Las Filipinas fueron uno de los escenarios más brutales de la ocupación japonesa en el Pacífico, y también uno de los lugares donde la resistencia alcanzó mayor escala y eficacia. Desde la caída de Batán y Corregidor en 1942 hasta la liberación en 1945, decenas de miles de filipinos y soldados estadounidenses que habían evadido la captura mantuvieron una guerra de guerrillas que inmovilizó tropas japonesas, proporcionó inteligencia crucial a los Aliados y preparó el terreno para el regreso de MacArthur. La resistencia filipina fue el movimiento guerrillero más grande del teatro del Pacífico.

Guerrilleros filipinos durante la ocupación japonesa en la SGM
La resistencia filipina fue el mayor movimiento guerrillero del teatro del Pacífico Fotógrafo desconocido · Dominio público

La caída de Filipinas y el inicio de la ocupación

Japón atacó las Filipinas pocas horas después de Pearl Harbor, el 8 de diciembre de 1941. Las fuerzas estadounidenses y filipinas, comandadas por el general Douglas MacArthur, se replegaron a la península de Batán y la isla-fortaleza de Corregidor, donde resistieron durante meses en condiciones desesperadas. MacArthur fue evacuado a Australia en marzo de 1942 por orden del presidente Roosevelt, dejando al general Jonathan Wainwright al mando.

Batán cayó el 9 de abril de 1942, y los aproximadamente setenta y cinco mil prisioneros —estadounidenses y filipinos— fueron sometidos a la Marcha de la Muerte de Batán, una de las peores atrocidades de la guerra en el Pacífico. Miles murieron por agotamiento, deshidratación, golpes y ejecuciones sumarias durante los más de cien kilómetros de marcha forzada hasta los campos de prisioneros.

Corregidor resistió hasta el 6 de mayo, cuando Wainwright se vio obligado a rendirse. Sin embargo, miles de soldados filipinos y estadounidenses se negaron a entregarse y se adentraron en las selvas y montañas del archipiélago para continuar la lucha como guerrilleros.

La organización de la guerrilla

La resistencia filipina no fue un movimiento único sino una constelación de grupos que operaban con grados variables de coordinación. Pueden distinguirse tres grandes categorías: las unidades militares regulares que se negaron a rendirse, las guerrillas organizadas por líderes locales y los movimientos de base campesina con orientación política.

Entre las unidades militares, destacaron las fuerzas del coronel Wendell Fertig en Mindanao, que establecieron un cuasi-gobierno en amplias zonas de la isla y mantuvieron comunicación regular con el cuartel general de MacArthur en Australia. Fertig organizó un ejército guerrillero de más de treinta mil combatientes que controlaba prácticamente todo el interior de Mindanao.

En Luzón, el coronel Russell Volckmann dirigió las guerrillas del norte de la isla, mientras que en las Bisayas operaban numerosos grupos bajo líderes como Macario Peralta en Panay. Estos comandantes mantuvieron la disciplina militar y establecieron redes de inteligencia, hospitales de campaña y sistemas de comunicación que funcionaban con radios improvisadas.

Los Hukbalahap

El movimiento guerrillero más peculiar fue el Hukbalahap (Hukbong Bayan Laban sa Hapon, «Ejército Popular contra los Japoneses»), una organización de base campesina dirigida por el líder comunista Luis Taruc. Los Huk, como se les conocía, operaban principalmente en las llanuras centrales de Luzón y combinaban la lucha contra los japoneses con un programa de reforma agraria y justicia social.

Los Hukbalahap reclutaron a miles de campesinos que veían en la guerrilla no solo una lucha patriótica sino también una oportunidad de transformar las estructuras sociales feudales que habían dominado el campo filipino. Su relación con las demás guerrillas y con el ejército estadounidense fue tensa, ya que MacArthur desconfiaba de su orientación comunista y prefería apoyar a los grupos que aceptaban la cadena de mando militar convencional.

Tras la liberación, los Hukbalahap se negaron a desarmarse y continuaron su lucha como movimiento insurgente contra el gobierno filipino, un conflicto que se prolongó hasta los años cincuenta.

La red de inteligencia

Una de las contribuciones más valiosas de la resistencia filipina fue la recopilación y transmisión de inteligencia militar. La red de espionaje abarcaba todo el archipiélago y proporcionaba a MacArthur información detallada sobre las posiciones japonesas, los movimientos de buques y aviones, y las defensas costeras.

Los submarinos estadounidenses realizaban viajes periódicos a las costas filipinas para entregar suministros —armas, municiones, radios, medicinas— y recoger informes de inteligencia. Estas misiones, conocidas como «operaciones de contacto costero», eran extremadamente peligrosas tanto para las tripulaciones de los submarinos como para los guerrilleros que esperaban en la playa.

La información proporcionada por la resistencia filipina fue fundamental para la planificación de la reconquista de Filipinas . Cuando las fuerzas estadounidenses desembarcaron en Leyte en octubre de 1944, disponían de mapas detallados de las defensas japonesas elaborados por los guerrilleros.

La brutalidad de la ocupación japonesa

La ocupación japonesa de Filipinas fue extraordinariamente cruel. Los japoneses establecieron un gobierno títere bajo José P. Laurel, pero la resistencia de la población hizo que la administración militar recurriese cada vez más al terror. Las represalias contra las comunidades que apoyaban a los guerrilleros incluían ejecuciones masivas, incendio de aldeas y torturas sistemáticas.

La Kempeitai, la policía militar japonesa, aplicó métodos de interrogatorio brutales contra los sospechosos de actividades de resistencia. La llamada «cura de agua» —llenar el estómago del prisionero con agua a presión— era una de las torturas más comunes. Miles de filipinos fueron ejecutados sin juicio por supuestas actividades guerrilleras.

A pesar del terror, la población filipina apoyó masivamente a la resistencia. Los campesinos proporcionaban alimentos, refugio e información a los guerrilleros, y las redes de correos clandestinos funcionaban en ciudades y pueblos. Este apoyo popular fue la base sobre la que se sostuvo toda la actividad guerrillera.

La liberación y la batalla de Manila

El regreso de MacArthur a Filipinas en octubre de 1944 marcó el inicio de una campaña de liberación en la que las guerrillas desempeñaron un papel crucial. Los guerrilleros guiaron a las tropas estadounidenses, protegieron sus flancos, cortaron las comunicaciones japonesas y liberaron a prisioneros de guerra.

Sin embargo, la liberación fue devastadora. La batalla de Manila, entre febrero y marzo de 1945, fue una de las más destructivas de toda la guerra en el Pacífico. Los japoneses, atrapados en la ciudad, cometieron una masacre que costó la vida a más de cien mil civiles filipinos. Manila quedó reducida a escombros, convirtiéndose en una de las ciudades más destruidas de la SGM después de Varsovia.

Las guerrillas participaron activamente en los combates de liberación en todo el archipiélago. En algunas islas, como Panay y Leyte, las fuerzas guerrilleras habían debilitado tanto a las guarniciones japonesas que la reconquista fue relativamente rápida. En otras, como Luzón, los combates se prolongaron hasta el final de la guerra.

El legado de la resistencia filipina

Al finalizar la guerra, se reconoció oficialmente a más de doscientos sesenta mil guerrilleros filipinos, aunque la cifra real de quienes participaron en actividades de resistencia fue probablemente mucho mayor. Su contribución fue múltiple: mantuvieron la moral de la población, inmovilizaron tropas japonesas, proporcionaron inteligencia vital y facilitaron la reconquista.

El coste humano fue enorme. Filipinas perdió más de un millón de personas durante la ocupación y la liberación, una proporción devastadora para un país que contaba con unos diecisiete millones de habitantes. La destrucción material fue igualmente catastrófica, y la reconstrucción llevó décadas.

La resistencia filipina demostró que un movimiento guerrillero con amplio apoyo popular podía operar eficazmente incluso en las condiciones más adversas. En un archipiélago de miles de islas, con terreno selvático y montañoso, los guerrilleros filipinos convirtieron la geografía en su aliada y mantuvieron viva la llama de la libertad durante tres años de ocupación brutal.