Cartas de Berlín

Berlín, 1940. El matrimonio formado por Anna Quangel y su marido Otto vive con una impaciencia mal disimulada el tiempo que transcurre hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, cuando llega la triste noticia del Frente de que su único hijo Hans ha muerto en la campiña francesa, los dos trabajadores caen en un estado de desesperación difícil de prever. Este es el escenario terrible de Cartas de Berlín.

Hasta que Otto y Anna deciden que ha llegado el momento de reaccionar ante todo este horror, y comienzan a repartir por la ciudad postales anónimas que ellos mismos han escrito contra el régimen nazi y Adolf Hitler en particular.

Al inspector de la Gestapo Escherich se le asigna la tarea de averiguar quién está creando y difundiendo estas postales, para deshacerse de él. Para siempre.

Cartas de Berlín fue presentada el 15 de febrero de 2016 en el Festival de Cine de Berlín. Este drama basado en el famoso bestseller de Hans Fallada Todos mueren solos, lamentablemente, apenas logra su objetivo. Sin embargo, la base para un resultado notable estaba ahí, especialmente una historia potencialmente emocionante y única.

Los problemas de Cartas de Berlín son, por un lado, la dificultad que tiene la historia para arrancar, víctima de una lentitud que quizá esté en parte relacionada con el difícil momento histórico de la capital alemana, y por otro, los problemas aún mayores para empatizar con el espectador.

Paradójicamente, no es casualidad que los dos mejores momentos de la trama resulten ser el inicial, donde vemos la caída del joven Hans contada de forma perfecta, y el final, del que no desvelaremos demasiado la trama pero que tiende en cierto modo a ser autobiográfico.

A estas dos fases se suma una excelente actuación del otro lado de la barrera, la del inspector Escherich, interpretado por el siempre bueno Daniel Brühl, que pasa por un auténtico psicodrama, excelentemente retratado. Todo ello con un excelente marco histórico, con un Berlín muy bien representado y con un vestuario que roza la perfección.

Y, sin embargo, en Cartas de Berlín ni siquiera esto es suficiente para hacernos sentir parte de una trama que sigue siendo demasiado autorreferencial y distante, como si realmente hubieran pasado 70 años de distancia desde entonces, y no sólo unos segundos de nuestros ojos. Lástima.