El otro señor Klein

El otro señor Klein comienza en París, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Robert Klein (Delon) recibe una carta de una revista que circula en los círculos judíos. Viviendo hasta entonces en gran medida de los beneficios que obtiene vendiendo obras de arte que son destrozadas por los judíos en la desesperación, también es advertido irónicamente sobre su futuro por uno de sus clientes.

Sospechando que se trata de un error, acude a la policía, donde ningún policía parece interesarse por su caso. Se interesa cada vez más por conocer a ese otro Robert Klein que vive en condiciones miserables. Casualmente se encuentra con los investigadores de la policía.

La inquilina le pregunta si no es Robert Klein, su inquilino, ya que nunca lo había visto de cerca y parecía coincidir con el aspecto físico de Klein. Le dice a la policía que, en realidad, sólo quiere ver el piso, ya que un amigo suyo lo encuentra interesado.

Obsesionado con investigar sobre el misterioso Klein, y tratando de demostrar a la policía que no tiene sangre judía, investiga sus orígenes. Su abuelo le dice que la familia es católica desde hace dos siglos y que este otro Klein debe pertenecer a una rama holandesa de la familia, con la que nunca ha tenido mucho contacto.

Cuando va al castillo de Florence (Moreau), hablan crípticamente. Ella y su marido son amigos de Klein. Un día tiene un ataque de nervios cuando llega a casa y se encuentra con que la policía se lleva sus posesiones.

Se pregunta qué interés tendría en iniciar una investigación sobre sí mismo si fuera el Klein que imaginaron. Un policía afirma que podría ser una táctica desesperada. Tras descubrir una foto en la que Klein aparece junto a una chica —a la que se conoce con varios nombres, como Cathy y Jeanine (Flon)— y un pastor alemán, intenta sin éxito dar con su paradero.

Al no poder soportar más su ausencia, siempre comentada por Klein, su amante le abandona. Con la ayuda de su abogado, consigue vender el resto de sus posesiones y obtener un pasaporte falso para salir del país.

Sin embargo, cuando entra en el compartimento del tren, se encuentra con Jeanine, a la que también nombra a todos los demás. Él afirma que la conoce por Klein, pero ella dice que ciertamente no conoce a Klein, de lo contrario se habría fijado en ella en la estación y le abofetea.

De vuelta a París, va a casa de su abogado, donde llama al piso de Klein, tras descubrir que siempre ha estado allí, y concierta una cita con él. Pero cuando se acerca al lugar, es testigo de la detención de Klein.

Al día siguiente, su destino es el mismo. Su abogado, en el último momento, dice que tiene los papeles que lo exoneran, pero es arrastrado por la turba y se dirige a los campos de concentración en el mismo tren que el judío que le había advertido sobre su futuro.

Alejándose de las pretensiones realistas en El otro señor Klein, el cineasta se acerca a un cierto tono fantástico kafkiano. La película es una parábola de los judíos ricos que, consiguiendo o no escapar de la opresión nazi, intentaron por todos los medios, pero sin éxito, negar sus orígenes judíos.

Al obsesionarse con la figura de su doble, el judío Klein, el protagonista acaba asumiendo esta identidad antes negada y sufriendo todas sus consecuencias radicales que le llevarán a la muerte. El otro señor Klein, sin duda, es una película diferente ambientada en la Segunda Guerra Mundial.