de América Latina en “Papillon” o de un campo de concentración para prisioneros en “La gran evasión“.

Por supuesto, es una tonta generalización decir que la carrera del actor se limita a este tipo de papeles, pero sus papeles más famosos son estos. Podría ser un hecho irrelevante, pero siempre hay algo diferente en las historias y en la propia actuación de McQueen para hacer de cada experiencia algo único.

Esta es una de ellas, una gran película bélica alejada de la guerra. Hay un momento en el que la guerra se libra lejos del campo de batalla. Para los que tienen suerte y no encuentran la muerte en un momento de derrota, están los campos de prisioneros de guerra.

Sin embargo, esto no significa un tiempo de pasividad e inactividad para los reclusos, ya que es el deber del individuo luchar por su libertad y hacer que el enemigo gaste sus recursos tratando de impedirlo.

Todos los oficiales considerados los peores prisioneros por sus numerosos intentos de fuga son enviados al mismo lugar para que no vuelvan a escaparse, una instalación construida con varias medidas de seguridad adicionales.

Pero ni siquiera esto desanima a los prisioneros, que prefieren pensar que la peor idea que pudieron tener los alemanes fue reunir a los mejores fugados en un solo lugar. Si hay algo que “La gran evasión” hace bien, es manejar su tono.

Puede resultar extraño ver cómo se planifica y ejecuta una gran fuga mientras suena de fondo una banda sonora un tanto jovial, casi como si tratara el tema con la ligereza de un juego sin dar importancia a las consecuencias.

Curiosamente, hace poco vi “Los doce del patíbulo” y me molestó exactamente lo mismo, melodías alegres que suenan mientras los presos se rebelan por no tener agua caliente para afeitarse, por ejemplo. Se trata de la ejecución.

La idea relativamente antitética en sí misma no aporta ninguna cualidad negativa y la prueba está aquí, varios momentos acompañados de tales melodías sin que se sienta que el dramatismo y la seriedad están en conflicto con ello o se ven socavados.

Nunca da la sensación de que la historia se sabotee a sí misma al dejarse llevar por una pista que no sea algo dramático como las melodías de Bernard Herrmann de una película de Alfred Hitchcock.

No se trata de exacerbar las dificultades de la vida en un campo de concentración para los prisioneros, pues no sólo la música sino también el carácter de secuencias enteras tiene el aire de jolgorio propio de una gran broma popular; cavar un complejo túnel bajo tierra para escapar mientras los de la superficie inventan todo tipo de montajes para desviar la atención de los guardias alemanes.

Aun así, algunas escenas de carácter plenamente dramático se resienten de la ligereza del resto de la historia precisamente porque no es posible ver el acontecimiento de otra manera. Es algo que afecta sólo a un pequeño número de escenas de “La gran evasión”, lejos de estropear la obra en su conjunto, incluso porque el final conserva todas sus cualidades y no deja que el dramatismo y la seriedad de sus acontecimientos se vean afectados.

La larga secuencia final es uno de los puntos álgidos de “La gran evasión” y muestra cómo es posible encontrar la armonía entre dos tipos de enfoque. El personaje de Steve McQueen, por ejemplo, demuestra esta versatilidad al participar tanto en los momentos suaves como en los serios de la historia.

De hecho, ver a su personaje como alguien con una personalidad notablemente diferente a la de sus otros papeles famosos y bien interpretado, cabe destacar, fue refrescante. Su Virgil Hilts no es severo y duro como Bullitt o como el tranquilo Papillon, es juguetón y ligero de respuesta, se burla de las situaciones con facilidad y no muestra mucha preocupación por estar atascado.

Ver semejante naturalidad en la interpretación de alguien que no tiene ni pies ni cabeza provoca cierta sorpresa cuando se piensa que el mismo actor interpretó a un policía que apenas tiene ganas de decir media palabra a los demás. Sería injusto limitar los méritos del personaje y de la actuación a Steve McQueen y olvidarse de todo lo demás.

De nuevo, en un paralelismo con “Los doce del patíbulo”, el extenso elenco de personajes relativamente principales o secundarios importantes resulta ser una parte tan cautivadora de la obra como la ejecución gradual de la propia fuga. Entre los grandes nombres, Richard Attenborough, Donald Pleasence y Charles Bronson son algunos de los más reconocibles, personajes que no sólo cuentan con estrellas que los interpretan, sino que están bien escritos en el contexto de la historia.

No es que “La gran evasión” tenga mucho margen para el desarrollo del arco argumental de los personajes, por lo que esa buena escritura se da más creando un papel obvio para cada individuo. Por ello, no es de extrañar que la propia narración se empeñe en destacar la especialidad de cada prisionero en la gran fuga; ayuda al espectador a situarse mejor y a entender quién hace qué, como mínimo.

No hace mucho, leí un artículo en el que se criticaba “La gran evasión” porque el título ofrece mucho más de lo que debería y revela toda la historia, más o menos. ¿Qué otro nombre podría tener esta película?

Más extraño aún sería ver un título diferente y encontrar más de dos horas en las que los prisioneros buscan formas insólitas de crear una operación compleja para escapar del campo, con un énfasis minucioso en la ejecución concreta de los planes, como cuando se saca madera del ático, de las literas y de otros lugares imperceptibles para estructurar un túnel. Por mucho que sea una opción más bien directa, no podría ser diferente en una historia como ésta.