El discurso del Rey

El Discurso del Rey ofrece un drama sólido con un clímax emocionante: una obra de época plenamente satisfactoria y edificante que alcanza su potencial dramático sin sacrificar la precisión histórica.

A menos que cuentes a Adolf Hitler, que se ve de lejos, la narración no tiene villanos, lo que permite centrarse en las luchas internas e interpersonales de los personajes, un enfoque más gratificante que cuando se inventa un malo para llenar la necesidad de un conflicto convencional.

Aunque el telón de fondo es la realeza británica de mediados del siglo XX, no hay barreras que impidan la accesibilidad a la corriente principal. La riqueza interpretativa extraída por el director Tom Hooper puede representar el mejor conjunto no sólo de este año, sino de los últimos. Grandes y pequeños, hay algunas actuaciones asombrosas aquí.

La película comienza en 1925. El hombre que se convertirá en el rey Jorge VI (Colin Firth) es ahora simplemente el príncipe Alberto. Su título oficial es el de Duque de York y, como es el segundo hijo del rey Jorge V (Michael Gambon), no se espera que ascienda al trono porque ese papel recaerá en su hermano mayor, el príncipe Eduardo (Guy Pearce).

Una vida alejada de la implacable atención del Palacio de Buckingham es adecuada para Alberto y su esposa, Isabel (Helena Bonham Carter), que no desean ser rey y reina. Y hay otra cuestión: la realeza en la era de la radio supone un reto único para Alberto, que padece un tartamudeo que dificulta su capacidad para hablar en público (y, a veces, en privado).

En un intento de liberarse de este impedimento, visita a Lionel Logue (Geoffrey Rush), un logopeda conocido por sus métodos poco ortodoxos. La importancia de Logue en la vida de Albert aumenta cuando las circunstancias conspiran para convertirlo en el rey de Inglaterra en un momento en que las nubes de tormenta de la Segunda Guerra Mundial se ciernen en el horizonte.

Aunque El discurso del rey es principalmente un drama y puede verse como una película de amigos y un ejemplo de triunfo de los desvalidos, hay muchos momentos de humor. Ninguna de las comedias está exagerada o fuera de lugar.

Uno puede imaginar fácilmente, por ejemplo, la divertida incomodidad que afectaría a una esposa de clase media al descubrir a la Duquesa de York sentada en su modesta mesa del comedor. El Discurso del Rey es tan positiva y afirmativa como cualquier película reciente.

Al igual que una figura deportiva que supera probabilidades increíbles para conseguir los puntos ganadores, el rey Jorge VI es presentado como un hombre que, por la fuerza de voluntad y por la confianza que deposita en Lionel, es capaz de superar el obstáculo que bloquea su camino.

Con demasiada frecuencia, salimos de las películas en gran medida indiferentes a la experiencia; El Discurso del Rey hace que los espectadores vuelvan a casa con sonrisas en la cara y latidos en el corazón.

Pocas veces hemos observado tantas interpretaciones fantásticas en una sola película. El primero y más importante es Colin Firth, que puede ganar el Oscar (y, si no lo hace, debería).

Quizá la mejor manera de describir la forma en que Firth habita el personaje sea recordar el asombroso giro de Helen Mirren en La Reina. Es el mismo tipo de cosa: un hombre que se despoja de su piel y se mete en la de otro de forma tan completa que nos creemos el personaje.

Geoffrey Rush, con su cara de perrito, es el complemento perfecto para Firth. Rush dota a Lionel de una falsa bravuconería para encubrir su inseguridad interior a la hora de servir a un cliente tan distinguido. Debajo de ese exterior aparentemente confiado, vemos al hombre más suave y apacible.

Firth y Rush comparten una fuerte química, que es fundamental en cualquier película de amigos, independientemente de lo poco convencional que sea. Tampoco falta química entre Firth y Helena Bonham Carter, cuya Elizabeth es una delicia. Es aguda e inteligente como un látigo, pero capaz de una gran humanidad y cariño.

El reparto secundario está poblado de nombres notables que ofrecen interpretaciones excelentes. Está Timothy Spall, cuya interpretación de Winston Churchill es más que un ejercicio de mimetismo. Derek Jacobi, que interpretó a un famoso tartamudo como el personaje del título en Yo, Claudio, es el arzobispo Lang, malhumorado y preocupado por la propiedad.

La familia real se completa con Michael Gambon como Jorge V, Claire Bloom como su esposa, la reina María, y Guy Pearce como Eduardo, cuyo enamoramiento de una mujer americana dos veces divorciada crea problemas a su reinado. Por último, la participación de Jennifer Ehle como la esposa de Lionel le permite reunirse con su coprotagonista de Orgullo y prejuicio, Firth. Es la primera vez que comparten pantalla desde aquella monumental miniserie.

La escena final, que da título a la película, representa no sólo el clímax de la historia, sino el momento en que todos los elementos confluyen: la actuación de Firth y Rush; los acordes clásicos de la partitura; la austera sencillez del diseño de producción (la sala en la que se pronuncia el discurso es funcional y sin adornos).

Hooper lo orquesta todo con una dicción impecable en su lenguaje cinematográfico. El micrófono no aparece simplemente como una ayuda para la amplificación y la grabación de la voz, sino como un enemigo implacable: el enemigo sin rostro que Jorge VI debe derrotar exorcizando sus propios demonios personales. Es un momento sorprendente.

Es cierto que hay más de 2,5 “polvos” en El discurso del Rey (al igual que en esta crítica, ahora con calificación R), pero son todo menos gratuitos. Sirven para un propósito dentro del contexto de la terapia del habla. La MPAA ha demostrado una vez más su estrechez de miras. Esos “joder” son la única razón por la que esta película tiene calificación R. No hay sexo ni violencia, sólo una palabra dicha demasiadas veces.

El Discurso del Rey es todo lo que debe ser una buena película. Cuando se cumplan las dos horas de duración, muchos desearán que haya más minutos. Con su drama engañosamente complejo, su hábil dirección y su pulido guión, y su actuación de primera categoría, El Discurso del Rey ilustra con el ejemplo la decepcionante carencia de tantos supuestos dramas recientes.

Se trata de una historia profundamente humana que toca el corazón e inspira al público no sólo en relación con los personajes y sus circunstancias, sino como recordatorio de que, en el lúgubre embrollo de la mediocridad de 2010, una película como ésta aún puede llegar a los cines.