Hiroshima, Mon Amour

—Lo sé todo sobre Hiroshima.

—No, usted no conoce Hiroshima.

Así se desarrolla la primera parte de uno de los mayores clásicos de la historia del cine, Hiroshima, Mon Amour, dirigida por Alain Resnais. Es en este diálogo entre una pareja formada por una mujer francesa y un hombre japonés donde este corte inicial nos presenta su embrión.

Ella defiende los lugares que vio y la gente que conoció cuando llegó a la ciudad; él replica, y el movimiento parece aludir a lo que podemos deducir sobre la falta de espacio necesaria para un análisis embrionario.

¿Lo que sabemos de algo se produce a través de una comprensión intrínseca que sólo la nacionalidad atribuye, o somos capaces de descubrir realmente la esencia de las cosas como observadores pasivos, únicamente?

Resnais siempre ha referenciado sus narraciones a través del diálogo, y el entendimiento entre los seres a partir de él; es el entendimiento lo que nos hará avanzar, y la falta de conciencia narrativa sobre nosotros mismos promoverá el caos.

Esto fue en el pasado, en Mi tío de América, y lo fue hasta el final, en Todavía no has visto nada —la conexión vendrá a través del encuentro, y en él la relación necesaria es la dialéctica que se establece entre los seres.

Aquí, el maestro francés de la comunicación deja un lugar establecido de la acción (el encuentro entre los amantes) para provocar que el espectador investigue a estos dos personajes dentro de lo que se abren el uno al otro, reflexionando también sobre lo que no será explícito.

Dentro de lo que se presenta, Hiroshima, Mon Amour también aborda dos recortes dentro de la misma mirada, la privada y la pública.

El encuentro entre este hombre y esta mujer, y la superficie que recorren Hiroshima, Mon Amour —la época posterior a la Segunda Guerra Mundial, y el papel fundamental que la ciudad desempeñó en el conflicto, con su fuerte simbolismo y su indeleble capacidad de representación metafórica— van de la mano.

En sus dimensiones paralelas, esta pareja se encuentra en una situación tórrida para organizar también esta reflexión respecto a lo que se hizo desde el conflicto, y en cómo las interrelaciones pueden comunicar la Historia, y en cómo ésta puede definir el micro sensible.

De alguna manera, mirando hacia 2022, es complejo revisar el largometraje de Resnais y no observar los ecos que la obra generó en Murakami y en la adaptación de su relato corto, transformándolo en la grandiosa Drive My Car.

En 1959, el autor francés se centró magistralmente en el luto incesante que siguió a la destrucción de Japón durante la guerra, el reflejo externo de esta resaca física y moral de un país destruido que clamaba por una reparación transformada en melancolía por Ryusuke Hamaguchi.

La relación que establece la pareja protagonista tiene aquí la calidez de la intensidad que produjo aquel momento, todavía preso de un dolor tan profundo que sólo podía transvertirse en pasión desbordante.

A través de las manos de Resnais, este duelo aún reciente por el fin de la guerra se muestra de forma directa, cuando se suspende una relación amorosa para entrar en la escena del pasado, representada por un pasaje que involucra a la protagonista y lo que parece haber sido su primera historia romántica, precisamente con un soldado alemán.

Y si esta joven actriz francesa está ahora encantada con un heredero directo de la guerra, el dolor de haber perdido un símbolo de su motivación la pone en una situación de ambigüedad incontrolable, que impregna toda la trayectoria de la película.

A través de estas dos historias, que unen un presente y un pasado, el guión desgrana de forma agridulce dos tramas de compromiso con la guerra. No es casualidad que el personaje de Emmanuelle Riva sea una actriz, y que esté en proceso de rodaje durante Hiroshima, Mon Amour.

Esta información no sólo enriquece al personaje, sino que reitera un carácter metalingüístico muy querido por su autor y, por tanto, presente en la película.

A través de estos datos (que no se exponen sólo una vez, donde llegamos a ver al personaje en el plató), toda su trayectoria se sitúa en una zona de ambigüedad, que interpretaría —o no— sus pasajes, sobreexponiendo sus sentimientos, impregnándose de una verdad que puede forjarse, creando una capa aún más poderosa a la película.

Su autor quiso dar contornos dramáticos y dudosos a una participación considerada victimista dentro del espectro de la posguerra en su propio país. Un sentimiento de culpa inequívoco se apodera del personaje, quizá incluso mayor que el amor que decía sentir.

¿Y cómo podemos garantizar que estos fantasmas no la arrastraron hasta donde terminó, con esta nueva pasión confiriendo algún tipo de liberación y autoperdón? En su periodo más inquieto, Resnais opta por agitar (o crear) un avispero que aún está muy reciente, y con su tratado romántico es consciente de un posible estado de represalia en torno a sus compatriotas, poniendo de relieve sentimientos que probablemente sólo a él le gustaría revisar.

La forma en que filma esta miríada de deconstrucciones, ya sean verbales, emocionales o históricas, confiere a Alain Resnais la estatura que ni siquiera se arriesgó a conquistar en el estreno de Hiroshima, Mon Amour.

Lo que no impide que ya haya dejado claro la facilidad con la que puede encajar diálogos que aporten una dosis de reflexión sin caer nunca en la complejidad rebuscada.

Aquí, el autor sigue ejerciendo ese tenor revisionista al releer un periodo de dolor con los ojos ya apaciguados por los 14 años transcurridos, sobre el final de lo que supuso un conflicto bélico para Europa.

El resultado es Hiroshima, Mon Amour, una obra tan brillante bajo cualquier punto de luz que uno se aventura a enfocar, desde el más oscuro hasta el más obvio.