El pianista

Agrupar El pianista con todas las demás historias del Holocausto llevadas a la pantalla hace un flaco favor a esta poderosa y convincente película.

Elaborada sin un ápice de melodrama, esta película echa un vistazo firme y sin concesiones a la difícil situación de los judíos en Varsovia durante los años en que Polonia estuvo ocupada por los nazis. Para el director Roman Polanski, ésta representa su película más eficaz en casi tres décadas. Desde Chinatown, de 1974, Polanski no había alcanzado tales cotas dramáticas.

¿En qué se diferencia El pianista de un drama “normal” sobre el Holocausto (si es que puede decirse que existe tal cosa)? Para empezar, no hay escenas de campos de concentración.

En lugar de llevarnos a las profundidades de Auschwitz, la película nos deja en las calles de Varsovia, donde la vida y la muerte eran una perspectiva tan incierta como en los campos. Además, Polanski no se inmuta al mostrar los horrores desnudos perpetrados por los nazis contra los judíos.

No hay ningún intento de endulzar este amargo trago: vemos frecuentes disparos en la cabeza, torturas y los efectos de la inanición. El tono y el estilo de la película son de tipo documental: Polanski observa desde una perspectiva distante, detallando las atrocidades sin manipular a su público.

El resultado es desolador e impactante, y puede superar a los espectadores más sensibles. Y no nos libramos de ver montones de cadáveres, que eran tan evidentes en el gueto judío de Varsovia como en los campos de exterminio.

El pianista comienza en la Varsovia de 1939, poco después de la derrota de Polonia ante Alemania. El protagonista de la película es el célebre pianista judío Wladyslaw Szpilman (Adrien Brody), que, junto con su familia, se ve obligado a ver cómo las restricciones contra los judíos se vuelven cada vez más odiosas.

Al principio, a los judíos se les prohíbe comer en determinados establecimientos, pasear por parques públicos o sentarse en bancos públicos. Pronto deben llevar brazaletes distintivos, inclinarse ante los nazis que pasan por la calle y caminar por las cunetas.

Finalmente, todos los judíos de Varsovia (aproximadamente 500.000) son trasladados a un gueto, donde familias enteras son hacinadas en pequeñas habitaciones individuales. Cuando los nazis comienzan a aplicar su “Solución Final“, la mayoría de los judíos de Varsovia son enviados a los campos de concentración para ser exterminados.

Sólo se permite que se queden los que son capaces de trabajar. Wladyslaw es separado de su familia en este momento. Se queda como parte de la fuerza de trabajo, mientras que su familia es llevada a un vagón de ganado. Finalmente, con la ayuda de la resistencia, Wladyslaw escapa a la clandestinidad, donde lucha contra el hambre, la enfermedad y el frío hasta la llegada de los soviéticos.

El único actor que tiene un tiempo significativo en pantalla es Adrien Brody, cuya contundente interpretación del personaje del título representa una de las mejores actuaciones masculinas del año.

Brody comienza la película como un judío culto e inteligente, pero, cuando la película ha entrado en su acto final, parece un hombre de las cavernas. Su discurso se ha reducido a gruñidos, su pelo desgreñado y su aspecto demacrado recuerdan las imágenes de los que morían en los no tan lejanos campos de exterminio, y su objetivo de supervivencia se ha convertido en dos cosas: la caza de comida y la huida de los depredadores (los nazis).

Reconocer que El pianista es una historia real añade otra capa a su impacto (aunque es cierto que la mayoría de las películas sobre el Holocausto se basan en incidentes reales). Sin embargo, es la maestría de Polanski la que hace que esta película sea inolvidable.

Aunque El pianista tiene una narrativa fuerte y clara, el director utiliza la música y las imágenes para grabar la lucha de Wladyslaw en nuestra memoria. Nadie que haya visto esta película olvidará la sobrecogedora imagen del protagonista cojeando por las calles destrozadas y bombardeadas de Varsovia, con edificios retorcidos y semidestruidos por las calles y sin señales de vida.

El “concierto” improvisado que da para un oficial nazi, el capitán Wilm Hosenfeld (Thomas Kretschmann), es igualmente destacable, ya que la música transforma (aunque sólo sea por un momento) al Wladyslaw de aspecto bestial en un mago de la música. La película termina con una nota agridulce perfecta: la vida y la esperanza han regresado, pero ningún aspecto del futuro quedará intacto por el pasado.

Con El pianista, Roman Polanski no sólo nos ha dado la película más reciente para recordar a las generaciones futuras lo que ocurrió bajo el régimen de Hitler, sino que también nos ha proporcionado la esperanza de que su propia carrera, tras numerosos callejones sin salida, pueda por fin volver a la normalidad.