Frantz

1919, Alemania. La joven Anna visita a diario la lápida de su prometido, fallecido poco antes, durante el final de la Primera Guerra Mundial. Este estado de cosas en el que la vida de Anna parece casi dormida se anima con la llegada de un desconocido, que desde que está en la ciudad como ella visita constantemente la tumba de Frantz, el nombre de su prometido fallecido.

El joven se llama Adrien, y es un soldado francés que logró escapar de los horrores de la guerra, a diferencia de Frantz. Adrien le cuenta a Anna que es un viejo amigo de Frantz de su época en París, y día a día se gana el afecto tanto de los padres de Frantz como de la propia Anna. Pero no todo lo que Adrien le ha contado a Anna es cierto, y cuando él le confiesa antes de volver a Francia, es Anna quien debe decidir qué hacer con la confesión y cómo tratar a Adrien.

Tronados en el camino a Damasco, y les aseguro que no es un juego de palabras.
Esta es, de hecho, la sensación que he tenido al ver el nuevo drama de François Ozon, y hay tantas razones para ello que me temo que un artículo no sería suficiente para describirlas adecuadamente, aunque lo intentaré, empezando por la menos obvia de todas, la trama de Frantz.

Viendo la película uno esperaría algo extremadamente complejo, que siguiendo la lógica del relato greimasiano pudiera llevar al espectador a un final feliz, o a un mal final. Pues nada más equivocado.

La trama de Frantz es sencilla, esencial y en cierto modo muy predecible. Y sin embargo, todo esto no desentona lo más mínimo. Esto se debe precisamente a la expectativa de algo diferente, que el director imprime a la película como su propia marca. Todo saldrá como debe, aunque ninguno de nosotros lo quiera.

Queremos soñar y conseguir lo que soñamos, pero la realidad a la que nos enfrentamos es cruda y a menudo no deja espacio para excesivos vuelos de fantasía. Además del director de Frantz, el mérito es de los dos protagonistas, una Paula Beer aún no conocida internacionalmente por el gran público que hace bien su trabajo, y un fenomenal Pierre Niney, convertido en estrella gracias a esa gran película Yves Saint Laurent (2014) donde interpreta al famoso diseñador de moda.

Pero más allá de eso hay mucho, mucho más. El amor, la muerte, la soledad, el silencio, la locura, la guerra, la sangre y sobre todo la mentira, todo está representado de forma sencilla pero efectiva en una película que decide hablar de la vida de los seres humanos, de cómo la arruinan por seguir atados a los convencionalismos y contar mentiras, que además pueden volverlos locos, y de cómo algunos de ellos en cambio son capaces de aprender y cambiar según lo que les sucede, adaptándose de la mejor manera posible a los tiempos cambiantes.

También hay referencias lejanas a lo que se reconocerá unos años después de 1919 como el germen de la próxima Segunda Guerra Mundial. La música es hermosa, capaz de golpear directamente el corazón de cualquier persona sensible.

Pero quizás, al final de este discurso, lo que realmente entra en el alma son los colores de la película, o más bien su ausencia durante casi toda la duración de la trama de Frantz, salvo en raros momentos, aquellos en los que el corazón de la joven Anna consigue hablar con el del loco Adrien Rivoire y su sentimiento da a la película y a sus protagonistas los colores de la vida soñada, los colores que a ambos les faltaron con demasiada frecuencia, los colores que a muchos de nosotros nos faltan a menudo, perdidos en una rutina diaria que mata nuestra capacidad de elegir nuestro propio camino, alejándonos de las decisiones que el mundo que nos rodea intenta tomar por nosotros, imponiéndonos a menudo una vida que no es más que una mentira sobre nosotros mismos y sobre lo que realmente somos.

Sólo por eso, esta pequeña joya merece ser vista por todos. ¡No hay que perderse Frantz!